miércoles, 29 de marzo de 2017

BEATRIZ DE MAJO - LONDRES: TERROR QUE NO PAGA

SOBREDOSIS

Una muy cruel forma de terrorismo está siendo puesta en práctica desde hace ya algunos años y está dirigida al hombre de a pie. Ni a los gobiernos, ni a los líderes políticos que dibujan el destino de las naciones y lideran sus creencias. Al ser humano de la calle. Al que marcha o recorre las calles en total desaprensión, con su cabeza puesta en el cumpleaños del nieto o en los estudios de la hija, en la cena de la próxima noche o en la máquina de lavar ropa que se averió, sin pensar que la muerte violenta le acecha a la vuelta de la esquina. Al que no tiene culpa de nada de lo ocurre en su país o en su entorno. Al diminuto componente de la sociedad que solo reclama vivir en paz, tener un trabajo decente, dedicarse a su familia, salir de vacaciones de vez en cuando o darle un pequeño gusto a los suyos con los bien ganados ahorros.

Ya ni se trata de terrorismo organizado desde algún bunker de malpensantes y radicalistas que sienten que el asesinato de ciudadanos puede redituarle ganancias o adeptos a sus creencias extremistas. Cualquiera que pueda tener un volante en sus manos puede arremeter contra la sociedad desprevenida y hacerle pagar con sangre y con dolor las equivocaciones en las que no ha incurrido, o la fobia segregacionista que nunca ha experimentado. Cuesta entender cómo es que esta suerte de actuación de la parte de un individuo solitario puede ser la consecuencia del dogmatismo de otros, el que es abrazado por cualquier seguidor o por cualquier mente enferma y sembrar pánico, desconcierto o desazón entre los particulares. Porque hasta allí llega la planificación de quien usa al terrorismo como arma de convicción o de venganza: intranquilizar a toda la sociedad para validar la fuerza de sus propias convicciones. Castigar a cualquier pasante para demostrar la validez de sus creencias. 

Así ha sido en Madrid, en Bruselas, en Paris, en Londres, en Otawa, en los meses y años cercanos. En muchos lugares del orbe donde ya los seres anónimos no pueden pasear ni trasladarse de un lugar a otro sintiéndose tranquilos. Es la siembra de una percepción de zozobra generalizada, la que, además, obliga a las naciones a gastar en seguridad lo que debería destinar al mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos. 

Tal abyección se hizo evidente en el atentado de la capital británica de hace apenas unos días.  Las fotografías del cuerpo de una mujer, de una peatona desaprensiva debajo de las ruedas de un autobús es suficiente para pensar en los hijos, los hermanos, los padres de este ser desconocido cuya vida le fue arrancada sustentado en ideales mal entendidos- o la locura- de un desajustado al que se ha convencido de que el crimen anónimo paga.  La onda expansiva de tal asesinato alcanza a su entorno, a ciudadanos que nunca pensaron en la segregación racial, a hombres y mujeres que ignoran las creencias y la inspiración de religiones diferentes a la propia, a seres humanos que no conocen ni los postulados del Islam ni sus alcances.

El resultado de esta nueva forma de terrorismo va en sentido radicalmente inverso a lo que sus perpetradores propugnan y aspiran alcanzar en su batalla contra la islamofobia.  No es solidaridad sino rechazo lo que se genera en contra del criminal y, de igual manera, en contra de la propia religión dentro de la cual milita. 

Beatriz De Majo
bdemajo@gmail.com
@BeatrizdeMajo1
Internacionalista
El Nacional
Miranda - Venezuela   

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