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lunes, 6 de marzo de 2017

FERNANDO MIRES, LA CONTRARREVOLUCIÓN ANTI-PARLAMENTARIA Y ANTI-SOVIÉTICA DE VLADIMIR ILICH LENIN

EL PARLAMENTO ES UN ESTORBO

Hace algunos días vi el documental francés  “Lenin, la otra historia de la revolución rusa”. Lo vi sin grandes expectativas. A estas alturas pensaba que más no se podía indagar sobre la revolución rusa de 1917. Y sin embargo, el film dirigido por Cédric Tourbe me pareció en algunos de sus pasajes, novedoso.

El documental confirma, por cierto, lo que ya se sabía: Lenin era un político por naturaleza, capaz de captar con extrema rapidez el curso de los procesos históricos. La documentación reunida por el historiador Marc Ferro y por el experto en crisis políticas Michel Dobry, demuestra que las teorías de Lenin variaban, sí, incluso se contradecían unas a otras cuando el curso que tomaban los acontecimientos así lo determinaba.

Lenin tenía ese extraño don de saber tomar el pulso a la historia y reaccionar en el momento preciso, no dejar escapar la oportunidad cuando esta se presentaba, e incluso adulterar sin escrúpulos las teorías de Marx si eso le parecía necesario para realizar su obsesión: la toma del poder.
No voy a relatar el film. Me detendré solo a precisar un momento que sí logró impresionarme. Ocurrió cuando apareció en la pantalla un mapa de Rusia marcado por una cantidad numerosísima de puntos rojos. Esos puntos eran los sóviets, consejos de obreros, campesinos y soldados, surgidos por primera vez durante la revolución fallida de 1905 y reactivados el año 1917 antes de la caída de Nicolás ll.

Ese mapa ilustra mejor que cualquier texto de historia la realidad que comenzaba a vivir Rusia a partir de la caída del Zar y durante el gobierno provisional dirigido por Alexander Kérenski en representación de la Duma (parlamento). Por un lado, el poder constitucional de Kérenski y la Duma. Por otro, el de los puntos rojos, el de los sóviets. Una situación de “doble poder”, así la denominó Leo Trotski.

Mirando ese mapa se entiende perfectamente la atracción que ejercían los sóviets no solo entre los bolcheviques, sino también entre quienes hasta ese momento habían sido sus compañeros de ruta: los mencheviques y los socialistas revolucionarios.

Frente a esa dualidad de poderes, Lenin evaluó dos opciones: o apoyar a Kérenski, tal como lo hizo durante el intento de golpe de estado del coronel Kornilov (agosto) y así, junto a los mencheviques y liberales asegurar la continuidad de un gobierno republicano y parlamentario, o apoyar el poder de los sóviets. El sagaz Lenin resolvió rápidamente el dilema; su consigna central fue legendaria: “todo el poder a los sóviets”. Desde Petrogrado, convertida por Trotski en comando central de los sóviets, la consigna se convirtió en orden.

Con la consigna “todo el poder a los sóviets” había nacido –eso no podía saberlo Lenin- una doctrina: la del poder que prescinde de las instituciones del estado moderno, es decir, la del poder que rompe con la división de los poderes del Estado propuesta por Montesquieu para que los mandatarios no se transformaran en monarcas absolutos. Pues “todo el poder a los sóviets” significa en texto claro: ningún poder al Parlamento. La revolución de Lenin fue así, y desde el comienzo, una contrarrevolución antiparlamentaria.

La revolución de Lenin no fue anti-zarista como la que llevó al poder a Kérenski en representación del Parlamento (febrero) sino, en primer lugar -y sobre todo- antiparlamentaria. Y si se tiene en cuenta que no puede haber democracia sin parlamento, fue también, desde sus primeros momentos, antidemocrática. Por esa misma razón tampoco fue, la de octubre, la revolución de los sóviets.

Quienes entraron al Palacio de Invierno (entraron, no asaltaron; en el film eso queda muy claro) no fueron los sóviets pues todos sus diputados estaban abocados en esos momentos en la preparación del Segundo Congreso de los Sóviets que debería tener lugar el 25 de octubre de 1917.

Quiénes entraron al Palacio de Invierno eran miembros de una multitud desorganizada (¿turbas?). Entre ellos, soldados desertores de un ejército descompuesto quienes recibieron el pomposo nombre "post-factum" de Comité Militar Revolucionario. Ellos solo accedieron a la residencia al darse cuenta de que esta había sido abandonada por sus ocupantes.

Lenin no dejó escapar el momento. Ordenó a los bolcheviques que se pusieran delante de “las masas” e inmediatamente comenzó a repartir ministerios entre sus amigos más leales. No sin razón Rosa Luxemburg calificaría a la “revolución de octubre” como el resultado de “un simple golpe de estado”.  El film constata, además, que mientras era preparado el “asalto” al Palacio de Invierno, los teatros, la ópera, los restaurantes, seguían funcionando como si nada hubiera sucedido. Quizás solo Lenin sabía que en ese instante estaba cambiando el curso de la historia universal.

Efectivamente: el partido había sustituido desde el primer momento a los sóviets. Y a la cabeza de ese partido estaba Lenin. En octubre de 1917 fue establecida  una relación directa entre el líder del partido en representación de un comité central puesto a su servicio, y las masas no soviéticas organizadas desde el partido.

La república soviética, en consecuencias, no solo fue antiparlamentaria y no-soviética. Fue, además, anti-soviética.

El Congreso de los Sóviets tuvo lugar efectivamente el 25-10, con nueve horas de retraso. Precisamente en el congreso que iba a definir la estrategia a seguir para que los sóviets accedieran al poder, Trotski -no Lenin- anunció que el poder ya había sido tomado por los sóviets pero sin los sóviets. Como escribió Máximo Gorki, el 7 de diciembre de 1917: “Los bolcheviques se han colocado en el Congreso de los Sóviets tomando el poder por sí mismos, no por los sóviets. [...] Esto es una república oligárquica, la república de algunos comisarios del pueblo”.

La mayoría de los socialistas revolucionarios y los mencheviques abandonaron en acto de protesta la sala del Congreso. Fue un gravísimo error. En nombre de la Unión de Repúblicas Soviéticas fue aprobada la dictadura del partido bolchevique. Lenin y Trotski fueron sus iniciadores. Stalin la construyó a sangre y fuego.

Muchos años después, Putin, sin recurrir a ningún partido, pero asociado a la Iglesia ortodoxa del zarismo, ha restaurado lentamente a la república antiparlamentaria. Desde esa perspectiva, Lenin- Stalin- Putin, cada uno en su tiempo, han sido los líderes de la contrarrevolución antiparlamentaria, antidemocrática y antisoviética nacida originariamente en nombre de los concejos de obreros, campesinos y soldados.

La por Lenin llamada democracia directa según la cual no debe existir ningún tipo de mediación institucional entre las organizaciones de base y el líder supremo, ha pasado a ser, después de Lenin, la utopía de casi todas las dictaduras del mundo. Quizás esa es la razón que explica por qué la figura de Lenin no solo ha fascinado a los “revolucionarios” de izquierda, sino también a los de las más extremas derechas.

Mussolini, como es sabido, fue un admirador de Lenin. Del mismo modo no pocos nazis se sintieron atraídos por el dictador ruso (existía incluso al interior del NSDAP una fracción llamada “bolcheviques-nazis”) del mismo modo como los neo-fascistas europeos de nuestro tiempo no ocultan su admiración por el nuevo Vladimir: me refiero a Putin.

Seguramente el muy inteligente Carl Schmitt, quien fuera jurista de Hitler y cuyas teorías anti-parlamentarias siguen siendo patrimonio del pensamiento teórico de las ultraderechas y del neo-fascismo, se habría sentido hoy fascinado por la figura de Putin del mismo modo como lo estuvo por la de Lenin. En efecto, los dos Vladimires, Lenin y Putin, son las representaciones más genuinas del antiparlamentarismo moderno. Tanto el uno como el otro convirtieron al parlamento en una institución puesta al servicio de la autocracia en el poder.

El parlamento era para Lenin lo mismo que después fue para Hitler y Schmitt: un estorbo para el ejercicio directo del poder, un obstáculo para el diálogo libidinoso entre el gran líder y el pueblo, un elemento dilatorio destinado a torpedear la “soberanía decisionista” (Schmitt) del principio del líder (Führerprinzip). Fue por eso que Schmitt asumió como suya la caricaturización que hiciera el ultrarreaccionario filósofo español Donoso Cortés (Discurso sobre la Dictadura) cuando llamó a los parlamentarios “clase discutidora”.

En su libro El Estado y la Revolución, escrito en vísperas de la toma bolchevique del poder, Lenin, como si hubiera leído a Donoso Cortés, llamó al Parlamento “jaula de cotorras”. Textual: “ La salida del parlamentarismo no está, como es natural, en abolir las instituciones representativas y la elegibilidad, sino en transformar dichas instituciones de jaulas de cotorras en corporaciones de trabajo”.

La destrucción de la democracia pasa efectivamente por la des-parlamentarización del Estado. Por esas mismas razones, la lucha por la democracia en los países dominados por dictaduras ha sido, es y será, la lucha por la instauración y/o recuperación del parlamento en su triple función:
Órgano de diálogo y deliberación entre representantes del pueblo libremente elegidos

Órgano legislativo de la nación jurídica y políticamente constituida Contra-poder frente a las tentaciones omnipotentes del ejecutivo.

Sin esas tres atribuciones parlamentarias la democracia es una imposibilidad. La democracia directa  -sueño o pesadilla soviética- nunca ha existido. La democracia ha de ser indirecta y delegativa o no ser. La soberanía de un pueblo ha de expresarse en el voto de cada ciudadano a solas con su conciencia, frente a una hoja de papel en donde hay nombres que elegir. Nunca entre individuos escondidos en una multitud, aplaudiendo a las locuras del líder de ocasión.

Sin parlamento el gobierno se convierte en Estado. Es por eso que todos los que se han planteado como tarea histórica la destrucción del Estado, han comenzado por destruir al Parlamento.

No deja por eso de producir miedo el hecho de que un alto representante del gobierno de los EE. UU, nada menos que el ideólogo de Donald Trump, Steve Bennon, no solo ha declarado su admiración por los dos Vladimires rusos, sino, además, propuso como tarea histórica “la destrucción del Estado”. Un tipo de esa escuela no tiene nada que hacer en un gobierno elegido por el pueblo. Aunque ese gobierno sea el de Donald Trump, los EE. UU son la nación de Thomas Jefferson y Abraham Lincoln. A esa tradición no pertenece Lenin.

Lenin sustituyó al parlamento por los sóviets, a los sóviets por el partido y al partido por su secretario general. Pese a que el documental “Lenin, la otra historia de la revolución rusa” busca exaltar a la figura carismática de Lenin, si uno lo ve con ojos críticos, no puede ocultar la durísima verdad: Stalin vivía dentro de Lenin del mismo modo como Putin vivía dentro de Stalin.

El documental muestra claramente como la revolución de octubre no fue más que un golpe de estado ejecutado por una pandilla de audaces activistas, seguidores de un talentoso, hábil e ilustrado dictador que imaginaba hablar en nombre del pueblo y que, por lo mismo, no necesitaba de ese pueblo.

Afortunadamente esa historia no ha terminado. Lenin no ha podido derrotar a Montesquieu. Después de Lenin, muchas revoluciones han surgido para reivindicar el derecho de los pueblos a elegir a sus propios representantes. La  lucha de nuestros tiempos ya no es anti-parlamentaria como fue en los días de Lenin y Trotski, sino todo lo contrario: ella tiene lugar en contra de gobiernos que, como el de Lenin, han usurpado el lugar del parlamento y, con ello, el del Estado.

Justamente después de, y quizás gracias a la, experiencia de la revolución rusa, hay un consenso político entre los demócratas: sin parlamento elegido de acuerdo a los principios del sufragio universal, no hay democracia. La lucha por el parlamento es por lo mismo la lucha por el voto, es decir,  la lucha por la democracia. Esa lucha logró su máxima victoria en las revoluciones que llevaron al derrocamiento de las dictaduras comunistas post-leninistas europeas (1989-1990) .

Hoy, un siglo después de la contra-revolución de Lenin, tiene lugar un segundo capítulo: la lucha electoral en contra de los movimientos y partidos neo-fascistas dirigidos desde la Rusia de Putin. Seguramente habrá nuevas derrotas, pero también algunas victorias. En América Latina al menos, el socialismo del siglo XXl, tan anti-parlamentario y tan autocrático como fue el del siglo XX, ya se encuentra en franca retirada.

La lucha continúa.

Fernando Mires
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Chile-Alemania

domingo, 22 de enero de 2017

FERNANDO MIRES, LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS NUEVOS ENEMIGOS

¿ALTERACIONES DEMOCRÁTICAS?
  
No va a desaparecer la democracia en los EE UU. Para eso sería necesario demoler siglos de historia, instituciones y estilos de vida. Pero sí puede verse alterada. De esa alteración las nefastas consecuencias para el resto del mundo serían evidentes.

La posible alteración de la democracia norteamericana tiene un nombre: Donald Trump.

Casi todos pensábamos que sus exabruptos eran simulaciones. Pero ganó y siguió siendo el mismo. No era táctica. Los nuevos ministros lo confirman. Millonarios radicales, radicales millonarios y, sobre todo, predicadores del odio.
Odio a los que piensan diferente, a la clase política, al establishment. Odio que surge del resentimiento más profundo. Odio hacia arriba y hacia abajo. Odio que como todo odio viene del miedo. De ese miedo inherente a la especie humana, únicos animales que sabemos de la muerte. Odio dirigido hacia todo lo que parezca distinto, sea el color de la piel, la diversidad sexual, la nacionalidad. Y antes que nada, odio a esos pobres mexicanos convertidos por la demagogia “trumpista” en gente sucia, ladrones, traficantes, violadores, en fin, todo lo que sirva para depositar odio.

Ya existe un enemigo interno. Solo falta localizar al externo.

El enemigo externo es variable. Puede ser un día el Islam, otro día China, la “decadente” Europa, la globalización o todo a la vez. Lo importante es que ese enemigo exista. Y si no, deberá ser inventado.

La política es el medio que usamos para derrotar a nuestros enemigos sin recurrir a la guerra pero sin prescindir de la lógica de la guerra. Tesis central de Carl Schmitt. Pero el enemigo de Trump no es el enemigo político de Schmitt. Según el jurista alemán, el enemigo real se combate, pero no se odia. Trump, en cambio, predica odio.

Los judíos durante la Alemania nazi también fueron inventados como objeto del odio: un pueblo sin nación en contra de un pueblo alemán con nación. Los sin nación intentan apoderarse de “nuestra nación”, decía el credo hitleriano. Así como los rusos amenazan desde fuera, los judíos amenazan desde dentro, era uno de los lemas de Goebbels. Su objetivo es la desintegración interna de la nación. Son parásitos que carcomen los intestinos de Alemania. El Holocausto, de acuerdo a la perversión nazi, fue presentado como una operación quirúrgica. Afortunadamente los mexicanos de Trump tienen una nación. Los muros y alambradas no serán construidos dentro, sino entre dos países.

El problema Trump no sería tan grave si estuviera recluido en los límites de su país. Al fin y al cabo los EE UU se han dado el lujo de tener muy malos presidentes y ninguno ha podido lesionar las raíces del constitucionalismo. El problema es que Trump irrumpe en un mundo marcado por una ofensiva mundial en contra de la democracia. Como dijo sin rodeos el Pesidente de Alemania, Joachim Gauck, en su último discurso: “La democracia liberal está siendo bombardeada”.

El asalto a la democracia perpetrado ayer por estalinistas y nazis chocó con la nación norteamericana. Todavía los europeos no logran reconocer su enorme deuda. Si no fuera por USA, Europa habría capitulado frente al nazismo o frente al comunismo o frente a ambos. Europa, la Europa de hoy, es el resultado de una decisión norteamericana. Hoy esa decisión ya no será posible. Por lo menos no, mientras gobierne Trump.

Si Trump logra consumar su proyecto aislacionista en nombre de la lucha en contra de la globalización, vale decir, si logra separar geopolíticamente a USA de Europa, Europa quedará librada a sus enemigos. Esos enemigos son principalmente tres: el terrorismo islamista, la expansión geopolítica de la Rusia de Putin y el surgimiento de movimientos políticos neo-fascistas.

Se trata, para decirlo  con las palabras de Karl Popper, de los enemigos de la “sociedad abierta”, vale decir, de los partidarios de la “sociedad cerrada”, ideal que parece ya formar parte del patrimonio ideológico de Trump.

Sin embargo, los enemigos de la sociedad abierta ya no son los del pasado. Son nuevos enemigos. Ellos obligan  – citando al teólogo y politólogo alemán Johann Hinrich Claussen- a “deletrear” nuevamente el concepto de “enemigo”.“Un enemigo se diferencia de un adversario", escribe Claussen. Y agrega: "El adversario se mueve en el mismo marco, pertenece al mismo sistema, comparte convencimientos básicos. El es un competidor con quien se intenta disputar, antes que nada, con buenos argumentos. Naturalmente, siempre se desea derrotar al adversario. Pero si eso no es posible, debemos aprender a aceptar sus victorias o a negociar con él algún compromiso”

El adversario, de acuerdo a Claussen, es el enemigo político y equivale en cierta medida con el ya clásico concepto de enemistad política defendido por Carl Schmitt (Der Begriff des Politischen). También es equivalente con el concepto de “enemigo de la sociedad abierta” acuñado por Popper.

El enemigo de la sociedad abierta, según Popper, no es un enemigo personal. El enemigo popperiano a diferencias del enemigo schmittiano es más bien un sistema de conceptos e ideas cuyos antecedentes históricos provienen, según el filósofo, de la antigua Atenas. El punto de partida creyó encontrarlo Popper (erradamente, dicen con razón sus contradictores) en la figura de Platón. Ese enemigo tiene un nombre. Fue el, por Popper llamado, “historicismo”.

Por historicismo entendía Popper una concepción de la historia sometida a leyes, leyes que más allá de toda contingencia están orientadas hacia un fin pre-determinado. De más esta decir que Popper apuntaba en contra de la concepción hegeliana-marxista de la historia.

Hegel y Marx, siguiendo las premisas de Popper, fueron exponentes de un platonismo ideológico adaptado a la era moderna. Con el objetivo de alcanzar la realización de la idea absoluta que debería culminar en la sociedad perfecta, los historicistas defendían la supresión de las libertades básicas  de la “sociedad abierta”. Los seres humanos, de acuerdo a esa concepción, no podían ser sino medios destinados a usarse en el proyecto que debería conducir a la realización de la historia. El totalitarismo ha sido siempre teleológico.

El historicismo es el enemigo intelectual de la sociedad liberal a la que Popper llama “sociedad abierta” en contraposición a las “sociedades cerradas” o no libres. No deja de ser sintomático observar que hoy, el autoritario presidente de Hungría, Víctor Orban –como si hubiera querido confirmar la tesis central de Popper- ha acuñado el concepto de sociedad i-liberal como alternativa en contra de esa Europa, según él, decadente, incapaz de defender los valores heredados de la cristiandad medieval.

Probablemente analizando los discursos de neo-enemigos como Orban, llegó Claussen a una importante conclusión. Quienes durante el siglo XX postulaban la supresión de “la sociedad abierta” no lo hacían guiados por el odio sino por convencimientos ideológicos o filosóficos. En cambio los actuales enemigos odian a la “sociedad abierta” y por cierto a sus defensores. Vale la pena citar otra vez a Claussen:

“El enemigo (de hoy) debe ser diferenciado de un adversario. El nos odia a nosotros y nuestra cultura política, no comparte nuestras concepciones básicas (.......) Por eso su arma no son los argumentos sino la violencia: la violencia comunicativa, psíquica y corporal. También por eso hay que luchar en contra de él de manera distinta que contra un adversario. El no debe obtener la más mínima parte del poder, su victoria debe ser impedida bajo cualquiera condición. No debe haber ninguna tregua. No se puede  aceptar ningún apaciguamiento (apeasement). No se debe retroceder frente él. Hay que resistirlo (...) Solo un error no podemos cometer: No debemos odiar al enemigo y responder a su odio con otro odio” (Traducción, FM)

Un enemigo que odia y no piensa no es un enemigo discursivo. Los enemigos de la sociedad abierta son hoy enemigos antipolíticos. Esa es la gran novedad que trajo el siglo XXl. Los nuevos enemigos de la democracia no poseen una visión de futuro, no recurren a las ciencias ni a las ideologías para fundamentar su poder. Simplemente odian. Su lucha comienza y termina en un odio desatado frente al occidente político.

Los terroristas del Islam –la expresión más radical del odio- no escriben manifiestos ni dan a conocer una doctrina. Solo matan. Los grupos, sectas y partidos que constituyen el neo-fascismo (nombre verdadero de lo que los sociólogos galantes denominan “populismo”) tampoco siguen a grandes doctrinas. Su política solo reconoce a tres fobias: xenofobia, homofobia y eurofobia. ¿Cómo polemizar con fobias? Frente a esas nuevas fuerzas políticas los partidos democráticos no logran encontrar el idioma adecuado. Su impotencia política frente a ellos es manifiesta.

Las nuevas autocracias expandidas a lo largo del mundo, crecientes en Europa, tampoco están dotadas con una alta racionalidad política. Más allá de las diferencias ideológicas, las principales - la de Hungría, la de Turquía y la de Rusia- persiguen objetivos precisos. En lo interno, sustituir el sistema de partidos por el principio del gran líder (Führerprinzip).

A diferencia de las democracias occidentales en las cuales el gobernante es el representante de un partido o coalición de partidos, en las neo-autocracias los partidos representan a la persona del gran líder. Esa tendencia ya ha cruzado el Atlántico. No, no me refiero a Bolivia, Nicaragua o Venezuela. Me refiero a la USA de Donald Trump.

El verdadero partido de Trump no es el republicano: su partido es el trumpismo. La sede formal del gobierno será la Casa Blanca. Pero la sede real es la Torre Trump. ¿Quién iba a pensarlo? El Führerpinzip ha sido implantado en donde menos podía pensarse. Trump está mucho más cerca de Orban, Putin y Erdogan que de todos los presidentes habidos en la historia de los EE UU. La innegable empatía que comparten entre sí esos “hombres fuertes” es correlativa al odio que sienten por la “sociedad abierta”.

Los ataques destemplados de Trump a Merkel, su proyecto de demoler la OTAN, las visitas que realiza Marine le Pen a la Torre Trump, el hecho de que hoy Trump junto a Putin se han transformado en íconos de movimientos neo-fascistas, son signos evidentes de que está teniendo lugar algo mucho más fuerte e intenso que la simple revisión de tratados comerciales. Se trata de una agresión a los fundamentos de la sociedad liberal, a la sociedad abierta de Popper, en breve: a la democracia occidental. Frente a esa ofensiva, Europa luce indefensa, ingenua, incluso complaciente. En cierto modo está pagando los costos de no haberse alineado a tiempo en torno a las proposiciones de Obama.

Como si hubiera previsto el peligro, Barack Obama no se cansó de repetir que Europa debía abandonar el rol de continente protegido por USA. Obama insistió, además que, tanto por cercanía geográfica y vínculos políticos con el Medio Oriente, los países europeos debían asumir un rol activo en la guerra en contra del ISIS. Solo Francia y Alemania cumplieron con mínimas obligaciones. La mayoría de los gobiernos europeos no fue leal a Obama. El vacío dejado por Occidente no tardaría en ser aprovechado por Putin, hoy convertido en fuerza orientadora de las tiranías de Siria e Irán. Si llega a realizarse una alianza Putin- Trump, será quizás derrotado el ISIS. Pero el precio será la desintegración política de Europa. ¿Nos aproximamos hacia el fin del Occidente profetizado por Joschka Fischer?

Faltan cinco para las doce pero aún no es medianoche. Todavía hay tiempo para que la Europa democrática reaccione y salte sobre sus sombras. Puede ser incluso que la misma situación de indefensión en la que hoy se encuentra obligue a las fuerzas democráticas a buscar alternativas para sobrevivir.  Pero para que eso suceda se requiere del abandono de algunas creencias que, si alguna vez tuvieron validez, hoy ya no pueden ser sustentadas.

La primera creencia dice que sociedad liberal resuelve por sí sola sus problemas. El laissez faire proveniente de la economía del siglo XlX no puede ser trasladado a la política del siglo XXl. Europa no podrá ser defendida si sus principales actores no reconocen que, para que la democracia se mantenga hay que asumir una militancia. Una militancia democrática más allá de los partidos y por supuesto, del eje regulativo izquierda-derecha. Ese es precisamente la segunda creencia que debe ser abandonada. El eje izquierda–derecha ya no designa la contradicción fundamental de la sociedad abierta.

Cuando emergen enemigos, no de determinadas políticas sino de la política en general, los que han sido adversarios no tienen más alternativa que unirse en contra del enemigo principal. Ocurrió durante el periodo de ascenso del fascismo. Ocurrió en la política mancomunada que mantuvieron la mayoría de los gobiernos europeos frente a las pretensiones expansivas de la ex URSS. Hoy se requiere, y quizás más que ayer, de la unidad de todos los demócratas. Estamos hablando antes que nada de la unidad de las tres grandes tradiciones de la política europea: la liberal, la socialdemócrata y la conservadora. Si estas tres corrientes históricas, pese a ser adversarias, no logran vincularse frente a los enemigos comunes, estos continuarán su camino.

La tercera creencia que hay que abandonar es por lo tanto la de una Europa sin enemigos. Entender de una vez por todas que la guerra declarada por ISIS no se expresa solo en actos terroristas aislados sino en la aparición de una cosmovisión que hace de la lucha en contra de occidente su razón de ser. Esa cosmovisión no está representada solo por el ISIS. Sus tentáculos envuelven a gobiernos con los cuales Europa ha mantenido hasta ahora excelentes relaciones comerciales, entre ellos Arabia Saudita y los principados petroleros que la siguen.

Europa debe entender al fin que Putin continuará su política de expansión territorial si es que no surge una alternativa que lo detenga. La UE y los gobiernos europeos lo dejaron invadir Ucrania oponiendo en contra ridículas sanciones comerciales que ni siquiera se cumplen. Hay que mantener contactos diplomáticos con Putin, es inevitable, pero también hay que mostrarle los dientes. Si no es así el próximo paso después de Ucrania serán los países bálticos. ¿Lo dejará Europa avanzar? Eso pasa por la decisión de crear una línea de defensa continental, con los EE UU, ojalá. Pero en caso de que se cumpla la maldad trumpista destinada a destruir a la OTAN, Europa debe aprender, de una vez por todas, a defenderse sin la ayuda de USA. La tecnología la tiene. Solo falta la voluntad política.

Los partidos neofascistas han de ser enfrentados en todos los terrenos pero nunca como comensales de salón. Frente a su avance deberán ser creadas grandes coaliciones, aunque sea al precio de deponer principios e identidades. En Francia, lo más seguro es que las elecciones de Abril obligarán a una segunda vuelta en la cual la mermada izquierda deberá volver a apoyar a las fuerzas conservadoras en contra de la posibilidad lepenista. De nada servirá a la izquierda francesa decir que Le Pen y Fillon son lo mismo. Puede que entre ambos  existan  concordancias, pero no son lo mismo. Se pueden tener políticas similares, pero no es lo mismo cuando son ejecutadas por conservadores tradicionalistas que por fascistas.

Más allá de las demandas sociales o políticas, lo que está en juego en Europa es la vigencia de valores universales forjados desde el periodo de la Ilustración. En las palabras de Joschka Fischer: “Ese Occidente tal como hasta ahora lo conocemos”. Eso lo sabe, y lo ha dicho con palabras muy claras, Angela Merkel, destinada a convertirse en el blanco de los más feroces ataques de los enemigos de la Europa moderna pero también, y quizás por lo mismo, en la principal líder de la democracia liberal, esa sociedad abierta que no puede ni debe ser entregada jamás a sus enemigos. Quizás esa es la razón por la cual Donald Trump, siguiendo la línea trazada por Putin, ha atacado – nótese: después de haber ganado las elecciones - con ferocidad a la canciller alemana.
Las luchas electorales que tendrán lugar durante 2017 en Europa decidirán el destino definitivo del occidente político. O se hunde bajo sus ruinas o se levanta sobre las ruinas. Después de Trump no hay caminos intermedios.

Referencias:
Carl Schmitt, Der Begriff des Politischen (El concepto de lo político) Berlín 1963
Joachim Gauck, Die liberale Demokratie steht unter Beschuss (La democracia está sometida a un bombardeo) Die Zeit, 18.01 2017.
Johann Hinrich Claussen, Gegen den Hass (Contra el odio) NDRkultur, 15.01, 2017
Joschka Fischer , “Den Westen” konnte es bald nicht mehr geben” (El Occidente podría dejar de existir pronto), Süddeutsche Zeitung 12 dic. 2016.

Karl R. Popper, The Open Society and its Enemies (La sociedad abierta y sus enemigos) Londres 1966

Fernando Mires
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Chile-Alemania

viernes, 22 de abril de 2016

FERNANDO MIRES - EL CENTRO EN LA POLÍTICA

Tanto en la politología como en la política existe la creencia relativa a que ocupar posiciones de centro es algo parecido a asumir una actitud intermedia, acomodaticia y conciliante con los extremos. La verdad, se trata de todo lo contrario. No hay nada más antagónico a los extremos que el centro.
Puede ser que en naciones en las cuales todavía predomina la clásica dicotomía izquierda – derecha, el centro sea de verdad un centro geométrico. Mas, con el histórico declive de esa dicotomía, el concepto de centro ha ido perdiendo su significación originaria.
Efectivamente, el centro en la política no está en el medio. Incluso allí donde rigen los esquemas políticos heredados de la distribución de asientos en la Asamblea Nacional durante la gran Revolución Francesa de 1789, el centro tiene que ver más bien con la centralidad de la política. ¿Será necesario explicar lo dicho? Veamos:
Lo contrario de centralidad es descentralidad.  Por ejemplo, en la vida cotidiana cuando nos referimos a personas descentradas aludimos a las que no poseen o han perdido la capacidad de discernir (entre lo bueno o lo malo, o lo justo y lo injusto)
Y bien: en la historia moderna también hay ocasiones en las cuales gran parte de sus actores no tienen o han perdido su capacidad de discernimiento. En estos casos la política es sustituida por un campo de proyección formado por pasiones incontroladas, por emociones inconfesas, por odios y amores que escapan desde la intimidad de los dormitorios hacia el espacio de lo público. En estas situaciones podemos hablar perfectamente de sociedades o naciones descentradas. La tarea que allí se impone es devolver a la nación la centralidad perdida.
La centralidad política -es necesario reiterar-  no es un lugar situado en algún punto intermedio de un determinado contexto nacional. Por el contrario, es el espacio en donde precisamente se construye la comunicación política como medio de confrontación entre dos o más partes (partidos).
La centralidad supone restaurar la palabra polémica como medio de confrontación en un marco signado por múltiples antagonismos. En ese sentido, y aunque parezca paradójico, la centralidad puede llegar a ser muy radical. A diferencias de la posición extrema, de por sí maniquea, la centralidad impone activar los dispositivos de la reflexión en función de una polémica persistente en contra de ambos extremos.
Para volver al ejemplo anterior, si hablamos de una persona descentrada, es porque la instancia del Yo ha sido sobrepasada por fuerzas que vienen del mundo de las pasiones lo que obliga a esa persona a mantener a raya el acoso pasional movilizando a un Sobre-Yo moral, religioso o ideológico.  Es por eso que Freud se refería al Sobre-Yo no como a “otro Yo”, sino como a un Yo rígido, represivo y en algunos casos dictatorial.
Las analogías que hacía Freud entre el por él llamado “aparato psíquico” y la práctica política son evidentes.  En el mundo de la política, no el Yo, sino un Nosotros deliberativo suele sucumbir bajo la dictadura implacable de un Sobre- Nosotros hiper-ideológico organizado en la instancia máxima del poder: el Estado.
Cada dictadura o régimen autoritario puede ser entonces concebido como representación de una “sobre-nosotridad”, es decir, como un proyecto destinado a clausurar el embate de las pasiones pero también el espacio de la reflexión colectiva. Y ese espacio no es otro sino el de la política socialmente articulada.
No obstante, a diferencia de las alteraciones psíquicas en las cuales tiene lugar una relación antagónica entre el mundo de las pasiones y el Sobre-Yo moral, en las alteraciones políticas caracterizadas por la existencia de regímenes autoritarios tiene lugar una alianza entre el poder sobre-nosótrico con las pasiones más irracionales que provienen desde un orden social desarticulado.
La tarea del nosotros-democrático (centralidad política) no puede ser otra sino batirse en contra de dos irracionalidades: la que viene del poder establecido y la que proviene de las pasiones desbocadas incluyendo las de aquellos que, aún siendo declarados enemigos de una dictadura, han incorporado a su discurso la lógica del discurso dictatorial.
En verdad, no hay nada más incómodo en los procesos históricos que llevan a la recuperación de la democracia que situarse en una posición centrista. Sin embargo, es la única opción política. Es por eso que los grandes políticos de la historia han sido en su gran mayoría, centristas. Entre otros, Gandhi, Havel, Walesa, Mandela. Los cuatro fueron perseguidos por el poder establecido. Los cuatro, al comienzo de sus luchas, estuvieron aislados de las grandes masas. Los cuatro fueron furiosamente atacados por los extremistas, sobre todo por los que actuaban en sus propias filas.
Digamos ahora lo mismo pero de un modo más taxativo. Sin centralidad no hay política. La centralidad en la política es la política.
Recuperar la centralidad significa recuperar el sentido deliberativo y dialogante de la política. Así entendemos por qué Hannah Arendt afirmó que el sentido de la política es la lucha por la libertad. Si seguimos esa premisa, podremos entender por qué la relación semántica entre los conceptos liberación y de-liberación no es puramente casual. La deliberación es la liberación de la política por medio de las palabras bien pensadas.
La libertad llega siempre por el centro (el lugar de la de-liberación), jamás por los extremos.
Fernando Mires
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Alemania

miércoles, 20 de abril de 2016

FERNANDO MIRES - BORGMAN

¿Qué respondería usted a un vago si aparece en la puerta de su casa y le pide con muy buenos modales que le permita darse un baño? Así comienza el filme Borgman (Holanda 2013, dirigido por Alex van Warmerdam)

No voy a decir que es una gran película. Tampoco intentaré escribir una crítica de cine. Solo constataré que hay filmes que por una u otra razón te dejan grabadas sus imágenes en la mente. A ese tipo pertenece Borgman.
El argumento de Borgman (Jan Bijvoet) no es original. La destrucción de un orden familiar como consecuencia del aparecimiento de fuerzas malignas lo hemos visto en otras ocasiones. Basta recordar Teorema de Passolini, La Ceremonia de Chabrol y sobre todo, Viridiana de Buñuel, película de la cual Borgman parece ser, por momentos, un remake post-moderno.
La imagen del vago solicitando que le permitan darse un baño, es poderosa. Como poderosas son las imágenes que muestran al vago saliendo a la superficie desde un agujero cavado en la tierra. Lo mismo con los otros vagos que emergen para comunicarse entre sí, frente al peligro de la persecución iniciada por habitantes “decentes” dirigidos por un sacerdote armado con una escopeta. La fuerza de las imágenes reside, como puede suponerse, en la tendencia simbólica del filme. Digamos mejor: metafórica.
De acuerdo a su sentido o intención Borgman es un filme tridimensional.
La primera dimensión, con cierta carga teológica, aparece reflejada en la emergencia de las fuerzas ocultas del mal. La segunda en la clásica dicotomía psicoanalítica representada en los planos de lo consciente y de lo inconsciente. La tercera, si se quiere política, en la rebelión de los marginales que destruyen los pilares del orden social, cultural, y en el caso de la película, familiar. Como suele ocurrir en la vida cotidiana, esas tres dimensiones no aparecen en el filme en planos superpuestos sino más bien a través de líneas entrecruzadas
La lucha encabezada por un sacerdote armado en contra de las fuerzas ocultas del mal corresponde a la clásica tradición legada por San Pablo, fundador del cristianismo. Lo que da sentido al pensamiento de Cristo, según el profundo apóstol judío, es la idea del Anticristo. El aparecimiento del mal hace necesario al bien.
El bien, si seguimos la dialéctica paulina, se sostiene sobre la existencia del mal. Sin el mal no habría bien. La propuesta de Pablo es en ese punto radical y militante. Solo se puede ser cristiano en la lucha (agonía) en contra del mal (Segunda Carta a los Tesalonicenses). Porque si el mal se impone -entendido el mal como la ausencia de Cristo-Dios, esto es, como el vacío de bien – el infierno se impone al cielo sobre la tierra. Y efectivamente, eso fue lo que sucedió en el filme Borgman. Las fuerzas del infierno se apoderaron de la representación micro-social del orden moderno: una muy vulgar familia de clase media acomodada.
De acuerdo a la dimensión psicoanalítica en cambio, las fuerzas profundas que nos acosan no pueden ser la representación del mal (las categorías morales y religiosas no tienen nada que hacer en el psicoanálisis) sino –en este punto seguimos las enseñanzas del “apóstol” Freud- del inconsciente, del Ello, y no por último, del impulso hacia la muerte anidado en cada mortal por el solo hecho de ser mortal. Esas tres fuerzas se hacen presentes en la familia asediada por Borgman.
El inconsciente, sobre todo el inconsciente sexual reprimido, se articula en la madre de la familia atraída irremediablemente por Borgman. El Ello -es decir, todo lo que no es Yo en uno- en los niños y en la “nani”, quienes terminan siendo integrados en la pandilla subterránea. El Sobre-Yo, cruel y dictatorial, en el padre. Efectivamente, el ensañamiento de la pandilla es en cierto modo una respuesta a la brutalidad utilizada por el padre al haber golpeado salvajemente a Borgman.
Observando a la segunda dimensión es imposible no captar, además, un leve tono lacaniano. Pues una de las diferencias implícitas entre el pensamiento de Freud y Lacan es que para el primero el inconsciente es caótico y para el segundo obedece a un orden impuesto por el deseo (de ser). Mientras para Freud el inconsciente es analfabeto, para Lacan es gramatical y, por lo tanto, discursivo. Así es también en el filme.
A diferencias con la Viridiana de Buñuel, cuyos mendigos actúan de acuerdo al llamado de impulsos destructivos, los vagabundos de Borgman se ajustan a un plan sistemático, perfectamente organizado y abiertamente pre-meditado. Según esa interpretación, los hombres subterráneos logran imponerse no por carecer de un orden sino por ser representantes de un orden más inteligente y complejo que el de la familia burguesa. Imposible en este punto no hacer la conexión entre el asalto progresivo a la familia con ese “asalto a la razón” (Georg Lukács) escenificado durante el advenimiento del fascismo en Europa durante los años treinta y cuarenta del pasado siglo.
¿Cómo pudo ser posible que en dos de los países más cultos de Europa, Alemania e Italia, las masas se hayan sentido atraídas por dos ridículos bufones, abrazado doctrinas sin sustento ni base y desatado odios en contra de pueblos completos hasta el punto de plegarse a los aniquilamientos masivos? Todavía la pregunta no encuentra una respuesta adecuada. Pero por lo menos filmes como Borgman nos entregan algunas pistas.
Una pista ya está dada: es la enorme capacidad organizativa de la masa sub-política sin Dios ni Ley. Ella se hace presente en nuestra realidad no en agujeros cavados en bosques como en la película Borgman. Tal como ocurre en cada uno de nosotros, lo inconsciente no está necesariamente “abajo”. En las ciudades, el inconsciente colectivo, representado a veces en esa masa humana que no está en condiciones de expresarse por sí misma, puede también estar situado arriba, en los cerros. Otras veces en las afueras, en las orillas. También puede asumir formas transversales, cordones de miseria que atraviesan las ciudades de punta a cabo.
Lo reprimido, lo excluido, lo monstruoso, en fin, lo inconsciente, puede estar en todas partes: fuera, dentro y entre nosotros.
En la vida política suele suceder, cada cierto tiempo, que algún demagogo enfervorizado, interpela a esas masas anónimas y las organiza bajo el dictado de su razón, tal como hacía Borgman con su pandilla. Ahí ha llegado, dicen los sociólogos, la hora del populismo en todas sus múltiples expresiones. Los filósofos niztscheanos nos hablan del regreso de la barbarie, los orteguianos de la rebelión de las masas, los arendtianos de la desintegración de “la sociedad de clases”, los teólogos de izquierda del pueblo redentor, los marxistas ortodoxos de “lumpenización”. Durkheim nos hablaba de la anomia. Como sea, cuando las masas inician su retirada para retornar al inconsciente suburbano desde donde llegaron, el espectáculo que dejan detrás de sí será siempre el mismo: ciudades arrasadas, edificios mal olientes, suciedad, delincuencia, promiscuidad, drogas.
Para que surja un fenómeno como el fascismo se precisan dos condiciones. Por una parte una masa verticalmente organizada. Por otra -es lo que ocurre con la familia asaltada por Borgman y su pandilla- una muy débil formación en la estructura del carácter ciudadano.
En el país donde yo vivo veo salir nuevamente desde sus madrigueras a turbas organizadas, esta vez en partidos y asociaciones racistas. Veo proclamar a los intelectuales xenófobos la inferioridad de otras culturas y, siguiendo el ejemplo de gobernantes húngaros y polacos, veo a políticos exigir la supresión de la libertad de culto en nombre de futuras repúblicas “neo-cristianas y anti-islámicas”. Veo que el “enemigo” de hoy ya no es Jacobo o Isaac sino Alí o Mustafá. Veo la revuelta de los ignorantes, de los resentidos, de los acomplejados e incultos en contra de un chivo expiatorio formado por multitudes de aterrados huyendo de guerras y masacres innombrables. Veo a cabaretistas insultar en la televisión a políticos turcos, hasta ahora aliados estratégicos, y tratarlos de violadores de niñas, abusadores sexuales de infantes y fornicadores de animales. Y veo a casi toda la prensa aplaudir a los difamadores como si se tratara de héroes de guerra. Veo a los políticos de los partidos demócratas enredarse en sus palabras, incapaces de decir las cosas por su nombre para no perder un par de votos. Y veo por todas partes a Borgman.
¿Habrá aprendido este pueblo la lección legada por la historia? “Por supuesto que sí” -respondo a un interlocutor.- “Las reservas democráticas de la nación alemana son hoy muy fuertes. Esta vez no pasarán”.
Sin embargo, observo -y no sin cierta angustia- que el tono de mi voz hoy no suena demasiado convincente. He visto a Borgman.
Fernando Mires
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Alemania

viernes, 15 de abril de 2016

FERNANDO MIRES, TURQUÍA, CON EL PODER NO SE JUEGA,

Como consecuencia de un programa transmitido por el canal ZDF en el cual el cabaretista alemán Jan Böhmerman recitó un ofensivo “poema” en contra del Presidente turco Recep Tayyip Erdogan, se ha desatado en Alemania una polémica de proporciones. En ella toman parte artistas, intelectuales y políticos.

Todo partió con la exigencia del gobierno turco para que el cabaretista fuera alejado de su puesto de trabajo. Como era de esperarse, la opinión pública alemana reaccionó en contra de Erdogan. ¿Con qué derecho se permitía ese autócrata oriental dictar normas a una democracia occidental? Hasta los más conservadores descubrieron que Alemania es un país liberal en donde la sátira tiene larga tradición. Erdogan, frente a esa disyuntiva, decidió recurrir a los tribunales de justicia alemanes. Las probabilidades de tener éxito judicial, son mínimas.
Un problema es que la mayoría de quienes despotrican en contra de Erdogan no se han tomado la molestia de leer el “poema” del cabaretista. Ahí se dice que los turcos hieden peor que los puercos, que golpean a las muchachas y fornican con animales y que después de perseguir a kurdos y cristianos practican la pornografía infantil. En otras palabras, la sátira traspasa todos los límites.
Los artistas e intelectuales alemanes arguyen que una de las propiedades del género de la sátira es precisamente su carencia de límites. ¿Es así? Supongamos por un momento que la víctima de la sátira no hubiese sido Erdogan sino Netanjahu (por ejemplo). ¿Habría reaccionado de igual modo la opinión pública? Definitivamente, no. El cabaretista habría terminado ahogado por un tsunami de protestas. Es decir, se quiera o no, hay límites. Hay límites, y el cabaretista los traspasó. Su sátira fue un dechado de racismo, sexismo e idiotez.
Así y todo nadie esperaba la aparentemente destemplada reacción del gobierno turco. Ese programa no lo ve casi nadie y el cabaretista es casi un perfecto desconocido. Casos así suelen resolverse con una nota de embajada y nada más. Si Ángela Merkel reaccionara contra los cientos de programas que en diversos países la presentan con el bigote hitleriano, no tendría tiempo para gobernar. Eso indica que la reacción de Erdogan no tiene que ver solo con la ofensa sino con el momento que atraviesan las relaciones entre Turquía y Europa.
Las relaciones entre Turquía y la mayoría de los gobiernos europeos van de normales a buenas. Sin embargo, Turquía no es considerado un país europeo por los europeos. Desde 2007, cuando Sarkozy y Merkel cerraron abruptamente las puertas de la UE a Turquía, pese a que cumplía con todas las condiciones para ingresar, Erdogan, acusando el golpe se vio obligado a cambiar de rumbo estratégico.
Hoy día el proyecto Erdogan no pasa por ingresar a Europa sino por hacer de Turquía una nación hegemónica en el mundo islámico. Naturalmente Turquía necesita de Europa y Europa de Turquía. Pero –y eso lo sabe Erdogan- Europa necesita más de Turquía que Turquía de Europa.
El rol que juega Turquía en la crisis migratoria es evidente. Además, Turquía es un dique en contra de Rusia en el Oriente Medio.Y por si fuera poco, un obstáculo para las pretensiones hegemónicas de Irán e incluso de Arabia Saudita en la región.
Con su reacción frente a los insultos del cabaretista, Erdogan intenta dejar en claro dos puntos. Primero: Turquía debe ser respetada por Europa tanto como se respeta a cualquier país europeo. Segundo: Erdogan está en condiciones de usar a Europa como enemigo simbólico a fin de liderar a los países islámicos en el marco de su proyecto neo-otomano de poder. El problema en consecuencias va mucho más allá de la estupidez de un cabaretista xenófobo.
Erdogan, político consumado, encontró el justo momento para perfilarse, no frente a los gobiernos europeos –la verdad, eso no parece interesarle demasiado- sino ante los gobiernos islámicos, como un mandatario en condiciones de pararse de igual a igual frente a cualquiera potencia, incluyendo a Alemania. Dicho con toda seguridad, Erdogan aparece ante ellos como el gran líder que defiende con entereza el honor del Islam. 
Con el poder no se juega. Ese es el mensaje que ha lanzado Erdogan a toda Europa. El mensaje, por cierto, no parece haber sido entendido por la clase política europea. Eso no es un problema para Erdogan. Lo realmente importante para él es que su mensaje sea entendido en el Oriente Medio.
Fernando Mires
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Alemania

viernes, 8 de abril de 2016

FERNANDO MIRES - LA VÍA ELECTORAL HACIA LA DICTADURA

"Bajo formato de tesis podríamos afirmar que mientras en Europa la vía electoral hacia la no-democracia, vale decir, hacia la erección de gobiernos autoritarios con incrustaciones dictatoriales –así son y serán las dictaduras del Siglo XXl-  mantiene una tendencia ascendente, en América Latina ha comenzado recientemente a perfilarse una línea descendente".

Hasta hace poco existían tres vías en el proceso que lleva a la implantación de una dictadura: la golpista, la revolucionaria y la combinación de ambas. Los latinoamericanos que vivimos la política del siglo XX estábamos acostumbrados a la primera. Ocurría casi siempre en una mañana, muy temprano: una junta de generales anunciaba que el presidente había sido depuesto. Retumbaba el himno nacional. Después venía la masacre.
La otra vía era la de las revoluciones. El cuadro también es familiar: tropas rebeldes entran en la capital y el líder máximo pronuncia un discurso histórico. Al cabo de un tiempo, al calor de juicios sumarios y ejecuciones, comenzaba a nacer una nueva clase de Estado más cruel y brutal que la anterior.
La combinación de ambas vías ha sido también usual. Ocurrió por ejemplo en el Octubre ruso y en el Enero cubano. En el primer caso Lenin caracterizó  a la revolución como de “obreros, campesinos y soldados”. En el segundo, Castro mantenía contactos con oficiales del ejército de Batista, entre ellos el general Barkin, cuya tarea sería rendirse en el momento asignado.
La forma democrática de gobierno mantiene hoy su hegemonía formal. Los generales ya no son bien vistos en el poder. Difícil será que Trujillo, Somoza, Videla, Pinochet, resuciten. El general Raúl Castro es solo representante de una rancia estirpe de gorilas en extinción. Hitler, Mussolini y Franco son un pasado ya lejano. Sin embargo, eso no significa que las alternativas dictatoriales han desaparecido.
Las dictaduras actuales son más sutiles. Sus orígenes no son cuarteleros sino electorales. Ya en el gobierno, utilizan el fervor originario para demoler progresivamente las instituciones en nombre de “el pueblo”. El Ejército y la Policía son convertidos mediante sobornos en estamentos del gobierno. Los poderes del Estado, en apéndices del ejecutivo. Las asociaciones empresariales y obreras, corporavitizadas. El respeto al orden político deviene en culto a la personalidad del máximo líder.
La vía electoral hacia la dictadura no es, aunque así lo parezca, un invento latinoamericano. La patente histórica la tiene Adolf Hitler quien, gracias a notables éxitos electorales logrados desde 1928, pudo hacerse del poder en 1933.
De la misma manera, el peligro de la destrucción de la democracia por medio de autoritarismos electorales es hoy más grande en Europa que en América Latina. Tanto en la Hungría de Orban, en la Polonia de Kaczinski o en la Turquía de Erdogan, los libretos parecen haber sido sacados de los baúles del “socialismo del siglo XXl” latinoamericano, aunque sus ideologías nacionalistas y xenofóbicas aparezcan como antagónicas (tan antagónicas como parecían ser en el pasado las ideologías estalinistas y las fascistas)
La madre de todas las neo-dictaduras electorales, de las actuales y de las que ya asoman, es, para no variar, Rusia. Putin ha continuado por vías ideológicas diferentes el camino trazado por Lenin y Stalin. Es el mismo camino que conduce a la conversión de Rusia en centro de la reacción antidemocrática mundial.
A algunos puede parecer exagerado el dibujo de una amenaza dictatorial en Europa, sobre todo si se toma en cuenta que los diversos gobiernos nombrados, aparte de ser extremadamente autoritarios, se diferencian ideológicamente entre sí. No es lo mismo, en efecto, el catolicismo ultramontano de gobiernos como el de Hungría, Polonia, o el que dice profesar Marine Le Pen, que el islamismo otomano que levanta Erdogan y que el cristianismo ortodoxo al que adhiere de modo oportunista Putin.
Evidentemente, no es lo mismo. Pero sí es lo mismo el hecho de que todos recaven su legitimidad política en dogmas religiosos (pre-políticos). También es cierto que si bien Orban y Le Pen son abiertamente pro-rusos, Kaczinski todavía no lo es. Mas, a Putin, lo que más interesa en estos momentos no es ganar simpatías sino desestabilizar políticamente a Europa. Y lo está consiguiendo. Todos los nuevos movimientos sociales europeos, incluyendo los de extrema izquierda, y todos los gobiernos ultranacionalistas recientemente emergidos, levantan sus banderas en contra de la unificación de Europa. Una Europa fragmentada, está casi de más decirlo, conviene más a Putin que una Europa unida.
La conexión que objetivamente se da entre las migraciones masivas y el auge de las derechas nacionalistas y teocráticas, trabaja a favor de los planes del mandatario ruso. Si atendemos a las estadísticas que muestran como de cada cinco refugiados que llegan a Alemania cuatro huyen de los bombardeos ruso-sirios y no de ISIS, veremos en que medida la crisis migratoria que acosa a Europa tiene que ver no muy poco con el proyecto desestabilizador de Putin.
No se trata por supuesto de que Putin esté fraguando ocupar una parte de Europa, como lo hizo una vez Stalin. Pero sin dudas está en sus planes crear zonas de influencias valiéndose de gobiernos y movimientos con tendencias afines, cuando no dictatoriales, por lo menos extremadamente autoritarios.
En términos escuetos es posible decir que mientras más nacionalistas y autoritarios son los nuevos gobiernos europeos, más amplia es el área de influencia de Putin. Así como Stalin se sirvió de los partidos comunistas, Putin se sirve de los partidos, movimientos y gobiernos ultranacionalistas.
El nacionalismo y la xenofobia a los que hay que sumar el “antieuropeísmo de los europeos”  parecen ser más fuertes y atractivos que el ideal comunista de ayer. Por de pronto, la (contra) revolución nacionalista y antidemocrática ya no es un fenómeno periférico. El “Frente Nacional” lepenista e “Iniciativa para Alemania”, por ejemplo, acosan no solo a dos gobiernos sino a los dos estados más centrales de Europa.
Naturalmente, en la mayoría de los países europeos existen reservas democráticas. El problema es que sus representantes no parecen tomar conciencia de la magnitud y cualidad de los peligros que acechan. Todavía no logran entender que la condición democrática no se define solo votando, sino asumiendo una actitud  militante frente a los enemigos de la democracia vengan estos de donde vengan, sea del terrorismo islamista o de los movimientos ultranacionalistas endógenos. No ha habido jamás –eso es lo que solo muy pocos quieren reconocer- una democracia sin enemigos.
Bajo formato de tesis podríamos afirmar que mientras en Europa la vía electoral hacia la no-democracia, vale decir, hacia la erección de gobiernos autoritarios con incrustaciones dictatoriales –así son y serán las dictaduras del Siglo XXl-  mantiene una tendencia ascendente, en América Latina ha comenzado recientemente a perfilarse una línea descendente
Las derrotas electorales experimentadas por Cristina Fernández en Argentina, Evo Morales en Bolivia y Nicolás Maduro en Venezuela, parecen testimoniar ese descenso. Sin embargo, todavía es temprano para dictar la última palabra. Nadie puede asegurar cien por ciento si ese descenso será transitorio o definitivo.
En Argentina la situación dista de ser irreversible. Si llega a serlo, dependerá en gran parte del rumbo político que tome el gobierno de Macri. Cierto es que las medidas económicas recientemente puestas en rigor por el presidente están destinadas a des-cristinizar tanto la administración como la economía del país. Pero el éxito de Macri, por muy eficaz que sea su gestión empresarial, será medido en términos políticos los que estarán determinados por su capacidad de atraer a votantes del peronismo no-cristinista. Eso dependerá a su vez de la aptitud del gobierno para implementar programas sociales que lo alejen de la imagen de inescrupuloso neo-liberal que busca endilgarle el cristinismo.
En Bolivia nadie sabe si la derrota en el plebiscito destinado a eternizar al Presidente será el comienzo del fin del evismo o una fase que permitirá su perdurabilidad. No es un misterio para nadie que la oposición boliviana, si bien puede unirse en torno a la palabra NO, es muy difícil que lo haga alrededor de programas y liderazgos comunes. También es cierto que a Morales le quedan algunas cartas por jugar. Por el momento está jugando con mucha agresividad la “carta marítima” en contra de Chile. El propósito es claro: Morales intenta transformarse de líder social en un líder de un amplio movimiento nacionalista situado por sobre “izquierdas y derechas” en el mejor estilo de los presidentes del antiguo MNR.
En Venezuela, después de la derrota de la AN, el gobierno ha optado por tender una barricada jurídica alrededor de la entidad parlamentaria. De hecho, Maduro ha decidido gobernar con prescindencia del Parlamento. Eso significa que el venezolano ya ha dejado de ser un gobierno político para transformarse en una fortaleza jurídica-militar por el momento inexpugnable. A favor del gobierno juegan hoy como ayer las clásicas divisiones al interior de la oposición. Después de haberse subido a última hora al carro electoral los radicales de siempre han vuelto a bajarse exigiendo una movilización de masas en la que ellos no tendrían la menor incidencia.
En suma, ni en Europa ni en América Latina la suerte política está echada. El futuro, por ser futuro, continúa siendo incierto. La gran diferencia es que, mientras en Europa la vía electoral hacia la dictadura cobra cada día más fuerza, en América Latina se encuentra cada vez más desdibujada. El cristinismo, el evismo y el chavismo continúan vigentes. Pero por el momento se encuentran a la defensiva. Lo mismo se puede decir del castrismo después del tsunami emocional y político desatado por la visita de Obama a Cuba.
Tanto en Europa como en América Latina la lucha antidemocrática ha optado por la vía electoral. Se trata de la misma vía a la cual, bajo ninguna condición y en ningún momento deben renunciar los demócratas. Por esa misma razón, cada elección, hasta la aparentemente más insignificante, será, a partir de estos momentos, muy decisiva. Lo que en ambos continentes está en juego –ese es otro punto en común- no son unos escaños más o menos. Se trata de la reedición de una de las más antiguas luchas políticas: es la que se dio y es la que se sigue dando entre democracia y dictadura.
Por cierto, no faltaran quienes tildarán la deducción final del presente artículo como electoralista. Solo puedo responder afirmativamente: Si: es una deducción electoralista. Y la razón es una sola: mientras los golpes de estados, las revoluciones, los asesinatos políticos, las conspiraciones de pasillo y las matanzas, eran capítulos de la lucha política en el pasado reciente, hoy los capítulos definitorios son, guste o no, las elecciones. Tanto allá como acá.
Después de todo, algo hemos avanzado. Hoy hasta las dictaduras deben ser elegidas. A derrotarlas entonces. No hay otro camino.

Fernando Mires
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