Mostrando entradas con la etiqueta CONVICCIONES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CONVICCIONES. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de diciembre de 2018

MARIO JAVIER PACHECO, ESTILO DUQUE


La coherencia que el presidente Duque mantiene entre sus convicciones, sus propuestas y sus ejecuciones, es irrefutable, sin embargo cada decisión suya es criticada por uribistas más uribistas que Uribe y radicales de derecha, más de derecha que Bolsonaro, alineados con la izquierda radical, santistas, mamertos y profarianos, corroborando la frase endilgada a Lenin: “los extremos se unen”

La popularidad del presidente descendió abruptamente y el fenómeno se convirtió en almíbar para los medios y en yesca para el incendio que aviva diariamente el ex ministro Londoño, quemando a hombres de poca fe, muchos de nuestras huestes, que aún no entienden el estilo Duque.

Lo quieren haciendo trizas los acuerdos, atizando la guerra y persiguiendo a medio país. Nada de esto prometió, ni es su estilo.

Le cobran el nombramiento de santistas, porque “el favor al enemigo no lo convierte en amigo, pero hace enemigos a los amigos y con esto duplica los enemigos”.

Olvidan que Duque recibió un país polarizado por Santos, enceguecido y radicalizado como en la era de los godos y cachiporros, con sus arcas arrasadas por la corrupción y a un paso de la violencia y de la quiebra.

Olvidan quien es Duque y que su estilo, que combina inteligencia, formación y memoria, demolió argumentalmente a cada uno de sus contendores de campaña, y le hizo llegar a la presidencia sin ayuda de partidos políticos, ganando con esto la independencia para nombrar a quien le plazca.

Su estilo hizo una campaña sin precedentes en la historia electoral colombiana; bastó su carisma; el apoyo irrestricto del presidente Álvaro Uribe y el trabajo del equipo que premió en México a Luigi Echeverri como el mejor estratega electoral presidencial del continente

El bajonazo de su popularidad tiene nombre propio. Su estilo que empieza a horadar el cieno para hacer cimiento.

El estilo Duque es la inclusión, la anticorrupción, la austeridad, la mesura, la legalidad, la equidad, la transparencia y eso nos pega a los colombianos.

El estilo Duque cortó la mermelada que Santos daba a El Espectador, Semana, Canal Uno, la W Radio, Caracol, RCN y otros etcéteras, que lo extorsionan al día, para que regresen los cheques.

El estilo Duque anuló la incestuosa relación entre cortes, congreso y medios, que mutilaban, cobraban o presionaban la aprobación de leyes y reformas, y eso se lo facturan

El estilo Duque despojó de mermelada a los políticos y no les repartió el Estado, como se usaba y eso los tiene con rabia.

El estilo Duque prioriza la acción para satisfacer las necesidades y no las diferencias ideológicas, y eso exaspera a los extremistas.

El estilo Duque es de inclusión y eso desconcierta a la derecha excluyente, y de concertación con lo cual deja a los anarquistas sin otro argumento que la piedra y la papa bomba contra ventanas y policías.

El estilo Duque no hace trizas los acuerdos, salva de ellos lo positivo, como prometió en campaña.

El estilo Duque deja solos con sus odios a Fecode, a las centrales obreras radicales, a los sindicatos judiciales y a la fábrica de argumentos doctrinales, de deslegitimación y proFarc que es el CNMH.

Ese es el origen del bajonazo de imagen. Ningún delito, ninguna persecución, ningún acto de odio, ningún abuso, nada oculto. Por eso, como en campaña, las calumnias se volverán contra los calumniadores y se mantendrá, no solo como el presidente para Colombia sino como un líder para el continente.

El estilo Duque es de gerencia cerebral, aumentó el presupuesto para la universidad pública en medio del paro, y dejó sin piso a los agitadores.

El estilo Duque es joven y espontáneo, sin clichés presidencialistas, y genera en todas partes aluviones de abrazos de confianza.

El estilo Duque es rebatir la calumnia, el chisme y la ofensa, con obras.

El estilo Duque es tomar el tiempo para los nombramientos y acertar, como lo hizo con la cúpula militar.

El estilo Duque es lograr que se apruebe sin mermelada y contra todo pronóstico, los proyectos de ley de Financiamiento, para restablecer la economía y el de la Superintendencia de salud, para que IPS y EPS nos presten el servicio con la calidad que merecemos los colombianos.

El estilo Duque es aminorar la brecha social, formalizando y expandiendo el empleo; eximiendo a emprendedores jóvenes del impuesto de renta por cinco años, y a los inversores en el campo por diez años.

El estilo Duque es eliminar nóminas paralelas y trámites burocráticos innecesarios para hacer un Estado eficiente con menor gasto.

El estilo Duque es resolver de una vez por todas, el problema de agua de la Guajira

El estilo Duque es asegurar la seguridad en el Catatumbo con 5 mil hombres de la FUDRA y del país con el Plan Diamante y El que la hace la paga.

El estilo Duque es alejar a la niñez y la juventud de la drogadicción mediante la eliminación de la dosis mínima personal.

El estilo Duque es resolver el problema de Electricaribe.

Cabe aquí repetir el trino del presidente Uribe:

“En la medida que avancen las reformas que se han aprobado y las que vendrán; se recupere la economía; que el país sienta que hay cero corrupción y se mejore la seguridad, poco a poco los colombianos irán mejorando la aprobación en el gobierno del presidente Duque”

Duque siempre sale fortalecido de los ataques y eso lo saben los amigos de campaña, que se están dejando chamuscar por el incendio de la insidia; que se desilusionan en la primera curva y entregan en bandeja el país a los violentos, sin dimensionar que su desfallecimiento es atentar contra su propia victoria.

Confianza en el presidente. En el estilo Duque está el sendero y todos estamos invitados a caminar con él.

Una feliz navidad y próspero 2019, unidos por Colombia.

Mario Javier Pacheco
@mariojpachecog

jueves, 14 de abril de 2016

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, DESECHAR LAS CONVICCIONES

Parece que los principios ya no importan mucho a la hora de hacer política. Al menos eso es lo que surge al observar lo que hace la inmensa mayoría de los dirigentes cuando debe fijar posturas y brindar discursos en público.

Queda en el aire esa sensación de que las decisiones se toman en base a un conjunto de conveniencias circunstanciales, a un pactado intercambio de beneficios mutuos y siempre de la mano de ocultos acuerdos que la gente desconoce, no por azar, sino por expresa voluntad de los protagonistas.

La política sigue siendo una actividad de escaso prestigio. Las acciones poco transparentes de quienes la ejercen no ayudan demasiado. La gente percibe que los que hoy opinan de una manera, mañana pueden hacerlo de un modo diametralmente opuesto, sin siquiera sonrojarse.

Debe quedar en claro que cambiar de parecer no es un pecado. De hecho, puede ser el síntoma de una meritoria evolución y sinónimo de una gran honestidad intelectual. Cuando una visión sobre la realidad es cuestionada y los argumentos que sostienen esa crítica tienen suficiente sustento, pueden dar paso a una idea mucho mejor, superadora y con mayor fundamento. En esa circunstancia, ese gesto de reemplazar opiniones debe ser aplaudido.

Se requiere, para eso, de una colosal capacidad para dudar de lo que se ha dicho siempre y estar dispuesto a someter las propias miradas al complejo desafío de una interpelación constante frente a otras ideas, contrastándolas con nuevas perspectivas e interpretaciones diferentes y originales.

Lamentablemente, esto se verifica con mayor frecuencia en los ámbitos científicos y académicos, que en el mundo de la política, donde la hipocresía, la versatilidad y el cinismo parecen ser, no solo moneda corriente, sino una virtud en el desempeño de esa tarea.

Cuesta comprender la falta de escrúpulos de muchos dirigentes que con la misma potencia que sostenían hoy una visión, luego reniegan de ella. Vale la pena insistir en esto de que el problema no pasa por cambiar de posición frente a un tópico cualquiera, sino en la escasa dignidad para aclarar los motivos de esa revisión, que pudiendo ser genuina, se desacredita ya no por la eventual mutación, sino por la inocultable ausencia de explicaciones.

Mucha gente se indigna frente a este tipo de montajes burdos, excesivamente habituales en la política contemporánea. Pero no menos cierto es que estas mismas sociedades no han tenido la osadía suficiente para repudiar con determinación estas acciones que tanto critican por lo bajo. La queja aparece por poco tiempo, en el intercambio superficial entre amigos, pero luego se olvida rápidamente con preocupante displicencia.

Ya se sabe que lo que no tiene costo político para un dirigente, lo que no implica una caída en sus posibilidades futuras, termina convirtiéndose en un estímulo. Es bueno comprender que en países como estos, ese tipo de imposturas se reiteran hasta el cansancio, cíclicamente, justamente porque la sociedad las pasa por alto borrándolas de su registro.

Todo esto también ocurre como consecuencia de un premeditado proceso de vaciamiento ideológico que se ha vivido en las últimas décadas con mayor impulso, bajo el paraguas del endiosado pragmatismo.

Los partidos políticos que se han ocupado expresamente de hacer una apología de la flexibilidad de sus creencias han generado deliberadamente este fangoso terreno que les resulta muy cómodo porque pueden decir lo que sea sin costo alguno y cambiar de visión con total maniobrabilidad.

En los países más serios, con mayor gimnasia cívica, los partidos promueven un conjunto de ideas, se identifican con ciertos preceptos y la gente sabe que esperar de ellos frente a cada tema planteado. Sus posturas no son sorpresivas y el margen de ductilidad se utiliza solo para cuestiones instrumentales, pero no para abandonar los principios básicos.

Mientras se siga idolatrando a los pícaros, mientras se continúe con esta detestable práctica ciudadana de apoyar a personas despreciables, los resultados serán estos y habrá que soportar esta maldita inercia.

La política actual prioriza solo sus intereses. Hace acuerdos a espaldas de todos, canjea favores personales, ofrece ventajas sectoriales y privilegios de casta. Esa volubilidad le resulta tremendamente funcional y cuenta con la complicidad de una irresponsable ciudadanía que avala ese esquema porque prefiere no apegarse a una escala de valores tan inquebrantable.

Nadie ha "recuperado la capacidad de reflexionar, ni de decir lo que piensa". En todo caso, sería más apropiado reconocer que  hoy resulta conveniente hacer esto, decir eso y borrar con el codo lo que se escribió con la mano. Es solo una muestra de la perversidad de un sistema, del descaro de una generación de políticos y de una sociedad que tiene mucho que replantearse, porque no solo ha votado a personajes como esos, sino que aprueba a diario, tal vez sin darse cuenta del todo, este tipo de conductas que no son aisladas, sino que forman parte de su inalterable escenografía.

Muchos repiten hasta el cansancio aquello de que "la política es el arte de lo posible", y utilizan esta frase para justificar su eterna adaptabilidad y sus ambiguas posiciones. Que estos episodios se hayan naturalizado más allá de lo deseable no los convierte, de modo alguno, en éticamente correctos.

El presente no es fruto de la causalidad. Buena parte de lo que sucede tiene que ver con lo que se hace mal y la clase política no es la excepción a la regla, sino en todo caso, una prueba irrefutable de la decadencia moral de una sociedad que, en su vida diaria, funciona de idéntico modo, con un doble estándar, reclamando a los demás un status moral que no se pide a sí misma. No solo la política hace siempre lo que más le conviene. Muchos individuos también han caído en la tentación de desechar las convicciones.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
amedinamendez@arnet.com.ar
@amedinamendez

Argentina