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lunes, 13 de julio de 2020

GABRIEL BORAGINA, IMPUESTOS, INDIVIDUALISMO Y DICTADURA

Dice Goldstein:

"Haciendo mérito de la paulatina claudicación de los principios individualistas que caracterizaron un largo período de la existencia humana, afirma el autor antes reproducido: “. Pero, hoy día, ese gran principio de la justicia individualista comienza a vacilar, y nos encaminamos con bastante rapidez hacia un régimen inspirado en el principio de solidaridad social, y en el cual, como en otros tiempos, los impuestos eran pagados por aquellos que no los votaron, y votados por quienes no tengan que pagarlos."[1]

Acá tenemos otra mentira más. "los principios individualistas" son relativamente nuevos en la historia mundial. Nacieron recién a fin del siglo XVIII con lo que tienen solamente algo más de dos siglos. Antes de eso -y desde la creación del mundo- rigieron principios colectivistas, a los que se volvieron hacia principios del siglo pasado hasta la fecha. Por lo tanto, el autor examinado (incluyendo al citado) o miente o ignora datos esenciales de nuestra historia económica.

El individuo no es opuesto a la solidaridad social (redundancia) ya que el individuo es por naturaleza solidario. Desconocen estos socialistas, entonces, la esencia de la naturaleza humana.

El individuo aislado no sobreviviría, está forzado por ende a ser solidario por muy egoísta que fuere, ya que si no coopera con su prójimo debería autoabastecerse y su nivel de vida decrecería rápidamente.

Lo que la cita expone es la excusa que los gobiernos mundiales han encontrado para hacer alcanzar su poder sobre sus naciones y lograr hacerse de las riquezas de sus dominados.

Falso, como dijimos, es que haya unos que pagan impuestos y otros que no lo hagan. Por vía directa o indirecta todo el mundo paga impuestos, no necesariamente desembolsándolos sino siendo privado de bienes y servicios que -por obra y gracia del impuesto- no estarán disponibles para quienes más lo necesitan. Nuevamente, el jurista exhibe su más supina ignorancia de elementales principios económicos. Quienes lo votan y quienes no, todos ellos pagarán el impuesto, más allá de la retórica y mitología jurídica.

"En efecto, vamos a ver que la política fiscal de las democracias tiende, por amplias exenciones y por descargos en favor de la clase asalariada, al mismo tiempo que por el impuesto progresivo sobre la renta y sobre las sucesiones, a concentrar los impuestos sobre un número cada vez más reducido de ricos."[2]

Desconoce el articulista la diferencia entre el impuesto nominal y el real. Dichas exenciones y desgravaciones son más que compensados por los impuestos reales que el pobre paga viéndose privado del bien gravado por el impuesto o en el caso que dispusiera de algún ingreso siendo forzado a pagar por el un sobreprecio en el mercado negro. El impuesto nominal es el que aparece legislado, y el real el que no, pero que, no obstante, opera en la economía real de la oferta y la demanda de bienes. El impuesto nominal es el que sufraga el contribuyente de derecho y el real el de hecho. Ricos y pobres (en la terminología de estos socialistas que venimos comentando), todos pagan, sea uno u otro tipo de impuestos. Los pobres podrían estar exentos de pagar los impuestos nominales (legislados) y normalmente lo están, pero jamás podrían ser eximidos de sufragar los reales (no legislados) lo que es otra consecuencia de ignorar por parte de los legisladores las leyes propias de le economía que son en todo tiempo y lugar inviolables.

El impuesto progresivo destruye fuentes de trabajo, porque carcome el capital que es la única fuente salarial. Es decir, el impuesto progresivo ataca a los trabajadores empobreciéndolos.

"Y, como bajo el régimen de sufragio universal, las leyes son hechas por la mayoría, incluso las leyes de impuestos, y que la minoría, por definición misma, resulta necesariamente derrotada, salvo la influencia indirecta que pueda ejercer sobre el gobierno por su riqueza y su prestigio, pero que a lo sumo pueden retrasar un poco su derrota, es inevitable que la parte del Estado vaya en aumento, puesto que será fijada por la mayoría que haya de beneficiar de ella, y tomado de la minoría poseedora. Esta es una de las causas principales de la progresión de los gastos públicos" "[3]

En suma, defiende el autor citado la dictadura de la mayoría por sobre la minoría. Lo que es consistente con nuestra tesis sobre que las democracias pueden devenir en dictaduras cuando las mayorías no respetan los derechos de las minorías. La minoría no necesariamente es rica, y por estar fuera de combate por su condición de minoría en un régimen de dictadura democrática no puede influir sobre ningún gobierno. Ya dijimos que el poder reside en quien hace las leyes, y esto es sólo prerrogativa del gobierno que, según la misma cita, reside en la mayoría. Si dice que es derrotada por ese gobierno (mayoritario) ¿de qué manera podría influir sobre él? No parece percatarse el autor de sus permanentes autocontradicciones y mezcolanzas sin fin de todo tipo, ni tampoco de su ignorancia escandalosa de temas económicos.

Claro que "es inevitable que la parte del Estado vaya en aumento" porque es un ladrón avalado por sus propias leyes que lo habilitan a robar al pueblo (ricos y pobres, cada uno en su propia proporción). La minoría poseedora real es la burocracia gubernamental que es la única que tiene el poder legal de imprimir dinero si lo necesita o de robarlo mediante las leyes fiscales por las cuales se auto habilita para robar, no sólo sin ser castigado sino penando al ciudadano si se resiste a ser expoliado.

La mayoría nunca se beneficia con los impuestos porque es la que los paga. Solo una minoría se beneficia de ellos y que está conformada por los gobiernos y sus acólitos, partidarios, lo que antiguamente constituía la nobleza y que hoy subsiste, aunque sin títulos nobiliarios explícitos, pero si implícitos.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.
[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Gabriel Boragina  
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina  
Argentina

jueves, 21 de marzo de 2019

MIBELIS ACEVEDO DONÍS, DE LA UNIÓN Y LO PLURAL


“Nadie”. “Todos”. “Ningún venezolano admite”, “La gente lo que quiere es...” “El pueblo entero pide…” La taxonomía reduccionista, simplificadora, abunda en los pequeños-grandes debates donde hierve la política venezolana. De allí las expresiones que parecen orientadas a validar la percepción de sus voceros, no importa la solidez del dato empírico en contra: “no creo en encuestas que me digan lo que no quiero creer”, casi nos espetan. La verdad factual tiende a sucumbir en el piélago del deseo y la ilusión de esa esperanza que no se basa en la responsabilidad, como dice Solzhenitsyn. Y con ella, sucumbe la posibilidad de acceder a un conocimiento más o menos preciso de esa realidad que limita y ajusta nuestra condición de seres deseantes.

A merced de una visión dualista que impele a militar en el blanquinegrismo, no es raro toparse con tales paisajes. La invocación a la democracia se vuelve entonces cada vez más abstracta; allí va, acometiendo como puede su caminata de funambulista en la retórica, mientras en la áspera cotidianidad del foro gana terreno una praxis de hegemonización de la opinión que elude toda noción de pluralidad. ¿Y de qué vale hablar de democracia sin pluralismo?, nos preguntamos con genuina desazón. Poco, casi nada.

Eso lo sabe bien el populista, por cierto, para quien el reconocimiento de grupos heterogéneos, ideológica y socialmente independientes, es premisa negada; la pluralidad desmantelaría ese mondo antagonismo entre “pueblo virtuoso” y “élite corrupta”. Pero también lo resiente el elitismo, llevado por la convicción de que recae en un puñado de elegidos moral, cultural e intelectualmente superiores a la masa, la tarea de decidir sobre el destino colectivo. En medio de eso, los matices ven aplastado no sólo su derecho a existir, sino a aportar aliño sustancial para que la calidad de un debate que debería ser amplio, se nutra y prospere.

Entendemos, claro, que el contexto en el que acá nos movemos es todo menos democrático. De allí la emergencia, porque el pantano despótico alimentado por los extremos salpica y nos traga. Así que se trata de apelar a la supervivencia de ese ethos compartido, de esa “segunda naturaleza” del hombre, refugio donde encuentra su propia fuerza, tal como preconizaban bellamente los griegos; hablamos de ese carácter, ese reducto de valores, ese temperamento, ese modo de ser y hacer que permite intercambiar puntos de vista sin que ello nos lleve a cortar cabezas. He allí la esencia de la política, sin duda.

Precisamente: es la política -banalizada, desfigurada por los dueños de la verdad- la que más ha perdido lumbre en este tránsito. La política, que es lo opuesto a la aniquilación simbólica o real del contrario y por ello, antítesis de la barbarie y de la guerra, lejos de verse como un elevado medio acaba percibida como una rémora, una manía de nostálgicos e ingenuos. Algo especialmente preocupante en medio de la emergencia social que avanza con botas de siete leguas, de los compromisos que dimanan del vidrioso malabarismo entre tiempo, recursos y expectativas; de la debacle que nos apunta con dedo esquelético. Porque es eso, y el ineludible conflicto. Al margen incluso de la estimulante cohesión que hoy experimenta una oposición picada por el ímpetu de la dirigencia emergente, por ejemplo, las diferencias sobre forma, contenido y secuencia de la ruta propuesta no dejan de asomarse; esto, que debería verse como una oportunidad de mejora, cuando salta al debate abierto no deja de revolcarse entre recelos e implacables nones. Así, la duda sana y razonable que aporta el contraste, corre el riesgo de sofocarse dentro de camisas de fuerza auto-impuestas.

Sin la flexible incorporación de matices, de esa pluralidad atada a la unicidad –y vista no sólo como fenómeno empíricamente comprobable, según apunta Arendt, sino como disposición ontológica y moral que posibilita el encuentro entre los hombres- será complicado afinar movidas que eviten incurrir en nuevos-viejos errores. Ah, pero dado el colosal costo que eso supone, hay que esforzarse. Lo ha entendido así la comunidad internacional que presiona por la salida negociada y pacífica, por la celebración de elecciones libres; un afán particularmente exhibido por la UE y su Grupo de Contacto, que hoy sondea visiones de diversos grupos de interés y actores políticos locales.

¿Qué derroteros anuncia el brete venezolano? Justo ahora cuesta saberlo. La angustia se divide en partes iguales entre una guerra que nos relegue a los sótanos sirios, un colapso que sólo promete exterminar a más venezolanos o una inercia producto del apego por el choque, la autofagia de los uróboros, la determinación a no ceder ni un milímetro. En otro plano, el de la razón y no la ira, sobrevive la confianza de que otras voces sean escuchadas. Voces que últimamente parecen clamores, invitando a salir del juego suma-cero para construir esa “diversidad provisionalmente unificada” de la que sabiamente nos hablaba Salvador Pániker.

Mibelis Acevedo Donís
@Mibelis