viernes, 25 de marzo de 2016

LUIS GARRIDO, BALANCE DANTESCO

Pareciera una película de ficción pero, en la realidad de los sucesos, la confrontación entre bandidos y policías nos deja ver que, además de ser hechos para ser filmados, también nos permite comprobar los riesgos para la población cuando vemos en las reseñas diarias  que el hampa se fortalece trascendiendo los controles  del gobierno, a tal extremo  que en el balance del registro informativo, la acción  delictiva supera todos los intentos oficiales, partiendo de la falta de un órgano eficiente de inteligencia que controle los puntos donde con mayor frecuencia se desarrollan los hechos.   

No hay que buscarle cinco patas al gato porque la explicación y consecuencias  están a la vista.  La inseguridad personal es una confabulación tan delicada que cada esfuerzo que se haga para distanciarlo de la política constituye un gran aporte, pero es imposible ocultar debajo del sofá la responsabilidad de este gobierno, dado el abandono de una juventud descarriada que, al asociarlo a los 17 años del régimen  nos tropezamos que, de acuerdo a la edad de la mayoría de los delincuentes, estos son los "niños de la patria" de Hugo Chávez.  Son tantos los motivos que argumentar sobre este delicado tema que,  por donde se empiece es atribuido al mismo patrón de conducta.  No existiendo ninguna institución que  velara por la educación de aquellos niños, pudiéramos imaginar que muchos  de ellos  son los asesinos de hoy, más por carencia de sentimientos que por el valor material de cualquier objeto.   
 
 Venezuela carece de centros carcelarios con fines educativos y de inserción del delincuente. Las cárceles son depósitos humanos con fetidez de muerto, dado que la insalubridad y el hacinamiento los convierte en fieras rabiosas que por cualquier roce  se  caen a dentelladas.  El grado de desarrollo de la delincuencia en nuestro país supera todos los cálculos de la imaginación.  No hay lugar que esté libre de sobresaltos;      incursionan en universidades, aeropuertos, liceos, preescolares, estadios, supermercados,  restaurantes,  hospitales, hoteles, cines, templos religiosos, unidades de transporte y  residencias familiares.  Ante esta tragedia, lo asombroso es la impunidad: el 98% de los casos queda sin castigo, lo cual hace pensar no solo en la incompetencia del gobierno y los órganos de justicia sino en esa sombra de la corrupción que ronda por los pasillos del gobierno y los tribunales a todos los niveles.   

Luis Garrido
luirgarr@hotmail.com
@luirgarr
Carabobo - Venezuela       

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