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viernes, 31 de mayo de 2019

EDILIO PEÑA ANTE EL NAUFRAGIO EL LÍDER QUE PERDIÓ LA SONRISA DEL MAR

Porque quien no reconozca la talla y estatura de su enemigo desde el primer momento de sus actos, terminará por estar a sus expensas.

El amor es la única batalla en la que es legítimo ir desarmado a ella. Porque en el amor las mejores batallas son sublimes, porque nos abaten de otra manera. Batalla que se gana o se pierde, con el sentimiento más puro que ha edificado a la humanidad.

Pero cuando como líder de un pueblo, te sientas a la mesa a negociar con tu enemigo, y vas desarmado política y militarmente, tus condiciones no significarán nada ante su determinación perversa de seguir exterminando lenta y sistemáticamente, a ese pueblo que representas. En la mesa de negociación, mientras hablas y tomas agua, has olvidado por ignorancia u oscura complicidad, que el interlocutor con el que vas a negociar no es un mero oponente sino tu enemigo real. Porque quien no reconozca la talla y estatura de su enemigo desde el primer momento de sus actos, terminará por estar a sus expensas.

En la negociación, este hará contigo lo que le venga en ganas. Sabes que primero elegiste la diplomacia blanda, después la diplomacia dura. Mas te asaltó el temor cuando la única acción de verdad que te quedaba y correspondía, era elegir y activar la acción militar más sofisticada y jamás imaginada por tu enemigo. Porque al enemigo de un pueblo también hay que hacerle conocer el horror con el que se ha ensañado con sus víctimas. Tu error, entonces, lo motivó la creencia de que tu enemigo tiene un rango político anclado en la civilidad ideológica, como es en tu caso. No despertaste a la realidad de convencerte de que tu enemigo es un delincuente, un terrorista, un narcotraficante, un asesino, un torturador, que se apoderó y destruyó al país que dices amar con sus más de treinta millones de personas. Militas en el vencido paradigma de la lucha política.

Se trata entonces de meditar, no confiarse completamente del pensamiento lógico. Ciertamente, la civilidad promueve la paz. El diálogo es el sostén de la paz, pero cuando se escucha al otro y eso genera modificaciones en el cuerpo social e individual. De lo contrario no será diálogo, será una mímica traducida. El diálogo es un principio y una razón de la democracia. Por lo tanto, la conducta pacífica tiene un umbral de tolerancia que no debe pervertirse con el martirologio impotente e inútil. En ese escenario se convocan y progresan tres estrategias que le dan soporte a la posibilidad de defensa y combate de un pueblo en riesgo de perder su libertad, y con ella su vida ya hecha cadáver: la manifestación de protesta, la rebelión y la insurrección.

Lo táctico es no permitir que ninguna de las tres sea devorada por un tiempo inoportuno y excesivo. De ocurrir, el ciudadano extraviará su rol político y sucumbirá a la depresión o a la ira ciega. La enfermedad y el hambre convocarán a los buitres. Los venezolanos en veinte años de dictadura, sólo han puesto en marcha la manifestación popular. La única diferencia a la hora de luchar por la libertad de un pueblo en una democracia en riesgo y una dictadura que se perpetua, es que en la primera, el cese del abuso del poder por lo general ocurre en la primera o segunda fase: manifestación de protesta o rebelión.

En cambio, para liberarse de una dictadura totalitaria de nueva clasificación, el pueblo conducido por sus líderes, debe estar persuadido y determinado a transitar con valor toda la ruta planteada, hasta llegar a la insurrección total para poder derrotar a la dictadura feroz, y así ejecutarse la deseada transición.

Seguramente, en el momento de esa épica estelar, parafraseando a Wiston Churchill, habrá sangre, sudor y lágrimas.

Edilio Peña
edilio2@yahoo.com
@edilio_p

domingo, 9 de diciembre de 2018

CARLOS ALBERTO MONTANER, LA SANGRE DE KHASHOGGI LLEGA A LA CASA BLANCA


Nadie sabe para quién asesina. Mohamed bin Salman, el príncipe saudí, según todos los síntomas, ordenó la muerte y el descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi, pero la sangre ha salpicado a Donald Trump y amenaza con desestabilizar su caótico gobierno. Lo que Salman no pudo calibrar era que la oposición demócrata, ya con mayoría en el Congreso, lo utilizaría para lo que los viejos artilleros llaman “un tiro por elevación”. Le apuntarían a él y a su gobierno, pero para darle a Trump. Ése es el objetivo.

Como el exiliado era residente en Estados Unidos, Salman tuvo la fina cortesía de destriparlo en Turquía, donde, supuestamente, no indagarían excesivamente sobre la desaparición del sujeto. Al fin y al cabo, el presidente Recep Tayyip Erdogan, un hermano sunita, no es ajeno a la mano dura y conoce las dificultades de ejercer el poder en esa sanguinaria región del planeta. El que manda siempre debe tener la cimitarra afilada. O la sierra eléctrica, que no en balde vivimos en el siglo XXI. 

¿Por qué Salman despachó hacia Estambul una pequeña expedición de asesinos para ejecutar a Khashoggi, en la que no faltaban un forense y un jet privado, si sabía que no era una persona peligrosa y, por el contrario, se trataba de una persona moderada que balanceaba la información sobre Arabia Saudita? Mi conjetura, basada en la información publicada por CNN en español, es que Salman deseaba que sus servicios secretos supieran que con él no se podía jugar porque no vacilaba en eliminarte. Era un mensaje a su entorno. 

En los últimos tiempos le había enviado a su amigo Omar Abdulaziz más de 400 mensajes por WatsApp en los que criticaba severamente a Salman. Los dos creían que comunicándose por WhatsApp estaban a salvo de la inteligencia saudí, pero no era cierto: hace ya algún tiempo que los israelíes habían descubierto cómo vulnerar esos códigos y presumiblemente casi todos los servicios de espionaje poseen el modo de penetrar al popular (y gratis) sistema de comunicación. 

Khashoggi tenía a Salman por un joven petulante e implacable que tomaba prisionero a cualquiera. Cita CÑN:  "Los arrestos no están justificados y no le sirven (dicta la lógica), pero la tiranía no tiene lógica, él ama la fuerza, la opresión y necesita presumirlas. Es como una bestia "pac man" que mientras más víctimas come, más quiere. No me sorprendería que la opresión alcanzara incluso a aquellos que lo celebran, luego otros y otros más y así en adelante. Dios sabe." 

Cuando la prensa le ha preguntado a Trump sobre las razones de su encubrimiento a Salman, el presidente norteamericano ha dicho una falsedad (“pudiera haberlo hecho o pudiera no haberlo hecho”), pero enseguida ha respondido como un vendedor, contado la razón económica tras esa farsa insostenible: Arabia Saudita es un socio de máxima importancia. Le vende a Estados Unidos el 9% del petróleo que el país importa y le compra el 98% de las armas y proyectiles que utiliza. Estamos hablando de miles de millones de dólares, sin contar los gastos de guerra de los Emiratos Árabes Unidos, de Egipto y Turquía, también clientes de Washington. 

En éste y parecidos episodios, protagonizados tanto por demócratas como por republicanos, se advierte la enorme contradicción que existe entre el discurso de la libertad y la conducta de los diferentes gobiernos. Y la excusa (también cierta) es que, si las armas no las vendiera Estados Unidos, los beneficiados serían otros poderes adversarios: Rusia o China se quedarían con esos mercados, o incluso Francia, Inglaterra, Alemania, o España, otros de los grandes o medianos mercaderes de armamentos. 

En todo caso, es un disparate mayúsculo que el presidente –sea Trump u Obama-, o la Corona española o inglesa, patrocinen intereses (la industria armamentista, los hoteleros, los que sean), como si a todos los habitantes de sus países les conviniera el éxito económico de esos sectores. Eso no es verdad. Cuando yo era joven creía que “lo que era bueno para la General Motor era bueno para Estados Unidos”. No es cierto. Lo que es bueno para la sociedad lo determina el libre mercado y no los acuerdos mercantilistas de los gobernantes, punto de partida de tantos negocietes indignos, como se ha visto con los Odebrecht de este mundo. 

Contrario a la leyenda, los países no tienen intereses económicos discernibles. Lo que es bueno para los exportadores es malo para los importadores y viceversa. Las empresas son las que tienen intereses. Los presidentes y los reyes son sólo los depositarios de los valores generales de la sociedad. Si Trump hubiera suscrito este principio la sangre de Khashoggi no hubiera manchado a la Casa Blanca y él no estaría en apuros.

Carlos A. Montaner
@CarlosAMontaner