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miércoles, 15 de abril de 2020

OMAR ÁVILA, TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA

Es fundamental recordar que en Venezuela los vuelos internacionales -mucho antes de la pandemia- estaban reducidos a su máxima expresión,  al menos en un 80%. Por lo tanto, cabe  preguntarse: ¿Es comparable nuestra situación con los países de primer mundo?

Es inverosímil escuchar la percepción y manejo de la mayoría de los  “políticos”  venezolanos, la cual se ha limitado a aterrizar a la gente, confinarla en sus casas y desentenderse de los graves problemas que atraviesa el país en materia alimenticia, sanitaria y energética.  Los mecanismos de poder, una vez más, someten a la población excusándose en hechos fortuitos; no es que "lo malo sea bueno", simplemente se debe ser objetivo al analizar las razones por las cuales los contagios están contenidos.

Cuando se trascienda la emergencia pandémica, los demócratas debemos repensar nuestras estrategias, ya que es habitual el debilitamiento y desarticulación de las fuerzas de oposición al régimen ante cualquier suceso de fuerza mayor. Delegar nuestra responsabilidad y potencial de lucha democrática en un país extranjero, siempre será un fracaso si primero no organizamos y unificamos nuestro potencial de lucha. EE.UU no puede ser una tabla de salvación, sin la verdadera democratización al interior de los partidos y movimientos políticos.

Propicia es la declaración de Elliott Abrams, para romper con el generalizado discurso de la imposibilidad de una salida negociada con el régimen; la incansable petición de intervención no es más que un desconocimiento de los procesos de transición en la historia.

Es obligante negociar, hacer ejercicio de la política, abandonar la impaciencia y fantasía de un arreglo exterior. Hay que abandonar la intransigencia contraproducente. Debemos superar el extremismo que marcan algunos personajes que llevan el mismo tiempo que tiene este régimen fracasando.

Pero es que el diplomático estadounidense, William Brownfield, fue más directo y cito textualmente lo dicho: "Es importante que la oposición siga concentrada en los pasos que deben tomar para acabar con esta tragedia. No deben contar con que EEUU u otro entrará a solucionarles los problemas que tienen".

En resumen, los pasos que deben seguirse tienen que ser constitucionales y legítimos, no terroristas, violentos, magnicidas o golpistas. Es decir, la dirección política tiene que aprender algo de lo que es democracia, ya que no hay forma de arribar a una transición exitosa, sino es por medios y métodos democráticos.

A propósito de haberse cumplido 18 años del 11 de abril de 2002, fecha que constituye el primer eslabón de lo que ha sido, una larga y evidente cadena de errores, que nos debe servir de lección para entender que no existen las transiciones “como sea”, por la simple razón que la estabilidad o inestabilidad de la democracia futura, depende precisamente de cómo lleguemos.

Sabemos que desde “twitterzuela” nos insultarán; otros más “valientes”, que ni siquiera están en el país nos amenazarán, pero seguiremos abogando por la paz, el diálogo, la negociación política, y el voto para salir del peor gobierno de nuestra historia. Somos demócratas a carta cabal y como tales, actuamos. Para rescatar la democracia no necesitamos actuar como un dictador más.

Para finalizar, desde Unidad Visión Venezuela queremos invitar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a sumarse con nosotros en esta lucha para crear conciencia, sin  amarillismo político, ni fanatismos, ya que necesitamos más que slogan o palabras bonitas para avanzar hacia el cambio que merecemos los venezolanos.

Omar A. Ávila H.
dip.omaravila@gmail.com
@omaravila2010
@OmarAvilaVzla
Caracas-Venezuela

domingo, 11 de agosto de 2019

HÉCTOR SCHAMIS: TARDE DE PERROS, TEORÍA ALTERNATIVA SOBRE LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA EN VENEZUELA

El estudio de las transiciones se popularizó a partir de los 70 con la "tercera ola". Desde entonces, una premisa fundamental en esta agenda ha sido que el paso de la autocracia a la democracia exhibe rasgos de naturaleza similar a través del tiempo y el espacio. Ello a pesar de evidentes contrastes entre regiones y países disímiles, y no obstante sus diferentes puntos de partida.

De esta manera, una verdadera avalancha de estudios de casos y comparaciones generó una sistematización de dicho programa de investigación alrededor de diversos "modos" y "tipos" de transición, tal ha sido el lenguaje predominante. Es decir, se produjo una clasificación basada en las diferentes trayectorias de cambio.

Así, y de manera muy resumida y general, la transición puede ocurrir "desde arriba", por medio de negociaciones entre elites (como los pactos de la Moncloa) o impuesta (por instituciones existentes, por ejemplo, como la Constitución de Pinochet). O bien puede ocurrir "desde abajo", cuando la movilización propicia una transformación pacífica del sistema (como con las grandes movilizaciones de la sociedad civil en Europa central) o cuando una revuelta popular eventualmente lleva a un quiebre del régimen (como en Sudáfrica).

Desde luego la transición en el mundo real comprende una mezcla de todos estos ingredientes, pero la simplificación permite estilizar recorridos útiles para el análisis comparativo. Es seguramente por ello que muchos de los que estudian la profunda y extensa crisis política venezolana han utilizado este enfoque en sus hipótesis sobre las perspectivas de democratización de dicho país. Lo cual presenta al menos dos inconvenientes.

El primero, empírico, es que al cabo de dos décadas de chavismo todas esas estrategias se han intentado en innumerables ocasiones, por separado y en combinación, fracasando una y otra vez. Recuérdense las múltiples instancias de diálogo, las constantes invocaciones a la Constitución de Chávez que el propio chavismo vulnera, la larga lista de marchas pacíficas, incluidas aquellas por el referéndum revocatorio, tanto como las movilizaciones para forzar la salida del régimen, ya sea a Miraflores o la del 30 de abril pasado.

El segundo inconveniente es de carácter analítico: el peculiar carácter del régimen, lo cual a su vez explica los reiterados fracasos anteriores. Lo que asemeja al franquismo, la dictadura de Pinochet, el régimen comunista y el Apartheid, entre otras autocracias de la historia, es que todos ellos fueron entidades político-ideológicas. Como tales, tuvieron en común comprender qué tuvieron que hacer cuando les llegó la hora: negociar, ceder y ejecutar su salida del poder. Es decir, hicieron política hasta el final.

En contraste, el régimen chavista no es una entidad política, más allá de que haya llegado al poder a través de la política. En el tiempo, el chavismo se ha transformado en un conglomerado de organizaciones criminales que ejercen control del aparato del Estado, el cual es inevitablemente parcial y fragmentado precisamente por tratarse de un conglomerado con competencia interna.

Como bien lo ilustra el episodio de la cota 905 donde se enfrentaron una banda criminal y el FAES, escuadrón de la muerte del régimen. El enfrentamiento concluyó con la retirada del FAES siguiendo órdenes de Maduro. Es decir, si el Jefe de Estado toma partido por el hampa—por una facción a expensas de otra, esto es—el Estado ya no existe.

De ahí que utilizar categorías analíticas de la literatura sobre transiciones oscurece el objeto de estudio. Pero, además, dicho vocabulario le ha sido extremadamente útil al régimen para normalizarse como actor político y ocultar su verdadera naturaleza. Todo ello mientras simula negociar una solución política, o sea, una "transición". Así ha sido durante años.

Nótese, sin embargo: si la respuesta del régimen a la expansión de las sanciones de Estados Unidos ha sido abandonar la mesa del diálogo en Barbados, queda claro cuál es, o era, su objetivo: convertir a la dirigencia "opositora" en lobista del levantamiento de dichas sanciones. Dicha dirigencia tiene algunos puntos que aclarar al respecto pero, al igual que el chavismo, parece sentirse cómoda con el hermetismo noruego.

Y con dejar a la comunidad internacional, que la apoya, y a los venezolanos, que representan, en la incertidumbre. Pues ocurre que la partida voluntaria no está en la carta astral del chavismo. Dejar el poder es abandonar los negocios, son las diferentes empresas—criminales—de este conglomerado quienes vetan esa decisión. Por ello el país hace las veces de aguantadero, los venezolanos son los rehenes, el poder es condición necesaria para los ilícitos. La negociación del régimen es ad infinitum, así transcurre al menos desde 2014.

Así llegamos a "Tarde de perros", que no es teoría sino metáfora. Una clásica película de robo de bancos con toma de rehenes y con Al Pacino como protagonista, acompañado por otro grande, John Cazale. Es una buena analogía del chavismo: por momentos drama, por momentos comedia del absurdo. El robo lo llevan adelante dos amateurs que llegan tarde y encuentran la bóveda casi vacía. Sonny Wortzik (Pacino) se convierte en celebridad repentina, en tanto negocia con la policía en la vereda y la televisión lo entrevista en vivo. Es un buen demagogo, arroja billetes al gentío detrás de las vallas policiales.

La empatia crece entre los atracadores y los rehenes, clásico síndrome de Estocolmo, mientras la presión aumenta cuando el FBI reemplaza a la policía de la ciudad y se hace cargo de la negociación. El cerco se endurece y no es justamente diplomático. El final se aproxima, los bandidos exigen un avión para viajar a Argelia. Van con los rehenes hasta la pista, pero el conductor del vehículo tiene un arma escondida. Es casi quirúrgico: un disparo en la frente y la alocada aventura de dos aficionados concluye. Se basó en una historia real.

Todo esto porque, insisto, no hay partida voluntaria, ni diálogo franco, ni negociación genuina. Y si al final ello incluye el uso de la fuerza por parte de Estados Unidos, lo cual ni siquiera es probable, quienes siempre encuentran conspiraciones del imperio, como Maduro y compañía, deben saber que ya no será cuestión de la CIA como era antaño. En la Venezuela chavista, si ello llega a ocurrir será cosa de la DEA.

Héctor Schamis
@hectorschamis
https://www.infobae.com/opinion/2019/08/11/tarde-de-perros-teoria-alternativa-sobre-la-transicion-democratica-en-venezuela/

martes, 19 de febrero de 2019

RONNY PADRÓN, PRESIDENTE JUAN GUAIDÓ, LIDERAZGO EFICIENTE


Difícil imaginar hace apenas treinta días que desde la Asamblea Nacional pudiera emerger el líder necesario de la transición democrática. Porque a decir verdad el Parlamento de Venezuela de un tiempo para acá se convirtió en el mejor aliado de la dictadura socialista aferrada al poder, ello debido a sus tratativas omisivas, distraccionistas e ineficientes que siempre ralentizaban e incluso obstaculizaban el restablecimiento del orden constitucional.

Pero ocurrió. Valiéndose de las más variadas herramientas de la política, este joven de apenas 35 años, un diputado casi desconocido para el país nacional que ante el descabezamiento jerárquico de su tolda política asumió una responsabilidad histórica, sorteó escollos del todo inimaginables hasta alcanzar el sitial de honor: La Presidencia de la República de Venezuela en carácter de encargado, para encabezar entonces un proceso expedito de transición política que culminará en elecciones presidenciales libres y limpias conforme a la Carta Magna.

Para ello deberá concretar en primer término el cese de la usurpación presidencial (resolución inminente pero gravosa), para conducir de seguidas el llamado gobierno de transición que allanará el camino al precitado evento electoral. Una cadena de objetivos, indispensables todos a la supervivencia de la República, que requiere de un liderazgo político en grado superlativo, que por extraño que parezca se halla personificado en el Presidente Guaidó con calificaciones en alza.

Son los imponderables de la política, esos que sin prueba ni fundamento cambian el destino de los pueblos para bien o para mal, y es por ello que la soberanía popular debe mantener su paso firme y prudente rumbo a la liberación nacional, necesario aporte del pueblo para que ese inédito liderazgo político siga siendo del todo eficiente. Ora y labora.

Ronny Padrón
caballeropercivall@gmail.com
@caballeroperci

miércoles, 16 de enero de 2019

HÉCTOR E. SCHAMIS, GUAIDÓ PRESIDENTE LEGÍTIMO


La transición democrática de Venezuela está en marcha.

Es la hora de la transición democrática en Venezuela. Dos hechos inéditos lo corroboran. Primero, la valiente decisión del presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, al asumir sus responsabilidades de acuerdo a la Constitución. Segundo, una cohesión sin precedentes en la comunidad internacional, especialmente en el continente americano. Vayamos por partes.

El jueves 10 terminó el periodo presidencial 2013-2019, produciéndose un vacío de poder y una potencial usurpación de continuar Maduro en el cargo. La Constitución ordena que dicho vacío debe ser ocupado por el presidente de la Asamblea Nacional, haciéndose cargo de manera provisoria de las funciones del ejecutivo hasta tanto un nuevo presidente surja de elecciones libres y justas.

Ese día estuve con Idania Chirinos en su programa La Tarde de NTN24. Día plagado de incertidumbres, dije que Juan Guaidó se encontraba entre la gloria y el olvido. La gloria consistía en obedecer lo que la Constitución le ordenaba, lo cual implicaba riesgos a su seguridad, su integridad física y su libertad. Esto a sabiendas de que la Constitución es la de Chávez, a la medida del régimen.

Lo cual es mejor desde el punto de vista del argumento político, ya que desnuda por completo el carácter autoritario de ese régimen y su deterioro irreversible. Es casi una ley, signo inequívoco de colapso cuando, para continuar en el poder, una dictadura debe violar hasta la propia institucionalidad que diseñó a su antojo.

Para el nuevo presidente de la Asamblea Nacional, no cumplir con esa Constitución suponía comprar un boleto sin retorno hacia el olvido. Es decir, pasar a ser despreciado y descontado por una sociedad que ha escuchado demasiadas acrobacias discursivas de parte de políticos dispuestos a cohabitar con la dictadura. Y agregué que estaba en él tomar esa decisión, nadie más.

El viernes 11 Juan Guaidó se acercó a la gloria, rápidamente y con convicción. Como reza la comunicación oficial del parlamento, apegándose a los artículos 233, 333 y 350 de la Constitución, el presidente de la Asamblea Nacional asumió las competencias de la presidencia de la república para convocar a un proceso de elecciones libres que faciliten una transición. La declaración es inequívoca.

Apeló a los militares y a la comunidad internacional, ambos imprescindibles, y aquí le hago una sugerencia: hacerse de la chequera cuanto antes. A propósito, un grupo de tenedores de papeles de deuda venezolana, llamado Venezuelan Creditors Committee, anunció que no negociará con Maduro sino con la Asamblea Nacional por ser el único poder legítimamente constituido. Inmejorable oportunidad.

En otras palabras, un Jefe de Estado o de Gobierno es tal en tanto sea reconocido por el mundo financiero, cuente con la obediencia de las instituciones armadas y sea considerado legítimo por parte del sistema internacional. Por ello es necesario que nombre embajadores rápidamente, aprovechando el apoyo recibido de diversos países de América Latina y Europa.

La comunidad internacional se ha ido cohesionando para desconocer a Maduro y eso ha dado impulso a la decisión de Guaidó. La OEA lo hizo inmediatamente, en la figura de su secretario general. Después, varios países miembros reconocieron la autoridad legitima del presidente interino. Ocurrió en el marco de la reunión que se llevaba a cabo en la OEA y siguió con pronunciamientos desde varias capitales.

Los aliados de Maduro, por su parte, siguen hablando de soberanía y no intervención. Un discurso falaz que ahora también repite López Obrador haciendo referencia a una supuesta tradición mexicana de no intervención. Esa tradición no fue obstáculo para romper relaciones con la España de Franco y el Chile de Pinochet, por citar dos ejemplos, además de otorgar asilo a cantidades de exiliados y a las propias instituciones de la España republicana.

Con dicha doctrina e historia, López Obrador debería hoy ofrecer asilo al Tribunal Supremo de Justicia legítimo de Venezuela. El mundo de la no intervención es tan solo una ficción de cómplices o miopes. Si el mundo funcionara así, el Apartheid continuaría vigente, Milosevic habría muerto en su casa y Videla en el poder. Quienes proclaman semejantes sinsentidos solo protegen la reproducción de la injusticia. El mundo democrático, por el contrario, ha dado un paso firme en apoyo a la transición política que se inicia en Venezuela.

Hector Schamis
@hectorschamis
Washington DC

domingo, 13 de enero de 2019

JOSÉ FÉLIX DÍAZ BERMÚDEZ, TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA


Se puede definir la transición democrática como un proceso de carácter político que conduce a una sociedad de un régimen a otro, generalmente de una dictadura a la democracia.

La transición es: “un audaz proceso de ingeniería política” (Thierry Maurice) que realizan en una sociedad todos sus actores ante las graves y urgentes condiciones de un país que demanda recuperar a plenitud los derechos y libertades democráticas cuando el ejercicio de la acción política, administrativa y social, representa una grave amenaza o merma efectiva de los mismos por el desconocimiento formal e informal de los contenidos democráticos, el deterioro de la representatividad y de la legitimidad de un sistema frente al pueblo y ante la comunidad internacional.

La obligación de respetar, proteger, cumplir y restablecer por parte del Estado y sus agentes la democracia, tiene su fundamento en numerosos instrumentos jurídicos internacionales como son el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales; la Convención Americana de Derechos Humanos, la Carta Democrática Interamericana, entre otros, así como en la abundante jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en la materia que sujeta al Estado a asegurar la defensa de la democracia y ordena la: “subordinación de los organismos de seguridad -las Fuerzas Armadas y de Policía- a las normas del orden constitucional democrático” (García Ramírez).

El tema de las formas de autoritarismo, las dictaduras reales y encubiertas, la proporcionalidad de los medios y fines, los deberes de la legislatura y de la justicia democráticas, la validez de las amnistías: “que resultan de un proceso de pacificación con sustento democrático” (Barrios Altos v. Perú de 2001), el derecho a la verdad y la garantía efectiva, y el restablecimiento inmediato de la democracia, son temas esenciales en un proceso de transición.

José Félix Díaz Bermúdez
@articulistasred