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viernes, 7 de agosto de 2020

GIOCONDA CUNTO DE SAN BLAS, RAPSODIA EN AGOSTO, AL COMPÁS DE LA CIENCIA


Cada 6 y 9 de agosto, cada 7 de diciembre, Fuminori recordaba las fechas. Nacido en una población cercana a Hiroshima, tenía unos 8 años cuando Japón atacó Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 y 12 cuando su mundo cayó a la par de las bombas atómicas que Estados Unidos lanzara en agosto de 1945 sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, a tres días de diferencia una de otra, hace hoy exactamente 75 años, dando fin a la Segunda Guerra Mundial.


Con un dejo de melancolía, Fuminori volvía a sus imprecisos recuerdos infantiles. Al final, sus pensamientos en voz pausada y español quebrado confluían siempre en el horror a la guerra y la necesidad de la paz y la concordia para la sobrevivencia humana. Fuminori Kanetsuna era mi tutor, mi maestro, en los lejanos años de mi formación como estudiante graduada en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas.

Con los inocentes nombres de Little Boy (Muchachito) y Fat Man (El Gordo), las dos bombas (surgidas del Proyecto Manhattan, que reunió a la élite científica del momento) arrasaron en segundos las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, respectivamente, dejando a su paso más de 200 mil muertos y muchos más heridos, casi todos pertenecientes a la población civil.

Al mes siguiente, la comisión científica norteamericana enviada a Hiroshima para evaluar los daños, “certificó” que en la ciudad no quedaba nadie enfermo por radiaciones. Con el tiempo, dos tercios de los sobrevivientes murieron de cáncer, como secuela de la radioactividad absorbida en esos días apocalípticos; setenta años más tarde, aun sobrevivían 83 mil en Hiroshima y 48 mil en Nagasaki, deformados por cicatrices queloides a consecuencia de las graves quemaduras producidas por la explosión. Son los “hibakusha”, los enfermos atómicos, que recuerdan con su sola presencia lo que quiso ser olvidado.

Y olvidado estuvo. Hasta 1952, mientras duró la ocupación aliada en Japón bajo el mando del General Douglas MacArthur, cualquier intento de divulgar noticias, fotografías o dibujos relacionados con el cataclismo atómico fue censurado por el Código de Prensa. Por muchos años, la población japonesa ignoró la magnitud del daño ocasionado a su país y a ellos mismos; para los niños, entre ellos Fuminori, esa historia quedó reducida a un párrafo insignificante en sus libros escolares, junto con otros episodios bélicos que motivaron a Kana, joven nieta de hibakusha, a concluir que su país no solo fue víctima sino agresora.

Es precisamente a través de unos niños que Akira Kurosawa, el eximio director de cine, nos trasmite su deseo de hurgar en la tragedia, rescatar la historia y dejarnos un mensaje antibelicista. En su film “Rapsodia en agosto”, cuyo título he tomado para encabezar esta nota, Kurosawa nos invita a acompañar a cuatro niños que veranean con su abuela en las afueras de Nagasaki, 45 años después de los trágicos acontecimientos de 1945.

Frente a los restos de la escuela donde muriera su abuelo ese fatídico día, la nieta mayor explica a los más pequeños lo que ha pasado, les menciona que debajo de esa hermosa ciudad que pisan hay otra Nagasaki borrada por una bomba atómica, lo que deriva en una reflexión sobre el holocausto nuclear y la convicción de tejer un futuro en armonía entre los pueblos, que no necesariamente entre gobernantes. En una escena conmovedora, la abuela y sus nietos, de espaldas al espectador, en silencio contemplan la luna llena que limpiará sus mentes de las miserias del pasado.

El estallido de la bomba en Hiroshima dejó en pie la Cúpula de Genbaku que hoy forma parte del Monumento de la Paz. Ella no es solo un recordatorio de la fuerza más destructiva creada por el hombre en toda su historia, sino también una encarnación de los anhelos de paz mundial surgidos de ese pandemónium. Elevada por la UNESCO a Patrimonio de la Humanidad en 1996, la Cúpula fue consagrada con los votos de todos los países, salvo Estados Unidos y China. Debajo del cenotafio central del monumento se recogen las cenizas de unas 70 mil personas calcinadas en la conflagración. Y grabada en piedra, la leyenda: “Reposen aquí en paz, para que el error no se repita nunca”.

Goro, un humilde pescador hibakusha, nos dejó este mensaje: “Todos hemos perdido en esta guerra. Las bombas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki, y también sobre la conciencia de Estados Unidos”. En realidad, cayeron sobre la conciencia de toda la humanidad, en un llamado a que nunca más se repita. Nunca más.

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*Principales referencias para este artículo: (1) el film “Rapsodia en agosto”, (1991), de Akira Kurosawa, basado en la novela corta de Kiyoko Murata "Nabe no naka" (Dentro de la sartén) y (2) el capítulo “Los sobrevivientes de la bomba atómica” del libro de Tomás Eloy Martínez “Lugar común, la muerte”, Ed. Planeta, 1998, pp. 189-228, Buenos Aires.

Gioconda San-Blas 
gsanblas@gmail.com 
@daVinci1412
Jue 06/08/2020 10:58 AM
http://giocondasanblas.blogspot.com 
Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales,
Individuo de Número, Sillón XX

“No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio” Martin Luther King

viernes, 4 de octubre de 2019

JOSÉ LUIS MÉNDEZ LA FUENTE: EL BOTÓN ROJO DE LA CONSTITUCIÓN PERUANA

Cuando hace año y medio Martín Vizcarra fue juramentado como presidente del Perú dada la renuncia de Pedro Kuczynski al cargo, se suscitaron dudas sobre las probabilidades reales que tenía el, hasta ese momento, primer vicepresidente, para completar los tres años que aún quedaban por delante, del total del periodo presidencial de cinco años.

Las razones eran variadas, pero todas en sus principales ramificaciones coincidían en que la inestabilidad política derivada de un poder legislativo donde el fujimorismo era la principal fuerza opositora, así como del apretado triunfo de Kuczynski por apenas un puñado de votos sobre Keiko Fujimori, junto al flagelo de la corrupción que campeaba por el país y ya había llevado a la cárcel o sometido al escarnio público a sus últimos cinco presidentes, darían al traste con ese mandato. 

Además se sumaba a ello el hecho de que Vizcarra daba una cierta apariencia de desinterés por los asuntos propios de la presidencia al haber aceptado el cargo de Ministro de Transporte y Comunicaciones, el cual lo metió en la candela política de la interpelaciones, acusaciones por corrupción y críticas de todo tipo de la oposición del que salió para  ejercer otro muy diferente y que muchos consideraron aún más incompatible con la vicepresidencia: el de embajador en Canada, país donde se encontraba al momento de ser llamado para sustituir a Kuczynski. 

Sin embargo, Vizcarra ha podido sortear esa inestabilidad no obstante las renuncias de muchos de sus ministros y colaboradores, así como la corrupción a la que ha tratado de coger por los cachos con varias acciones políticas frontales e iniciativas legislativas que le han hecho ganar el apoyo tanto de las fuerzas armadas como del sentir popular. Un respaldo el del pueblo peruano que también recibió Vizcarra con su última medida de hace un par de días, de disolver el Congreso del país, similar al que le dio en su momento al propio Alberto Fujimori cuando con ocasión de su “autogolpe de Estado” de comienzos de abril del año 1992 hizo lo mismo, aunque en aquella ocasión la Constitución peruana no lo preveía.

Se hace insoslayable recordar que fue Alberto Fujimori quien dentro del marco del denominado Congreso Democrático Constituyente de 1993 dio vida a la vigente Constitución del Perú en la cual introdujo algunos artilugios y mecanismos con la finalidad de reducir las atribuciones de dicho poder legislativo y, por retruque, de reforzar las del presidente, es decir, las de él. Fujimori lo hizo en un momento de altísima popularidad, en el cual el partido que lo llevó a la presidencia, 
contradictoriamente era tan solo una minoría dentro del poder legislativo; este último, un estorbo, por ende, que retrasaba o impedía cualquier proyecto o reforma legislativa, así como los nombramientos de ciertos cargos como, por ejemplo, los correspondientes al poder judicial, que al final impedían su gestión de gobierno desde el poder ejecutivo.

Fue así como en dicha Constitución se estableció, prestado inapropiadamente de los regímenes parlamentarios, la figura del voto de censura y de la cuestión de confianza, inaplicables por ser incompatibles con el sistema de gobierno presidencial imperante en el Perú y en la América hispana desde su independencia, pero que a Fujimori, ingeniero, hombre práctico y calculador, le venía como anillo al dedo, a falta de otro, para frenar las acostumbradas tácticas dilatorias de los legisladores, cerrando el congreso si a sus miembros se les ocurría oponerse por dos veces a una solicitud de confianza solicitada por el Consejo de Ministros del Ejecutivo, como por ejemplo, sobre un proyecto de ley. 

Así gobernó en parte Fujimori, con esa amenaza permanente de disolución del poder legislativo que la Constitución de 1993, hecha a su medida, consagró como norma fundamental. Un botón rojo, para emergencias, que se podía apretar cuando le fuese conveniente.

Y ese botón rojo fue el que apretó, cansado quizás como Fujimori, de que le echasen para atrás algunas de sus iniciativas legislativas y de anticorrupción, sobre todo las que tenían que ver con la restricción de la inmunidad de los propios parlamentarios, Martín Vizcarra, casi treinta años después, generando una grave crisis institucional y política en el Perú actual. 

Vizcarra igualmente ingeniero y para quien, por supuesto, dos y dos son cuatro, ya se había dado cuenta seguramente, cuando propuso en julio pasado adelantar las elecciones presidenciales para mediados del 2020, que esa, aunque no estuviese contemplada en el texto constitucional, era la única consecuencia lógica y posible a la figura de la pérdida de confianza, dentro de una verdadera democracia. Una consecuencia preferible desde cualquier punto de vista, antes de decidirse a aplicar el mecanismo de disolución del Congreso permitido absurdamente por la Constitución en su artículo 134. Al menos, una menos dañina, más institucional y mucho mas justa política y democráticamente que la de cerrar el parlamento.  

Pero no le hicieron caso por razones y motivaciones políticas y personales de los congresistas y dirigentes de la política peruana que no cabe explicar aquí, y de ahí su decisión, la de Vizcarra, de activar ese botón rojo y convocar a elecciones para elegir un nuevo Congreso el próximo enero del 2020.

La crisis aún está ahí y lejos de haberse alcanzado una solución definitiva, no obstante, la renuncia de la presidenta encargada nombrada por el Congreso, también con permiso de la Constitución, aún hay una posibilidad de decisiones, pendientes básicamente del Tribunal Constitucional peruano, por otro lado, parte en su origen del problema, que pudieran darle un giro inesperado a la deriva actual, en la cual la figura del presidente está, sin duda, ganándole la partida a la del Congreso.

Pero quizás, lo único completamente cierto en todo esto, es que la sombra de Fujimori, como lo dijimos por motivos diferentes hace ya tiempo, en otro artículo, sigue proyectándose sobre la política peruana y sobre el futuro del Perú y de los peruanos indefectiblemente.

José Luis Méndez La Fuente
@xlmlf