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sábado, 20 de junio de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, EL CONFLICTO ENTRE EL MIEDO Y LA OSADÍA

La historia del hombre, se ha paseado por situaciones en las que predominan los conflictos, problemas, o luchas entre actores sociales por intenciones o tentaciones políticas o económicas. Siempre, armados de criterios militares. Pero casi siempre, desprovistos de razones que saben conjugar los dilemas en pugna, con valores que van más allá de la fuerza (de voluntad). La Biblia advierte la significación de tan desequilibrados choques causantes, más de lo imaginado, de guerras que, incluso, marcaron el devenir humano en su beneficio y hasta en su perjuicio. 

Tanto el miedo como la osadía, han generado cuantos problemas pueden suponerse. No porque el miedo detiene y la osadía predispone. O porque una sea más contundente que la otra. Ambos sentimientos revelan por igual, atribulaciones que terminan perfilando el comportamiento humano. Sobre todo, de cara a duras contingencias.   

Pero cabe preguntarse: ¿por qué hablar de un conflicto entre el miedo y la osadía? Es obvio que entre condiciones de vida pueda asentirse la posibilidad de que el miedo desencaje a la osadía. O viceversa. Sucede que el miedo siempre ha visto en la osadía, su más temible contraparte. La osadía actúa en dirección opuesta al miedo. Se comporta divergente o de modo contrario. La osadía, lejos del miedo, funge como actitud de libertad. De la libertad que dirige su ímpetu a confrontar realidades que amenazan sus derechos. 

Por su parte, el miedo se sobrelleva bajo su figura una opresora angustia que conspira contra la intención de superar el trance en cuestión. Tanto así, que permita la derrota de cualquier intención asumida en dirección de superar la eventualidad presente. 

En medio de dicha situación, el hombre se ve atrapado. Entre dos dimensiones que no siempre saben conciliar los elementos  que configuran el problema suscitado. Dos mecanismos mentales que determinan reacciones y actitudes discordantes.  

Es lo que le ocurre a quien se siente sometido por un poder fuera de su alcance. Vale parodiar este problema trayendo a colación a Henri Rene Guy de Maupassant, poeta y periodista francés, por sus cuentos inspirados en el miedo del cual expresa que “es una reminiscencia de un terror vivido en el pasado”. Aunque la literatura venezolana, exhibe un caudal de cuentos también inspirados en el miedo. Aunque muchos, en el coraje u osadía. 

Vale recordar el cuento criollo de Tío Tigre y Tío Conejo. O los que expuso Julio Cortázar cuando escribió algunas relatos sobre animales a modo de pulsar la relación entre la vida y los peligros que en ella se corren por confrontar las circunstancias. Y esto, medido ante las actuales realidades, tiene sentido aplicado a la la crisis del Covid-19. Más, por los problemas ocasionados a sociedades y gobiernos. Sobre todo, a aquellos de inclinación dictatorial toda vez que dictan medidas que sobrepasan las cuotas de tolerancia atentando así libertades y derechos humanos. Es decir, órdenes convertidas en antítesis de la libertad. Particularmente, ante el clima de restricción impuesto por medidas como el cuestionado y exagerado confinamiento. Sin consideración alguna proclive a razonar la natural necesidad de movilización. Habida cuenta de un distanciamiento físico que evite el contagio tal cual se presume que es. 

El cuento de Tío Conejo y Tío Tigre, concuerda con la intención de esta disertación. El problema que se le presenta a Tío Conejo al evitar ser atrapado por Tío Tigre. Apresurado por esconderse, encuentra un ratoncito de quien se hace amigo. Pero la terquedad del ratón animó fuertes discusiones con su compañero de escondite. Tanto se empeñó en salir, hasta que lo hizo. Se armó de la osadía necesaria. El hambre lo acosaba. Tío Conejo, prefirió permanecer escondido. El miedo lo sometió. Cuando decidió salir, asumiendo que Tío Tigre no estaría esperándolo, le fallaron las fuerzas para correr. De manera que optó por regresar al escondrijo. Esto lo debilitó tanto que enfermó. Fue esa la secuela del miedo que tuvo que pagar. Eso lo obligó a guarecerse sin mayor razón, ya pasado algún tiempo oculto. 

El fondo del  problema

Es el mismo problema que viven ahora distintas sociedades a consecuencia del miedo a una gripe. Gripe ésta que según el médico investigador, especialista en Salud Pública, y quien fuera asesor de laboratorios farmacológicos de prestigio internacional (Pfizer, Bayer, Schering Plough) Dr. Stevens Landaeta, explica que el Convid-19 “(…) no es lo letal que dice ser. Sino que complica a quienes sufren alguna insuficiencia de salud o enfermedades de base” Asimismo agrega que “este virus, a temperaturas superiores a los 30 grado C se muere o se inactiva. Por eso las personas con buena inmunidad, superan la enfermedad y quedan protegidos contra esa cepa del CoronaVirus”. Manifiesta que “los antibióticos no actúan contra los virus. Estos son atacados y neutralizados por nuestros interferones, razón por la que debemos mantenernos saludables” 

El Dr. Landaeta es enfático cuando describe que “no debemos bajar la guardia. Pero pasa muchas veces que las medidas adoptadas son más perjudiciales que la misma enfermedad” Es el cuidado a considerar de cara a la incidencia del virus. 

A decir del cuento de Tío Tigre y Tío Conejo, la situación de salud por la que transita el mundo ahora compromete una moraleja en la que el miedo puede afectar tanto como el propio virus. Pues no resulta efectivo implantar un encerramiento que lejos de fungir como medida de garante protección, afecta razones que implican el andamiaje de la economía como mecanismo funcional integral. Así que nada o poco se logra escondiendo toda una población del virus. Posiblemente sean argumentos epidemiológicos. Pero el problema tiene muchas aristas de las cuales apenas una es la epidemiológica. Más, si la situación se revisa desde la perspectiva de la Zoonosis. O de la Psicología Social, la emocionalidad, el emprendimiento, entre otras consideraciones de importancia. 

De seguir por el camino inducido por mezquindades politiqueras o mercantilistas, disfrazadas de argumentos sanitarios, es posible que las sociedades queden sin la fuerza social necesaria para actuar a desdén del miedo. Y a conciencia de la osadía. Las realidades, por adversas que sean, hay que enfrentarlas. Y para eso, es la osadía. Aunque comedida. 

Es la razón bajo la cual debe pulsarse la decisión asumida. Tristemente, sin exacta medida de sus consecuencias de lo que ha implicado el confinamiento, encerrona o “cuarentena”. Aislamiento éste al que ha sido sometida la población con la excusa conocida de evitar la contingencia representada por la realidad padecida. A duras penas soportada. 

El miedo ha primado la decisión de apresar toda una sociedad. Sin atender que existen formas más efectivas que aplican ante riesgosas contingencias como las provocadas por el virus. Los efectos de tan medieval arremetida, al mejor estilo nazi con sus inhumanos “ghetos”, determinará una nueva realidad caracterizada por valores aplastados por el peso de las rudas condiciones impuestas por la encerrona padecida. De modo que en lo sucesivo, el egoísmo, el rechazo, la desconfianza, la incomprensión, la intolerancia, el miedo, la impaciencia, la exclusión, la apatía, el alejamiento, la indolencia y la desigualdad, habrán trastornado relaciones sociales, culturales y de producción, fundamentalmente. 

La posibilidad de la vida en su coexistencia con sentimientos y valores humanos, se reducirá a un carnaval constante en donde difícilmente una vida auténtica podrá triunfar sobre las exigencias de la modernidad en su trascendental papel de unir la humanidad. Es decir, el hecho de haber asumido decisiones que fueron confundidas con medidas de “control social” por mero afán político en su acepción más primitiva, habrá dejado claro que poco o nada se ganó pues siempre estuvo en el fondo una estrategia mal calculada de lo que se subsumió a lo interno. Y que dejó ver el conflicto entre el miedo y la osadía.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

domingo, 6 de octubre de 2019

ALBERTO JOSE HURTADO B.: FIN DEL CONFLICTO CHINA-ESTADOS UNIDOS

Luego de más de un año de confrontación comercial entre China y Estados Unidos, el mundo es testigo de una batalla prolongada y costosa por la mayor posición en el comercio mundial. Transcurrido este tiempo, surgen razones de peso para abogar por que estos dos países pongan fin a su conflicto comercial lo antes posible. 

Ambas naciones deben reconocer que su desequilibrio comercial bilateral no se corregirá mediante más aranceles, debido a que los impuestos a las importaciones no causaron el saldo comercial a favor de China. Este es resultado de factores estructurales domésticos, entre los cuales se encuentran: ahorro excesivo sobre la inversión y el gasto en China, e inversión y gasto excesivo en Estados Unidos. Reducir el desequilibrio exige que cada país realice grandes ajustes estructurales, por un lado, China debe expandir sus importaciones e incrementar su consumo interno y, por otro lado, Estados Unidos necesita reducir su gasto y aumentar el ahorro. 

Todo esto dentro de un contexto local donde la economía y la política sienten los efectos de la confrontación. En Estados Unidos, las políticas arancelarias se están convirtiendo en factor distorsionador de la producción y el consumo, debido a que han impedido la colocación en el extranjero de algunos productos, han incrementado los costos de las mercancías importadas, y han representado mayores ingresos por recaudación tributaria que no alcanzan a compensar las pérdidas de los productores estadounidenses. Y en China, se ha modificado la posición de sus empresas a nivel mundial, se han incrementado los costos de las cadenas de suministro y ha aumentado la presión internacional acerca de los resultados de la nación en materia de reforma interna, entrada al mercado, transferencia de tecnología, protección de los derechos de propiedad intelectual, reforma de empresas públicas y desarrollo del sector privado, todo lo cual se percibe como la vía para la alineación final del país a las reglas y el espíritu del sistema multilateral vigente. 

A la par, las tasas de crecimiento de las principales economías del mundo comienzan a desacelerarse las cadenas de suministro globales comienzan a modificarse, el proteccionismo se extiende por el mundo y el escenario de crisis económica global se hace cada vez más evidente. Por ende, finalizar el conflicto comercial es un paso urgente e importante para restaurar el comercio y su papel como motor del crecimiento mundial. 

Para lograrlo es necesario: a) Definir con claridad las causas y consecuencias del déficit comercial que Estados Unidos mantiene con China; b) Reconocer que se ha producido un reequilibrio global en el mercado mundial de bienes y servicios luego de la crisis financiera de 2008; c) Tener claro que las medidas arancelarias y no arancelarias son incompatibles con los intereses económicos de China y Estados Unidos, debido a que no corrigen su desequilibrio comercial y distorsionan la conducta local de productores, consumidores e inversionistas; y d) Reconocer que mayor conflicto comercial exacerbará la actual crisis del sistema multilateral de comercio, y puede sacudir los cimientos de los organismos globales desarrollados luego de la Segunda Guerra Mundial. 

El desequilibrio comercial entre China y Estados Unidos es un fenómeno transitorio más que permanente. La actuación de sus gobiernos debe reducir la preponderancia de la política comercial para privilegiar políticas económicas dirigidas a cambiar patrones de ahorro, consumo e inversión que estimulen la producción eficiente en la economía y cambien la relación de intercambio de mercancías entre ambos países. 

Alberto José Hurtado B. 
@ajhurtadob

jueves, 23 de mayo de 2019

TRINO MÁRQUEZ: SIN FUERZA NO HAY NEGOCIACIÓN

La cita en Oslo revivió un viejo debate que aparece y desaparece, según las circunstancias, en la oposición. Se dialoga y negocia con el régimen presidido por Maduro para buscar una salida pacífica y concertada a la crisis; o no se dialoga ni se negocia, sino que se  le derrota y derroca. Quienes se pronuncian contra el acercamiento entre el gobierno y la oposición acusan a quienes lo promueven de colaboracionistas, entreguistas y otros calificativos parecidos. Con delincuentes ni se habla ni se llega a acuerdos, se les derrota: este es el santo y seña  de quienes se niegan a aproximarse a la cúpula gobernante.  Los otros, los dialogantes, tildan a sus detractores de violentos, guerristas y obtusos. 

La polémica transcurre en medio de un maniqueísmo tan simplista que bloquea cualquier posibilidad de inteligencia entre ambas partes. 

Hasta el más obcecado opositor a Nicolás Maduro y a todo el entramado que representa, debería entender que es preferible establecer puentes, conversar y llegar a acuerdos que faciliten la resolución del conflicto actual, antes que propiciar la confrontación irracional. Este sano principio también tendría que asumirlo cualquiera que se identifique con Maduro. Con la violencia nadie gana. Todos perdemos.

Las condiciones objetivas para que se efectúe un acercamiento entre el gobierno y la oposición sobran. El país va camino a la disolución y el Estado se convertió en un Estado fallido. No satisface ninguna de las necesidades primarias de la población. No sirve ni para otorgar una cédula de identidad o un pasaporte. En Caracas, ni los semáforos funcionan. Todos los problemas que se derivan de la ineptitud, la corrupción y la improvisación tienden a agravarse. El Estado se ha retirado de amplias zonas de la nación. En  los barrios pobres de las ciudades, no existe; tampoco al sur de Venezuela. En el Arco Minero se mueven funcionarios con uniforme y armados, pero esa circulación no denota la presencia del Estado, sino su distorsión y perversión.

Si el régimen de Maduro estuviese interesado en analizar las dificultades nacionales y buscarles soluciones, en común acuerdo con la oposición, ya lo habría propiciado. ¿Por qué no promueve el entendimiento? ¿Por qué desaprovechó la excepcional oportunidad  que significó la presencia del Grupo de Contacto Internacional para promover el acercamiento con los opositores? Las declaraciones de Ricardo Merlo, vice canciller italiano y miembro del GCI, al diario Clarín fueron categóricas: Maduro no está pensando en elecciones presidenciales, aspecto crucial del diálogo y las negociaciones. En ese encuentro, concebido para explorar las posibilidades de acercamiento entre  el régimen y sus oponentes, Maduro se dedicó a acusar a Juan Guaidó, a Leopoldo López y a los Estados Unidos. Obvió que estaba frente a un grupo de facilitadores de buena voluntad, sacó el hacha y decapitó a los contrincantes.

Nicolás Maduro no negocia porque aún se siente fuerte. Porque considera que todavía puede permanecer en Miraflores con el respaldo del Alto Mando, de los rusos, de los colectivos armados y de ese 20% de la población que todavía lo apoya. Lo que decida la oposición en nada lo afecta. La oposición puede compactarse en torno de la iniciativa del diálogo sin que, en las actuales condiciones,  esa solidez  cambie sus convicciones. Se equivocan quienes creen que el diálogo no se produce porque segmentos de la  oposición lo rechazan. También yerran  quienes piensan que no se puede entablar ninguna conversación con el régimen.  Las negociaciones, en otras palabras, los acuerdos para ir a elecciones transparentes, con otro CNE, supervisadas por la comunidad internacional y con un gobierno sometido a la Constitución, que no esté presidido por Nicolás Maduro, aunque eventualmente pueda ser candidato presidencial, se darán cuando Maduro se sienta incapaz de contener la presión interna y externa, y la oposición haya alcanzado tal nivel de fortaleza con los recursos endógenos y foráneos que posee, que no sea posible detenerla. 
La fenomenal crisis nacional, el apoyo de los países democráticos, el descontento en núcleos del chavismo y en sectores de las Fuerzas Armadas, elevan de forma acelerada el costo de la permanencia de Maduro en Miraflores. Este cuadro tiende a agudizarse. Su margen de maniobra es cada vez más reducido. Bastaría un acuerdo entre Trump y Putin, con el apoyo del Alto Mando, para que ese frágil andamiaje  se desplome. Las variables en juego son numerosas. Algunas puede manejarlas la oposición. Otras no. En relación con la catástrofe del país, nada puede hacer. La responsabilidad total es de Maduro.
De lo que podemos estar seguro es de que si Maduro percibe ingenua, indecisa y confusa a la oposición, jamás sostendrá una negociación transparente con ella. Solo serán para calmar a la gradería.  Esa fue una de las lecciones que le dejó Fidel Castro. Con los débiles, ni a la esquina. La primera tarea consiste en acumular energía abundante en todos los terrenos. Sin fuerza no hay negociación.

Trino Márquez
@trinomarquezc

jueves, 20 de diciembre de 2018

MIBELIS ACEVEDO DONÍS, TIEMPOS DE OSCURIDAD


Cuando la oscuridad se instala, cuando metida en la piel de las horas que corren se vuelve cosa de todos los días, es difícil alzar la vista para ver más allá del presente. Equivale a estar perdidos en un bucle de tiempo, un instante que nunca pasa, que aprisiona. Es retornar al martirizado Tántalo, cuya eternidad se ha atorado en un hambre sin certezas ni cura, en el anhelo del fruto que ve, pero que ni siquiera logra tocar. ¿Cómo, dónde se consumó el extravío? Para el desesperado eso cada vez importa menos. El futuro, incluso el pasado, remiten a una noción exótica y distante, algo que pierde significación en virtud del nudo, el aquí y ahora triturando cualquier expectativa.

El entorno hostil, fuente de insatisfacción endémica para el venezolano, se volvió una tarasca que todo lo arropa, y que en la medida en que progresa tiende a crear nuevas brechas, a tender nuevas celadas. Entre otras cosas porque la polis ha perdido su rostro constructivo y sanador, mermada en su capacidad de oponer cedazo al conflicto y dar curso a la necesidad de asociarnos; desplazada por la sensación de que la básica supervivencia es asunto que hoy precisa cada respiro (acá es inevitable recordar a Huntington: aquellos a quienes solo preocupa su próxima comida no se inquietan demasiado por las grandes transformaciones de la sociedad). Sí, “la maldita circunstancia” -frase con la que el cubano Virgilio Piñera retrató los nítidos atascos de la insularidad- nos ha dejado a merced de un espacio y un tiempo finitos, ambos también castigados por el desgaste en el tenor de nuestras apetencias.

Hay que decirlo, sí, para librarse de una buena vez de ese íncubo que se sienta en el pecho y no deja ni respirar: tanto despojo nos va quitando las ganas de resistir. Se trata del estropicio íntimo, la procesión que no se ve, que adentro se abre paso como clavo candente. A santo de la imagen de un niño desnutrido (otro, otro cuerpecito seco dando cuenta del descomunal abandono por parte de un Estado que a nadie garantiza nada) alguien concluía recientemente: “da lo mismo que sea diciembre, en esta situación todos los días son igual de tristes” … se pide unidad, esperanza, solidaridad, tolerancia, pero, “¿cómo dar lo que no se tiene?”

Más que un terminante epitafio, hay allí un reto. “Todas las pasiones, hasta las más desagradables… nos hacen más conscientes de nuestra existencia, nos hacen sentir más reales”, reflexionaba Lessing. Ya que el mundo exterior opera esta vez como un carcelero diestro en el arte de taladrar nuestra interioridad para hacerse también de ella, aún agujereada, sería un sinsentido ceder esa última atalaya. Perdernos a nosotros mismos es, incluso, estratégicamente inexcusable. Pero, atención: pues tal defensa pasa además por evitar la pérdida de los referentes de humanidad. El “cuidado del Yo” del cual habla Foucault, práctica ética per se; el cultivo de la resistencia individual en situaciones límite debería hablar menos de una psiquis ensimismada que de un sujeto que al conocerse y ser capaz de cuidar de sí, se ejercita también en la eventual tarea de acoger al otro, de reconocer su dolorosa presencia.

Maniobrar con la tensa puja entre el mundo externo e interno, entonces, parece especialmente crucial cuando se sufren estos tránsitos, esta suerte de tenebroso déjà vu. Recordemos que los tiempos de oscuridad -lo advierte Hannah Arendt en su célebre compilación de ensayos sobre figuras que trajinaron con las sombras de la primera mitad del siglo XX- ”no solo no son nuevos sino que no son una rareza de la historia”. Sin embargo, “aún en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación”.

Hablamos de los alcances de esa humanidad que florece inadvertidamente en las horas menguadas; de esos seres capaces de arrojar una “luz incierta, titilante y a menudo débil” sobre una época signada por la incredulidad en el porvenir, por el desencanto y el retroceso anímico. Hombres y mujeres de excepción, sin duda, capaces de trascender la catástrofe, el descalabro moral del momento en el que están inmersos para revelarse -incluso a pesar de sí mismos- con ideas, con obras, con su transgresora aparición. Nunca faltan personas así cuando el escepticismo aprieta, y la historia lo confirma. Una mirada atenta a nuestro contexto, de hecho, nos dice que Venezuela no es la excepción.

Quizás cueste verlo, sitiados como estamos por la empalizada de la “maldita circunstancia”. Pero si algo debería movilizarnos es ese llamado a ser hombres y mujeres empeñados en encender al menos una vela para debilitar la penumbra que porfía, y reconocernos. Todo indica que “nuestro presente es enfáticamente, y no solo lógicamente, el suspenso entre un no-más y un no-todavía”, como diría Arendt; no es sencillo juntar bríos frente a tal incertidumbre, pero recomponer la esperanza a punta de sensatez, no rendirse, siempre será una bendita obligación.

Que el nuevo año nos ayude a descifrar cómo hacerlo.

Mibelis Acevedo Donís,
@Mibelis

sábado, 7 de noviembre de 2015

DEMETRIO BOERSNER, PRESIONES, CONFLICTO, TRANSICIÓN

La obstinada resistencia de Nicolás Maduro al reconocimiento de su aislamiento universal puede durar hasta diciembre de este año

Creo que la correlación de fuerzas nacionales e internacionales abre la posibilidad de una superación pacífica de la más profunda crisis social y política que Venezuela ha sufrido jamás. Una serie de presiones irresistibles y crecientes han llegado a socavar las bases de sustentación de la dictadura chavista. Ésta se obstina, con pasmosa terquedad, a hacer caso omiso hasta de aquellas presiones que, con algo de habilidad, podría manejar y aprovechar. Sin embargo, parece posible que del choque entre las presiones y el terco inmovilismo del régimen surja, como síntesis, un proceso de transición por etapas hacia un restablecimiento de la democracia y una economía mixta.

Las presiones son de dos tipos: objetivo y subjetivo. Las presiones objetivas son el producto de tres lustros de régimen del insensato Hugo Chávez, quien cercenó las libertades ciudadanas y estatizó frenéticamente los sectores más sanos y productivos de la economía, poniéndolos bajo el control de elementos burocráticos ignaros, ahuyentando a los inversionistas y causando una inmensa fuga, no sólo de capitales (que es lo de menos), sino de cerebros venezolanos brillantes que, por centenares de miles, se exiliaron voluntariamente en países del Norte desarrollado, o en países acogedores y sensatos del Sur emergente. Esa política antinacional hizo que hoy Venezuela haya vuelto a ser un país subdesarrollado enteramente dependiente de sus importaciones desde el exterior. El día que le fallen los dólares para importar, está perdido. Y los dólares le fallaron, porque además de regalar irresponsablemente grandes sumas al exterior, el régimen de Chávez permitió que su nueva burguesía burocrática corrupta robara, o despilfarrara improductivamente, no menos de un billón (un millón de millones, o un mil millardos) de dólares. Desde hace más de un año, la aparatosa caída del precio del petróleo (fuente del 96 por ciento de los ingresos externos de la República), nos ha echado en la lona de manera dramática. Esas son las grandes presiones objetivas.

Las subjetivas son, básicamente, las que se derivan de la indignación universal ante los desmanes dictatoriales del régimen de Maduro, culminando en muertes, maltratos y prisiones de opositores políticos, así como ante el espectáculo de un país presa de la delincuencia armada, y hambreado por el desabastecimiento y el racionamiento. El rechazo universal a tal desgobierno se amplía a medida que escasean los petrodólares con los cuales hasta hace poco se compraban muchas conciencias con fama de ser “progresistas”.

La obstinada resistencia de Nicolás Maduro al reconocimiento de su aislamiento universal (también por parte de Cuba, hoy interesada exclusivamente en su reconciliación con el capitalismo global y con Estados Unidos) puede durar hasta diciembre de este año, cuando las elecciones parlamentarias, que no logrará suspender ni sabotear por completo, le infligirán una humillación evidente a nivel mundial

Después de eso, sólo quedará la posibilidad del inicio de un proceso de transición, que debe esperarse que sea gradual y no violenta. En las primeras etapas seguirán gobernando personas provenientes de la tolda chavista, pero se verán obligadas por las necesidades y la nueva correlación de fuerzas a acoger ideas de la oposición democrática y dar participación activa a técnicos y expertos opositores e independientes. Más adelante, al ritmo de nuevas consultas comiciales y nuevas realidades objetivas, el mando del país pasará a ser ejercido por hombres y mujeres cabalmente identificados con la causa de la libertad acompañada de igualdad y justicia.

Demetrio Boersner
demboers@gmail.com

Caracas - Venezuela