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lunes, 25 de febrero de 2019

JOSE LOMBARDI, POR AHORA…Y PARA SIEMPRE.


Los venezolanos tenemos más de 200 años intentando hacer una República, el balance al 2019 es que aún estamos lejos de ella, pretender en una cuartilla explicar las razones del fracaso es atrevido, sin embargo me atrevo a decir que la falta de unidad sobre proyectos comunes y la ausencia de formación cívica han sido causas determinantes, un repaso de nuestra historia, será suficiente para darle sentido a esta hipótesis, contrario a corregir, enmendar o reformar, preferimos borrarlo todo y comenzar de nuevo, trajes a la medida de las elites de turno.

A través de sus 26 cartas magnas, los venezolanos hemos intentado en 26 oportunidades construir una República, en promedio lo intentamos cada 8 años, lo que evidentemente hace inviable un proyecto exitoso y sustentable a largo plazo.

El progreso y bienestar colectivo, lo que algunos definimos como Bien Común, no se decreta, por el contrario, debe construirse con mucho sacrificio y paciencia, es una obra común de quienes participan en ella, en el caso venezolano es responsabilidad indelegable, es y serán los venezolanos los únicos capaces de construirlo, pero para ello será necesario reivindicar un pacto social trascedente, inclusivo, democrático con un alto sentido de patria.

Hoy, Venezuela vuelve a vivir el resquebrajamiento de su tejido social, otro intento político fracasado y testarudo, incapaz de reconocer sus fracasos se aferran al poder entregando al país a intereses extranjeros, arrastrando a los venezolanos a un escenario de confrontación geopolítico internacional innecesario, cuyas consecuencias hoy son impredecibles.

La política debe servir como herramienta de la civilización para resguardar y garantizar la vida, la guerra es el atraso y el rostro negativo de ella, sin acuerdos la política no tiene sentido, es quizás, la declaración de los derechos humanos una de las obras políticas más hermosa de la humanidad, cuidarla y cumplirla es un deber sagrado de todas las naciones del mundo.

La confrontación bélica debe evitarse en Venezuela, los venezolanos debemos ser capaces de superar esta crisis en paz, sin exclusiones, los actores políticos deben ponerse de acuerdo en resguardar la integridad del pueblo, al final de cuentas, es este quien tiene el poder de legitimar los destinos de la nación y elegir sus gobernantes.

Estamos cerrando las puertas de otra etapa de nuestra historia, aquel “por ahora…”  expresado por Chavez en el año 1992 debe quedar enterrado para siempre y sus palabras de rendición: “es tiempo de evitar más derramamiento de sangre, es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones, el país tiene que enrumbarse hacia un destino mejor…depongan las armas porque los objetivos es imposible que los logremos” sirvan de reflexión para quienes aun equivocadamente pretenden sostener algo insostenible.

Son buenos tiempos de reflexión y encuentro para reivindicar nuestro espíritu republicano y democrático, sirva entonces estos difíciles años de nuestra historia como aprendizaje para el presente y el futuro. Es buen momento para recordar a Abraham Lincoln cuando en uno de sus extraordinarios discursos dijo: "Una casa dividida contra sí misma no puede sostenerse." Esto es el principio básico y fundamental de toda aquella nación que aspire progreso y bienestar para sus nacionales, sino partimos de este principio la Republica será inalcanzable.

Jose Lombardi
jjlombardiboscan@gmail.com
@lombardijose

miércoles, 19 de diciembre de 2018

GABRIEL BORAGINA, "BIEN COMÚN" Y MERCADO


Nos hemos explayado antes entre dos nociones diferentes del término "bien común", ambas antagónicas.

El dilema se plantea, pues, entre la versión colectivista de bien común y la individualista. La colectivista implica, en realidad, que por esa expresión se entiende un supuesto "derecho" de las mayorías por sobre las minorías, es decir, donde los más se benefician en perjuicio de los menos, lo que se opone al concepto liberal o individualista de la locución, en la que el favor o ventaja de unos no puede -de ningún modo- implicar el perjuicio de otros. Propiciaremos este segundo sentido como el correcto a nuestro criterio.

En este último, el bien común (y en nuestra personal opinión) alude al bien de todos sin excepción, caso contrario habría que utilizar otras fórmulas (por ejemplo, bien general, mayoritario, etc.). No obstante, está implícito en el uso habitual la frase "bien común" como el de un grupo mayoritario, difuso e indefinible o, más bien, definible a gusto del definidor. Esto ha dado pie a que políticos inescrupulosos -y aun hasta tiránicos- hayan pretendido enarbolar para sus acciones antisociales la bandera del bien común, con los consiguientes abusos y angustias que acarrearon contra sus contrarios, y paralelamente, alegrías y provechos para sus partidarios.

Personajes como Hitler, Mao Tse Tung, Mussolini, Stalin, Fidel Castro, Juan D. Perón, Chávez y otros nombres siniestros de la historia (por sólo citar algunos y los más conocidos por todos) han pretendido ser los adalides y genuinos defensores del bien común. Los resultados han sido los que son de público conocimiento: guerras sangrientas, pobreza, hambre, miseria, devastación, etc.

Resulta intrínsecamente discordante con la frase bien común que -en su aplicación- unos se privilegien a costa de los demás. El bien común ni se contrapone ni está en contradicción con el bien particular, porque si este último supusiera, eventualmente, el mal de un semejante automáticamente desaparece el bien común. Por otra parte, en el caso de que un individuo dañe a otro, tampoco podría decirse que el bien particular del agente dañoso se logró a costa del mal provocado al sujeto dañado. Porque frente a un daño cualquiera habrá una reacción, ya sea social o individual, tendiente a una reparación, con lo que el supuesto "bien particular" obtenido a costa del mal particular de otra persona dejará de ser un "bien particular". En otras palabras, ante tales circunstancias el bien común se disipará.

Ahora bien, la pregunta clave es ¿puede la política o los políticos conseguir el bien común? Creemos que la política es solamente un factor, entre otros, en dicho cometido. Y la experiencia ha demostrado que, lejos de ser un gestor causal del bien común, con frecuencia ha sido su primordial obstáculo. Sucede que los operadores de la política, es decir, los políticos, aun en los casos en los que abrigan las mejores intenciones, no están en condiciones de conquistar el bien común por muchas razones. La primera de todas, a nuestro entender, es la ya señalada antes: que confunden el bien común con el bien mayoritario, en consecuencia, sus acciones se encaminan en tratar de consumar, en la medida de sus posibilidades, ese bien mayoritario. La dificultad consiste en que, aun ciñéndonos a una mayoría circunstancial, cada uno de los integrantes de esa mayoría entiende el "bien" de disimiles maneras. Y ningún político se halla en condiciones de conocerlas todas y, menos todavía, al detalle, satisfacerlas todas y cada una.

Eso, como hemos señalado, suponiendo los mejores propósitos de los políticos. Pero, a menudo y, sobre todo en el caso latinoamericano, las miras de los políticos no se orientan en dicho sentido, sino que se limitan a alcanzar las mayores ganancias para sus partidarios, y sólo secundariamente para el resto de los ciudadanos, en tanto y en cuanto tales procederes les reporten algún rédito político, lo que se traduce, en buen romance, en votos que les permitan conservar el poder, o volver a acceder al mismo en el caso que -de momento- no se hallen al mando. Pero hay una situación peor aún, que se presenta cuando los políticos tratan de lucrar todo lo posible exclusivamente para el propio círculo gobernante, descartando tanto a partidarios como al resto de la ciudadanía.

Nuestra personal perspectiva es que, la meta del bien común es y debe ser algo que comprometa al total de la sociedad, esto es, tanto a la sociedad política como la civil. Y dado que, existe una interacción permanente entre ambas son ellas en conjunto las que pueden alcanzar o frustrar el objetivo tendiente de arribar al bien común. Hay que recordar que hemos caracterizado a la sociedad política como dependiente de la civil y subordinada a esta, al menos en el plano del deber ser. Si existe un enfrentamiento o alguna clase de conflicto entre ambas sociedades demos por cierto que ningún objetivo de bien común podrá ser captado. Si hemos considerado por seguro que la colisión entre dos individuos atenta contra el bien común, no menos será cierto ello cuando el problema aparezca entre dos grupos sociales.

Centrando ahora el análisis de cómo opera la sociedad civil con miras a arribar al bien común diremos que el principal instrumento es el mercado, ámbito en el cual se coordinan, combinan y complementan los deseos de compradores y vendedores. Habida cuenta que los humanos no somos autosuficientes, resulta necesario intercambiar en libertad nuestras producciones con las de nuestros semejantes. La satisfacción derivada entre las partes cuando tales procesos se verifican en la más total libertad coadyuva al fin del bien común. Pero, más allá de lo crematístico, la llave de entrada que abre la puerta del bien común es la libertad. Sin libertad no hay bien común posible. Y el bien común reside -en el fondo- en el pleno agrado de todas las aspiraciones humanas, sean dentro o fuera del mercado, ya que no olvidemos que el mercado es una simple y mera herramienta para la consecución de tales designios. No obstante, todos los fines -sean estos mercantiles o no mercantiles- necesitan inexorablemente de un requisito ineludible que -como queda dicho- se resume en una sola palabra: libertad.

Gabriel S. Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina