domingo, 12 de enero de 2020

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ: “…LOS MUERTOS ESTÁN EBRIOS”

Con las constituciones norteamericana de 1787 y francesa de 1791, las sociedades occidentales dieron el salto quántico que funda un poder interno legítimo y separado en tres ramas, para que dos vigilen la tercera y erradicar así la tiranía de un hombre. Con esto, los estados superaron la guerra social interna de la humanidad durante milenios, -aunque seguirá siempre en latencia-, que continuó en otros continentes hasta que adoptaron esas instituciones y continúa en las que no lo hicieron.

Sigue siempre en latencia. Basta que parpadeen los mecanismos de control social, por catástrofes naturales, apagones, levantamientos, para que los hombres sean bestias y tánatos inunde las calles. Las incidencias parlamentarias de comienzos de enero en Venezuela y España parecen un experimento de laboratorio para apreciar diferencias entre autocracia vs democracia. Umberto Cerroni escribió hace muchos años que la concepción revolucionaria del Estado había que desecharla por primitiva, porque retornaba la guerra social.

En Venezuela priva la ausencia de ley, la brutalidad, el uso de la fuerza, el irrespeto a cualquier norma establecida que concluye en una radicalización de la inconstitucionalidad, esencia de toda revolución porque está en su naturaleza. En el comienzo de la legislatura española se preservan meticulosamente las normas, y los resultados dependieron de uno o dos votos sin que ninguna mano pudiera alterarlos, que no fuera la voluntad personal de cada parlamentario.

Sin embargo, a pesar de las instituciones y contra ellas, los políticos españoles hacen descender la política al subsuelo, con un debate de metal abyecto y apocalíptico digno de 1936, triste pasado y sangre seca. Desentierran los muertos que están ebrios de lluvia antigua y sucia, imágenes espectrales que flotaban tenebrosas sobre el Hemiciclo. Se someten a las normas institucionales porque poderosos organismos los obligan, pero coquetean al abismo con un lenguaje destructivo e hiriente, escatológico.

¿Paz perpetua?

Un poco por sus limitaciones intelectuales (no hay Felipe González, Suárez, Aznar, ni Rajoy en liza) y otro porque es instintivo agredir, herir al adversario, no así razonar, para derrotarlo y convivir con él, no por motivos morales sino políticos. En Venezuela sede de una autocracia, una semidictadura invertebrada, todo termina, después de dos meses de escándalos parlamentarios de corrupción, en una república chocarrera en la que existen dos presidentes, tres tribunales supremos y ahora tres órganos legislativos.

Los posmarxistas comenzaron con Chávez a apuntarle a la Constitución, porque es la jaula de hierro que encierra el poder y protege a los ciudadanos. Por eso ya en Chile amuelan los cuchillos para clavar la Constitución democrática, liberal y representativa. La democracia no puede impedir las pulsiones bestiales de los hombres, pero sí regularlas y sancionarlas. En el plano internacional la situación es bastante parecida.

En un pequeño libro, La paz perpetua (1795) Kant prefiguró la necesidad de crear una organización que agrupara a todos los países para convivir e impedir las guerras, que siglo y tanto después estimuló la creación de la ONU. Le aterraba la guerra porque es uno de los componentes más antiguos en el devenir del hombre y es el crimen legalizado y generalizado.

Aunque desde el siglo XVII el maravilloso disidente, Hugo Grocio se empeñó en legislar sobre la guerra, cosa entre otras que le mereció cadena perpetua, de la que huyó gracias al valor casi suicida de su amante. Su tesis, desarrollada posteriormente por Kant, es que si se puede dominar el estado de naturaleza en el interior de los países, también debe hacerse entre ellos, a escala internacional, que ya no fuera la paz de un imperio como Roma sino un acuerdo entre estados, una especie de confederación.

La vida es tormenta

De hecho, el siglo XX ha sido la etapa con menor número de conflictos bélicos desde que el hombre tiene memoria. A partir del logro de instituciones globales, primero la Sociedad de las Naciones y luego ONU, los desenfrenos de los líderes empezaron a chocar con barreras, se dificulta el uso de la fuerza indiscriminada y se creó la posibilidad de acciones bélicas multilaterales consensuadas contra Estados que violen la convivencia.

Así fue la Tormenta del desierto en 1991, en la que 34 países aprobaron atacar a Hussein por la anexión de Kuwait. Caso contrario, la siguiente invasión a Irak en 2003 con apoyo de muy pocos países, condujo a la destrucción del invadido en tanto país. Ahora se presenta una nueva y trágica situación en Irán, luego de un sostenido y bastante exitoso esfuerzo de dos presidentes norteamericanos anteriores para detenerlo y neutralizar su peligrosa influencia en el Medio Oriente.

Obama y los mandatarios de las principales potencias europeas conquistaron un acuerdo para detener en ese país el enriquecimiento de uranio con fines militares. Ahora veremos las consecuencias de haber azuzado al tigre lo que tiende a traducirse en terrorismo y más víctimas. (“los muertos están ebrios de lluvia antigua y sucia / el reloj hace su tictac lejano del deshielo / en el corazón de los féretros pobres de Lofoten”. Lubicz Milosz)

Carlos Raul Hernandez
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