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sábado, 8 de agosto de 2020

MIBELIS ACEVEDO DONÍS, UNIDAD… ¿PARA QUÉ?

A partir de 1974 y en medio de un ambiente ajeno a épicas maximalistas, se comienza a trabajar en Brasil a favor del blindaje de una coalición opositora fuerte y amplia, enfocada en debilitar a la dictadura militar mediante conquistas parciales. Una fórmula que, administrada de forma progresiva y consistente, resultó decisiva en la transición. “Los factores más importantes son los internos. La experiencia de Brasil muestra la importancia de combinar la presión social con la ocupación de los espacios institucionales, incluso si estos son muy reducidos”. Así, “la presión social pudo encauzarse en las elecciones”, recuerda el ex presidente Fernando Henrique Cardoso. (Lowenthal y Bitar/ “Transiciones democráticas”).

No fue fácil. Nunca lo es enfrentar a estas autocracias que hacen de la arena electoral prácticamente el único -también muy viciado- espacio de aparición de la política; una arena que modifica a su vez la lógica interna del conflicto. Para entonces, todos los partidos preexistentes habían sido liquidados, y sólo quedaba en pie un partido opositor “potable” para el régimen, el Movimiento Democrático Brasileño (MDB) en el que militaba Ulysses Guimarães. Las sospechas, las grietas, los ataques entre opositores “verdaderos” y “falsos” hacían fiesta. Un punto de partida que, sin duda, podía desalentar hasta al más optimista.

Pero contra todo trance, e impulsada por las gestiones de Guimarães y Cardoso, la certeza de que era necesario recurrir a esa unidad con propósito –una que lograse capitalizar el descontento social para convocar mayoría políticamente útil- se impuso. “Según los compañeros teníamos que ser puros, la verdadera oposición no debía entrar en contacto con la otra oposición, la que contaba con la aprobación del régimen”, continúa Cardoso. La respuesta fue: es imposible quebrar la red militar sin establecer alianzas entre sectores.

Una visión de conjunto, pragmática, integradora de la diferencia, de índole profundamente democrática, hizo posible remontar las distancias, restañar las viejas, frescas sangrías. Y avanzar con tenacidad a pesar de los zigzagueos y reveses, gracias a la participación en sucesivos comicios. Así se consolidó en 1982 la presión por “Diretas já”, a favor de la elección presidencial directa. Paradójicamente, esa aspiración sólo pudo concretarse tras la participación en las elecciones indirectas de 1989, en las que la oposición resulta ganadora.

El episodio brinda oportunos referentes para la oposición venezolana, hoy vapuleada por similares dilemas. El debate en torno a la construcción de una unidad no sólo representativa de todos los factores democráticos que hacen vida en nuestro país, sino capaz de congregar fuerza numérica para desafiar al régimen en su mismo terreno, sigue mostrando un proyecto inacabado. Desde 2018 para acá, especialmente, la idea de la unidad sufre a expensas de las discrepancias respecto a la ruta electoral, se diluye en el choque con estrategias que parecieran ajenas a la conciencia de posibilidad, al conocimiento de la instrumentalidad o al sentido de la razonabilidad, para decirlo con Sánchez Pelayo.

“Tenemos que unirnos”, es consigna que jamás deja de resonar. Una que hoy reverdece a la luz del “Pacto unitario” de ese sector que nucleado alrededor de Guaidó, decide renunciar a la contienda parlamentaria. La pregunta es… ¿para qué unirnos? Porque la unidad no puede convertirse en reducto de frustraciones compartidas, en club de voluntades venidas a menos. Tampoco en coartada para el compulsivo inventario de escollos ya sabidos, reforzando la desgana de una sociedad que se licúa en la espera de que el cambio sea impulsado por la acción política, que moviliza y articula. La unidad útil supone no sólo el acercamiento estratégico entre sectores que, en un marco de competitividad libre y democrática, probablemente no se cruzarían. También exige inteligencia para neutralizar la intransigencia moralista y antipolítica. Esa que, presta a encajar etiquetas -“cohabitadores”, “colaboracionistas”, “vendidos”- anula a priori la posibilidad de hablar y actuar juntos.

Un liderazgo aglutinador, consciente de la necesidad de una confluencia que transcienda la prédica, sabrá valerse de esa potencia ampliada para estrujar las incertidumbres institucionales e informativas que, según Schedler, amenazan a estos autoritarismos. “E pluribus unum”: de muchos, uno. Hay un sentido de urgencia, en fin, justificando la incómoda alianza. Se trata de contener el avance de ese Gran Otro anti-democrático, anti-constitucional y antipolítico, para quien es más fácil operar frente a rivales múltiples pero dispersos. Pero esa contención sólo ocurrirá, presumimos, en el marco de una estrategia que preste atención a la evidencia.

Hay que partir de una certeza casi tautológica: en un contexto autoritario no cabe esperar elecciones libres. En el caso brasileño, la ruta electoral, asumida con sereno realismo, ofreció el medio para habilitar la fuerza interna y reivindicar en la práctica derechos ciudadanos conculcados. En nuestro caso, lo confirman los sondeos, sólo una coalición que re-agrupe al archipiélago opositor, que remonte la desafección y entusiasme a más de 56% del electorado; capaz de pasar del desperdicio de impulsos atomizados a un solo y robusto cuerpo, podría ofrecer ventajas que –según proyecciones de Súmate- asegurarían bastante más que la simbólica presencia en el nuevo parlamento.

Capacidad para inducir a la acción, propia de “el que guía”, surge aquí como atributo esencial, claro. Declararse de nuevo impotentes para superar la dificultad puntual y profusamente diagnosticada, nos hace dudar de la facultad de esa dirigencia para emprender proyectos tan complejos como desalojar al madurismo del poder. Ante ese penoso panorama estamos. El que remite a otra rabiosa lista de motivos para inmovilizarse, cuando el país está esperando la propuesta que lo saque de la anomia y le muestre lo que SÍ podemos hacer.

Mibelis Acevedo D.
mibelis@hotmail.com
@Mibelis

domingo, 9 de diciembre de 2018

OMAR ÁVILA, ¿POR QUÉ INSISTEN EN LA ABSTENCIÓN?


Muy posiblemente, al momento que salga este artículo la abstención haya sido la protagonista del proceso electoral de este domingo 9 de diciembre. Y es que si en algo ha trabajado el gobierno es en hacer estrategias que creen desconfianza en el voto popular como medio para derrotarlos, porque si algún enemigo tiene el régimen es el voto.



La última vez que nuestros centros electorales estuvieron llenos, el 6 de diciembre de 2015, obtuvimos una contundente victoria.

“Perdimos una, la batalla del 2015, las elecciones a la AN. Nosotros asumimos la derrota, nos reorganizamos y comenzamos a reunir fuerzas”, dijo recientemente Diosdado Cabello en su programa. La estrategia: aniquilar la del contrario más que reunir fuerzas porque saben que solo tienen entre 5 y 6 millones. Muchos dirán que estoy exagerando, que ni siquiera cuentan con esa cifra. 

Hace 20 años el chavismo llegó al poder. ¿El resultado?: Más de 85% de empresas privadas han cerrado, más de 3 millones de venezolanos han emigrado, enfermedades como el paludismo, la malaria, la tuberculosis y la lepra han reaparecido. El salario (que al día de hoy), es de menos de 8 dólares mensuales producto de la hiperinflación anual que ya pasa el 1.000.000%, y que tiene ya a casi la mitad de nuestro pueblo en pobreza extrema. 

Hay que recordar que el teniente coronel que dio un golpe de Estado y fracasó, entendió que tenía que meterse por el carril de la política para embutirnos su proyecto revolucionario fracasado. Veinte años después, muchos que se le oponen insisten en acariciar lo del golpe. 

Asusta ver la cantidad de gente que está dispuesta a participar solo si la victoria está garantizada y que solo saben jugar a ganar. Tienen un grave problema de manejo de expectativas y frustración. Y no manejan los conceptos de ganancia o pérdida relativas. 

Habría que estar ciego para no reconocer que siempre fuimos minoría frente al chavismo. Pero eso empezó a cambiar a partir del 2012 y en 2015 demostramos ser la nueva mayoría. Tanto que costó y ahora que somos la gran mayoría (85%), no la ejercemos, no votamos. 

Abstención que por cierto fue determinante en la victoria de Hugo Chávez en el 98, le dio la Asamblea Nacional en el 2005 para que avanzaran en su proyecto autoritario, y acabó con la mayoría opositora en el último año. Y algunos todavía piden evidencias de su fracaso. ¿Será que quieren ver cadáveres?

Quienes están ofuscados contra el voto, llaman a la guerra, pero no tienen ni siquiera una china.

Es momento que reconozcan, en honor a la verdad, que la abstención de 2005 fue un suicidio político que no logró nada, solo condujo a perder casi todos los espacios de poder incluyendo al Tribunal Supremo de Justicia y al Consejo Nacional Electoral. La de 2017 y la del pasado 20M tampoco logró nada. Entonces: ¿Por qué insisten en abstenerse?

Omar A. Ávila H.
@OmarAvilaVzla

viernes, 17 de febrero de 2017

PEDRO LUIS ECHEVERRIA, DIÁLOGO ¿PARA QUÉ?

NO ES POSIBLE UN DIALOGO QUE LLEGUE
A CONCLUSIONES POSITIVAS ENTRE 
DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO

A medida que transcurren los días en nuestro país, la represión gubernamental aumenta, se perfeccionan y profundizan la crueldad oficial y los métodos y mecanismos para ejercerla. Aumenta el número de  víctimas fatales por la inseguridad e igualmente el de los lesionados, los torturados y los detenidos ilegalmente a los que no se les reconoce el derecho al debido proceso; impunemente los grupos armados e irregulares auspiciados, protegidos y financiados por el gobierno incrementan la virulencia de los ataques a las personas, a la propiedad privada y a las pertenencias ajenas. 

El régimen inventa tenebrosas conspiraciones nacionales e internacionales supuestamente orientadas a desestabilizarlo; maquilla y oculta las cifras de desempeño económico,  pretendiendo con ello vender un utópico país que está muy lejos del horror en que vivimos los ciudadanos. 

El Presidente, en lugar de asumir plenamente sus responsabilidades constitucionales e institucionales, prefirió transferirlas al estamento militar. 

Asimismo, el régimen trata de infundir miedo, mediante la escandalosa manipulación de las leyes y la institucionalidad para acusar, acosar y calificar de enemigo, sin recurso de apelación, a todo aquel que profesa ideas y valores diferentes de lo que el oficialismo totalitarista asume como el bien común. Manipula a las masas de sus seguidores exacerbando sus peores instintos, creando así una avalancha de odios hacia la disidencia que nadie parece capaz de detener. Permite, con gran complicidad y otorgando impunidad, la profundización y expansión de una de las lacras sociales que más daño causa a una sociedad: la corrupción, al extremo que el afán de enriquecerse en el menor tiempo posible que domina a sus validos, sean éstos políticos, militares, comerciantes o figuras más o menos públicas, ha generado, entre ellos, confrontaciones de diversa índole.

En síntesis, el régimen está tratando por todos los medios a su alcance y con el poder totalitario del Estado, aplastar la voluntad de cientos de miles de personas, potenciar su sumisión y la desaparición del ansia de libertad que es la condición esencial de los seres humanos. 

El gobierno irresponsablemente asume el rol de feroz contendiente, en lugar de abrir, mediante acciones políticas contundentes y veraces, los caminos para el entendimiento y la paz; los cierra a través de un discurso altanero y desconsiderado en el cuál campean intentos de dominación gubernamental a la sociedad,  perversas órdenes de incremento y profundización  de la represión, falsedades, descalificaciones y violaciones a las leyes.  A pesar de ello, la fuerza de la  protesta crece, persevera, se mantiene, se reinventa y se extiende a diversas ciudades y sectores sociales.

Sin embargo, y ante  la inminencia de constitucionales  procesos electorales para elegir a los mandatarios regionales y a los Alcaldes, el régimen, a través de sus más calificados voceros  ha manifestado que las elecciones no son prioritarias, que son un factor de desestabilización y que se utilizarán para desprestigiar al Gobierno,(Cabello, Rodríguez y Padrino López, dixit) cerrando así  la posibilidad de mantener conversaciones, con eficacia política, sobre la forma de abordar conjuntamente las soluciones a la terrible situación que vive el país en todos los órdenes.

El régimen debe comprender y asumir que no es posible iniciar un proceso de rescate del país, mediante el diálogo eficaz y constructivo, cuando las causas y  cicatrices de la contienda que ha mantenido con la oposición y la empresa privada durante 19 años no han sido resueltas y sanadas. 

Después de esta fase de horror y abusos de los derechos humanos como la que hemos vivido y  estamos viviendo y para la que no se vislumbra con certeza su tiempo de terminación, nuestra sociedad requiere la reconstitución de su tejido social asegurando la convivencia mediante procesos de entendimiento sostenibles en el largo plazo. 

Establecer un diálogo veraz y efectivo, supone establecer una agenda de conversaciones en la que figuren: la edificación institucional de la democracia y el estado de derecho; crear instituciones políticas y judiciales respetadas y creíbles para la administración y solución de conflictos por vías no violentas; llegar a un consenso sobre lo que no es aceptable promover y los medios que resulta inaceptable emplear para proteger intereses por legítimos que sean. Sin ello, la paz será apenas el interregno de una inacabada espiral cíclica de conflicto y violencia. Si bien la resolución de los conflictos se debe encaminar en el corto y mediano plazo a llegar a arreglos que satisfagan mínimamente las demandas de los contendientes, la transformación del conflicto en compromiso de rescate del país, supone atender y dar solución a los profundos desajustes económicos, y a los  problemas estructurales y culturales que asolan al país y restablecer el tejido de convivencia social que ha sido roto durante los últimos cinco lustros y fracción, transcurridos. Así y solo así es que un diálogo gobierno-oposición puede ayudar a solventar la crisis.


La realidad actual es que el gobierno y sus amanuenses institucionales promocionan un diálogo que saben no llegará a ninguna parte por varias razones: no es un interlocutor  válido pues carece de la  legitimidad necesaria para comprometerse a nada, debido a los serios cuestionamientos a su permanencia en el poder que le hacen distintos grupos que hacen parte de su propia tolda política; carece, asimismo, de  la voluntad política que se necesita para negociar un desenlace conveniente a las partes en conflicto; sólo pretende ganar tiempo para crear un sistema de hegemonía gubernamental en donde no hayan elecciones, conforme lo ordena la Constitución, al tiempo que a través de triquiñuelas y subterfugios ilícitos,  se invaliden y defenestren los partidos políticos y se limite la libertad de expresión,  bastiones fundamentales del sistema democrático venezolano. 

Desde este punto de vista, no se explica, por tanto, que los flagrantes incumplimientos de los compromisos convenidos, las infames e ilegales acciones perpetradas contra la disidencia y la democracia y las aviesas intenciones del régimen para el futuro inmediato no sean del conocimiento de la perspicaz, eficiente y no cándida inteligencia vaticana. 

Entonces, con tan importantes elementos fácticos de juicio que fehacientemente conoce el Vaticano ¿qué sentido tiene que el Santo Padre convoque a un diálogo en la que participe un interlocutor  que no ha cumplido ni cumplirá con las condiciones mínimas requeridas para iniciar las conversaciones y que además  no está dispuesto a arribar a la resolución de los conflictos de manera institucional, honesta y no violenta, para dar respuestas a los anhelos de paz y de superación de la pavorosa crisis que sacude a la la sociedad venezolana?

Pedro Luis Echeverria
pedroluis.echeverria33@gmail.com
@PLEcheverria
Miranda - Venezuela