jueves, 2 de mayo de 2019

FERNANDO MIRES, EL DESCUBRIMIENTO SIMBÓLICO DE JUAN GUAIDÓ


Comienzo este texto con tres postulados:


1) La política es, en parte, simbólica: contiene un registro del deseo y el deseo se expresa siempre simbólicamente

2) El símbolo se realiza en la medida en que se materializa y así deja de ser símbolo

3) El poder no es simbólico

Acerca de 1)

Decir que la política es, en parte, simbólica, deriva del hecho de que la política, por lo menos en muchos de sus segmentos, habita en el espacio del deseo.

El deseo, a su vez, es siempre representación del deseo. Y toda representación es imaginaria. Y porque es imaginaria busca un objeto de representación simbólica. Algo así como el amor que busca su símbolo antes de su consumación pues si no lo encuentra se empoza en el alma convertido en mal narcisista. El amor -hablemos simplemente del deseo de amor- para serlo, necesita de un objeto de representación que lo acerque a la realidad del deseo de amor. El deseo de poder, que es el de la política, también.

La realidad del deseo no se agota en la realidad inmediata, habiendo siempre un exceso de deseo inmaterializado que en el fondo es el deseo de alcanzar a otra realidad mucho más metafísica que la de nuestra pobre inmediatez, tan física que es. De esa sub-realidad -para diferenciarla de la supra-realidad lacaniana- no hablaremos en esta ocasión. Habría que hablar de poesía, música, religión. Y yo solo quiero hablar esta vez de política. Debo decir: de deseos colectivos, plurales, heterogéneos y contradictorios entre sí. “Demandas”, los llamaba Ernesto Laclau. Deseos acumulados que para ser representados requieren de síntesis formativas muy difusas.

En política a esas síntesis la denominamos liderazgo: puede ser el de una idea-fuerza (comunismo, fascismo, liberalismo), puede ser la de un grupo y casi siempre la de un líder quien se convierte en un también difuso depositario singular del deseo-amor colectivo. Ahora, la tarea acordada a ese líder es la de materializar el deseo no realizado, frase que nos catapulta hacia una paradoja, pues en la medida en que el líder nos acerca al cumplimiento del deseo colectivo, va perdiendo su calidad simbólica toda vez que el imaginario, sustento de cada símbolo, deja de ser re-presentación y emerge como simple pre-sentación material (institucional) la que para ser enterrada en tierra firme debe ser desterrada de su hábitat simbólico. Podemos así decir, rozando a Lacan, que con la materialización del imaginario se acaba el goce simbólico. Nuestro líder será ministro, presidente, dictador, o qué se yo. El símbolo será relegado al lugar del pasado, al del inconsciente convertido en material magmático para la reproducción de otros deseos, políticos o no.

Acerca de 2)

Debo decir entonces que el líder, al acercarnos a la tierra prometida, la tierra deja de ser prometida (imaginaria) perdiendo su calidad de símbolo y, en consecuencia, de liderazgo. Si el líder, en cambio, nos aleja de la tierra prometida, también deja de ser líder (conductor) En cualquiera de los dos casos, el líder, yéndose o llegando, está condenado a su des-lideración (a veces hay que inventar palabras) La honestidad del líder se mide entonces por la distancia que lo separa de su tierra prometida. No voy a hablar de Moisés. Para ejemplificar recordaré a otra tierra prometida: las Indias de Cristóbal Colón.

Cuando el judío Rodrigo de Triana gritó “Tierra”, las cartografías colombinas dejaron de ser símbolo de una posible materialidad pasando a convertirse en re-presentacion no simbólica de la pre-sentación de las Indias. ¿Se entiende? El símbolo existe (se extiende) solo hasta donde encuentra su lugar deseado. Ahí se convierte en un “tener” y, por deducción, ingresa al registro del poder. El símbolo, como el deseo del amor, existe solo cuando su objeto no se tiene. En el caso de ser mantenido debe ser remitido al pasado, ritualizado como una bandera o como un escudo patrio. Estatuizado, momificado, congelado. El poder en cambio es ejercicio de poder. El poder...

Acerca de 3)

El poder no es simbólico. El poder, a diferencia del símbolo, existe solo cuando se tiene o se padece. El poder para que exista debe ser ejercitado. El símbolo, en cambio, no. Pero hay un detalle. El campo de poder suele no corresponder exactamente con el símbolo surgido previamente desde nuestra imaginación simbólica. En el caso de Colón, las que descubrió no fueron “sus” Indias sino la América de Vespucio. Ese espacio de no equivalencia -seguimos recordando a Laclau- es a su vez la razón que permite no solo el ejercicio del poder, sino la persistencia de un resto simbólico, vale decir, la posibilidad de embarcarnos en otras gestas vinculando nuevos deseos (demandas) gracias a la pervivencia de fragmentos de significantes no equivalentes entre el signo pre-dibujado (la cartografía puede ser geográfica o política) y su realidad terrena. Dichas inequivalencias son las condiciones que nos permiten seguir creando símbolos o, lo que es parecido: seguir deseando. O seguir soñando.

Todo descubrimiento es portador de una desilusión. Puedo imaginar entonces el “goce de Colón” al escuchar el grito ¡Tierra! Por una parte, el anuncio de la materia de su símbolo. Por otra, el miedo de que su símbolo no correspondiera con la materia pre- simbolizada. El deseo orgásmico de pisar tierra y el miedo a descender a un espacio desconocido: al lugar de la muerte del símbolo.

Background: Guaidó y los dos 23

23 de enero

El 23 de enero el diputado Juan Guaidó juró como presidente encargado de Venezuela ante una masa emocionada que aceptó su juramento como una declaración de amor. Más que un juramento fue la consagración de una relación libidinosa entre un líder ungido y una población padeciendo el estado de anomia política en que la había dejado la abstención del 20-M. Fue esa, sin duda, una creación de la, por Laclau llamada, “razón populista”.

Ese día tuvo efectivamente lugar una relación directa, pura, sin mediaciones, casi al gusto de un Carl Schmitt, entre el pueblo y su líder. Guaidó juró políticamente como líder de su pueblo y, simbólicamente, como presidente de Venezuela. Un juramento que traería consigo la posibilidad de des-simbolizar el símbolo. De acuerdo a ese objetivo, Juan Guaidó trazó una tríada: fin de la usurpación- gobierno de transición- elecciones libres. Si se quiere, las tres carabelas de Cristobal Guaidó.

Que el fin del gobierno de Maduro (fin de la usurpación) era el objetivo más importante, se deduce de por sí. Que ese debía ser el primer objetivo, no estaba dibujado en ninguna cartografía del mismo modo como no estaba dibujado desde cual carabela, si desde la Niña, La Pinta o la Santa María, iba a ser divisada por primera vez “la tierra prometida”. La política también navega sobre un mar de contingencias.

23 de febrero

El que iba a ser el día de la realización de las imágenes simbólicas, precedido por el imponente concierto en “Tienditas”, cerca de la frontera que separa a las bolivarianas Colombia y Venezuela, el día de encuentro entre el pueblo con el mundo que lo acogía a través de una gran ayuda humanitaria, fue el día de la gran desilusión. Fue también el día de la impotencia, la demostración de que no bastaba ser mayoría imaginaria para divisar el poder. Fue, no por último, el día de la encrucijada. Había comenzado el momento de elegir si el pueblo dirigido por Guaidó se mantendría en estado simbólico o asumiría el enfrentamiento imponiendo sus armas, las políticas, en contra de las armas de la dictadura, las militares. En otras palabras, ese día fue evidente que si la oposición no asumía con sus propias fuerzas, y apoyada desde todo el mundo democrático, una lucha para hacer valer su mayoría en el único lugar y forma donde puede hacerlo, en una intensa contienda por elecciones medianamente libres, iba a ser nuevamente aplastada. Y otra vez por medios no políticos. Como en el 2017.

Al escribir estas líneas esa oposición no atina todavía a dar ningún paso para elegir en la encrucijada la vía que corresponde a lo que ella es: la de lograr el fin del gobierno de Maduro con medios pacíficos y electorales y con el apoyo de todo el orbe democrático en lugar de continuar petrificada en una estructura de reconocimientos simbólicos, de embajadas simbólicas, de órdenes simbólicas, de gestos simbólicos, de poderes simbólicos. Para atravesar esa vía la oposición lo tiene todo en sus manos. Para recorrer otra vía no tiene nada. ¿Qué es lo que impide a la oposición avanzar hacia la tierra prometida? ¿El abandono del goce simbólico en el que se encuentra atascada? Pareciera ser así. Las reacciones histéricas de la parte más extremista de la oposición al solo oír el nombre elecciones, más que expresión de una política son un síntoma del dolor padecido cuando abandonamos la casa de los símbolos. O la de la infancia, según Freud. Síntoma muy bien expresado en un tuit de la talentosa dibujante Rayma. Cito: Escuchar hablar de elecciones y no del cese de la usurpacion ... me produce un corto circuito, por no decir un electrocutamiento general de neuronas”. Mas claro, imposible.

Freud nos habló del miedo a tener éxito. Lacan del miedo a interrumpir el goce simbólico. Ojalá no se trate de ninguna de las dos cosas.

Colón también tuvo probablemente ese miedo. Antes de su viaje había empeñado hasta el alma, mendigado en conventos y en viciosas cortes, dialogado con potentados detestables, contrayendo toda suerte de compromisos indeseables. Quizás Colón, al fin y al cabo un viajero político, el más político de todos los viajeros de ultramar, ya pensaba en que la tierra que descubrió no iba a ser la imaginada. Y no lo fue. Pero era tierra.

¡Hay que poner, de una vez por todas, los dos pies sobre la tierra!
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Referencias:
Freud, Sigmund: Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analitica. Cap. II: “Los que fracasan al triunfar”, en sus Obras Completas (O.C.), Ed. Biblioteca Nueva, 4a Edición(1981)
Lacan, Jaques "Le symbolique, l’imaginaire et le réel. Conferencia pronunciada en el Anfiteatro del Hospital Psiquiátrico de Sainte-Anne, París, el 8 de Julio de 1953, en ocasión de la primera reunión científica de la recientemente fundada Société Française de Psychanalyse
Laclau, Ernesto; Mouffe, Chantal “Hegemonía y estrategia socialista”, Siglo XXl, Madrid 1987
Laclau, Enesto,“La Razón Populista” F.C.E, Madrid 2016
Schmitt, Carl “El concepto de lo político”, Alianza, Madrid 1999

Fernando Mires
@FernandoMiresOl ‏

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