Mostrando entradas con la etiqueta IMPUESTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta IMPUESTOS. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de marzo de 2022

GABRIEL BORAGINA: LAS GUERRAS, DESDE ARGENTINA

Las guerras en el curso de la historia siempre han sido desatadas por los gobiernos. Muy raramente un pueblo espontáneamente se ha alzado en guerra contra otro. Al menos yo no conozco ningún caso donde ello haya ocurrido. Detrás de todas las guerras que he estudiado siempre ha habido un móvil político que la desencadenara. Los pueblos sólo las sufren, porque son ellos las víctimas más importantes y -en la mayoría de los casos- las únicas víctimas. Inaudita vez se ha visto a un gobernante en la primera línea del frente de batalla batiéndose -cuerpo a cuerpo- contra el enemigo ocasional frente al cual le tocara combatir.

Claro que, ha habido casos en donde grupos -a veces numerosos- de civiles han apoyado tal o cual guerra, sobre todo cuando se la considera ‘’defensiva’’. Los líderes políticos jamás se culpan a sí mismos, ni de causarlas, ni de tener que enfrentarlas. Atribuyen el mal al gobierno enemigo o al pueblo de ese país al que, demagógicamente, también declaran enemigo.

Hay muchos mitos populares detrás de las guerras o -mejor dicho- de lo que la gente común y corriente piensa de ellas. Todavía hay personas que creen que las guerras sólo se dan entre países de diferentes ideologías (v. gr. Capitalistas contra comunistas/socialistas y viceversa) pero, más allá de aclarar, cómo tantas veces lo hacemos, que los países como tales no tienen ideologías sino que -en su caso- son las personas las que las tienen, la historia demuestra la falsedad de tal generalizada creencia.

L. v. Mises narra en su libro Caos planificado que durante la primera guerra mundial los socialistas italianos (de entre los cuales provenía y sobresalía quien luego sería el fundador del fascismo en dicho país, el Duce Benito Mussolini) sostenían que dicha guerra era entre ''países capitalistas'', lo que claramente consistía en un completo absurdo. La realidad manifiesta que difícilmente haya móviles ‘’ideológicos’’ detrás de las guerras, excepto que se considerara el ansia de poder y de lucro como ideologías, algo que es bastante discutible ya de por sí. Resulta tema opinable decir que la ideología del ladrón es robar, pero nos llevaría a debatir el significado de palabra ideología que no es el argumento que nos interesa abordar ahora, porque ya lo hemos hecho en otras ocasiones. De todos modos, si alguien quiere incluir al poder dentro de las ideologías nuestro análisis no cambiará en absoluto.

Con todo, predomina entre la opinión pública mayoritaria la idea que los motivos subyacentes de toda guerra hay que buscarlos en las ideologías, dentro de las cuales la que prevalece -en los tiempos modernos- es la del nacionalismo, así como en la antigüedad lo fue la religión. Aunque las llamadas ''guerras religiosas'' pensamos que en el fondo también eran guerras políticas. Lo que ocurría era que, en aquellos tiempos, la religión se politizó, y cuando reyes y monarcas pretendieron monopolizar sus respectivas religiones (en las cuales -según parece- muy pocos de ellos creían) fue cuando se desataron las guerras ‘’religiosas’’. De la religión también se hizo una ideología (o varias según religiones existían). El curso de las épocas determinó que las religiones paulatinamente se despolitizaran y se pasaran a politizar otras cosas.

En suma, la moraleja es que -detrás de todo conflicto- siempre aparece la política y los políticos. En eso la historia no ha cambiado nada.

Por eso, nosotros, sin embargo, creemos más bien que las ideologías sirven de perfecta excusa a políticos sedientos de poder económico no para sus pueblos sino para sí mismos. Estos líderes están convencidos que el poder político es el único puente y camino de acceso al poder económico y, a mayor poder político más poder económico.

Esta es la razón por la cual buscan perpetuarse en el poder, o regresar a él tan pronto como las circunstancias políticas lo permitan (sea por las vías democráticas donde existe esta tradición, o por las de hecho –de facto- donde no haya democracia o no este entre las costumbres políticas de los pueblos en análisis (por caso, las naciones de Europa del Este, Oriente Medio, Asia y Extremo Oriente, carecen de una tradición histórica que los apegue a formas democráticas de poder, por eso las allí mal llamadas ‘’democracias’’ son tan inestables o directamente inexistentes).

La cuestión pasa por entender que no existen los ‘’intereses colectivos’’ (llámense nacionales, populares, socialistas, izquierdistas, de Estado, etc.) sino que todos los intereses del mundo son personales o, más precisamente, individuales. Lo que se denomina individualismo no implica otra cosa más que reconocer este fenómeno. Pueden algunos coincidir con otros, pero sólo ocasionalmente esa coincidencia será del 100%. Y si lo fuera, más extrañamente todavía lo serán permanentes. Son estos choques de intereses los que -cuando se tratan de los de las personas que detentan alguna cuota importante de poder- desatan confrontaciones y, por consiguiente, guerras, ya sean estas internas o externas, no importa donde estén localizadas.

A veces se dice del tirano que declara una guerra que se trata de un loco. La barrera que separa al demente del criminal es difícil de trazar y -en última instancia- desde el punto de vista social es una cuestión del todo irrelevante.

Si bien es cierto que una psicosis grave -en algunos casos- puede conducir a un crimen (o a muchos) es complicado determinar en tales supuestos cual es el grado de conciencia del político criminal. En términos jurídicos, cuál sería su premeditación y alevosía.

Pero –aun así- siempre sostuve que cuando el daño a otro es altamente probable, hay que evitarlo sin reparar si se trata de un móvil perjudicial consciente o inconsciente en el agente, ya que -desde el ángulo de la o las victimas (que es el que importa al fin y al cabo)- este detalle es intrascendente, y que la reclusión al criminal (psicópata o no) se impone sin demoras, excusas, ni atenuantes. Lo único que debe tenerse en ponderación es el grado de peligrosidad del sujeto en cuestión. Y si ese grado de peligrosidad es alto no hay atenuantes que valgan. Si se trata de alguien que está al mando de una nación -y no es posible, por cualquier circunstancia, su derrocamiento, juicio y castigo- su liquidación está plenamente justificada.

 

Gabriel Boragina  
gabriel.boragina@gmail.com 
@GBoragina  
Argentina 

lunes, 13 de julio de 2020

GABRIEL BORAGINA, IMPUESTOS, INDIVIDUALISMO Y DICTADURA

Dice Goldstein:

"Haciendo mérito de la paulatina claudicación de los principios individualistas que caracterizaron un largo período de la existencia humana, afirma el autor antes reproducido: “. Pero, hoy día, ese gran principio de la justicia individualista comienza a vacilar, y nos encaminamos con bastante rapidez hacia un régimen inspirado en el principio de solidaridad social, y en el cual, como en otros tiempos, los impuestos eran pagados por aquellos que no los votaron, y votados por quienes no tengan que pagarlos."[1]

Acá tenemos otra mentira más. "los principios individualistas" son relativamente nuevos en la historia mundial. Nacieron recién a fin del siglo XVIII con lo que tienen solamente algo más de dos siglos. Antes de eso -y desde la creación del mundo- rigieron principios colectivistas, a los que se volvieron hacia principios del siglo pasado hasta la fecha. Por lo tanto, el autor examinado (incluyendo al citado) o miente o ignora datos esenciales de nuestra historia económica.

El individuo no es opuesto a la solidaridad social (redundancia) ya que el individuo es por naturaleza solidario. Desconocen estos socialistas, entonces, la esencia de la naturaleza humana.

El individuo aislado no sobreviviría, está forzado por ende a ser solidario por muy egoísta que fuere, ya que si no coopera con su prójimo debería autoabastecerse y su nivel de vida decrecería rápidamente.

Lo que la cita expone es la excusa que los gobiernos mundiales han encontrado para hacer alcanzar su poder sobre sus naciones y lograr hacerse de las riquezas de sus dominados.

Falso, como dijimos, es que haya unos que pagan impuestos y otros que no lo hagan. Por vía directa o indirecta todo el mundo paga impuestos, no necesariamente desembolsándolos sino siendo privado de bienes y servicios que -por obra y gracia del impuesto- no estarán disponibles para quienes más lo necesitan. Nuevamente, el jurista exhibe su más supina ignorancia de elementales principios económicos. Quienes lo votan y quienes no, todos ellos pagarán el impuesto, más allá de la retórica y mitología jurídica.

"En efecto, vamos a ver que la política fiscal de las democracias tiende, por amplias exenciones y por descargos en favor de la clase asalariada, al mismo tiempo que por el impuesto progresivo sobre la renta y sobre las sucesiones, a concentrar los impuestos sobre un número cada vez más reducido de ricos."[2]

Desconoce el articulista la diferencia entre el impuesto nominal y el real. Dichas exenciones y desgravaciones son más que compensados por los impuestos reales que el pobre paga viéndose privado del bien gravado por el impuesto o en el caso que dispusiera de algún ingreso siendo forzado a pagar por el un sobreprecio en el mercado negro. El impuesto nominal es el que aparece legislado, y el real el que no, pero que, no obstante, opera en la economía real de la oferta y la demanda de bienes. El impuesto nominal es el que sufraga el contribuyente de derecho y el real el de hecho. Ricos y pobres (en la terminología de estos socialistas que venimos comentando), todos pagan, sea uno u otro tipo de impuestos. Los pobres podrían estar exentos de pagar los impuestos nominales (legislados) y normalmente lo están, pero jamás podrían ser eximidos de sufragar los reales (no legislados) lo que es otra consecuencia de ignorar por parte de los legisladores las leyes propias de le economía que son en todo tiempo y lugar inviolables.

El impuesto progresivo destruye fuentes de trabajo, porque carcome el capital que es la única fuente salarial. Es decir, el impuesto progresivo ataca a los trabajadores empobreciéndolos.

"Y, como bajo el régimen de sufragio universal, las leyes son hechas por la mayoría, incluso las leyes de impuestos, y que la minoría, por definición misma, resulta necesariamente derrotada, salvo la influencia indirecta que pueda ejercer sobre el gobierno por su riqueza y su prestigio, pero que a lo sumo pueden retrasar un poco su derrota, es inevitable que la parte del Estado vaya en aumento, puesto que será fijada por la mayoría que haya de beneficiar de ella, y tomado de la minoría poseedora. Esta es una de las causas principales de la progresión de los gastos públicos" "[3]

En suma, defiende el autor citado la dictadura de la mayoría por sobre la minoría. Lo que es consistente con nuestra tesis sobre que las democracias pueden devenir en dictaduras cuando las mayorías no respetan los derechos de las minorías. La minoría no necesariamente es rica, y por estar fuera de combate por su condición de minoría en un régimen de dictadura democrática no puede influir sobre ningún gobierno. Ya dijimos que el poder reside en quien hace las leyes, y esto es sólo prerrogativa del gobierno que, según la misma cita, reside en la mayoría. Si dice que es derrotada por ese gobierno (mayoritario) ¿de qué manera podría influir sobre él? No parece percatarse el autor de sus permanentes autocontradicciones y mezcolanzas sin fin de todo tipo, ni tampoco de su ignorancia escandalosa de temas económicos.

Claro que "es inevitable que la parte del Estado vaya en aumento" porque es un ladrón avalado por sus propias leyes que lo habilitan a robar al pueblo (ricos y pobres, cada uno en su propia proporción). La minoría poseedora real es la burocracia gubernamental que es la única que tiene el poder legal de imprimir dinero si lo necesita o de robarlo mediante las leyes fiscales por las cuales se auto habilita para robar, no sólo sin ser castigado sino penando al ciudadano si se resiste a ser expoliado.

La mayoría nunca se beneficia con los impuestos porque es la que los paga. Solo una minoría se beneficia de ellos y que está conformada por los gobiernos y sus acólitos, partidarios, lo que antiguamente constituía la nobleza y que hoy subsiste, aunque sin títulos nobiliarios explícitos, pero si implícitos.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.
[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Gabriel Boragina  
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina  
Argentina

jueves, 25 de junio de 2020

GABRIEL BORAGINA, IMPUESTOS Y UTILIDADES "EXCESIVAS"

La distribución de la riqueza de la gente la hace esa misma gente a través del mercado libre. El impuesto altera esa distribución, ya que retrae riqueza que la gente -a través del mercado- la había dirigido hacia sectores distintos a los preferidos por los burócratas. La riqueza apropiada por estos a través del impuesto sólo pueden aplicarla a dos destinos posibles: sus propios gastos burocráticos (muchas veces personales) o a redistribuirlas entre terceros. Normalmente, la burocracia la aplica a ambos destinos en porciones disimiles que van cambiando conforme los diferentes gobiernos o políticas económicas desemejantes dentro de un mismo gobierno.

Esta redistribución siempre va en contra de los deseos del consumidor, porque de ir en el mismo sentido de ellos el impuesto no tendría razón de ser, así que necesariamente el impuesto contraría los fines sociales, sacrificándolos por los del burócrata a los que este les otorga preferencia.

En cuanto a las "excesivas utilidades" estas no existen excepto en la imaginación del autor. No hay ningún criterio objetivo que permita hablar de exceso o defecto, salvo en la personal apreciación de quien emite dichos juicios de valor. Son conceptos relativos por, lo que es "excesivo" para unos será "escaso" para otros conforme a la moderna teoría del valor descubierta y desarrollada por la Escuela Austríaca de Economía. Disponer de la propiedad ajena -como celebran los estatistas- va contra la moral, la decencia, el derecho y la economía. No hay autoridad terrenal lo suficientemente alta que pueda erguirse en juez de la propiedad ajena y menos aún disponer de ella.

"Aquí estamos en presencia de un factor social de gran valimiento que, no siempre ha movido a los hacedores de los presupuestos fiscales y que consiste en nivelar la riqueza de la población tomando como instrumento una buena y justa distribución de los impuestos."[1]

Por lo ya expuesto, esta tarea es imposible, porque el legislador de impuestos no se encuentra jamás en condiciones de realizarla. El impuesto provoca un daño y es una injusticia en si misma ya que viola propiedad del gravado. Entonces, su impacto debe ser el menor posible siendo su eliminación lo ideal. De momento que la sociedad lo acepta como "único" medio para financiar funciones de gobierno que se consideran "esenciales", estas deben ser mínimas, de manera tal que causen el menor daño posible en los bolsillos de la gente, que es lo contrario a lo que históricamente se ha venido dando y se continúa haciendo por parte de las burocracias elefantiásicas que se observan por doquier.

El objetivo del mercado no es nivelar la riqueza sino expandirla, por lo que queda claro que va en contra de los objetivos de la burocracia que aplaude el autor. Nivelar la riqueza implica siempre contraerla, disminuirla hasta cierto límite fijado arbitrariamente por el poder político de turno. Esto claramente se enfrenta con los objetivos de la sociedad civil que defiende el mercado.

"Aquí actúa el Estado como un repartidor de la riqueza nacional. "El Estado, presentándose aquí en nombre de la justicia social o de la solidaridad —afirma Gide—, como hoy día se dice, toma a aquellos a quienes sobra para dárselo a los que no tienen bastante. Inútil es decir que la escuela liberal niega enérgicamente al Estado el derecho de desempeñar tal papel- y atribuirse así la función de dispensador de la riqueza y de enderezador de entuertos."[2]

Es quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece ni se han sabido ganar por sí mismos, es decir es la misma negación de la justicia real, definida por Ulpiano como la de "Darle a cada uno lo suyo" (lo suyo de cada cual).

Lo que ellos llaman "estado" (que no es más que el gobierno constituido por ciertas y circunstanciales personas) no tiene ningún derecho a repartir riqueza que no ha generado ni le pertenece y mucho menos regalarla a terceros que tampoco han contribuido a su generación. No valen para el caso aquellas falsas etiquetas estereotipadas como las de las de la "justicia social" y la "solidaridad", que no son más que elegantes e "inocentes" pretextos para despojar a los productores en su perjuicio, y en beneficio de burócratas y vividores del fruto del trabajo ajeno. Nadie está en condiciones de decir qué le sobra o le falta a otro, lo que no será más que su arbitrario juicio de valor, solo válido para el que lo formula. "Bastante" o "escaso" son meras apreciaciones personales, que cambian de individuo a individuo, de época en época, y de lugar en lugar, y nunca jamás ha habido un criterio único al respecto. Para los autores aquí analizados, que creen que el gobierno es una especie de dios terrenal que todo lo puede y le atribuyen poderes sin límite, es obvio que estos argumentos no les serán válidos.

Nadie puede hacer caridad con los recursos de otros, ni siquiera el gobierno sin violar el derecho de propiedad e incurrir en un robo liso y llano, que es lo que propone la doctrina de la "justicia social" que es pura injusticia real, tanto como su cacareada "solidaridad" que es pura insolidaridad. Si el propietario retiene sus bienes va de suyo que es porque los necesita a todos, ergo, nada de ello le "sobra". Si les sobraran los vendería o regalaría, o se desprendería de ellos de cualquier otra manera, pero si no lo hace es porque los necesita, mal que le pese al gobierno y aunque este opine lo contrario.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" Ibidem.

Gabriel Boragina  
gabriel.boragina@gmail.com 
@GBoragina  
Argentina 

http://www.accionhumana.com/2020/05/impuestos-y-utilidades-excesivas.html

martes, 23 de junio de 2020

NÉSTOR SUÁREZ: VENEZUELA NECESITA SABER POR QUÉ, MÁS IMPUESTOS Y REGULACIONES LA EMPOBRECEN

Cada vez son más los países socialistas que optan por un régimen híbrido, en el cual la esfera económica pasa a manos capitalistas y la política sigue siendo vertical y mono partidista. En los últimos años, su discurso ya no gira en torno a si es eficiente o no el Capitalismo creando riqueza ya que al parecer, se han dado cuenta que negar lo evidente ni es romántico ni atrae seguidores. Desde hace tiempo, cada vez son más los países socialistas, como China, Vietnam, Albania y los exmiembros del Pacto de Varsovia, que optan por economías de libre mercado y propiedad privada.

Más impuestos y más regulaciones no van a crear más riqueza, ni van a generar más puestos de trabajo, no lo han hecho antes y no lo van a hacer ahora. Si algo explica el “milagro” Chino, y el del Sureste asiático es, precisamente, menos impuestos y menos regulaciones. Tuvieron que pasar muchos años para que un economista, como Arthur Laffer, intuyera que, si una empresa o una persona tienen más dinero para gastar, lo van a hacer, y si lo hacen, el Gobierno debería recaudar más. La lógica es simple: la tesis fué divulgada en 1977, en un libro de Jude Wanniski, titulado, The Way the World Works (Como funciona el mundo). En el capítulo 6 explica un diagrama denominado “La Curva de Laffer”. Relata Wanniski que en una ocasión mientras cenaban, con el influyente jefe del gabinete de la Casa Blanca en tiempos del Presidente Gerald Ford, trataban de persuadirlo en pro de la reducción de impuestos. Laffer trató de explicar verbalmente al funcionario que un impuesto del 0% a las utilidades de las empresas, obviamente no producirá ningún ingreso para el fisco. Pero que tampoco se conseguiría nada decretando un impuesto del 100%, porque se mataría el aliciente o iniciativa empresarial. Por lo tanto, entre esos dos extremos, que se unían con una curva como una campana, debía existir un punto intermedio o vértice más alto. Así, si ese punto intermedio ya se había sobrepasado, para recaudar el Gobierno más dinero, se debía reducir la tasa de impuestos. Según Wanniski, el asesor de la Casa Blanca no lograba entender la explicación verbal. Laffer, un poco molesto, agarró una servilleta y dibujó lo que llegaría a ser su famosa curva de Laffer.

La servilleta con la Curva de Laffer se exhibe en el Museo Nacional de Historia Americana en Washington | Foto cortesía


La idea de Laffer fue puesta en práctica más tarde en 1978, cuando en California, donde Ronald Reagan había sido Gobernador años antes, se aprobó la Propuesta 13, que redujo drásticamente los impuestos. Dicha propuesta fue acogida por inversionistas y propietarios, pero también recibió un amplio apoyo de la gente común, que entendió la trascendencia de reducir los impuestos, algo que tantos Economistas profesionales y aun laureados, no quieren entender. Y luego esa gente común, respaldó a Reagan en su campaña presidencial de 1980. Y uno de los primeros nombramientos de Reagan Presidente, fue el del doctor Laffer como su asesor económico.

Sin embargo, Ronald Reagan era un gran político. Cualquier medida de su Gobierno tenía que ser explicada a la opinión pública, y entendida por la opinión pública. Y la tesis de Laffer adolecía de una grave debilidad: podía ser criticada por los demagogos de izquierda como “destinada a justificar la reducción de los impuestos a los ricos”. Reagan se lo planteó a Laffer. Y que hizo Arthur Laffer? Para minimizar esa potencial crítica, Arthur Laffer hecho mano de un antiguo axioma económico, la ” Ley de la rentabilidad marginal decreciente “: que las utilidades de las empresas comienzan a decaer una vez que su producción ha superado cierto límite. En consecuencia, si las empresas están cerca de ese límite, los empresarios preferirán trabajar menos. Y si trabajan menos, producirán menos. Y si producen menos, ganarán menos. Y si ganan menos, el fisco recibirá menos impuestos. Para que la economía produzca más, y el Gobierno recaude más, lo correcto es, aunque suene paradójico, rebajar los impuestos a las rentas empresariales. Así, la curva de Laffer brindó el respaldo teórico y popular, requerido por la reducción de impuestos ordenada por Reagan en EEUU, y casi al mismo tiempo por Margaret Thatcher en Inglaterra. Tanto Ronald Reagan como Margaret Thatcher impulsaron la reducción de impuestos, la privatización de las empresas, la Des estatización, y un papel más limitado del Gobierno.

Eso también hizo China en sus zonas económicas especiales. Esto también lo hace Irlanda y esto debería hacer cualquier país pobre que quisiera dejar de serlo. Las reformas en Irlanda estuvieron enmarcadas en un gran “Acuerdo Social”que firmaron empresarios y trabajadores, con el Estado como árbitro. Las mismas, establecían que el Gobierno empezaría por reducir los impuestos, esto obligaría a los empresarios a no despedir empleados, los trabajadores, por su parte, limitarían sus exigencias salariales. El desempleo cayó de 17% en 1987, a 3% hoy con tendencia a casi cero.

Podrán pasar siglos y podrán pasar Gobiernos, lo que no pasará nunca será la forma o receta de Crear riqueza y prosperidad. Puede ser cierto que no solo de pan viva el hombre, pero, si lo que no es pan es lo que un político tiene en mente, debe ser honesto y decirle a su pueblo que su Gobierno le llevará todo menos pan, como lo hace, ya es otro discurso.

Un cambio de Rumbo, cualquiera que éste sea, requiere de dos cosas: deseo y conocimientos. El deseo de algo diferente, algo mejor, solo es posible si tenemos el conocimiento de la existencia de esa otra alternativa, esa otra opción. Venezuela si lo desea no lo demuestra y si lo conoce le ha sido indiferente. Nuestro pasado estatista, socialista, la confusión y los complejos, nos han obstaculizado la aplicación de la receta de la prosperidad. La reducción de los impuestos y la eliminación de las regulaciones, son fundamentales en la construcción de una sociedad y economía libre y próspera.

Nestor Suarez
nsuarez07@hotmail.com
@NestorSuarezRB

viernes, 29 de mayo de 2020

JUAN RAMÓN RALLO, ALESINA SE MARCHA CUANDO MÁS NECESITAMOS SUS IDEAS

Este domingo murió el economista italiano Alberto Alesina a los 63 años de edad. Nos dejó, por ironías del destino, en el momento en que más urgente e intensamente necesitamos sus ideas: o, al menos, las ideas por las que ha adquirido una mayor fama internacional y en las que estuvo trabajando durante los últimos años de su vida. Me refiero, claro está, a su defensa de las políticas de 'austeridad expansiva': ajustes del presupuesto estatal que lejos de hundir la economía permiten que esta mantenga una senda de crecimiento positiva en el tiempo (especialmente frente a la alternativa de continuar acumulando deuda pública).

Durante los próximos años, la gran mayoría de Estados tendrán que adoptar políticas de austeridad para contrarrestar el exceso de deuda que han acumulado durante la presente pandemia. España no será una excepción (salvo en el improbable escenario de que nuestros socios del norte decidan hacerse cargo de nuestros pasivos) y, por ello, conviene que tengamos muy viva la idea de austeridad expansiva propugnada por Alesina… sobre todo frente a quienes propugnarán o que no apliquemos ninguna política de austeridad o que apliquemos políticas de austeridad contractivas. El argumento central de Alesina puede resumirse esencialmente en cuatro proposiciones:

Las políticas de austeridad serían en general innecesarias si tuviéramos gobernantes responsables: los gobiernos fiscalmente responsables no deberían sumergirse, por lo general, en programas de austeridad presupuestaria. Es verdad que durante las recesiones hay estabilizadores automáticos que incrementan el endeudamiento público, pero durante las expansiones esos estabilizadores tienden a desaparecer y, si los gobiernos no aprovechan la bonanza para disparar el gasto público, deberían engendrar un superávit que permitiera compensar la acumulación pasada de deuda. Es decir, si el déficit público no es estructural, sino coyuntural, el mero transcurso de la coyuntura tenderá a subsanar el endeudamiento generado por la coyuntura (si el déficit es estructural, es que los gobernantes no son responsables pues desean gastar sistemáticamente más de lo que ingresan). 

En suma: la mejor política de austeridad debería ser aquélla que no llega a aplicarse por contar con unas finanzas saneadas a lo largo del ciclo.
En ocasiones, sin embargo, las políticas de austeridad son inevitables: si los gobernantes no han sido fiscalmente responsables (durante la bonanza han seguido acumulando deuda porque han preferido mantener un déficit estructural) o si, siendo responsables, se han topado con un acontecimiento imprevisible que ha descuadrado las cuentas públicas (como esta pandemia), entonces no quedará otra que tomar medidas proactivas para corregir la consecuente sobreacumulación de pasivos (conviene aclarar, como también recuerda Alesina, que un gobernante verdaderamente responsable ahorraría durante los tiempos de bonanza en forma de fondos de estabilización para así poder capear los aumentos extraordinarios e imprevisibles del déficit durante tiempos de catástrofe).

La austeridad puede tener efectos expansivos sobre la economía: la visión keynesiana más elemental nos dirá que toda política de austeridad ha de tener necesariamente efectos contractivos dado que austeridad equivale a reducir el gasto agregado (y, por tanto, la producción agregada). Sin embargo, semejante tesis presupone que las políticas de austeridad no pueden tener repercusiones positivas sobre otros componentes de la demanda agregada. Por un lado, durante los períodos de expansión, la austeridad pública puede reducir el efecto expulsión del gasto privado (más ahorro público permite o mayor inversión privada o un menor ahorro privado). Por otro, durante períodos de depresión, la austeridad pública podría influir positivamente en las expectativas de los agentes económicos, relanzando el gasto en inversión. Por ejemplo, una economía que esté endeudándose a un ritmo desaforado es una economía que a medio plazo va a tener que enfrentarse a alguno de estos tres escenarios: o incrementos de los impuestos futuros (incluyendo el impuesto inflacionista), o recortes de gastos esenciales para la actividad económica (por ejemplo, infraestructuras) o un 'default' soberano. 



Si se generaliza la expectativa de que alguno de estos tres fenómenos va a suceder —y se generalizará tanto más cuanto mayor sea la acumulación de deuda pública—, la inversión empresarial y residencial puede desplomarse, de modo que la demanda agregada acaso caiga más que si, en cambio, se pone fin a la sangría de un modo gradual (mediante un plan de austeridad), persuadiendo con ello a los inversores de que ninguno de esos tres escenarios futuros ocurrirá. En definitiva, si las medidas de austeridad insuflan más financiación en el mercado cuando esta es demandada por los inversores o si consiguen revertir una senda de expectativas negativas autoagravantes, la austeridad podría tener efectos expansivos (obviamente, si insuflan financiación cuando nadie la demanda y no ayuda a mejorar las expectativas, podrá tener efectos contractivos). Y así, cuando la austeridad deviene altamente recomendable, solo habrá dos formas de aplicarla: o subiendo impuestos o recortando gastos.

La austeridad recortando gastos es muy preferible a la austeridad subiendo impuestos: uno de los hallazgos cruciales de Alesina es que las políticas de austeridad basadas en incrementos de impuestos tienen efectos mucho más persistentes y dañinos que la austeridad basada en los recortes del gasto. Por ejemplo, durante una recesión, los efectos contractivos de los recortes del gasto suelen haberse despejado al cabo de dos años y con toda seguridad al cabo de tres; en cambio, los efectos contractivos de las subidas de impuestos no desaparecen —ni se aminoran— al cabo de cuatro años. 

¿A qué se debe esta asimetría entre las subidas de impuestos y los recortes del gasto? Probablemente a al menos dos circunstancias, tal como sugiere Alesina. Por un lado, los recortes estructurales del gasto pueden resultar más creíbles que las subidas de impuestos: según qué partidas de gasto se recorten, no solo estaremos rebajando los desembolsos presentes del Estado, sino también los desembolsos futuros (verbigracia, retrasar la edad de jubilación o desindexar de la inflación las subidas de los salarios públicos no solo ahorran gasto hoy sino sobre todo en el futuro); en cambio, subir los impuestos hoy puede no evitar que tengan que volver a subirse mañana si las dinámicas de aumento descontrolado del gasto no han sido atajadas. Por otro, las subidas de impuestos generan pérdidas irrecuperables de eficiencia desde el lado de la oferta (más impuestos al trabajo es menor oferta de trabajo y más impuestos al capital es menor oferta de capital).

En definitiva, dado que la austeridad va a ser indispensable en España durante las próximas décadas —debido a una combinación de políticos irresponsables y de un 'shock' exógeno como ha sido la pandemia—, más nos valdría rendirle merecido homenaje a Alesina haciéndole caso, tanto como sea posible, en una de sus prescripciones básicas: ajustemos el déficit recortando gastos y no subiendo impuestos.

Juan Ramón Rallo
contacto@juanramonrallo.com
@juanrallo
España

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Laissez Faire de El Confidencial (España) el 25 de mayo de 2020.

lunes, 18 de mayo de 2020

GABRIEL BORAGINA, IMPUESTOS, NECESIDADES Y "ESTADO"

Los antiguos reyes que ansiaban riquezas se lanzaban a conquistar pueblos vecinos para someterlos a impuestos. Lo expuesto estaba lejos de representar un alivio para la carga tributaria que soportaba el pueblo "propio" al que pertenecía el conquistador en cuestión. En tiempos en que el "estado" (como decía el tristemente célebre "Rey-Sol", Luis XIV de Francia) se confundía plenamente con el monarca, las "necesidades" del "estado" no eran más que las de aquel. Y sabemos -por un principio elemental de la economía- que los recursos son escasos, en tanto las necesidades son ilimitadas. 

En consecuencia, los recursos nunca son suficientes para nadie y tampoco lo eran para el gobernante absoluto. Fue precisamente este problema constante en la antigüedad lo que dio origen a esa reacción a tal tipo de cosas, arrojando como resultado lo que se dio en llamar la filosofía liberal, luego designada como liberalismo.

Todo lo dicho arriba no ha perdido actualidad en el tiempo presente. Los modernos "monarcas" ahora son elegidos a través del voto democrático. Y una vez en el poder se comportan como verdaderos autócratas. a semejanza de los que muchos autores llaman imperialistas y expansionistas, sólo que -a diferencia de los antiguos- los modernos tratan de ejercer su imperialismo sobre las fortunas de sus propios ciudadanos. Cesaron las guerras de conquistas (al menos por ahora) a nivel internacional, para ser reemplazadas por verdaderas guerras de conquista libradas por los gobernantes contra las propiedades y posesiones de sus gobernados autóctonos.

"Sin embargo, como hemos visto, el impuesto ha sido y es un elemento necesario, indispensable. Por esto ha podido decir Montesquieu con justa razón, atendiendo al fundamento político del impuesto: "Las rentas del Estado son la parte de sus bienes que da cada ciudadano para tener seguro el resto o gozar de él agradablemente. Para fijarlas es preciso atender a las necesidades del Estado y a las de los ciudadanos. No se debe mermar lo que el pueblo ha menester para sus necesidades reales, en beneficio de las necesidades imaginarias del Estado."[1]

Montesquieu era víctima de la misma visión antropomórfica del "estado" que posee el autor en examen y que comparte la mayoría de la gente, pasada y actual. Los impuestos son el pago de los servicios de seguridad al ciudadano que el "estado" brinda o debería brindarle a cambio de dicho pago. Es una clara teoría retributiva o compensatoria, que tendría en ese caso un cierto asidero y lógica, aun cuando podría discutirse (y se ha discutido por cierto) por qué razón debería ser un ente mítico llamado "estado" el que debería monopolizar la prestación de ese servicio de seguridad, y no podría ser facilitado por particulares organizados en asociaciones, compañías o agencias de seguridad como de hecho existen en la actualidad, aunque -si bien bajo otras formas- también las hubo antiguamente.

Pero lo que desconcierta es que Montesquieu, a renglón seguido, nos hable de "las necesidades del Estado y a las de los ciudadanos", ya que las de estos últimos está más que clara por ser los únicos que pueden experimentarlas como hemos explicado antes, pero seguir hablando de las "necesidades" del "estado" es, por las mismas razones dadas, un mito social. Siguiendo lo que el pensador francés había dicho antes, no se justifica que el ofrecimiento del servicio de seguridad que el gobierno "otorga" al contribuyente a cambio de sus impuestos sea una "necesidad" del "estado", sino que claramente la seguridad de sus bienes y fortunas es una necesidad que sólo puede recaer en cabeza de los individuos que son sus titulares, y no de un ente mítico como el "estado". Por lo que no cabe la diferenciación entre ciudadanos y "estado" aunque si entre aquellos y el gobierno.

Según el Dr. Sabaté Lichtschein "El Estado es un sujeto de derecho compuesto por tres elementos esenciales (población, territorio, gobierno)"[2] Esta definición -que se puede decir es clásica entre los juristas- presenta diversos inconvenientes, y mayores aun desde el ángulo del tema que estamos tratando (fiscal). Si aceptamos la definición de Sabaté advertimos que, como venimos diciendo, el único de los tres elementos que puede experimentar necesidades es el primero (población). El territorio y los gobiernos no tienen "necesidades". El territorio es una necesidad de la población y no a la inversa, y del gobierno se podría decir hasta cierto punto lo mismo, o sea, cierta población puede "necesitar" de un gobierno, pero no al revés: la población no es una necesidad del gobierno, máxime que -según la teoría democrática- el pueblo se gobierna a si mismo (ya sea de manera directa o por medio de sus representantes).

Ergo, toda realidad se reduce a la población, es decir, al conjunto de individuos que, justamente como conjunto, reciben ese nombre (pueblo). Pueblo e individuo/s no son cosas distintas, sino que el pueblo es no otra cosa que una sumatoria de individuos. No cambia la cuestión que ese pueblo esté ubicado en territorios disímiles, y así se hable del pueblo vecinal, municipal, provincial, urbano, nacional, internacional, mundial, universal, etc. El pueblo no será algo diferente -por siempre- que la sumatoria de un determinado número de personas, no importa donde estas residan.

Entonces, si dos de los tres elementos del "estado" no tienen necesidades, sino que -en el mejor de los casos- son (inversamente) necesidades del tercer elemento (población) ¿Cómo podría hablarse de las "necesidades" del "estado" sin incurrir en severa contradicción?

Siguiendo este razonamiento resulta, inmediatamente, falso el argumento por el cual los impuestos nacen para "satisfacer" las "necesidades" del "estado". Luego, surge la pregunta ¿Por qué existen los impuestos, o que finalidad cumplen los mismos? La única repuesta con cierta "lógica" sería que los impuestos -más allá de toda elucubración pseudojurídica- existen porque constituyen la "retribución" con la cual la población paga los "servicios" que el gobierno le suministra en materia de seguridad. Pero, esto último tampoco nos convence y, de hecho, puede controvertirse.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Voz IDENTIDAD (En el Derecho internacional Público.) Enciclopedia Jurídica OMEBA -TOMO 14 letra I Grupo 01-Por el Dr. Domingo Sabaté Lichtschein.

Gabriel Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina
Acción Humana
DesdeArgentina 

miércoles, 13 de mayo de 2020

GABRIEL BORAGINA, ORÍGENES DE LOS IMPUESTOS, DESDE ARGENTINA

En la larga y penosa historia de los impuestos cobra especial relevancia el mítico "estado" y sus supuestas funciones y "necesidades" que -en realidad- se confundían y se siguen enredando con las de sus "representantes", ya fuera que asumieran una "representación" por voluntad propia, que se la atribuyeran al pueblo por sí mismos, o -en otros supuestos- a los "dioses" conforme las distintas concepciones que estuvieran vigentes según el tiempo y el lugar donde ocurrieren:

"La vida del Estado se justificaba solamente por la presencia de una corte, heredera directa de los dioses, y de los cortesanos. Pueblos y vasallos no tenían otra razón de existencia que atender a las necesidades de sus Faraones que, por descender directamente de celestiales dinastías, carecían de capacidad para conmoverse ante los dolores de los súbditos y el clamor de los sometidos."[1]

Todo esto es cierto, y estamos en total acuerdo con el autor en el punto. La cuestión central -como referíamos con anterioridad- es que, salvando las distancias (que son muchas) y las formas, perdura hoy en día una cierta visión mística del "estado", ya no, por supuesto, en la persona de un faraón o un rey sino más bien en el concepto mismo de la idea de estado-nación, como ente cuasi místico, digno de adoración y sumisión completa, cuyos mandatos no pueden cuestionarse y sus representantes -una vez elegidos mediante un simple mecanismo formal como es el acto electoral de las "modernas" democracias, quedan -por el mero hecho de ser electos- revestidos de aquellos mismos caracteres que los reyes, monarcas y faraones se conferían por sí y ante sí, o bien pueblos y vasallos les reconocían espontanea, temerosa o supersticiosamente.

"Y nada más que para llenar las exigencias de la clase gobernante —faraón y sacerdotes— únicos que tenían derechos a existir sobre los demás seres que a sus pies gemían. Pero la tierra de las Pirámides —erigidas también en una tributación sobre los esfuerzos y la sangre de los esclavos egipcios—, no fue la única que estableció una servidumbre nada más que para exprimir los jugos vitales de las poblaciones en demanda de recursos para mantener un gigantesco aparato; lo fueron la mayoría de los pueblos de la antigüedad, no menos que Grecia y Roma. Una cuestión de impuestos y tributaciones, una verdadera malla de acero envolvía a los continentes entonces conocidos, que fueron sujetos a los imperialismos imperantes nada más que para acarrear más riquezas al trono de la potencia dominante."[2]

Otra reflexión excelente con la que no queda menos que acordar, si no fuera, como anticipamos, que el autor de la misma posee una visión organicista y antropomórfica del "estado", es decir, lo concibe como algo separado de gobernantes y gobernados, pero con vida y "necesidades" propias, lo cual es, claramente, un contrasentido. Pero, debemos reiterar una vez más que, salvo las formas, los modos, la metodología, los impuestos no han desaparecido, sino que han crecido y se han expandido. Su cuantía y volumen ha aumentado lejos de disminuir. Ningún gobierno, ni político, ha renunciado a ellos, ni la mayoría de las gentes están convencidas del perjuicio que ocasionan al desarrollo económico y vital de los pueblos.

Excepto los autores de la Escuela Austríaca de Economía -que han sido prácticamente los únicos que han echado luz sobre el tema fiscal- no hay experimentadamente persona en el mundo que este consciente del papel demoledor que cumplen los impuestos cuando no se limitan a financiar pequeños y elementales servicios del gobierno. Hoy en día, el impuesto goza de general aceptación entre las masas, no por motivos racionales sino por meras supersticiones legales, filosóficas y políticas.

En el mundo económico, lo que es lo mismo a decir en la vida de cada persona que viva bajo su órbita, el impuesto tiene un impacto siempre negativo desde una visión de conjunto, ya que lo que el gobierno retrae de los particulares tiene como destino recurrentemente el gasto en cosas en las que el que pagó el impuesto no hubiera gastado de habérsele permitido quedarse con los fondos distraídos por el impuesto. Pero, como F. v. Hayek explicó, dado que la economía es una ciencia contraintuitiva y -además- la mayoría la ignora, todo lo dicho no es fácil de percibir para el común de la gente.

"Descartada la soberbia y el orgullo para hegemonizar al mundo, la mayoría de los imperialistas de entonces, salvo algún monomaníaco ardido del afán de aventuras, obedeció al mismo resorte del interés económico a través de los tiempos y aunque los términos varíen del crudo imperialismo al colonialismo, al expansionismo, todo es igual: el afán de rapiña con el único anhelo de llenar las propias cajas de caudales. Análoga ha sido la fiebre de la imposición a los propios ciudadanos que, si desde un punto de vista objetivo constituye una necesidad del Estado, ha podido servir para toda clase de extorsiones y de opresión y un medio elemental para colmar de combustible a la máquina oficial, se ha visto convertido muchas veces en un factor de ruina y de expoliación de las naciones."[3]

Otro párrafo brillante que expresa una realidad no sólo histórica sino de plena actualidad. El objetivo de las conquistas de territorios, pueblos y naciones vecinas ha sido casi siempre el de aumentar las arcas personales del conquistador, y el medio para lograrlo constituyó por excelencia el impuesto al vencido, traducido en el saqueo directo o indirecto a sus bienes y posesiones. Generalmente, cuando el monarca de cierta región ya había alcanzado el límite de expoliación a sus propios súbditos, y sus gastos excedían a sus necesidades personales, de su familia y de su corte, acudía pues a la invasión de pueblos vecinos para poder ampliar sus recursos y mantener y expandir su nivel de vida. Las cargas tributarias que no se podían hacer pesar sobre "los propios" por estar ya al límite máximo debían hacerse pesar sobre las espaldas de los pueblos vecinos conquistados. Y esta -se puede decir- es la historia del mundo.


[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.
[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.


Gabriel Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina
Desde Argentina

jueves, 23 de abril de 2020

GABRIELA CALDERÓN DE BURGOS, MITOS EN PANDEMIA, CASO ECUADOR

Hay una mitología en torno a la crisis sanitaria y económica. El Ministro de Finanzas Richard Martínez y otros repiten que Ecuador no tiene política monetaria, ni margen fiscal, ni ahorros, ni acceso a los mercados de capitales. Si bien es cierto que Banco Central del Ecuador (BCE) no puede imprimir dinero para monetizar los déficits del gobierno, esto no es una desventaja, sino más bien uno de los beneficios de la dolarización. Algunos expertos, añorando el pasado cuando conducían la política monetaria del BCE, creen que si tuviésemos moneda propia esta ahora sería manejada de manera óptima, ignorando que en momentos de crisis, los ecuatorianos, así como cualquier ciudadano alrededor del mundo, se refugian en el dólar, rechazando las monedas nacionales. También es cierto que no tenemos ahorros y que los mercados de capitales están prácticamente cerrados al Ecuador. 

El primer mito es que no tenemos margen fiscal, como si este consistiera exclusivamente en la capacidad para aumentar impuestos, olvidando la posibilidad de reducir el gasto y re-dirigir los recursos existentes hacia las prioridades de la emergencia. La rebaja, para la cual hay un amplio margen, incluso permitiría aliviar a las empresas y trabajadores con una reducción de la carga tributaria, lo cual estimularía el crecimiento.

¿Qué es lo peor que puede pasar si el gobierno nacional no encuentra suficientes recursos para financiar su abultado presupuesto? Que le tocará tomar decisiones difíciles de reducción del gasto, re-dirección de partidas hacia las nuevas prioridades sobre las cuales hay un amplio consenso nacional: salud, seguridad y ayuda a los más vulnerables frente al cierre de la economía.

Pero esto está relacionado a otro mito: la dolarización depende de la liquidez del sector público. Dicen ciertos expertos que la dolarización se sostiene con el nivel de reservas en el BCE. El papel de las reservas en una economía dolarizada no es el mismo que en una economía con moneda propia: en la segunda, estas sirven para defender determinado tipo de cambio entre la moneda local y la divisa internacional; mientras que en la primera estas sirven para atender la demanda de efectivo dentro del sistema financiero. Incluso en el caso extremo de una corrida bancaria, los ecuatorianos no van a dejar de preferir el dólar como medio de cambio, depósito de valor y unidad de medida.

Otro mito es que si el gobierno no nos obliga a contribuir a la crisis actual, con un impuesto eufemísticamente llamado contribución solidaria, la mayoría de los ecuatorianos no ayudaríamos ni lo haríamos de manera eficiente. Pero parece que el gobierno ignora las grandes manifestaciones de solidaridad voluntaria que han sido mucho más rápidas y eficientes que las estatales. Y esta es la verdadera solidaridad, porque se hace con dinero propio, no con el de otros.

Finalmente, el mito mas poderoso es aquel que plantea una disyuntiva entre la economía y la salud. Pero todos queremos una vida sana y eso requiere de ciertas comodidades materiales básicas (buena economía). No podemos gozar de un alto nivel de salud sin una economía en crecimiento y viceversa. Por eso es necesario, empezar YA a planificar un retorno seguro al trabajo con medidas creativas e innovadoras de mitigación de posibles nuevos contagios.

Gabriela Calderón de Burgos  
gcalderon@cato.org
@gabricalderon
@InstitutoCato
Gabriela Calderón de Burgos  es editora de ElCato.org, investigadora del Cato

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 17 de abril de 2020.
Desde Ecuador

viernes, 28 de febrero de 2020

GABRIELA CALDERÓN DE BURGOS: LA DESCENTRALIZACIÓN COMO ALTERNATIVA

Para la creciente polarización política en democracias alrededor del mundo, que deriva en una parálisis de los sistemas políticos nacionales, se puede realizar importantes reformas a nivel local.

La polarización en EE.UU. se ha agudizado de cara a las elecciones de noviembre de 2020. Bernie Sanders, el más radical de los candidatos presidenciales del Partido Demócrata, lidera cómodamente las encuestas nacionales para obtener la candidatura de dicho partido. Por el lado de los Republicanos, la nominación la obtendrá Donald Trump, quien ha logrado mantener la popularidad con la que llegó a la presidencia vendiendo un relato mítico popular. En esto, según el columnista David Brooks, Sanders y Trump tienen algo en común: ambos venden mitos a través de los cuales la gente interpreta lo que ocurre y quiénes son los héroes y los villanos.

Esta polarización presente en el sistema político de una de las democracias más longevas del mundo también se percibe en otras democracias de primer mundo, como Reino Unido, Italia, España, entre otras.

La democracia liberal está bajo ataque cuando el sistema político está paralizado o amenazado por la polarización. ¿Puede sobrevivir el pluralismo?¿Todavía se pueden lograr consensos?

El ex-alcalde de Chicago Rahm Emanuel considera que las naciones-estado “no reflejan el futuro. De hecho, están en un estado de atrofia y declive”. Él considera que por esta razón hoy los gobiernos de las ciudades ofrecen mayores oportunidades para realizar reformas y ensayar nuevas políticas públicas. Y no solo a nivel local, múltiples municipios pueden organizarse y coincidir en impulsar determinada política hasta que esta llegue a ser prácticamente de aplicación nacional. Esto podría permitir que haya puntos de acuerdo entre distintos partidos políticos, al menos en propuestas de reformas a nivel local, donde los consensos son más fáciles de lograr.

Ya se perciben varios candidatos a la presidencia de nuestro país con la típica retórica de nosotros contra ellos o de “yo puedo hacerlo”. Todos venden su propuesta de cómo van a resolver los problemas del país. Una narrativa alternativa sería que van a permitirle a cada localidad ensayar las soluciones que consideren más convenientes a sus particulares problemas. Y así, algún día, quizás puedan co-existir en Ecuador de manera pacífica líderes como Jaime Vargas que le impongan a los habitantes de su comunidad todos los impuestos que consideren necesarios para financiar los subsidios que deseen, y otros que decidan reducir los impuestos y los subsidios para atraer mayores inversiones. Los ciudadanos serían libres de elegir a cuál de ellos prefiere soportar y financiar con sus impuestos.

No necesitamos estar de acuerdo con las propuestas concretas de Emanuel, Brooks o Vargas, con quienes discrepo en muchas cuestiones, simplemente que cada localidad tenga la libertad para elegir el mix de regulaciones e impuestos que considere convenientes e, igual de importante, que sufra las consecuencias de sus decisiones.

Los avances tecnológicos han eliminado los justificativos técnicos para un sinnúmero de otrora monopolios naturales en los servicios públicos. No hay razón por la que la cada vez mayor especialización y división del trabajo en los mercados no sea llevada también al mercado de la política, con los mismos resultados positivos para los consumidores/clientes de los servicios públicos y gobiernos.

La parálisis a nivel nacional no debería impedir que se realicen importantes reformas a nivel local que derivan en una mejora significativa de la calidad de vida de la gente.

Gabriela Calderón de Burgos  
gcalderon@cato.org
@gabricalderon
@InstitutoCato
Desde Ecuador
Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 28 de febrero de 2020.

jueves, 5 de diciembre de 2019

GABRIEL BORAGINA: POLÍTICOS RICOS, PUEBLOS POBRES


La aparente paradoja por la cual líderes políticos que sostienen y defienden un discurso "de izquierda" (socialista, valga la aclaración en estas épocas de alta confusión semántica) ganan adhesiones y elecciones al mismo tiempo que se hacen ricos cuando alcanzan alguna cuota de poder, e inmensamente ricos cuando asumen todo el poder posible sin perder seguidores y adictos sino -por el contrario- incrementarlos tiene explicación -en mi opinión- en lo siguiente:


La ideología marxista se ha extendido por todo el planeta y domina la mente humana, claro que en diferentes grados que van del 1% al 100%. En el extremo del 100% encontramos al marxismo-leninismo, aunque afortunadamente no son muchas las personas que aglutinen explícitamente a esta corriente hoy en dia. Y en escala decreciente al marxismo gramsciano.

Por debajo de ese 100% hallamos a todos los individuos que dicen "no ser" ni comunistas, ni socialistas, ni de izquierdas, etc. pero que, sin embargo, están de acuerdo con opiniones tales como la que "los ricos deben pagar más impuestos y en mayor alícuota que los pobres", que "el gobierno debe redistribuir la riqueza", "igualar rentas y patrimonios", etc. Lo que en los hechos implica aceptar (aunque ellos lo nieguen) que los ricos explotan a los pobres, al menos en alguna medida mayor o menor, pero dar, por cierto -de una forma o de otra- la teoría de la explotación marxista. Niegan para sí mismos el rótulo de marxistas, no obstante, el menor dialogo con cualquiera de ellos y las respuestas a nuestras preguntas denotan que piensan como verdaderos marxistas, mal que les pese.

Poca gente tiene buena opinión sobre el capitalismo, a la vez que está convencida que es el sistema que "domina al mundo", idea que impregna no solo a los pobres sino a sujetos de posición acomodada.

En esta mitología popular el gobierno es el instrumento de "la justicia social" que "debe" combatir al capitalismo "imperante" y destruirlo o -al menos- disminuir su poder, para (acto seguido) redistribuir la riqueza "mal habida" de los "capitalistas" y repartirla entre los pobres. Por eso, el súbdito populista no ve con malos ojos el enriquecimiento de sus cabecillas populistas sino al contrario, lo que ellos "ven" es que cuanto más ricos son los políticos populistas más pobres son los representantes del "capitalismo" mundial o local. Esto explica que personajes nefastos y siniestros como Hitler, Mussolini, Stalin, Perón, Fidel Castro, Chávez, como hoy Maduro, Evo Morales, los Kirchner y muchos otros hayan sido o sean enormemente ricos, porque la mayoría de las masas lo ve como el botín arrebatado a los "capitalistas" que será -hoy o mañana- repartido entre los más desfavorecidos.

Encuentro aquí la razón por la cual lo que yo califico como enriquecimiento por corrupción de los jefes populistas un seguidor populista no lo ve de ese modo y lo defiende de palabra y luego en las urnas con su voto al que -para mí- es un corrupto socialista (en realidad, la corrupción es inherente al socialismo).

Si de algo se culpa a los gobiernos (en esta mentalidad tan popularmente extendida) es de no ser eficaces en cuanto a la expropiación de los capitalistas, y la pobreza se atribuye a esto, y no a su verdadero motivo: la inexistencia de tal "capitalismo" que sólo habita en la mente enfermiza de populistas y socialistas. Los dirigentes populistas inculcan a las masas que el hambre y la miseria no son culpa de los gobiernos "de izquierda" sino de los "de derecha" que "no quieren" combatir al capitalismo. Ellos entienden por "capitalismo" a los grupos empresarios, banqueros y -en algunos casos- grandes comerciantes y punto.

Esto demuestra también porque habitantes de zonas muy pobres o carenciadas votan a gobernadores ricos que los mantienen en esa condición mientras estos lucran de sus impuestos y hechos de corrupción, al tiempo que siguen siendo elegidos masivamente comicios tras comicios. Aun para la persona más ignorante parece "evidente" que no es el gobierno el que lo conserva en ese estado y en la pobreza sino el "maldito capitalismo". Y que cuando la pobreza aumenta es por dos "razones" posibles: o el gobierno donde ello ocurre es ineficaz para combatir al capitalismo, o bien se ha convertido en cómplice de los capitalistas. No existe para dicho tipo de masa ninguna otra explicación, o no están preparados para aceptar razonamientos más profundos y consistentes. Menos aún para aceptar la verdadera causa de la pobreza: la ausencia de capitalismo.

De esta manera se puede entender -aunque no excusar- el hecho innegable de más pobres votando o apoyando implícita o explícitamente a políticos ricos, o justificándolos cuando asumen poderes de facto. Todas las tiranías se disculpan a sí mismas discurseando que se tuvieron que convertir en tiranías para enfrentar "el creciente poder" del "imperialismo capitalista", "grupos económicos", etc. es decir, aceptando el planteo fundamental de Marx y de Engels (la dictadura del proletariado) tan errado por estos como por sus "modernos" continuadores.

Es por eso que los políticos más "moderados" evitan hablar del capitalismo en términos elogiosos, y se cuidan mucho de prometer en sus campañas electorales que si llegaran al gobierno promoverán el capitalismo o medidas afines a este, porque saben que tales declaraciones les restarían votos si las incluyeran en sus plataformas electorales, y porque tampoco la mayoría de ellos cree en ese sistema, excepto cuando suponen utilizarlo para incrementar sus propios patrimonios. Pero desconocen que no se hacen ricos por poner en práctica los principios del capitalismo sino los contrarios al mismo. Dado que lucrar a costa de los contribuyentes no es capitalismo, es simple y llano latrocinio y rapiña.

Cuando un partido quiere desalojar a otro de la competencia electoral no hay arenga más estratégica, demagógica y más efectiva para semejante propósito que acusar a los partidos contrarios de querer defender o representar a "los ricos" y a "los capitalistas", esto genera entusiasmo y apegos entre las multitudes y votantes. Es decir, esta perorata sumada a que en la mente de los sufragantes está implícito el Dogma Montaigne por el cual "la riqueza de los ricos es consecuencia de la pobreza de los pobres" brindan al demagogo la fórmula perfecta para aumentar su caudal de votos en cualquier elección. Por ejemplo, en el caso argentino el peronismo opositor predicó desde el comienzo mismo del mandato del presidente Macri que este "gobernaba para los ricos" (lo que desde luego era falso) y así, finalmente, logró vencerlo en las elecciones respectivas.

Gabriel S. Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina

lunes, 8 de abril de 2019

CARLOS ALBERTO MONTANER, ¿SOCIALISMO EN ESTADOS UNIDOS?


Donald Trump asegura que Estados Unidos jamás será socialista. No define a qué llama socialista. La mayor parte de los jóvenes entre 18 y 29 años prefieren el socialismo al capitalismo. Estas preferencias se invierten en la medida en que se hacen mayores. Tampoco los jóvenes definen ambos términos. Parece que piensan en las naciones del norte de Europa: Dinamarca, Suecia, Noruega, Holanda y Alemania. No se refieren a Venezuela o Cuba. Saben que son países desastrosos y en los que no existe la menor esperanza de progreso. 

La palabra “socialismo” sirve para esconder o demostrar lo que le da la gana a quien la utiliza. En general tiene una carga positiva de “buenismo”. Los regímenes de Cuba o Venezuela la usan para designar sus incompetentes satrapías. El “capitalismo”, en cambio, padece una tara semántica negativa. Se asocia con actitudes codiciosas y crueles. 

En realidad, los países europeos son tan capitalistas como Estados Unidos. Por eso les va razonablemente bien. Forman parte de las “democracias liberales” (otra palabra equívoca). En ellos prevalece la propiedad privada de los medios de producción, la economía se guía por el mercado y no por la planificación centralizada, hay elecciones periódicas multipartidistas y transparentes por las que se renuevan las élites dirigentes, existe y es efectiva la separación de poderes, y se respetan los derechos humanos y “the rule of law”. Incluso, a los países excomunistas que pidieron integrarse en la Unión Europea les exigieron adoptar “los criterios de Copenhague” que encapsulan los rasgos descritos en este párrafo. 

¿En qué se diferencian “derechas e izquierdas” dentro de las “democracias liberales”, en Estados Unidos y Europa? Sencillo: en el monto y destino de los impuestos. Pero ni siquiera hay grandes diferencias. En Estados Unidos, más o menos, los ciudadanos abonan un 40% del PIB a la caja general, mientras en Europa llegan o sobrepasan el 50%. Las facturas de impuestos de estas naciones tienen una estructura parecida. La mayor parte se dedica a pensiones, cuidados de salud y educación. (USA gasta en “Defensa” el 4% de su PIB: 650,000 millones). 

En Estados Unidos parece inevitable la adopción de un sistema de salud universal como el que existe en Francia o España. La clara mayoría lo prefiere según las últimas mediciones. Los estadounidenses pagan 19 centavos de cada dólar que generan en cuidados de salud (el doble del promedio de los países desarrollados) y tienen que abonar hasta tres veces el valor de las medicinas. Eso es intolerable. 

Con la mala experiencia de los “Hospitales de Veteranos”, la solución menos mala acaso sea el modelo suizo. En ese país el Estado obliga a todos los ciudadanos a tener una póliza de seguro de salud desde que nacen hasta que mueren. De alguna manera esa obligatoriedad contradice los principios liberales, pero hay otras instancias en las que el Estado “obliga” a los ciudadanos. Lo hace cuando demanda impuestos, cuando inscribe a los jóvenes en el servicio militar obligatorio o cuando exige una licencia para conducir.  

Para el pequeño mercado suizo hay docenas de compañías que compiten en precio y calidad y les corresponde a las personas elegir la empresa que les ofrece más garantías. La ley suiza define los cuidados que debe cubrir esa póliza. Como en toda sociedad, hay personas que carecen de recursos para pagar el seguro médico, pero en ese punto interviene la Comuna y paga la cuenta. No es la Confederación Helvética la que se hace cargo. Son los vecinos, los verdaderos prójimos, los que afrontan esos gastos. Eso reduce los abusos considerablemente. 

El costo de la educación universitaria es más dudoso. Mientras que lo pagado por la salud va a fondo perdido, la factura de la educación universitaria es una inversión en el propio destino de la persona y acaso sea inmoral obligar a otros a mejorar el desempeño económico de unos adultos que disfrutarán ventajas comparativas. 

Mi nieta Gabriela, por ejemplo, saldrá de la facultad de Derecho de una gran universidad con una deuda de $250,000 dólares, pero probablemente tendrá la oferta de un buen bufete dispuesto a pagarle $150,000 el primer año. Sería injusto que el conjunto de la sociedad corriera con sus gastos de estudio. Simultáneamente, me consta que no pierde un minuto y estudia intensamente, como todos sus compañeros. Si no acabara la carrera la deuda seguiría gravitando sobre ella. Donde y cuando la educación cuesta, los estudiantes son más juiciosos y exigentes. Elemental, doctor Watson.

Carlos A. Montaner
@CarlosAMontaner 

lunes, 1 de abril de 2019

JORGE V. ORDENES-LAVADENZ, LOS PUDIENTES DEBEN PAGAR MÁS IMPUESTOS


La diputado demócrata estadounidense Alexandria Ocasio Cortez ha sido recientemente amenazada de muerte repetidas vences por haber postulado, entre otras cosas, que los ricos estadounidenses deberían pagar un impuesto al ingreso personal de entre el 70 y el 80%. El mundialmente reconocido experto en finanzas públicas y galardonado con el premio Nóbel de economía, Peter Diamond, está de acuerdo con la diputado Ocasio Cortez. El profesor Paul Krugman dice en el NYT que los republicanos impidieron que P. Diamond “fuese nombrado miembro delConsejo de la Reserva Federal con el argumento de que no estaba calificado.”Diamond y Emmanuel Saez, éste importante perito en desigualdad, calcularon que el gravamen fical óptimo era del 75%. Por otro lado la macroeconomista, Christine Romer, en su momento directora del Consejo de Asesores Económicos del president B. Obama, favorece un gravamen del 80% como mímimo. ¿Cómo así?: Krugman comenta: “el análisis de Diamond-Saez se basa en dos supuestos: disminuir la utilidad marginal, y los mercados competitivos.” Lo que quiere decir que añadir $1000 al salario  mensual de gente que depende de su sueldo para sobrevivir, sería marcadamente notorio, en tanto que añadir esos $1000 a uno que gana cientos de miles al mes… ni lo notaría. 

Por otro lado, desde 1988 las corporaciones multinacionales se han dado modos legaloides para pagar cada vez menos impuestos lo que se va haciendo notorio. Urge afrontarlo y legislar de modo que no continúe. Ya es tiempo, porque los que han estado pagando más de lo debido son los países más pobres. Según el Financial Times, los análisis del Fondo Monetario Internacional (FMI) señalan que los países no afiliados a la OCDE, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, en conjunto pierden US$200.000 millones al año equivalente a más o menos 1,3% de su producto interno bruto (PIB) principalmente por el hábito de las grandes corporaciones de trasladar ganancias a países que exigen pagos de impuestos relativamente inferiores. Es necesario reformar la práctica anómala y difundir lo que debe regir que beneficie a todos porque sería un sistema abierto al escrutinio de modo que su equidad sea incuestionable por pudientes y otros. La Directora Gerente del FMI, Christine Lagarde, postula que “una revisión del sistema impositivo internacional no puede esperar…”  Según The Guardian, ella añade que las compañías de servicios digitales pagan pocos impuestos en los países que operan; se trata de industrias súper especializadas cuyos servicios se han tornado indispensables en el diario vivir de la gente de prácticamente toda actividad y en todas partes. 

Si las multinacionales deben pagar más impuestos en base a un sistema menos pendenciero, qué de los millonarios que en el mundo y sobre todo en EEUU buscan la forma de pagar al fisco menos de lo que equitativamente deberían pagar en función a vergonzosas fisuras en las leyes tributarias que son aprovechadas por legalistas y contadores  bien remunerados que rebuscan incansablemente la forma en que su empleador pague menos o mucho menos de lo que debe pagar al fisco por lo general anualmente. Así, hay corporaciones que no llegan a pagar un real. Encima llega una autoridad republicana al poder en EEUU, por ejemplo, que reduce marcadamente los impuesto de los pudientes dejando a los no pudientes con las barbas en remojo y en espera de que la autoridad “electa”… abra los ojos.

Jorge V. Ordenes-Lavadenz
@JvordenesV 

martes, 22 de marzo de 2016

ARMANDO RIBAS, GASTO, INFLACIÓN E IMPUESTOS, DESDE ARGENTINA

Voy a insistir en un elemento que considero fundamental en la actualidad. Cuando el gasto público alcanza o supera el 50% del PBI, la teoría monetaria se cae por su base. En primer lugar no es la emisión monetaria la determinante de la inflación sino el nivel y la eficiencia del gasto público. Por lo tanto no es el déficit del presupuesto el causante de la inflación. Como bien dijera George Gilder en su “Riqueza y Pobreza”: “No es precisamente el déficit federal la causa de la inflación. Si el déficit fuese cerrado por impuestos más altos y la oferta monetria permaneciese constante el nivel de precios subiría en la forma ortodoxa de la ley de costos. Habrá menos inversión y menos producción de productos.
    Creo que nos encontramos ante la situación que enfrenta la Argentina, con un gasto público que conforme a mi última estimación en el 2014 alcanzaba al 53% del PBI. Lamentablemente el análisis de la situación argentina al respecto es difícil, daada la ausencia de datos pertinentes. Desde el 2011 no hay datos referentes al gasto provincial. Igualmente la información respecto al gasto público nacional a precios corrientes es discutible, pues no reconoce el verdadero incremento de los precios.
     Pero en fin no cabe la menor duda de que el gasto público consolidado (Nación y Provincias) entre el 2003 y el 2015 se habría más que duplicado respecto al PBI. Por tanto todo intento de bajar la inflación y restaurar el crecimiento económico, tiene como condición sine qua non la reducción del gasto público. La pregunta pendiente entonces es como hacerlo para que no cause de inmediato una caida en la demanda y consecuentemente en la producción. En la actualidad existe una propuesta que contradice la política del gobierno de reducir la inflación gradualmente. Ese proyecto implicaría una reducción del gasto público durante el año de un 25% del PBI, lo que considero un proyecto imposible.
    Como antes dije la eliminación de la reducción de la inflación  pasa ineludiblemente por la reducción del gasto público. Como bien dijera Milton Friedman: El total del peso de los impuestos es lo que el gobierno gasta no esos recibos llamados impuestos…Sin cortar los gastos, por tanto la reducción de los impuestos solamente oculta más bien que reduce el peso”. Entonces el problema pendiente es definir el proceso a través del cual se reduciría el gasto público. Y por supuesto no es un proyecto que se pueda lograr de la noche a la mañana, sino que requiere un proceso de ajuste al tiempo que se logre el restablecimiento de la actividad económica.
    Es indudable que el actual gasto público comprende gastos totalemte ineficientes que son necesario eliminar, tales como el Fútbol para Todos, las pérdidas de Aerolíneas Argentinas, y así como múltiples inversiones que son a pura pérdida. Igualmente el exceso de empleados públicos que ya el gobierno ha comenzado a reducir. Dado que se espera que en el año la inflación alcance a un 25% el proceso de ajuste debiera comenzar por aumentar el gasto tan solo en un 15% en el año, lo que lo reduciría en términos reales. Evitar por supuesto repetir el caso del 2015 cuando el gasto nacional superó en 37% el correspondiente al 2014.
    Por supuesto un proceso de esa naturaleza implicaría una reducción en los sueldos de los funcionarios y empleados públicos en términos reales. Por tanto el impuesto inflacionario sería pagado en parte por el sector público. Por supuesto se requiere igualmente reducir los impuestos y en particular el impuesto a las ganancias. Como antes ya he dicho, dado que no se permite la revaluación de los activos, el impuesto a las ganancias de acuerdo al nivel de la inflación puede superar el 35% y alcanzar a más del 50%. Ello de por si implica una violación del derecho de propiedad que garantiza el artículo 17 de la Constitución Nacional.
    La reducción de los impuestos tendría un efecto positivo en la inversión, y por consiguiente en el nivel de empleo, que compensaría la caída en el empleo público. Y más importante aun es que ese incremento en el empleo privado tendría necesariamente un nivel de productividad de la que carecían los empleados públicos. En ese sentido igualmente la eliminación de las retenciones a las exportaciones y el cepo cambiario, estarían teniendo un efecto positivo en la producción agrícola.
   Otro aspecto positivo de la política oficial que tendrá un efecto favorable en la economía es el acuerdo con los holdouts. Ese acuerdo saca a la Argentina del default y puede entrar de nuevo en el mercado de capitales internacional. No solamente para que el gobierno pueda acceder a nuevos créditos sino por la posibilidad de lograr inversiones extranjeras. La deuda externa argentina es relativa mene baja de acuerdo a la última información correspondiente al mes de septiembre del 2015.  De acuerdo a mis estimaciones esa deuda a fines del 2015 de conformidad con la liberación del tipo de cambio habría alcanzado al 41% del PBI. Y el total de la deuda pública a un 55% del PBI.
    Es indudable el éxito obtenido por el levantamiento del Cepo y la liberalización del tipo de cambio, que fuera el resultado contrario a las expectativas creadas al respecto. La misma habrá de tener igualmente un efecto positivo en la política oficial para no volver a caer en el error de intentar controlar la inflación, control de cambio mediante. Ya debiéramos saber que no es la devaluación la que determina la inflación sino la consecuencia inevitable de la misma. Por tanto es de esperarse que dadas las expectativas inflacionarias para el año de acuerdo al gobierno es de esperarse que el tipo de cambio seguirá esa pauta.
    Por último el otro error que hay que evitar es aceptar la teoría de que el control monetario es el factor determinante del control de la inflación. Como bien dijera George Glder: “Bajo estas circunstancias es auto destructivo para los conservadores  el pretender que el impacto inflacionario sobre los impuestos y los costos es fundamentalmente un problema de la oferta monetaria”. La inflación no es la causa del problema, sino la consecuencia del gasto. Por ello es de esperas que el gobierno no intente reducir la inflación controlando la expansión monetaria. Una política de esa naturaleza produciría un aumento en la tasa real de interés real que superaría la tasa de retorno del capital, lo que determina tal como ya ha ocurrido en Argentina y en el mundo la quiebra del sistema financiero. Para terminar pemítanme citar de nuevo a George Gilder: “Más tarde o más temprano los liberales americanos y los laboristas británicos, van a descubrir que las restricciones monetarias son una maravillosa forma de destruir al sector privado, dejando al sector público intacto y ofreciendo pretextos para la nacionalización de la industria” A los hechos me remito.
Armando Ribas
aribas@fibertel.com.ar
@aribas3
Argentina