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martes, 28 de abril de 2020

SIXTO MEDINA, BUSCAR UNA SALIDA DEMOCRÁTICA

A grandes rasgos, la realidad de Venezuela se observa caótica y difusa; desde el funcionamiento del Estado y sus instituciones políticas hasta las diversas posiciones que adopta la comunidad internacional son vidriosas. Como hace más de medio siglo -en pleno apogeo de la Guerra Fría- reflotan discursos académicos y políticos que apoyan a EE.UU. o a Rusia con el pretexto de la cuestión venezolana. Lo único que aparece claro es la fenomenal crisis humanitaria, económica y política que padece el pueblo venezolano, a lo que se suma el coronavirus, el Covid-19, que ha puesto en jaque a la humanidad, que se enfrenta, sin esperarse, a la idea de un apocalipsis.

La realidad del conflicto y enfrentamiento entre el régimen de Nicolás Maduro y los opositores a su gobierno es innegable y es parte de una transición nada novedosa en la política venezolana de los últimos años, que ha comenzado, luego de la muerte de Hugo Chávez. Y así, se observa en los ciudadanos, cuando expresan sus ideas, que hay un inmenso rechazo al gobierno de Nicolás Maduro.

Los venezolanos están de acuerdo en que atraviesan una brutal recesión económica, pero se distancian a la hora de señalar a los responsables. Para unos es el régimen chavista de Maduro, para otros son las medidas coercitivas o sanciones del gobierno de Donald Trump contra el gobierno bolivariano. Frente a todo esto la actitud o postura ideológica de Nicolás Maduro produce resultados ambivalentes. Por un lado, quiere proyectar la imagen de un gobierno todopoderoso, que puede hacer lo que le da la gana, pero, por el otro genera la acentuación del rechazo.

Asumido el enfrentamiento social que existe en Venezuela marcado por diferencias ideológicas fuertes, el desafío urgente es que dicho conflicto sociopolítico sea encaminado positivamente y de forma pacífica por las vías democráticas modernas, entre otras, porque la finalidad de la democracia es encauzar los conflictos en torno al orden o la paz y evitar la violencia, pues –en palabras de Teodoro Petkoff- regimenes como éste, autoritarios, autocráticos y militaristas, con vocación totalitaria, pero hibridos entre dictadura y democracia y por tanto escenarios no cerrados para la acción política, sólo pueden ser enfrentados con posibilidades de éxito mediante una estrategia democrática.

Existen diversos mecanismos institucionales diseñados para absorber e incorporar al sistema político los conflictos que siempre, de una u otra forma y con diferentes intensidades, pueden surgir en los procesos sociales. Sin embargo, el combustible vital de cualquier mecanismo institucional es la legitimidad, la creencia compartida por parte de una sociedad en la eficacia e imparcialidad de las instituciones que lo rigen. Es la confianza que la sociedad tiene en sus instituciones, aquello que hace que un simple mecanismo normativo o constitucional se convierta en un hecho real de poder.

La situación de Venezuela es muy compleja y delicada. El debate de ideas es prácticamente inexistente. Y no habrá republica posible si, frente a los desbordes de poder y a las tentaciones hegemónicas de Maduro, no se consolida una activa oposición republicana, responsabilidad que recae sobre los partidos políticos opositores; el asunto es que los conflictos no tienen una única salida: las puertas de salida de la crisis son siempre varias, de muchos colores ideológicos y con horizontes diferentes, pero no todas conducen a la democracia.

Juan Guiadó ofrece una salida con su respectivo horizonte político y económico; Nicolás Maduro, otra. Lo importante es que más allá del color de cada puerta, esta sea abierta con la llave del entendimiento y de la democracia. 

Sixto Medina
sxmed@hotmail.com
@medinasixto 

sábado, 7 de septiembre de 2019

GABRIEL BORAGINA: LO RACIONAL Y LO IRRACIONAL, EL LIBRE ALBEDRÍO.

Los pensamientos y sus consecuencias (las acciones) pueden ser racionales o irracionales.

Queda por determinar, entonces, que es un pensamiento y acción racional y como distinguirlo de otro irracional.

En el "Glosario de conceptos filosóficos" leemos: 

RACIONAL (lat. rationalis): Lo que se refiere a la razón o lo que la constituye. 

RAZÓN (lat. ratio): Facultad distintiva del hombre (animal racional) que le permite llegar a la esencia o verdad de las cosas a partir de la intelección y por medios discursivos. Dícese también razón a la prueba o demostración de algo. 

De donde debemos indagar sobre los conceptos de esencia y verdad. Y así, de acuerdo al mismo Glosario: 

ESENCIA (lat. essentia): Lo que una cosa es. Responde a la pregunta ¿qué es? En la teoría lógica de los PREDICABLES (vid.) o formas de atribución de los conceptos, se distingue entre la esencia común con otras especies (género) y la parte privativa de la especie en cuestión (diferencia específica). La esencia se distingue de la EXISTENCIA (vid.), que responde a la pregunta ¿es? o ¿existe 

VERDAD (lat. veritas): En su sentido primario, condición del juicio (o de la proposición) por la cual expresa lo que realmente es (adecuación del pensamiento con la cosa). En sentido ontológico, se dice que la verdad es un TRASCENDENTAL (vid.) puesto que cuanto tiene ser es verdadero al ser manifestable a un entendimiento que rectamente lo conozca (eminentemente al de Dios). Es, en definitiva, la cognoscibilidad de todo cuanto es. A la verdad en el primer sentido se opone el error; a la ontológica, la nada. 

Ahora bien, cabe preguntarse ¿Qué hombre -si es que ha existido o existe alguno- ha llegado "a la esencia o verdad de las cosas”? A ciencia cierta, no lo sabemos. Si sabemos que, algunos, no todos, buscamos la esencia y verdad de las cosas, pero no podemos afirmar rotundamente que hemos "llegado" a ellas. Por lo tanto, procedemos racionalmente cuando buscamos la esencia o verdad de las cosas, pero lo hacemos irracionalmente cuando no actuamos así.

Entonces, entendemos la racionalidad como un proceso tendiente hacia un fin, pero donde la definición dice que "le permite llegar a la esencia o verdad de las cosas" reemplazaríamos la palabra llegar a, por indagar o buscar.

Quizás, en un sentido popperiano, podemos conceder que lograríamos efectivamente llegar "a la esencia o verdad de las cosas" de manera provisoria o temporal, y que ese proceso racional -en realidad- constituye uno de conjeturas y refutaciones, al mejor estilo de Popper. Ese conocimiento de la esencia y verdad de las cosas no sería definitivo, porque carecemos de omnisciencia dada nuestra condición humana y su inherente imperfección. Entonces -en este caso- habrá que decir que conocemos algo de la esencia y verdad de una cosa, o todo, pero imperfectamente.

Pero aquí surge otra dificultad: para poder decir que conozco algo de una cosa debo conocer de ella (previamente) su extensión. Por ejemplo, si la carrera de Derecho estuviera compuesta por -supongamos- un numero de 30 materias tiene sentido decir que conozco algo de ella cuando llevo aprobadas sólo 3 o 4 materias de la misma siendo (al mismo tiempo) consciente que la carrera completa se compone de 30 materias. Pero si yo no supiera que la carrera completa consta de 30 materias puedo suponer perfectamente que esas 3 o 4 materias son toda la carrera, y en este último caso puedo decir que conozco todo el Derecho, lo que objetivamente no es cierto, sino que sólo lo es subjetivamente.

La realidad consiste en que los humanos no podemos saber de antemano que es todo lo cognoscible que aún no conocemos. No obstante, si sabemos que desde el comienzo de los tiempos la humanidad ha venido haciendo descubrimientos continuos y asombrosos sobre cosas de las cuales creíamos ya saber absolutamente todo.

Pero, como expresábamos antes, la razón -tal bien dice la definición arriba transcripta- es una facultad que la persona posee, y como facultad es discrecional para el individuo usarla o no, dado que, como ser dotado de libre albedrio bien podría decidir (y lamentablemente no son pocos los casos donde ello se observa) no ejercer dicha facultad, o sea, abandonar en forma deliberada el uso de la razón. El ser humano no es un autómata, no fue creado de este último modo, posee el libre albedrío necesario que le permite elegir, optar por diversas alternativas y, en el mismo sentido, ese libre albedrio también lo habilita para ejercer y desplegar desarrollando sus facultades intelectivas o bien, en dirección contraria, hacer un completo abandono de estas. Es su opción y su elección la acción o la inacción.

Esto -que a alguno le parecería difícil o imposible- se observa, sin embargo, a diario en el mundo cotidiano, y es notable en campos como en la política donde muchos votantes se abandonan al discurso improvisado (o no) de políticos astutos o ladinos que pretenden "conocer" y poder "decidir" por el votante que es lo mejor para el ciudadano. Y, como decimos, no son pocos los electores que se dejan seducir por el "canto de sirenas" de la clase política y renunciar a su propia capacidad racional para someterse a la de sus dirigentes partidarios, sindicales, etc.

Pero la razón, como cualquier otra facultad humana en germen, debe aprender a usarse, y es aquí donde entra a jugar la educación que recibe el niño primero, el adolescente después y finalmente el hombre a lo largo de toda su vida, ya que la educación es un proceso continuo -según creemos- que no se agota en la escuela y la universidad, sino que continúa luego de finalizada la cursada y se extiende en el campo laboral y el resto de las actividades sociales que cumple la persona en su devenir humano.

Si uno no aprende a razonar por sí mismo habrá otros que razonarán por uno. La peor situación es cuando deliberadamente se renuncia a la facultad de razonar, y todavía peor cuando no les interesa aprender a razonar. No obstante, ese abanico de posibilidades entra dentro del campo del libre albedrio humano que es el que nos permite hacer ese tipo de elecciones.

Gabriel S. Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina