lunes, 27 de febrero de 2017

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, LÉXICO DICTATORIAL

PIDO LA PALABRA

La codicia de gobernantes con ínfulas de mandones, es razón para desubicar todo discurso político del contexto en el cual se estructura la palabra respetuosa y debidamente entendida como recurso de poder.

En estos años del siglo XXI, la vida del hombre ha venido subordinándose a las contingencias que solaparon las realidades. La dinámica social, por ejemplo, ha sido tan sometida por las arbitrariedades de gobiernos despóticos, que se vio condicionada por las intemperancias suscitadas de situaciones vacilantes en términos de los desequilibrios políticos y económicos que suceden como parte de la movilidad diaria de una sociedad o nación. Esto ocurre, generalmente, cuando ese mismo conglomerado no logra atinar en la conducción de procesos políticos o económicos caracterizados por la incidencia de tensiones, conflictos o desarreglos de mayúsculo tenor. Sin duda alguna que los temores que se desatan de dichas intenciones y gestiones, se ven acompañadas de lo que significa superar tan temerarios peligros existenciales. De tan engorrosas realidades, no es difícil advertir problemas que comprometen las distintas formas de comunicación previstas para mediar respuestas y soluciones. Particularmente, con base en el manejo de un lenguajes conciso pero bastante preciso. No sólo el lenguaje como sistema de comunicación social, fundamento demostrativo de la racionalidad humana. Igualmente, como razón de comprensión de la política, la economía y la cultura que hilvana intereses y necesidades sociales.

Se habla de la quiebra del lenguaje. Ello, a manera de asomar los problemas que afronta el vocabulario como facultad que caracteriza al hombre para expresarse en medio de contingencias y necesidades mediante las cuales se hace posible manifestar opiniones entre la diversidad de posturas que imprimen sentido a la vida. Aunque bien debe reconocerse que dicho propósito ha venido sumiéndose en terrenos contaminados por la vulgaridad, la celeridad y la violencia dialéctica que desesperadamente ha alentado procesos de comunicación prestos a convulsionarse por tecnologías de la información manipuladas alevosa y desmesuradamente.

Todo esto aterriza en situaciones dominadas por el escaso conocimiento del lenguaje lo cual evidencia una pobreza de comunicación política que, indefectiblemente, limita la interrelación al momento de intentar la conciliación de ideas y pensamientos. Ideas y pensamientos que podrían apuntalar todo lo que implica el poder de la palabra concebida desde la perspectiva del desarrollo de la sociedad en su conjunto.

La política suele ser permanente víctima de este género de avalanchas. Avalanchas éstas provocadas por la procacidad de quienes entregados a la insana práctica que provee la demagogia autoritaria como circunstancia, se dan a la tarea de usurpar el ejercicio democrático de la voluntad popular en nombre de un proyecto ideológico tan perturbador como inusitado. Desde tan sobrevenida trinchera, estos chantajistas de la política atentan contra la preeminencia de los derechos humanos, así como arremeten contra el Estado de Derecho y de Justicia que caracteriza un sistema político que propugna libertades, seguridad y garantías. No obstante, tan aberradas ejecutorias lucen reclinadas sobre una verborrea insolente y descocada. Propia, de una politiquería que, extrañamente, apuesta a su desprestigio sin medir las consecuencias morales y éticas que tal desparpajo arrastra a su paso.

El lenguaje utilizado por estos personajes, está alejado de un nivel aceptable. O sea, luce lejos de ser impecable dando ello lugar a apoyarse en términos de cerrada acepción pues así pueden ajustarse a discursos donde el insulto, la humillación, la amenaza y la burla da cuenta de cuanto sentido de chabacanería y grosería suscribe la manera de dirigirse al colectivo. Ello es demostración de la pobreza de vocabulario que detentan quienes encuentran en el poder político la forma más expedita para imponer decisiones, tanto como para acusar comportamientos que pongan al descubierto el carácter totalitario del gobierno en curso.

La codicia que le es propia a este tipo de gobernantes, es igualmente otra razón para desubicarse del contexto en el cual se estructura la palabra entendida como recurso de poder. Pero debe entenderse que es de poder moral. Así que una cuidadosa y concienzuda elaboración de todo pronunciamiento o declaratoria que comprometa el alcance del poder político, es garantía de ganancia del espacio político que requiere el ejercicio sano de la política. Porque cuando este arreglo dialéctico no logra corresponderse con el cuadro de problemas hacia el cual la gestión política debe dirigir su atención, está incurriendo en una falta cuya gravedad tiende a verse forzadamente “justificada” por causa de la obsesión del gobernante de arrogarse la pretendida condición de incólume. Y es justo en ese instante, cuando se ve tentado a forjar presunciones basadas en un poder político tan equivocado que venderá su dignidad al primer postor que lo persuada de ser insustituible como gobernante. Ahí, entonces, procede a hacer uso de la comunicación como recurso del poder autoritario. Por eso su lenguaje político lo despliega con el cinismo propio de quien sólo habla desde el autoritarismo desde el cual se activa toda dictadura. Esto, por supuesto, apelando al uso de un léxico dictatorial.


“El lenguaje de la política, antes que comunicacional, debe construirse y entenderse como palabra impecable en el sentido de su contenido, dirección y orientación. O sea, en cuanto a su sintaxis, sindéresis y hermenéutica”

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela

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