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domingo, 16 de junio de 2019

MOISÉS NAÍM: ¿QUÉ TIENE MÁS IMPACTO, LAS ELECCIONES O LAS PROTESTAS?

La mayoría de movilizaciones logra concesiones menores o fracasa. Pero algunas provocan cambios importantes

¿Qué tienen en común Corea del Norte y Cuba? La respuesta obvia es que ambas son dictaduras. La menos obvia es que, este año, ambos países han celebrado consultas electorales. En Corea del Norte, el Gobierno informó de que el 12 de marzo el 99,99% de los ciudadanos votaron y que el 100% de los votos fue para los 687 diputados que fueron postulados por el régimen. No había otros. Semanas antes, los cubanos también se habían expresado a través de un referendo en el cual se les preguntó si aprobaban una nueva Constitución. El 91% de los votos fue a favor.

Esta propensión de las dictaduras a llevar a cabo elecciones fraudulentas es muy curiosa. Se basa en la suposición de que una elección, aunque sea solo teatro, puede compensar en algo la ilegitimidad de un Gobierno autocrático. De hecho, ahora hay más eventos electorales que nunca antes, en democracias y en dictaduras. Este año, 33 países tendrán comicios presidenciales y 76 naciones, elecciones parlamentarias. Pero hay otra forma de expresión política que está mucho más de moda que las elecciones: las protestas callejeras. Además de las marchas, los bloqueos a la circulación de vehículos se han convertido en un frecuente instrumento de expresión política.

Tan solo la semana pasada hubo masivas protestas populares en varios países. En Moscú, por ejemplo, la policía detuvo a más de 400 manifestantes que protestaban contra las autoridades que arrestaron a Ivan Golunov, un periodista que investiga la corrupción en el Kremlin. La policía lo acusó de tenencia y tráfico de drogas, cargos que periodistas y políticos denunciaron como espurios. Al mismo tiempo, en Hong Kong, más de un millón de personas tomaron las calles para protestar contra una ley de extradición que facilita la represión de Pekín en este territorio. Gracias a las protestas, Golunov ha sido liberado y en Hong Kong la ley de amnistía fue retirada.

En Sudán también hubo protestas. El Gobierno las reprimió brutalmente y murieron más de cien manifestantes. Desde diciembre, los sudaneses exigen el cese del Gobierno autocrático, elecciones limpias y libertades democráticas. Lo mismo que, al otro lado del mundo, piden los venezolanos liderados por Juan Guaidó.

Esto no es nada nuevo. La política y las actividades de calle siempre han ido de la mano. Pero, en su versión de este temprano siglo XXI, tienen varias peculiaridades.La primera es su frecuencia. Thomas Carothers y Richard Youngs, dos de los principales expertos en el tema de las protestas políticas en el mundo, han investigado esto a fondo y concluyen que las protestas de calle han aumentado en frecuencia y tamaño. El uso de teléfonos móviles y las redes sociales facilitan la organización. También ayuda que en muchos países ahora existen clases medias más numerosas, conectadas y activadas. Los motivos que impulsan las protestas son variados: algunas tienen objetivos genéricos como el repudio a la corrupción, por ejemplo. Otras, como las de Hong Kong, son concretas: impedir la aprobación de la ley de extradición. Otras comienzan con reclamos específicos pero, rápidamente, agregan demandas más ambiciosas.

La gran pregunta es si las protestas tienen éxito. No está claro. La mayoría logran concesiones menores o fracasan por completo. Pero algunas han provocado cambios políticos importantes. ¿Qué caracteriza a las que tienen éxito? La combinación de nuevas tecnologías con antiguos métodos de organización política es indispensable. Las redes sociales, por sí solas, no bastan. Para ser exitosas, las protestas deben involucrar a gran parte de la sociedad y no solo a través de Internet. En algunos casos, la presión internacional y de las fuerzas armadas ha sido determinante. Pero, como siempre, lo más importante es el liderazgo. El éxito requiere que haya jefes y jefas. La ilusión de un activismo político basado en decisiones colectivas y sin líderes claros suele terminar siendo eso, una ilusión.

Moisés Naim
@moisesnaim

lunes, 29 de abril de 2019

MOISÉS NAÍM, LAS FIERAS COME-POLÍTICOS

La mayoría de los animales no comen carne humana. Sin embargo, hay tigres, leones, leopardos, osos y cocodrilos que, una vez que la han probado, la incorporan a su dieta y, activamente, cazan seres humanos para comerlos. Son los llamados “devoradores de hombres”. Una vez que han probado carne humana no pueden dejar de comerla.

Algo parecido está sucediendo con la política. En algunos países, una vez que el sistema político aprende a defenestrar al jefe de Estado, se acostumbra a hacerlo periódicamente. Los elimina a través de un sacrificio ritual que, generalmente, ocurre en tribunales, parlamentos y medios de comunicación, así como en plazas y calles. La conflictividad social, el revanchismo, la polarización y la antipolítica que hoy caracteriza a muchas sociedades crean el caldo de cultivo que conduce al despido, la cárcel y, a veces, hasta la muerte de sus presidentes. 

Como sabemos, ese difuso pero feroz animal come-políticos ahora cuenta con las redes sociales como potente arma para acorralar a sus presas. También sabemos que la exasperación y frustración de los votantes contra sus políticos no es ni artificial, ni gratuita: la precariedad económica, la desigualdad, la corrupción y el mal desempeño de los Gobiernos son la causa última del enardecimiento de la fiera come-políticos.

Es obvio que a veces es sano salir de un mal jefe de Estado antes de que termine su periodo. Eso hay que aplaudirlo, no censurarlo. Brasil, por ejemplo, le debe mucho a los jueces que se enfrentaron a algunos de los políticos y empresarios más poderosos y lograron mandarlos a prisión. Cientos de miles de brasileños indignados por la corrupción reinante tomaron las calles y crearon el ambiente que condujo a la salida de la presidenta Dilma Rousseff antes de terminar su mandato. La fiera política brasileña que, sin darse cuenta, le abrió paso al ahora presidente Jair Bolsonaro, podría también devorarlo a él.

En Centroamérica el hábitat natural de uno de cada dos expresidentes es la cárcel. Según el diario mexicano El Universal , de los 42 presidentes que entre 1990 y 2018 gobernaron Guatemala, el Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, y Panamá 19 han estado, o aún están, en la cárcel.

Lo mismo sucede en Perú. El presidente Pedro Pablo Kuczysnki se vio obligado a dimitir en 2018 y recientemente, un tribunal ordenó su prisión preventiva por tres años. El expresidente Ollanta Humala también estuvo encarcelado, al igual que su esposa Nadine Heredia. Alejandro Toledo, quien fue presidente del 2001 al 2006 es prófugo de la justicia peruana y desde 2017 las autoridades han solicitado al Gobierno de Estados Unidos su extradición. Su esposa, Eliane Karp, tiene orden de arresto y está fuera del país. Keiko Fujimori, la líder de la oposición, ha sido condenada a tres años de prisión preventiva, mientras que su padre, el expresidente Alberto Fujimori, sigue purgando una larga condena. La cárcel también hubiese sido el destino de Alan García, el dos veces presidente, de no ser porque hace unas semanas se suicidó de un disparo en la cabeza cuando la policía llegó a su casa a detenerlo.

Este no es solo un fenómeno latinoamericano, es una tendencia mundial. La fiera come-políticos esta activísima en Europa. Y Asia no se queda atrás. Park Geun-hye, de 67 años, acusada de corrupción, se vio obligada a dimitir como presidenta de Corea del sur y cumple una condena de 24 años de cárcel, lo que en su caso equivale a cadena perpetua. Lee Myung-Bak, uno de sus predecesores, fue juzgado por corrupción y condenado a 15 años, mientras que otro expresidente, Roh Moo-Hyun, también implicado en un escándalo de corrupción, se suicidó. En Tailandia, Malasia e Indonesia hay situaciones parecidas.

Una de las sorpresas de todos estos derrocamientos es el reducido rol que han jugado los militares. En el pasado, los generales eran protagonistas centrales. Ya no. Ahora es la gente en la calle y los magistrados en los tribunales. El problema es que, a veces, la presión de la calle desborda a los jueces y los tribunales, en vez de hacer justicia, ceban la fiera mata-políticos.

¿Qué pensar de todo esto? Primero, que la impunidad no es tan común como se cree; muchos políticos corruptos terminan en prisión. Segundo, esto no parece hacer mella en la corrupción. Nada parece indicar que haya disminuido. Tercero, en estas cruzadas judiciales contra funcionarios corruptos, potenciadas por la indignación de la gente en la calle, seguramente se cometen injusticias. Cuarto: las acusaciones de corrupción forman parte del arsenal que usan los políticos contra sus adversarios.

¿Qué hacer? No hay que limitar el activismo judicial contra los corruptos, sino despolitizarlo. La más potente arma contra la corrupción son políticas públicas que no la incentivan. Las políticas públicas deben aumentar la transparencia de las decisiones de los funcionarios y disminuir su discrecionalidad. Y mejorar el escrutinio por parte de entes de vigilancia, medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales.

Esto es más aburrido que ver a la fiera come-políticos en acción. Pero también mucho más sano. 

Moisés Naím
@moisesnaim

lunes, 8 de febrero de 2016

MOISÉS NAÍM, ¿QUÉ ES LA NECROFILIA IDEOLÓGICA?

Las malas ideas persisten, a menudo por la necesidad de la sociedad de creer en un líder

Todos conocemos a alguien así. Una amiga que, una y otra vez, se enamora de hombres que la maltratan. O el talentoso colega que salta de un empleo a otro porque no logra controlar su propensión a insultar al jefe.

Sigmund Freud llamó esto la compulsión a la repetición: volver a hacer lo que ya se hizo y que se sabe que da malos resultados.

Pero esto no solo le pasa a los individuos. También le sucede a grupos políticos y hasta a naciones enteras, que se entusiasman con líderes cuyas propuestas ya han sido probadas y siempre han terminado mal. La sorpresa es que estas malas ideas, que deberían estar muertas y enterradas, suelen reaparecer periódicamente.

Hace años llamé a este fenómeno necrofilia ideológica: “La necrofilia es la atracción sexual por cadáveres. La necrofilia ideológica es el amor ciego por ideas muertas. Resulta que esta patología es más común en su vertiente política que en la sexual. Encienda su televisión esta noche y le apuesto que verá a algún político apasionadamente enamorado de ideas que ya han sido probadas y han fracasado. O defendiendo creencias cuya falsedad ha quedado demostrada con evidencias incontrovertibles”.

El maoísmo es un buen ejemplo de esto. Esta doctrina le costó la vida a más de 55 millones de chinos. En 1981 el Partido Comunista Chino emitió su diagnóstico final sobre la gestión de Mao: “Cometió errores de enorme magnitud y larga duración [...], y lejos de hacer un análisis acertado de muchos problemas, confundió lo correcto con lo incorrecto y al pueblo con el enemigo. En esto se centra su tragedia”. Uno pensaría que esta conclusión debería ser suficiente para que las ideas de Mao se quedaran sin seguidores. Y estaría cometiendo un error: en un sorprendente número de países aún hay agrupaciones políticas que con gran entusiasmo se definen como maoístas.

El peronismo es otro ejemplo de necrofilia ideológica. Argentina es el único país que, habiendo alcanzado niveles de vida equivalentes a los de países desarrollados, se las arregló para subdesarrollarse. En esa involución tuvo mucho que ver el prolongado entusiasmo nacional por el peronismo en sus diferentes corrientes y momentos. El presidente Juan Domingo Perón fue un virtuoso del populismo que tan común se ha hecho en América Latina y más allá. Prometer lo que de antemano se sabe que no se podrá cumplir o distribuir lo que no hay o despilfarrar ahora lo que se necesitará más adelante son algunas de las características del populismo. Hugo Chávez es el mejor ejemplo de esto en el siglo XXI.

Todos los políticos, en todas partes, prometen lo que saben que la gente quiere oír. Es lo normal. Pero los populistas van mucho más allá.

Donald Trump, por ejemplo, nos ha dado extraordinarias muestras de populismo turbocargado. Extraditar a 11 millones de latinos de EE UU, construir un muro con México o prohibir la inmigración de musulmanes son algunas de sus propuestas. ¿Verdad que suenan tenebrosamente conocidas? Y no solo no van a funcionar, sino que son imposibles de llevar a cabo, aun cuando Donald Trump ganara las elecciones, cosa que no va a pasar. Pero eso no importa. Esas pueden ser ideas muertas y sin futuro pero, para los seguidores de Trump, son las razones que justifican su entusiasta apoyo.

Otro ejemplo nos lo da Ted Cruz, el vencedor de las recientes elecciones primarias del Partido Republicano en Iowa y quien claramente padece de necrofilia ideológica. Según Cruz, la manera de acabar con el Estado Islámico es a través del carpet-bombing, el bombardeo hasta la saturación de una vasta zona de Siria donde opera el ISIS. Cruz ignora convenientemente el hecho de que las proclamas del ISIS —y sus adeptos— están floreciendo en Europa, EE UU y Asia, y que hoy el ISIS es más una idea que una organización. A Ted Cruz tampoco parece importarle que el uso de la “solución” militar en Vietnam, Afganistán, Irak y Libia no haya ayudado mucho a la seguridad de su país o a la estabilidad del mundo.

El punto es que la necrofilia ideológica aparece en todas las corrientes: en la derecha, la izquierda, los verdes, los secesionistas, los nacionalistas, los defensores del libre mercado, los promotores de más Estado, los partidarios de la austeridad económica y sus detractores.

En un mundo tan conectado, informado y donde con solo teclear breves frases en un ordenador se puede llegar a saber todo sobre los efectos de una propuesta económica o política cuando ha sido puesta en práctica, sorprende que la necrofilia ideológica sea aún tan común.

Las razones para la persistencia de las malas ideas son muchas, pero quizás la más importante es la necesidad que tiene una sociedad de creer en un líder cuando hay tantos cambios, ansiedad e incertidumbre. Y la disposición de los demagogos a prometer cualquier cosa con tal de obtener y retener el poder.

En la terrible frase del ensayista H. L. Mencken: “El demagogo es quien predica doctrinas que sabe que son falsas a personas que sabe que son idiotas”.

Sigamos la conversación en Twitter;
Moisés Naím

@MoisesNaim
El País, Madrid

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/02/06/actualidad/1454790623_687526.html