sábado, 11 de enero de 2020

MERCEDES MALAVÉ: NO PASEMOS DE NAVIDAD

Dios no vino al mundo en una época de esplendor, renacimiento o estabilidad política. Vino, lo hemos recordado últimamente a propósito de navidad, en tiempos de decadencia y corrupción. Basta leer la escena de Herodes y el asesinato de miles de inocentes para entender la magnitud de desmanes que podían cometer los hombres de poder en tiempos de Jesús.

La conmemoración de los Reyes Magos, Epifanía del Señor o manifestación a unos gentiles sabios orientales, nos recuerda la universalidad del mensaje mesiánico. Refleja en particular la fuerte conciencia religiosa de los pueblos de Medio Oriente, su insaciable deseo de hacer valer ante el mundo la autoridad de Dios. Pero Dios, que es amor, nos creó libres y racionales para amar. Ningún acto irracional puede tener a Dios como fin; así lo recordó Benedicto XVI en su polémico discurso de Ratisbona: el fundamentalismo religioso es contrario a la verdad de Dios. En ese mismo discurso, el Papa emérito lanzó una crítica al occidente cristiano, que lleva décadas pregonando el sinsentido epistemológico y moral del relativismo, cuyo único logro ha sido traernos una especie de fundamentalismo occidental: de la tolerancia y la libertad absoluta pasamos a la intolerancia y a actitudes inquisidoras de quienes se sienten dueños del cristianismo, “más papistas que el Papa”, encarnaciones de la verdad, que prácticamente justifican la guerra con los mismos argumentos del fundamentalismo islámico: salvación, martirio, santidad. 

Esperanza latinoamericana

Un niño recién nacido es motivo de esperanza para sus padres. Un joven despierta la esperanza de sus maestros o entrenadores. Lo mismo podemos decir de las naciones del mundo. A Europa se le reconoce como el viejo continente, mientras que los jóvenes países de América Latina despiertan expectativas para los analistas políticos y de mercados. Al mismo tiempo, los jóvenes son rebeldes, cometen excesos, viven al límite. Nunca se sienten saciados, la sed es su estado natural. Madurar exige asumir equilibrios, moderar los impulsos y saber postergar el placer.

La esperanza es seguridad de lo que no se tiene o no se ha alcanzado. Los países latinoamericanos, desde Chile hasta México, son esperanza porque aún caminan hacia la madurez. En términos socioeconómicos, equilibrio y madurez es sinónimo de equidad. Tanto los gobiernos como los políticos deben entender que sin equidad no habrá adultez del sistema democrático, y la inestabilidad será nuestro destino. Los chilenos protestaban por el aumento del transporte bajo la consigna “no son 30 pesos, son 30 años”. Al grito de esta denuncia conviene entender la urgencia de rectificar, superando esquemas economicistas, individualistas y miopes que ignoran valores de convivencia humana como la alteridad, la solidaridad, la generosidad, la beneficencia, la austeridad, fomentando así la inmadurez colectiva.

Venezuela parece un joven maleado por las borracheras de las bonanzas petroleras. A todas luces parece que los correctivos serán fuertes y dolorosos porque llevamos veinte años yendo en dirección contraria a toda referencia política, económica, social y moral. No hay ciencia ni juicio que justifique el retorno a la barbarie, a la violencia, al caudillismo, al monagazo. Pero, insisto, aún en su peor estado de perdición, un joven siempre ofrece motivos de esperanza.

Amor

El coro de nuestra tragedia nacional son miles de venezolanos que están hurgando en la basura, esperando tratamiento para su enfermedad grave, desmayando de hambre en escuelas desmanteladas, o desesperados por la falta de luz y agua en sus hogares. Al pueblo de Venezuela el papel que le toca representar es, como dice la Vida Boheme, el canto de la hambruna.

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”. El amor de Dios es su misericordia. Ante tanto dolor y desesperación, cada comienzo de año recordamos el infinito amor de un Dios que se hace hombre, que se hace pobre, indigente, que vive el éxodo y la traición. El amor nos recuerda que toda pobreza puede trocar en riqueza, y que todo sufrimiento es camino de salvación. La justicia de Dios es infalible, alcanza a buenos y malos: a cada uno le da su merecido.

No pasemos tan rápido de navidad. Durante este advenimiento democrático que parece eterno, necesitamos nutrirnos de un mensaje de amor y de esperanza. Cómo dijo el ángel a los pastores “os traigo una buena noticia: ha nacido el Salvador , el Mesías, el Señor”.

Malavé
mmmalave@gmail.com
@mercedesmalave
@ElUniversal

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