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miércoles, 23 de marzo de 2016

FERNANDO MIRES, OBAMA NO SABE BAILAR TANGO

Obama no sabe bailar tango. Luego, no irá a Argentina a bailar tango. ¿A qué irá Obama a Argentina después de su estadía en Cuba? A primera vista, incomprensible. Aparte de la figura mítica del Che Guevara no es mucho lo que une a Argentina con Cuba y, evidentemente, Obama tampoco viajará a Argentina a honrar al Che Guevara.

Sin embargo, si pensamos políticamente –es decir, no como un idiota en sentido griego- el viaje de Obama a Argentina es perfectamente explicable. Obama irá a Argentina a completar la obra que comenzará en Cuba, es decir, a marcar un nuevo comienzo en las relaciones entre América Latina y los EE UU.
Veamos: si el viaje de Obama  solo hubiera terminado en Cuba, los  idiotas de la derecha latinoamericana tendrían material suficiente para acusar a Obama de comunista, populista, y de todo lo que se les ocurra, tal como lo han venido haciendo. Si hubiera viajado a Argentina sin pasar por Cuba, los idiotas de la izquierda habrían acusado a Obama de imperialista, neo liberal y otras lindezas a las que nos tienen tan acostumbrados. En cambio, viajando a la Cuba de Castro y a la Argentina de Macri a la vez, los idiotas de ambos lados quedarán neutralizados entre sí.
¿Deberé reiterar que uso y amplío hacia el lado derecho el término idiota no como insulto sino en el exacto sentido que le otorgaron Alvaro Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner cuando en un raro ejercicio a tres manos escribieron el libro El Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano?
Dejando a los idiotas a un lado, lo interesante es que a través de sus dos visitas, Obama dará a conocer que a partir del fin de su mandato intenta iniciar una nueva etapa en las relaciones entre América Latina y EE UU, un nuevo tiempo signado más por la cooperación que por el antagonismo, una era que deja atrás los días luctuosos de la Guerra Fría, en fin, un periodo en el cual los EE UU –sin dejar de ser una gran potencia- se comprometerán a abandonar las ambiciones imperiales que caracterizaron su historia durante el siglo XX.
Vistas así las cosas, el viaje de Obama hacia Cuba y Argentina tendría un sentido predominantemente simbólico.
Yoani Sánchez, quien no tiene un pelo de idiota, percibió muy rápido el sentido simbólico del viaje de Obama a Cuba en su artículo titulado “Una visita más simbólica que política” (18.02.2016). No obstante, la valerosa disidente no eligió muy bien ese título. Pues precisamente porque la visita de Obama es simbólica es que tiene un gran sentido político. Con ello se quiere decir que entre lo simbólico y lo político no hay ninguna contradicción. Más todavía: lo político solo se construye a partir de lo simbólico. Al llegar a este punto vale la pena intentar una breve digresión.
Comencemos con una tesis. La tesis dice así: la historia se construye a partir de lo político y lo político se construye a través de lo simbólico. Explico ahora esa tesis.
Un acontecimiento histórico de magnitud, supongamos, la caída de un gobierno, una revolución social, un ataque aéreo a dos torres gemelas, un visita de un mandatario en otro país (Gorbachov en la RDA, por ejemplo), cuando no son en sí hechos políticos, inciden en la generación de hechos políticos. Y bien: sin esos hechos no sería imposible construir ningún relato histórico. Me refiero por supuesto a la historiografía moderna.
Ahora, esos hechos no actúan por sí mismos sino a través de una significación adquirida. Deben ser por lo tanto significantes. Los hechos significantes, a su vez, o son signos u operan como signos o si se prefiere, son “marcas que marcan” un corte entre un antes y un después.
¿Se comprende entonces por qué digo que los viajes de Obama a Cuba y a Argentina son simbólicos y por lo mismo políticos? Digamos ahora lo mismo en clave de síntesis: Obama viaja a Cuba y a Argentina a marcar signos políticos para construir, si no otra historia, un nuevo capítulo en la historia de las relaciones entre EE UU y América Latina.
En el caso de Cuba parece estar claro. Sin dignificar a la dictadura de los Castro, Obama intentará normalizar las relaciones diplomáticas entre ambas naciones obteniendo así una llave que le permitirá abrir diferentes puertas en los laberintos latinoamericanos. ¿Y en el caso argentino?
La Argentina de Macri representa en el texto de la simbología política el polo opuesto a la Cuba de Castro. Pero, además, la Argentina de Macri, a diferencia de la de los Kirchner, representa para los EE UU la posibilidad de interaccionar con una nación en condiciones de ejercer un liderazgo continental, tanto en el espacio económico como en el político e incluso, en el cultural.
Aquí nos encontramos con una constante de la política internacional del gobierno de Obama. Esa constante está caracterizada por el diseño de relaciones hegemónicas a través de la interlocución con potencias regionales intercontinentales (“naciones pivotes”, en jerga politológica).
Para poner un ejemplo: EE UU ha intentado permanentemente encontrar un aliado viable en el espacio islámico. Arabia Saudita es gran socio comercial pero no puede ser más que eso. Egipto es un país empobrecido. Solo le quedan entonces dos posibilidades: Turquía e Irán. Ninguna de ambas naciones pueden ser consideradas aliadas estratégicas pero por lo menos EE UU intenta establecer con ambas ciertas relaciones de cooperación. En América Latina puede ocurrir algo parecido.
En el pasado reciente, la administración Bush apostó por una intensa relación con el Brasil de Lula (según estadísticas el gobernante al que más veces abrazó Lula fue Bush). No obstante, Brasil, en el mejor de los casos, solo ha podido ser un mediocre líder económico. Desde el punto de vista político y cultural, incluyendo el idiomático, Brasil está lejos de ser la sub-potencia hegemónica que requieren los EE UU para empatizar con todo un continente. Hoy, después de la ruina en que han convertido a Brasil las políticas de Dilma Rousseff, mucho menos. No así la Argentina de Macri.
En palabras más escuetas: Obama viaja a Argentina en busca de un aliado estratégico de grandes dimensiones a nivel regional. Ese aliado, bajo determinadas condiciones, si se cumple la intuición de Obama (textual: “estoy impresionado con los cambios propiciados por el gobierno Macri”) podría  ser Argentina. Se trata por cierto de una apuesta y como tal comporta riesgos.
Uno de esos riesgos reside en la oposición a Macri, sobre todo la que lleva a cabo la fracción cristinista del peronismo (o “peronismo salvaje”, según los macristas). Fue quizás  para minimizar esos riesgos que Obama decidió aterrizar en Buenos Aires llegando desde la Habana. De acuerdo a ese itinerario hasta el más montonero de los cristinistas quedará neutralizado.
Pero Obama irá más allá. Aparte de reunirse con las abuelas de la Plaza de Mayo (en Cuba se reunirá con su equivalente tropical: las Damas de Blanco) y de visitar el Parque de la Memoria, anunció que, a pedido del presidente Macri (nada menos) hará un esfuerzo por desclasificar documentos adicionales, incluyendo por primera vez, documentos militares y de inteligencia que revelarán mucho sobre la historia de “la guerra sucia” perpetrada por los militares argentinos en contra de miles de ciudadanos. Gestos simbólicos: dirán algunos. Por supuesto, pero a través de ellos los argentinos se enterarán como a partir de esos símbolos puede comenzar a tener lugar “otra historia”.
Obama no sabe bailar tango. Pero, tal como van las cosas, el próximo presidente de EE UU tendrá que aprender a bailar tango. Sea quien sea.
Noticia de última hora: me acaban de informar por teléfono que Hillary Clinton sí sabe bailar tango.
Fernando Mires
mires.fernando5@gmail.com
@FernandoMiresOl
@FernandoMires1
Alemania


viernes, 18 de marzo de 2016

FERNANDO MIRES – OBAMA, CUBA Y EL IDIOTA DE LA DERECHA LATINOAMERICANA, DESDE ALEMANIA,

Idiota es una persona a la que si mostramos el sol con el dedo se queda mirando al dedo. Un idiota, luego, es alguien que no piensa más allá de lo que ve. Definición que no contrasta con la etimología de la palabra.
Según los antiguos griegos, idiotas eran todos aquellos que no sabían pensar políticamente. No se trata entonces de que los idiotas sean tontos. Pueden ser incluso muy inteligentes cuando analizan lo que ven. Lo que no pueden hacer es avanzar con el pensamiento más allá de lo visible. En otras palabras, no saben trascender. Hecho que en política suele ser muy grave pues la política se hace de acuerdo a las tres dimensiones del tiempo humano: recordando el pasado, pensando desde el presente y mirando hacia el futuro.
La reflexión acerca del idiotismo político de una gran parte de la derecha latinoamericana puede ser oportuna si consideramos la gran cantidad de ataques a que ha sido sometido Barack Obama de parte de diversos columnistas de derecha con motivo de su visita a Cuba. Según esas críticas, Obama viajará a Cuba a legitimar a la dictadura de los Castro, pasando por alto las violaciones a los derechos humanos, y con ello traicionado a los principios democráticos que dignifican su investidura.
La visita de Obama a Cuba nos es así presentada como una capitulación de un presidente populista frente a una tiranía familiar. A pocos de esos idiotas  –reitero, no es un insulto- se les pasa por la mente considerar el hecho de que la política internacional de los EE UU no es el resultado de decisiones puramente personales.
El presidente norteamericano es máximo portavoz en un sistema presidencialista. Pero decisiones tan gravitantes como son las que inciden en la regulación de espacios hemisféricos obedecen a razones muy diferentes al humor con el que cada día despierta Obama. Lo contrario sería pensar –es lo que imaginan los perfectos idiotas de la derecha- que la historia universal ha sido forjada por semidioses, héroes y villanos. Pero si así fuera no habríamos avanzado nada desde que Homero escribió La Iliada.
La política de Obama hacia Cuba –es elemental, pero hay que decirlo- ha sido configurada después de consultas, reuniones de expertos políticos y militares, incluyendo en ellas a connotados miembros del partido republicano.
En EE UU, a diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos, la política internacional es en primera línea, materia de Estado. Entiéndase bien: de Estado y no de gobierno. Así se explica por qué el mismo Donald Trump no ha puesto el tema de las relaciones con Cuba en el centro de su rabiosa campaña electoral.
La política de Obama con respecto a Cuba continuará después de Obama del mismo modo como la política de Nixon con respecto a China continuó después de Nixon.
La pregunta correcta entonces es ¿qué buscan los EE UU –y no solo Obama- en Cuba?
La respuesta no puede ser otra: lo mismo que buscó Nixon a través de Kissinger en Pekín: un medio para estabilizar un espacio internacional. En el caso de Nixon en el Sudeste Asiático y en el caso de Obama en América Latina. Eso quiere decir que la política de los EE UU con respecto a Cuba no terminará en Cuba. Su objetivo hay que mirarlo más allá del dedo de Obama.
Es por lo tanto conveniente tomar en cuenta que la normalización de las relaciones con Cuba tiene lugar sobre la base de un contexto internacional muy diferente al tiempo en el cual ocurrió la ruptura de esas relaciones. Del mismo modo cabe convenir en que aunque la Guerra Fría ha finalizado, las amenazas en contra de la seguridad exterior de los EE UU continúan vigentes.
En el Medio Oriente el terrorismo islamista ocupa vastos territorios. En el horizonte político ya se dibuja un conflicto militar entre Irán y Arabia Saudita. Si Putin continúa avanzando, un choque entre Turquía y Rusia está programado. Por si fuera poco, Putin no oculta sus deseos de desestabilizar a Europa tejiendo alianzas con los populistas de la más extrema derecha.
En todos esos conflictos EE UU deberá ocupar nuevas posiciones.
Ahora, si pensamos seriamente más allá de Cuba, comprenderemos por qué al gobierno de los EEUU no interesa intensificar las tensiones con sus vecinos del sur. La política de Obama hacia Cuba debe, por lo tanto, ser considerada como una política de distensión: un acto simbólico, un gesto, una prueba de que las relaciones imperiales entre los EE UU y América Latina están llegando a su fin.
O dicho de otro modo: EE UU busca desactivar, en lo posible, el antiimperialismo ideológico sobre el cual se sustenta la llamada izquierda populista latinoamericana. En cierta medida lo está logrando.
Las derrotas electorales de los populistas en Argentina, Venezuela y Bolivia no son por cierto un producto directo de la nueva política de los EE UU hacia Cuba. Pero difícil será negar que los gobernantes pro-castristas han sido descolocados con el acercamiento de Obama al “bastión del anti-imperialismo”. Tanto Ortega como Morales, tanto Correa como Maduro, han perdido parte de la legitimidad simbólica de su poder frente a Obama. Gracias, entre otras cosas, al acercamiento de los EE UU a Cuba.
Porque por más vueltas que den al tema los idiotas de la derecha, en la historia quedará constatado el hecho de que la derrota del populismo de izquierda latinoamericano comenzó bajo, y en cierto punto, gracias, a la política del gobierno de Barack Obama con respecto a Cuba.
¿Significa entonces que Cuba es para los EE UU solo una ficha destinada a ser jugada en el tablero del ajedrez político? No necesariamente. Si bien el objetivo de los EE UU no es -no puede ser tampoco- la inmediata democratización de Cuba, es evidente que con la normalización de las relaciones internacionales el gobierno norteamericano intenta crear condiciones para que en un determinado futuro dicha democratización sea posible. De acuerdo a ese propósito no es errado pensar que tales condiciones serán factibles en un medio latinoamericano más democrático, menos populista y por supuesto menos anti-norteamericano de lo que es hoy día.
En cierto modo el gobierno estadounidense actúa de acuerdo a una hipótesis, la que como tal solo podrá ser comprobada a través del tiempo.
El futuro, solo porque es futuro, es siempre hipotético. Una hipótesis es, por lo mismo, una apuesta, y como toda apuesta, puede perderse. Pero peor todavía que perder una apuesta, es no apostar. Al hipódromo de la política se va a apostar o no se va. Ir solo a mirar como corren los caballos es cosa de idiotas.
Idiotas: el lector avisado sabe que me he estoy refiriendo de modo tácito a “El manual del perfecto idiota latinoamericano” (1996), un libro que causó revuelo en la América Latina de fin de siglo. Sus autores, Álvaro Vargas Llosa, Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza, lograron describir al izquierdista clásico de América Latina, aunque al precio de hacer omisión de sus notorios equivalentes en la derecha. Dicha omisión ya no se justifica más. Estos últimos, los de la derecha, han resultado ser tan idiotas, o más, que los de la propia izquierda. Y eso ya es demasiado.
Los idiotas de izquierda existen todavía e incluso, bajo el amparo de los populismos del siglo XXl, tienden a reproducirse de modo exponencial. Son los que piensan que todo lo que sucede en América Latina es y ha sido el resultado de las conspiraciones del imperio; son los que rinden pleitesía a su supuesta y permanente condición de víctimas; son los que creen que las dictaduras de izquierda son “buenas” y, no por último, son los que imaginan que en nombre del socialismo y de la revolución les está permitido violar a todos los derechos humanos habidos y por haber.
El presente artículo no postula en consecuencia la sustitución de los idiotas de la izquierda por los idiotas de la derecha. Los idiotas de la derecha, los mismos que no han ahorrado tinta para injuriar a Obama por su visita a Cuba, no son sustitutivos, pero sí son sumativos con respecto a los de la izquierda.
Razones suficientes para pensar que el idiotismo político es un fenómeno definitivamente universal.
Fernando Mires
mires.fernando5@gmail.com
@FernandoMiresOl
@FernandoMires1
Alemania

viernes, 4 de marzo de 2016

FERNANDO MIRES- GORBACHOV, HONECKER, OBAMA Y CASTRO

No sé por qué me venía a la memoria el día cuando Gorbachov visitó a Berlín Este y las multitudes lo aplaudieron como a un libertador ante la cara atónita de Erich Honecker quien no sabía donde esconderse.

Hasta que descubrí la secreta lógica de mi recuerdo. Fue al leer el artículo de un cubano (Pedro Campos) quien, como otros disidentes, da la bienvenida a Obama en su próxima visita a la Isla. En ese momento descubrí, además, el asombroso paralelismo que existe entre dos historias separadas por más de 25 años.
El 7 de Octubre de 1989 Gorbachov no visitaba a una isla como lo hará Obama en Marzo de 2016. Pero sí – políticamente es lo mismo- a un país aislado. Aislado de la Europa de los derechos humanos, de la economía de mercado, de la mayoría de sus ciudadanos y no por último, aislado de sí mismo por un muro que lo separaba de la otra parte de la nación a la cual histórica y geográficamente pertenecía.
Cuba, además de ser una isla, es también un país aislado. Lo es junto a Corea del Norte, uno de los últimos reductos de lo que una vez fue el comunismo mundial. Por si fuera poco, Cuba está regida por la última dictadura militar de América Latina.
Aislada estaba también la DDR de su propio mundo. Desde el aparecimiento de Gorbachov en la URSS, la política de la Perestroika y de la Glasnost hacía estragos en la periferia soviética y el “socialismo real” se caía a pedazos en Hungría, Polonia, Checoeslovaquia.
Cuba, a su vez, ha perdido la conexión con el continente sudamericano que una vez intentó liderar. El proyecto castrista del socialismo del Siglo XXl ya ha fracasado. El marxismo-cristinismo fue derrotado en Argentina; Evo Morales no será reelegido y Maduro después de haber destruido a la economía de Venezuela, cuelga de un hilo a punto de ser cortado por la inmensa mayoría de su nación. Y por si eso no bastara, el político más querido en Cuba no es ningún Castro: es nada menos que el máximo representante del “imperio”, Barack Obama.
Gorbachov también llegó a ser, por algunos momentos, el político más querido de la DDR.
Lejos, muy lejos están los tiempos cuando miles saludamos la victoria del Ejército Rebelde sobre la tiranía de Batista. Como si hubieran seguido un reiterado designio del destino, los libertadores de ayer se convirtieron en los carceleros y verdugos de hoy. Una suerte parecida a la de Honecker quien habiendo obtenido crédito histórico como prisionero en los campos de concentración del nazismo, solo será recordado por haber sido el último dictador de la RDA. Hoy sus restos reposan en el Cementerio General de Santiago de Chile.
Por cierto, Honecker no convirtió a su nación en ese basural en que convirtieron los Castro a Cuba. La RDA, de todas las naciones comunistas, era la única que podía mostrar algunos números. Pero eso no interesaba a los alemanes del Este quienes vivían mirando hacia la otra Alemania, un país que había llegado a ser una potencia económica y una democracia ejemplar. Berlín Occidental era la Miami de los alemanes del Este.
Lo que más deseaba la inmensa mayoría de los habitantes de la RDA era huir. No otra cosa deseaban y desean miles de cubanos  Muchos alemanes perdieron la vida, acribillados ante al sangriento muro. Muchos esqueletos cubanos yacen bajo el mar. Ni los saltadores de muros ni los balseros serán recordado como héroes. Pero será difícil negar que ellos murieron por una causa: la de querer vivir más dignamente. Arriesgando sus vidas por otra mejor, mostraron al mundo que el comunismo había llegado a ser para ellos una gigantesca cárcel.
Hubo, por cierto, los que decidieron quedarse. Los que comenzaron a reunirse clandestinamente, los que redactaron panfletos, los encarcelados, los apaleados, las organizaciones civiles, los lunes de Leipzig y Dresden, los sábados de las Damas de Blanco de La Habana, las iglesias que colaboraron con el régimen (la protestante alemana y la católica cubana), pero también prestaron sus techos y ocultaron a algunos perseguidos.
Y también hubo artistas e intelectuales: los difamados y expulsados (Wolf Bierman, Reinaldo Arenas, entre cientos) y los que lograron subsistir haciendo una que otra concesión a los bonzos (Christa Wolf, Pablo Milanés, entre otros).
Pero sobre todo hubo dos presidentes visitantes a quienes los respectivos pueblos aclaman como si ellos fueran sus auténticos líderes. Efectivamente: el 7-O-89, Michael Gorbachov, ante el estupor de Honecker, fue consagrado como el líder del pueblo alemán del Este. El 20-M, Barack Obama será saludado como el líder máximo del pueblo cubano ante la vergüenza de Raúl y de quienes en otros países lo apoyan.
¿Dirá Obama a Raúl la misma frase que dicen que dijo Gorbachov a Honecker?
Quien llega tarde será castigado por la vida, fue la famosa frase de Gorbachov. Con toda seguridad Obama no la repetirá de un modo literal. Pero puede ser, nada está descartado, que diga una frase parecida.
Hay en esas dos historias capítulos que se parecen demasiado entre sí. Quizás no es casualidad. Pienso yo.
Fernando Mires
mires.fernando5@gmail.com
@FernandoMiresOl
@FernandoMires1
Alemania