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domingo, 26 de julio de 2020

OFELIA AVELLA, CRECER HACIA DENTRO

El título de este artículo puede parecer poco práctico en momentos en los que uno está ávido de noticias que prometan cambios. Los necesitamos, sin duda, pero llegarán si abonamos el terreno con una mirada más profunda a nuestro interior. Uno desea resultados inmediatos, rápidos, externos y materiales. A veces, sin embargo, las circunstancias nos fuerzan a ser pacientes. Este es un medio muy provechoso para reconocer nuestras limitaciones y madurar los procesos que nos enseñan que las virtudes no se adquieren de un día para otro.

Muchas cosas tienen que cambiar en el país, pero esto no sucederá si no cambiamos nosotros. Y aunque esto suene a frase hecha, es bastante acertada. Las costumbres y los modos de organizarnos, de “habérnosla con la realidad” –como decían los filósofos de la Escuela de Madrid– cambiarán de modo progresivo si nosotros lo hacemos por dentro.

Augusto Mijares insistía en la importancia de asimilar que las virtudes se adquieren “gradualmente”. Nadie llega a ser sabio en dos días, ni humilde en dos meses, ni fuerte en un año. Los hombres aprendemos poco a poco y según seamos lentos o más rápidos, soberbios o humildes,  receptivos o cerrados a las lecciones de la vida, nos abriremos a la reflexión y al cambio que ameritan siempre nuestras actitudes interiores. De ese cambio personal dependen nuestras relaciones con los demás y en consecuencia, la fuerza que podamos irradiar en nuestro entorno. La eclosión de una nueva vida nace de adentro hacia afuera. Es la ley de la naturaleza.

Las circunstancias exteriores, el dolor en todas sus formas, pueden debilitar por un tiempo largo si los golpes son constantes y agresivos. El hambre, por ejemplo, de muchos venezolanos; la desesperanza y la incertidumbre, son realidades que generan sufrimiento, ansiedad y tristeza. Esa vida que germina en la intimidad, en medio de dudas y oscuridades, necesita de la ayuda de una mano amiga que le impulse a surgir, porque sí, el dolor puede debilitar. Sin embargo, las situaciones difíciles, aparentemente  insolubles porque todo parece “reducido a la impotencia o la nada” (Bossuet), son siempre una invitación a rendirnos humildemente hasta reconocer que en muchos momentos no podemos solos. Con el tiempo, el sufrimiento bien asimilado fortalece enormemente, pero mientras se sufre, es humano necesitar de comprensión por parte de otro. Lo positivo de estas situaciones es que constatamos que nos necesitamos unos a otros y que muchas vidas penden de nuestra respuesta a las circunstancias.

La esperanza de que lo que nos supera debe ocultar un sentido que tal vez no vemos, obliga a descubrir en nosotros una capacidad para bienes más grandes y elevados. La humildad es una virtud que atrae bendiciones de Dios y no nos hace menos hombres pedirle con la honestidad y sencillez más honda de la que seamos capaces, luz y fortaleza para orientarnos en estos difíciles momentos.

La reconstrucción del país pasa por una profunda renovación moral y esto aplica para todos. Václav Havel apelaba a la misma necesidad en Checoslovaquia. Por eso no es gratuito que definiera su política como “existencial”, pues la transformación de las circunstancias amerita de un cambio interior que resulta realmente en una “ubicación” en el mundo que confiera sentido a la propia vida.


El curso histórico, nuestro paso por esta tierra, tiene un sentido que implica todo lo que hacemos. Por eso, lo que vivimos no es un “problema puntual” que interrumpe u obstruye nuestro caminar y que por lo mismo puede ser resuelto de un modo puramente pragmático, con una “estrategia” eficaz. El país entero está inserto en una dinámica caótica que exige de nuestra parte un cambio profundo. Hay que aprender a trabajar en equipo, a resaltar y reconocer las virtudes de los demás, a dejar de criticar los esfuerzos de muchos y a admitir que en una sociedad enferma (en un régimen totalitario), como decía Havel, todos tenemos la culpa. Si bien la gravedad de las acciones no puede ser atribuida a todos por igual, una vida comunitaria tan debilitada como la nuestra solo puede ser regenerada desde su propia intimidad, esto es, en el corazón de cada uno.

Cambiemos nosotros. Tengamos la suficiente honestidad de enfrentarnos con nuestra propia conciencia, de hurgar en los movimientos de nuestro corazón, de implicarnos con los sufrimientos de las grandes mayorías, porque de un problema que nos afecta a todos se sale en equipo. Con grandes individualidades no se hace mucho. Toda persona notable es siempre una referencia, pero la regeneración cultural tiene que poder ser un proceso político-social que implique a todos los venezolanos. Recordemos en estos consejos a muchos de nuestros intelectuales: a Augusto Mijares, a Rómulo Gallegos, a Mariano Picón  Salas, a Mario Briceño Iragorry, entre otros. El país nos necesita a todos.

Ofelia Avella
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domingo, 28 de junio de 2020

OFELIA AVELLA, EL CORAZÓN DE JOSÉ GREGORIO

Los venezolanos estamos de fiesta por la próxima beatificación de José Gregorio Hernández, un hombre bueno y generoso que hizo de su vida un don a los demás.

La noticia de la firma del decreto por parte del Papa Francisco coincidió con la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, una devoción hermosa que invita a los hombres a descubrir los secretos ocultos en la intimidad de Dios, reservados para todo el que quiera acercarse con sincero deseo de conocerle.

Esta devoción tan divina y humana a la vez, sana y limpia los corazones de quienes se abren a la acción de Dios en su alma. Por sus efectos purificadores, transidos de ese amor que todo lo da y lo perdona, la personalidad de quien se acerca al corazón de Jesús se integra, se unifica, se simplifica. Algo que necesitamos todos los venezolanos.

José Gregorio será beato porque era un hombre lleno de virtudes, ciertamente, pero virtudes y valores morales moldeados por el amor de Dios. Su corazón latió al ritmo del corazón de Jesús y por eso irradiaba paz y un amor incondicional al prójimo. Era mucho más que un buen ciudadano y un hombre de gran altura ética. Esto lo era, sí, pero fue un hombre de Dios que concilió en su intimidad inquietudes que impregnó de un sentido divino. Su itinerario no fue fácil. Sus aparentes fracasos, en ese discernimiento de su vocación, supusieron un gran sufrimiento. Con el tiempo Dios le hizo ver que la medicina era su sacerdocio.

Fue un científico que rindió sus facultades tanto como pudo. Su inteligencia indagó con la pasión propia de quien desea saber lo que de verdad le inquieta. Su vida evidencia que la fe vivida en profundidad no se opone al uso exigente de la razón. A veces  se piensa que la fe es irracional, pero para asentir a las verdades que va a creer, la inteligencia debe antes conocerlas: comprenderlas, pues la confianza que se deposita en Dios no es un salto al vacío, sino el encuentro real con una Persona concreta.

La fe no obstaculiza a la razón; no la limita ni entorpece su búsqueda. No hay que optar entre creer o saber, como si Dios se opusiese a la razón y a su creación. Dios es Logos y por lo mismo penetra de sentido el orden de lo real como causa que funda todo lo que existe. José Gregorio fue consciente de esto al exigir a su inteligencia todo lo que ella pudiese dar. Concilió la fe y la razón cuando buscó con honestidad respuestas a las preguntas que la misma realidad le formulaba, pues ni la fe opaca a la razón ni la ciencia oculta a Dios.

Nuestro futuro beato era médico, pero también sabía de filosofía. Por eso resalta que hubiese visto claro que la realidad no se reducía a lo puramente fenoménico. Percibió los límites del positivismo, que no trasciende el hecho físico y se deslinda de un modo simplista de las preguntas fundamentales que tocan el misterio de la vida, del cambio y de la riqueza contenida en la apertura a un futuro que es también sorpresa. El papá de Aristóteles, por ejemplo, era médico y su realismo y atención a los fenómenos físicos influyó a un hijo que resolvería con una profundidad admirable los problemas filosóficos que abrirían el camino a las ciencias y a la captación racional de que Dios era uno. Y esto, siglos antes de Cristo.

José Gregorio fue un médico exigente, culto; un verdadero hombre de ciencia. Y precisamente por responder a las exigencias de sus facultades con todo el rigor de una persona seria, correspondió en el mismo nivel a Dios siendo bueno. La oración tampoco se opone al estudio, pues la inteligencia que se concentra para estudiar es también capaz de fijar la atención en Dios con la misma intensidad. Por eso no resulta extraño que un hombre tan racional fuese también un hombre de oración.

Cuando conoce, la inteligencia implica a la afectividad, pues así como no hay que optar entre creer o saber, tampoco hay que hacerlo entre amar o pensar. Así, amando y haciendo el bien, pensando y dando clases, atendiendo a sus pacientes e investigando en el laboratorio, José Gregorio logró conciliar poco a poco, todas sus inquietudes. El amor unificó su personalidad y le ayudó a descubrir el plan de Dios en su vida tras sus aparentes fracasos.

José Gregorio es un ejemplo de que es posible amar a la medida del corazón de Cristo, sirviendo a las personas a través de un trabajo ejercido con pasión y a la altura de los tiempos, en medio de condiciones difíciles, conciliando en la intimidad las tensiones interiores que todos tenemos.


Fue un hombre bueno, profundo, de sincera religiosidad, inteligente y humilde, pues no solo rindió su razón con exigencia, sino que reconoció sus limitaciones a la hora de acceder a verdades que nos serían inaccesibles sin ese otro modo de conocer que es la fe. Lejos de ensombrecer la fuerza de su inteligencia, la fe fue en su vida una luz que le llevó a descubrir a Dios en su trabajo y en el prójimo a quien servía.

Un día como hoy confió a un amigo que había ofrecido su vida a Dios por la paz del mundo. Y al día siguiente, el 29 de junio de 1919, murió. Así como vivió convencido de que la fe eleva la razón y la ayuda a penetrar con mayor profundidad en los diversos ámbitos de la realidad, del mismo modo veía con claridad que a esta vida le sigue otra, de un nivel mucho más perfecto, para bien, en su caso.

La abrumadora expresión de afecto tras su muerte, conmovió profundamente a Rómulo Gallegos, quien dijo algo muy bello que pienso que aplicó a su vida: “Dan ganas de ser bueno”.

Ofelia Avella
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domingo, 14 de junio de 2020

OFELIA AVELLA, QUE EL AMOR SEA MÁS FUERTE QUE EL HAMBRE

El título de este artículo es el mensaje que desea transmitir un grupo de laicos de la Iglesia Católica con el impulso de un proyecto llamado Coromoto 2020. Esta iniciativa busca “paliar el hambre en Caracas” y el objetivo es ayudar a 2.000 familias de 16 parroquias de la ciudad y de los colegios Mano Amiga.  

La situación de muchos en el país es crítica y las consecuencias del COVID-19 nos han afectado a todos de diversa manera. En estos momentos, sin embargo, hay venezolanos en condiciones de extrema vulnerabilidad y es la magnitud de la necesidad lo que ha motivado a este grupo de laicos a diseñar una vía para canalizar una ayuda de mayor impacto. En la página web www.coromoto2020.com, así como en las cuentas del proyecto en Instagram, Twitter y Facebook, puede leerse en qué consiste la iniciativa nacida en medio de estas circunstancias. Allí se dice cuáles son los centros de acopio que reciben la donación de alimentos y las vías para colaborar con dinero. La suma de muchos esfuerzos individuales consiste en tender la mano a quienes más lo necesitan.

Es importante tener en cuenta que más que “buscar comida para los necesitados”,  Coromoto 2020 actúa confiando “con todo el corazón en la capacidad de amar del venezolano”. Todos sabemos que este esfuerzo por ayudar con comida a los que lo necesitan no resolverá los problemas del país. De antemano se sabe que esto no solucionará las causas de nuestra crisis, pero moverse por amor y desear ayudar a otros que de modo urgente, inmediato, necesitan ante todo comer, abre una vía de sanación para esas heridas que son secuelas no solo del hambre física, sino de la emocional.

La crisis que vivimos está cargada en muchos sentidos de violencia y esta iniciativa tan humana puede ayudar a que esos miles de venezolanos necesitados reciban el mensaje de que no son ignorados por una buena parte de la sociedad. La entrega de un kit de comida a una de estas tantas familias no debe interpretarse como una respuesta motivada por la lástima, ni mucho menos como la entrega de un regalo, fruto de lo que “sobra” a algunos. Por eso importa comprender que el móvil es el amor, pues se busca tender una mano “amiga” (como se llaman los colegios) a quienes necesitan ayuda. Advertir la necesidad en otro, acercarse, intentar paliar uno de sus muchos sufrimientos es, sin duda alguna, expresión de que no se es indiferente.

Algo que me ha parecido novedoso y bonito es que los centros de acopio son diversos colegios de la ciudad, cuyos proyectos educativos e incluso espiritualidades (en el caso de los católicos) difieren entre sí, realidad que sugiere que este esfuerzo es por un bien común que nos trasciende. Personalmente pienso que esto de hacer alianzas entre todos los venezolanos que hacen vida dentro o fuera del país es, en estos momentos, esencial. Y un proyecto como este, que busca ayudar –durante el tiempo que se precise– a los que están actualmente en una situación límite aguda, en circunstancias de “inseguridad alimentaria severa” (Susana Raffalli), es una vía que ayuda a muchos a reconocer las necesidades de sus hermanos venezolanos y experimentar la urgencia que hay de trabajar juntos por un mejor país.

Aunque lo ideal es que a esta iniciativa sigan otras más sustentables en el tiempo, como la fundación de una escuela construida con base en la generosidad de muchos, o diversos modos de acompañamiento a todo tipo de necesidad, es esta gran injusticia del hambre lo que podría ayudarnos a advertir los fuertes hiatos entre las varias Venezuela. Por eso urge acortar las brechas y el mejor medio, que puede, además, ser inmediato, es el de atender una necesidad tan básica como la alimentación. Nadie puede rendir en la vida en medio de circunstancias de pobreza tan extremas durante un tiempo tan prolongado. Susana Raffalli habla de estados de “agotamiento” que generan, desde mi perspectiva, una fuerte desorientación existencial. Tras procesos de intenso sufrimiento, las personas precisan de una recuperación que los habilite poco a poco a insertarse en la dinámica de una mínima normalidad. El reto es, sin duda, muy grande, pero aunque sea doloroso e incluso traumático, el lado positivo de esta crisis podría resultar en una mayor unión entre los venezolanos y en un proceso de reeducación importante que acabe por centrarnos más en la realidad.

Pienso que la primera gran presión que necesitamos es la de un amor que sane heridas. Y aunque las que Coromoto 2020 busca curar parezcan solo físicas, dar un paso, en alianza con muchos otros, puede abrir el camino hacia una nueva Venezuela: hacia alianzas de mayor amplitud y alcance, que generen iniciativas que se orienten a subsanar causas más estructurales.

Ofelia Avella
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domingo, 31 de mayo de 2020

OFELIA AVELLA, METAFÍSICA DE LA TRANSICIÓN

En tiempos difíciles, transidos por ideologías destructoras, algunos de los filósofos en los que me he concentrado han ahondado en el valor de la persona humana concreta y en el dinamismo natural, metafísico, de la realidad. Von Hildebrand escribió una metafísica de la comunidad; Gabriel Marcel ahondó en una de la esperanza. Muchos de ellos, asociados a la corriente de pensamiento conocida como personalismo, vieron la necesidad de profundizar en las relaciones interpersonales, en los fundamentos metafísicos de la comunidad, para iluminar la orientación de una Europa fracturada por la guerra y herida en sus entrañas. Sus reflexiones me han llevado a pensar acerca de una metafísica de la transición. Pienso que es posible describirla si atendemos a lo que es el hombre y el curso histórico (a lo que revela de nosotros, y de la realidad, el hecho de estar sujetos al paso del tiempo).

Todos estos pensadores, muchos de ellos católicos, otros protestantes y otros judíos, se iluminaron unos a otros en una búsqueda común por discernir qué revelaban del hombre los sufrimientos experimentados. Con las variantes propias de cada itinerario personal, todos coincidieron en que la naturaleza humana tiende a la apertura y a la primordial relación con los tú que nos son más próximos. La relación base, es decir, la fundamental de las que dependen todas las demás, es la del yo consigo mismo. La primera gran conciliación o disociación emerge en la intimidad y revela la conexión o desconexión entre nuestra inteligencia y nuestro corazón. Cuando aquí hay rupturas, las relaciones personales se tornan conflictivas e impregnan de desencuentros nuestro entorno. Cuando logramos conciliar las tensiones interiores, con humildad y sinceridad renovada (porque esta revisión es permanente), nos disponemos a acercarnos a los demás y abrirnos a lo real (a lo que es): a no eludir.

La turbación y la angustia, la infelicidad y la desesperación, indican que algo en nosotros no va bien. Esta insatisfacción deja en evidencia la pugna tal vez inconsciente con un contrario que desearíamos tener: esa paz y felicidad difícil de encontrar. Nadie que esté en su sano juicio quiere ser infeliz hiriéndose a sí mismo y a los seres que quiere. Esto evidencia que si bien somos libres y por lo mismo distintos unos de otros, hay sin embargo leyes que rigen la naturaleza humana y ponen de manifiesto -en los efectos, en las consecuencias de nuestros actos- la maldad intrínseca de ciertas decisiones, políticas o ideologías. Nuestra Venezuela fracturada es un perfecto reflejo de estos efectos disociadores.

Los seres humanos somos complejos y las variables que pueden intervenir en esa fractura interior de la que hablo son muchas. El odio, los remordimientos de conciencia, la soberbia, la avaricia, la envidia, la malicia del corazón, y ante todo, la falta de sinceridad para reconocer lo que sucede en nuestro interior y poder así re-conciliarnos con nosotros mismos, son siempre realidades que hacen conflictiva la intimidad. A estas tendencias naturales en todo hombre hay que añadir, en nuestro caso, la violencia disgregadora del régimen, orientada intencionalmente a abrir esas heridas con que todos nacemos. Las carencias y dolores de todo tipo agudizan la desesperanza y paralizan, pues el sufrimiento acumulado e intenso surte el efecto de la anestesia: dopa, adormece las emociones y puede llevar a las personas a rendirse ante la sensación de impotencia. El mucho dolor debilita y es también una variable que puede fracturar la intimidad y hacerla manipulable.

Estos filósofos fueron hombres y mujeres de una profunda calidad humana, pues habiendo vivido sufrimientos intensos y desgarradores, optaron por superar el encierro en sí mismos al que puede conducir todo proceso destructor, para conciliar su razón con su corazón, atendiendo al íntimo deseo humano de felicidad. Y este deseo, para ser satisfecho, precisa de la apertura a la realidad y al perdón. La tendencia a desear algo mejor sugiere ya la intrínseca aspiración a la superación de uno mismo y a un fin que trascienda la mera utilidad práctica y oriente las vidas otorgándoles un sentido más profundo.

Experimentamos las consecuencias de un sistema cerrado: replegado sobre sí mismo y de camino, tal vez sin advertirlo, hacia el suicidio. Todo encapsulamiento del yo genera una profunda tristeza disgregadora y desorientadora. La crisis avisa que la obsesión de imponer un plan que no calza con las necesidades humanas -porque es antinatural e inhumano-, puede conducir al país a la violencia. Y avisa, también, que hemos olvidado la intimidad. Por eso todo proceso destructor es deshumanizador.

Resulta esencial atender a cómo es el hombre y cómo es la realidad, a partir de la observación de la experiencia. Todo sugiere que en lo más íntimo aspiramos a la felicidad, a la paz, a amar y ser amados. La dinámica de la cotidianidad evidencia que las comunidades tienen una base ontológica que funda nuestra natural tendencia al diálogo y a la comunión con los demás. Por eso afectan tanto los golpes que la destruyen.

El hecho de que el hombre camine, además, hacia adelante y se abra siempre a un mañana es también indicio de que el curso histórico (la vida) tiende a un fin que debe tener un sentido que trascienda inclusive este tiempo fugitivo, porque de lo contrario, me pregunto, de verdad, ¿qué sentido tiene vivir si todo acabará con la muerte? ¿Para qué tantos esfuerzos y búsquedas? ¿Por qué amar a los seres queridos si todo acabará un día?

En el hombre, todo indica que tendemos a la apertura, al mañana, a la trascendencia de esta vida y a un modo de enlazar con los otros que supera el pragmatismo. Por eso, toda transición comienza en la propia intimidad, cuando reconocemos nuestros focos de maldad y nos abrimos al otro, reconociendo sus necesidades. La verdadera realidad se está imponiendo y nos pide ser mejores. Sin abrirnos al “rostro” del otro, como diría Lévinas, tampoco descubriremos el nuestro. Y por este camino no nacerá un “nosotros” ni una nueva Venezuela.

La transición se concreta en acuerdos; rehace y fortalece vínculos y ante todo, construye: ordena las partes de un todo aclarando el panorama con propósitos orientadores. Todo lo que cada uno hace o deja de hacer, calla o dice, surte efectos en cadenas y en medio de unas circunstancias que nos han forzado a salvarnos por nuestra cuenta, hay que tomar conciencia de que el trabajo es comunitario. Nada deja de tener efectos. Lo pone de relieve la progresiva fragmentación del caos que vivimos.

Empecemos por nuestra intimidad y no olvidemos que el futuro es abierto.

Ofelia Avella
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domingo, 17 de mayo de 2020

OFELIA AVELLA, EL CORAZÓN DE LA TRANSICIÓN

El 4 de mayo, el editorial de Analítica tocó un aspecto que caracteriza “el ánimo” del régimen: el nihilismo. Apoyándose en Ayn Rand, la escritora ruso americana, para quien “esta corriente es una abdicación de la razón y de la búsqueda de la felicidad”, quien escribe concluye que no parece posible “lograr que los nihilistas entren en razón  si su esencia es precisamente la de ser irracionales”, pues está visto que el objetivo es destruir.  

Unos días después, el 7 de mayo, el editorial de El Nacional explicó con bastante claridad un término que define bien lo que está resultando ser el régimen actual y el país al que pretende gobernar: “un Estado loco”. Llamó mi atención que la “irracionalidad” equivale aquí a una racionalidad que no es “normal”. Y es que a todos nos confunde la racionalidad que subyace a la alta capacidad de generar caos. ¿Es o no es esta locura irracional? ¿Por qué entonces la efectiva racionalidad que dificulta comprender con claridad?

Pienso que la patente racionalidad orientada a dañar implica a un corazón pervertido. El hombre no puede prescindir de su razón, pero esta puede verse afectada, bien sea por una enfermedad psiquiátrica (excepción que considera el editorial “Estados locos” y que no aplica al régimen), o por una “anormalidad” que uno no sabe bien cómo se asocia a la “racionalidad” (por eso es “no normal”). Para mí, ese algo “no normal” anida en la malicia del corazón. La “racionalidad”, efectivamente, se mantiene, pero se orienta a destruir porque es maligna y fría: no está teñida de afectividad. Por eso asombra y es “imprevisible”; por eso a nadie se le ocurrían los planes de Hitler o Stalin, pues tal lucidez se explica por provenir de corazones endurecidos, inhumanos: disociados de una razón “normal”, que Zubiri llamaría “inteligencia sentiente” (porque al conocer, también ama y sufre: siente). Esta racionalidad “no normal” no siente.

Lo del nihilismo es interesante, porque efectivamente el mal no tiene centro de unidad: su índole es síntoma de una fractura interior que le impide tener un objetivo unificador que confiera sentido a la vida, a nuestros esfuerzos, sufrimientos e intentos por salir adelante como sociedad. Por eso fragmenta, divide, destruye, fracciona: despedaza y escinde. Un régimen así no puede ser fuente de felicidad para sus ciudadanos porque él mismo, encapsulado en su obsesión por el poder, se autodestruye al tiempo que lo destruye todo. Todo en él deriva en una especie de “autofagia espiritual” (con efectos materiales, por supuesto), como diría Gabriel Marcel.

Yo no sé de política, pero como venezolana pienso en mi país como tantos otros y me parece ver lo siguiente: si la anormalidad que nos parece subyacer como un misterio en esa “racionalidad” que advertimos está afectada por el corazón, es también en ese centro donde debe repararse la fractura si vamos a procurar algún tipo de transición. Si el quiebre está en ese centro de unidad (de integración) que confiere sentido a la historia (a las vidas), desatenderlo podría conducirnos a uno de esos extremos probables impregnados de nihilismo: un orden rígido que asfixie (una dictadura más feroz que pretenda acabar con el desorden) o una anarquía que derive en una disolución grave y en un caos más profundo.

Una eventual transición debe contemplar una sincera atención a nuestro corazón. Y lo que digo no es poesía. Evidentemente no es el modo convencional de ofrecer una solución política, pero esta es la manera en que puedo explicar lo que veo. Al final, somos seres humanos y hay sociedad porque hay hombres. Por eso pienso que san Agustín podría iluminar las mentes de quienes sí saben de política y serían eventualmente los responsables de un cambio en el país.

Sus dos ciudades, la de Dios y la terrena, se han interpretado muchas veces de un modo erróneo. La primera no puede identificarse literalmente con la Iglesia, así como la segunda tampoco se identifica con el Estado. Ambas ciudades, fundadas por dos amores, son “místicas”, pues anidan en los corazones humanos que van de camino hacia la eternidad. Se entiende así que un no bautizado o un preso en la cárcel puedan estar más cerca de Dios si sus intenciones son más puras, que un cristiano o un hombre en apariencia “justo”, pero de corazón perverso, cuyos intereses (amores) se orienten a la avaricia de bienes pasajeros, a satisfacciones efímeras y a la destrucción del prójimo.

Agustín intenta transmitir que, en esta vida, el trigo se confunde con la paja. Ningún hombre es absolutamente bueno ni absolutamente malo. Es cierto que hay corazones endurecidos y otros muy nobles, pero las malas tendencias se anidan en todos los seres humanos; por eso la lucha es ante todo interior, pues es allí, en la intimidad, donde ambas ciudades se confunden. La decisión de esmerarse por tender a una de las dos es una especie de alianza entre la conciencia y su amor al bien y la verdad. Algo que en su total transparencia solo ve Dios y que en lo relativo a la intimidad de los demás, desconocemos en profundidad.

Salvando todas las distancias, Viktor Frankl dice algo parecido en su libro El hombre en busca de sentido. Su experiencia del mal en un campo de concentración, le llevó a descubrir que esas dos ciudades agustinianas (analogía que hago yo) están efectivamente mezcladas en esta vida, pues aunque por fuera veamos un objetivo cúmulo de situaciones injustas concentradas en un grupo humano (en este caso, los nazis), en el interior de las conciencias camina paralelamente otra historia que no nos resulta de modo inmediato evidente. En el campo vio sufrir a mucha gente, pero un dolor añadido fue ver las mezquindades de algunos de sus hermanos judíos que hacían lo que fuera con tal de salvar su pellejo. Algo no esperado fue haber experimentado comprensión y manifestaciones de bondad por parte de algunos soldados nazis, a quienes protegió junto con otros compañeros, para responder por ellos ante la llegada de los aliados.

Comprender que la bondad y la maldad humana no califican de modo absoluto a ninguna de las partes implicadas en un conflicto es difícil, pues a veces es patente la ineficacia intrínseca (una anormalidad impregnada de nihilismo) en uno de los grupos implicados, a la que se debe poner fin por el bien de todos.

Lo que intento decir es que en medio de tanta gente debe haber algunos, tal vez atrapados en su conciencia, fundamentalmente entre los militares, que vean, con una racionalidad “normal”, que la actual metáfora del país es un avión que se viene abajo con el oro de una tierra de gracia que parece haber sido violada por el demonio.

No habrá verdadera paz, sin embargo, sin justicia, porque el amor “se devalúa” sin esta última, como escuché decir a alguien. Tampoco hay verdadera justicia sin perdón, porque también es cierto que “la letra mata y el espíritu vivifica”.

Como todo es bastante complejo y precisamente porque no vemos mucho de lo que ocurre en los diversos ambientes ni en la intimidad de tantas conciencias, pienso que nos ayudaría pedir a la Virgen de Coromoto lo mismo que le pidió Juan Pablo II en 1985 en ese acto en que ofreció a su persona a todos los hijos de esta tierra: “ilumina los destinos de Venezuela”, porque somos simples hombres tratando de resolver grandes problemas.

Ofelia Avella
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domingo, 3 de mayo de 2020

OFELIA AVELLA, EL TRABAJO DE CUIDAR AL MUNDO

Si bien cada país se ha visto afectado de modo distinto por sus particulares circunstancias, lo que ha vivido y vive el mundo nos ha recordado muchas verdades que el agite diario puede ensombrecer, o acostumbrarnos a ver como “normales”. Tener a los seres queridos cerca, estar vivos, tener un trabajo estable, salud, recursos que parecían prometer todo lo que podíamos desear, son realidades que se han visto un poco estremecidas y se han puesto de relieve con un valor que tal vez nos era inadvertido.

Me gustaría transcribir una carta que escribió monseñor Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, porque pienso que puede ayudarnos a ver con ojos nuevos tantos de estos aspectos que a veces pierden su brillo:

«El Día del Trabajador, este año, invita a considerar diversas realidades y aspectos, que la crisis del coronavirus ha puesto más de relieve: que en el mundo hay tantísimas personas buenas; que el progreso ha de ir unido a un dominio de la naturaleza que sea a la vez respeto; que dependemos unos de otros; que somos vulnerables y que una sociedad, para ser humana, necesita ser solidaria.

En la respuesta a la pandemia, resaltan sobre todo las profesiones relativas al cuidado de las personas. Palabras relacionadas con “cuidar” ocupan los titulares: acompañar, llorar, proteger, escuchar… Esta situación nos hace pensar sobre el “para qué” y el “hasta dónde” de cualquier trabajo. De alguna manera, comprendemos mejor que el servicio es el alma de la sociedad, lo que da sentido al trabajo.

El trabajo es más que una necesidad o un producto. El libro de la Sagrada Escritura que relata los orígenes de la humanidad señala que Dios creó al hombre “para que trabajara” y cuidara del mundo (Génesis 2,15). El trabajo no es un castigo, sino la situación natural del ser humano en el universo. Al trabajar, establecemos una relación con Dios y con los demás, y cada uno puede desarrollarse mejor como persona.

La reacción ejemplar de tantas y tantos profesionales, creyentes o no, ante la pandemia, ha manifestado esta dimensión de servicio y ayuda a pensar que el destinatario último de cualquier tarea o profesión es alguien con nombre y apellido, alguien con una dignidad irrenunciable. Todo trabajo noble es reconducible, en última instancia, a la tarea de “cuidar personas”.

Cuando procuramos trabajar bien y en apertura al prójimo, nuestro trabajo, cualquier trabajo, adquiere un sentido completamente nuevo y puede hacerse camino de encuentro con Dios. Hace mucho bien integrar en el trabajo, aún el más rutinario, la perspectiva de la persona, que es la del servicio, que va más allá de lo debido por la retribución percibida.

Como ya en los primeros tiempos del cristianismo, se advierte también ahora con fuerza el potencial de cada laico que intenta ser testigo del Evangelio, codo con codo con sus colegas, compartiendo pasión profesional, compromiso y humanidad en medio del sufrimiento presente provocado por la pandemia y la incertidumbre futura.

Todo cristiano es “Iglesia” y, a pesar de las propias limitaciones, en unión con Jesucristo puede llevar el amor de Dios “al torrente circulatorio de la sociedad”, en una imagen que usaba san Josemaría Escrivá, que predicó el mensaje de la santidad a través del trabajo profesional. También con nuestro trabajo y nuestro servicio podemos hacer presente el cuidado de Dios hacia cada persona.

La celebración del Primero de Mayo es hoy también preocupación por el futuro, por la inseguridad laboral a corto o medio plazo. Los católicos acudimos con especial fuerza a la intercesión de san José Obrero, para que nadie pierda la esperanza, que sepamos ajustarnos a la nueva realidad, que ilumine a quienes tienen que tomar decisiones y que nos ayude a comprender que el trabajo es para la persona y no al revés.

En los próximos meses o años, será importante “hacer memoria” de lo vivido, como pedía el papa Francisco, y recordar que “nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos”.

Ojalá este Primero de Mayo nos lleve a desear que la libertad recuperada al término del confinamiento sea verdaderamente una libertad “al servicio de los demás”. El trabajo se hará entonces, como es el designio de Dios desde el principio, cuidado del mundo, en primer lugar, de las personas que lo habitan».

Ofelia Avella
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martes, 21 de abril de 2020

OFELIA AVELLA, METAFÍSICA DE LA COMUNIDAD

De tanto en tanto, cuando los seres humanos han visto tambalear sus seguridades, han sentido también la necesidad de reflexionar sobre lo que es el hombre y su relación con los demás. Metafísica de la comunidad es el título de un libro del filósofo Von Hildebrand.  Una filósofa que le fue cercana, en amistad e inquietudes, Edith Stein, comenta sus ideas en un artículo que ha iluminado el mío.

La época que vio desarrollar las inquietudes de este grupo de filósofos muy unidos en intenciones, estaba dominada por un relativismo, un determinismo y un naturalismo sin alma muy arraigado en los ambientes. El dolor, con su crudeza, forzó a muchos a volver el rostro a la realidad: a una que no era una mera idea, sino la vida misma. No bastó una Primera Guerra ni el desmoronamiento de los imperios, sino que a la posguerra –más dura que la guerra, según dicen-, siguió una segunda, generadora de más heridas y sufrimientos.

En contextos como estos, acaecidos tantas veces a lo largo de la historia, los seres humanos experimentan la vida como un soplo ligero, de una duración muy frágil. Todas esas estructuras e instituciones que pudieron haber parecido tan estables, pueden llegar a un fin, tras un largo proceso, ciertamente, pero al término de una era, de un período, que incluimos después en un libro de historia.

Es lógico que en momentos de desconcierto, de dolor, de guerras (como fue el caso de estos filósofos), muchos se asombren de los terribles frutos del odio y deseen, por lo mismo, ahondar en lo contrario: el amor. Cuando se advierten tantos cambios en el entorno y se ve el futuro incierto, siempre abierto, junto a la fragilidad de la vida, se empieza también a sentir hambre de estabilidad.

Es interesante que Von Hildebrand hable de una metafísica de la comunidad, así como Marcel habló de una metafísica de la esperanza. La experiencia de ambos, y de tantos otros, fue la de la necesidad de encontrar un fundamento común a todos los hombres: algo que diera una razón más profunda de nuestro coexistir en el período histórico que nos toca vivir.

La comunidad tiene su raíz en las personas concretas. La primera gran relación que debe estar bien resuelta para lograr entrar en una comunión profunda con otro es la de cada uno consigo mismo. Esta primera congruencia o desavenencia se despliega luego en las relaciones con los otros más próximos, para extenderse luego a una comunidad más amplia. Pero siempre la “actitud del otro” es acogida y “retribuida”, bien sea en la “compenetración del amor” o en la del odio.

No somos islas. Nuestra presencia entre otros, tanto como nuestra incidencia en el ambiente, impacta siempre. Además, lo fundamental es que lo que hace posible una comunidad son esas exigencias naturales en el ser humano: es la misma “estructura de la persona” lo que nos lleva a tender a la comunión con los otros.

Lo más “común” a todos es que somos seres humanos: esta es como la estructura del edificio que se quiere levantar. La intimidad de la comunión espiritual con nuestros compañeros de camino en esta vida no es siempre, por supuesto, igual de unitiva. No es lo mismo amar a un hijo, a un esposo, a una madre, que a una amiga, a un compañero de trabajo o a un desconocido. Pero si nos hacemos conscientes de que toda comunidad empieza a fundarse en esa primera relación más cercana yo-tú, ese buen espíritu de una comunión sana irradiará su amor a esos con los que compartimos nuestra historia.

Por más oculto que parezca el cambio interior, es de allí de donde nace toda apertura a la comunidad. Esa ha sido siempre la fuente de toda renovación profunda en los ambientes y en el mundo. Buscar lo común: lo más íntimamente común, eso que nos hace humanos, para hacer de nuestro entorno una verdadera comunidad.

Los momentos difíciles centran más en la realidad y obligan a ver las cosas con una mayor cercanía. Es una oportunidad con la que podemos intimar en estos tiempos.

Ofelia Avella
ofeliavella@gmail.com
@ofeliavella
@ElNacionalWeb

domingo, 5 de abril de 2020

OFELIA AVELLA:HACIA UN HUMANISMO CRISTIANO

No es posible agotar un tema tan importante en un solo artículo, pero intentaré esbozar unas primeras ideas en las que profundizaré más adelante. Se trata además de una inquietud con la que crecí y que sin pretenderlo mucho, me ha ido implicando con los problemas del país, pues no es posible vivir aquí sin advertir lo poco cubiertas que están tantas necesidades básicas en muchos venezolanos.

Para hacer un apretado resumen e ir al núcleo de lo que deseo transmitir, me centraré en las ideas tratadas en el capítulo “¡No tengáis miedo!” de la biografía escrita por Weigel sobre Juan Pablo II y, más concretamente, en el apartado que aborda la visita del Papa a Puebla (en México) en 1979  y el significado de la liberación cristiana.

El tema a tratar en su participación en la asamblea general de la Celam (Consejo Episcopal Latinoamericano) era “la cuestión de qué clase de Iglesia iba a ser en América Latina el catolicismo posterior al Vaticano II”, pues “la solución a la pregunta determinaría el futuro de una mitad del catolicismo mundial”.

El Vaticano II preveía un diálogo del humanismo cristiano con la modernidad, de modo que las estructuras sociales se abrieran a un gradual cambio que redundara en todo tipo de beneficios para los pueblos. En nuestros países, las inquietudes giraban en torno a las injusticias sufridas por los más pobres y la urgencia de satisfacer sus demandas. Así, “después del Vaticano II, la pregunta no era si la Iglesia se comprometía con los profundos problemas y las injusticias con que se enfrentaban los pobres de América Latina, sino cómo lo haría”. Algunos se inclinaban por una “estrategia revolucionaria, inspirada en las categorías marxistas del análisis social y económico”. Otros insistían en lo que yo veo como fundamental: más que las llamadas “estructuras de pecado”, el núcleo de toda transformación es el corazón humano, pues lo que nos daña proviene de esa intimidad en la que cada uno se decide o no, a amar. Lo que brota hacia afuera es solo una consecuencia de lo que hay dentro.

La Iglesia no puede “tomar postura” por unos “en contra” de otros. Ese no es el mensaje de Jesús, quien vino a dar su vida por todos. Es cierto que “en América Latina, la Iglesia tenía un déficit histórico en dar poder a los pobres. El hecho de haber estado aliada demasiado tiempo con la oligarquía y los privilegios la había llevado a perder su incisividad profética en el trato con el poder terrenal.” Se precisaba, sí, de una renovación, como lo han requerido también tantos otros momentos de la historia. Había que “devolver la Biblia al pueblo” y “vincular la liturgia de la Iglesia y la celebración de los sacramentos a la vida diaria de la gente”: algo en lo que insistían las teologías de la liberación.

Ahora bien, Juan Pablo II dejó claro que Jesús no podía ser reducido a un revolucionario, a un Libertador, que incitara a la violencia. El Hijo de Dios había venido a salvar a todo el género humano y solo en virtud de la conversión de cada uno podía generarse un impacto sobre la dinámica política, social y económica de los pueblos. La violencia, la rabia interior, toda pasión irracional –no dominada- que derive en un enfrentamiento con el prójimo, no es cristiano. Por eso, cuando se interpretan los documentos de la Iglesia desde la óptica del marxismo, la liberación se reduce a sacar al otro de una situación de opresión criticable, injusta, sí, pero no la fundamental, pues esta última remite a su situación interior. Para que el amor invada el corazón, todo hombre debe disponerse -si quiere- a la purificación de todo lo que le es contrario. Algo difícil, pero lo realmente reclamado por Jesús.

Cuando Él curaba a los enfermos, también les perdonaba sus pecados. Se aseguraba, además, de decirlo, pues el milagro material era signo de lo que podía hacer en las almas: “¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o «Levántate y camina?». Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vuelve a tu casa” (Lc 5, 23-24).

Así, pues, en Puebla, Juan Pablo II insistió en que la verdadera liberación provenía del humanismo cristiano, no politizado y secularizado, del Vaticano II. El contenido salvífico del Evangelio no debía ser interpretado desde las categorías de opresores y oprimidos en enfrentamiento continuo. Acostumbrado, además, a lidiar “con la cuestión moral de la violencia revolucionaria como respuesta a la injusticia social” (experimentada en Polonia), el Papa sabía bien de qué hablaba. Muchos lo tildaron, sin embargo, de “conservador” y “ortodoxo”. Poco después, cuando habló en Culiacán, manifestó esa “sed de justicia” de la que hablan las bienaventuranzas. De un modo apasionado, como sugiere Weigel, “cargó contra las injusticias que habían alterado las vidas de los pobres de América Latina y acusó a los responsables de que siguiera oprimiéndose a los que no tenían poder”.

Muchos interpretaron que ambos discursos eran contrarios, pero lo cierto es que hablar de la conversión del corazón no equivale a ser “conservador teológico”, así como exigir justicia no implica ser “malo”, “liberal social y político”. Lo que el papa había dicho en Puebla “estaba implícito” en lo que dijo en Culiacán, donde habló con fuerza sobre las injusticias que sufren los más pobres. La santa sed de justicia no está  penetrada de rabia, sino movida, al contrario, por un profundo deseo de que el reino de Dios, con su poder transformador de los corazones, baje a la tierra, pues el verdadero amor mueve a actuar al alma en la que habita.

La palabra de Dios, impregnada de amor, nos salva a todos en nuestras personales circunstancias. Todo es bastante más complejo: la riqueza y la pobreza no son exclusivamente materiales. Las hay también espirituales, lo que no excluye la necesidad de solucionar -de manera urgente- los problemas de los más pobres.

El punto es que la Iglesia y, por tanto, el humanismo cristiano “«no necesita recurrir a sistemas ideológicos  para amar, defender y colaborar en la defensa del hombre». Le basta con mirar a Cristo”. El no odió a nadie y ese es el amor que pide a quien quiera seguirle.

Digo esto porque al marxismo subyace un “error antropológico” grave que penetra luego la política y la economía. Bajo esta óptica el hombre es un ser anónimo que se reduce a una pieza del engranaje de una dinámica en la que se le oprime. Un verdadero humanismo reconoce en el hombre a una persona con una particular vocación: con talentos que deben ayudársele a descubrir y desarrollar para que, lográndolo, se inserte en la dinámica de la sociedad siendo actor de su vida y no esclavo de los demás o una “víctima de fuerzas ciegas”.

Con la pandemia, nuestro mundo está evidenciando que los hombres nos necesitamos unos a otros. Muchos han experimentado la alegría de servir a los más vulnerables ante la llamada a responder hasta el “extremo” en la donación de sí mismos. Otros han experimentado la necesidad de ser amados y ayudados. El valor de la vida ha adquirido otro rostro al recordarnos nuestra finitud.

Nuestros problemas, como país, ameritan de una visión del hombre que redefina nuestra ubicación en el mundo y que trascienda, al hacerlo, esas categorías de explotadores y oprimidos que tanto daño nos ha hecho. Más allá del fracaso económico innegable, una de las grandes lecciones palpables es que el desorden que se ha desbordado nace en el corazón del hombre, independientemente de su clase social. Pienso que urge ahondar en una antropología que responda a las más íntimas exigencias del ser humano: una que disponga a la comunión con los demás y en concreto, con los más vulnerables. De lo contrario, todos los esfuerzos por salir de este colectivismo sin alma podrían revertirse, pues los problemas que teníamos se han agravado. Y mientras haya pobreza, el marxismo y el recurso a la violencia son siempre una amenaza.

La Iglesia, con su mensaje de amor, puede ayudarnos mucho en este proceso de clarificación de lo que sea el verdadero humanismo cristiano. Pienso que nuestras circunstancias nos piden ver que todas las vidas están entrelazadas y son muchas las personas que precisan de ayuda (bien sea material o espiritual) para surgir.

Ofelia Avella
ofeliavella@gmail.com
@ofeliavella
@ElNacionalWeb

martes, 24 de marzo de 2020

OFELIA AVELLA, UNA MIRADA NUEVA

Pienso que todas las circunstancias tienen un sentido. Es cierto que a veces no se le discierne con facilidad, pero justo en lo que consideramos males, hay gracias ocultas, más preciosas que las visibles. Esta pandemia altera nuestra percepción de las cosas, nuestros esquemas de pensamiento y nuestra valoración de la vida y las relaciones humanas. Tanto como lo pudieron hacer tantas guerras, tantas catástrofes naturales, tantas situaciones que han podido resultar extrañas a los hombres a lo largo de la historia, por haber parecido en su momento (y todavía) más ficción que realidad. Y es que a veces las “llamadas” o “invitaciones” para que cambiemos ciertas actitudes, vienen “disfrazadas” de acontecimientos que nos fuerzan a mirar la vida de otro modo.

Asombra que el mundo entero se haya hecho tan pequeño de pronto. En segundos, los países desarrollados dejaron de sentirse seguros en un patio que no les resultaba riesgoso. En poco tiempo, todos nos hemos llegado a reconocer como iguales. Ver alterados nuestros planes; tener que abrirnos forzadamente a la indeterminación, a un futuro sin condiciones, a un aislamiento que nos detiene y nos hace pensar, no es en sí mismo malo. Un simple virus nos lleva a reconocernos como lo que somos: seres humanos.  Ver la muerte tan cerca, tan posible, tan real. Advertirnos frágiles, vulnerables, limitados, nos asombra quizás por la costumbre de imponerle nosotros condiciones a la vida.

Enfrentar que no lo controlamos todo; que siempre se nos escaparán cosas de las manos; que la realidad se impone y nos supera; que no somos Dios, en definitiva, no es en sí mismo malo. Debería, de hecho, ser una percepción bastante más común de lo que es. No quiero decir con esto que subestimo la vida. La considero, por el contrario, muy valiosa; pero eventos como los que nos afectan dejan en evidencia que tanto como sagrada, la vida es también un soplo. Lo que la hace, tal vez, más preciosa. Por eso cabe aquí la reflexión que hace un Abad cisterciense a raíz de la situación actual: “(Dios) nos revela de esta manera que nuestra vida, tanto en la prueba como en el consuelo, tiene un significado infinitamente mayor que la resolución del peligro presente. El verdadero peligro que se cierne sobre la vida no es la amenaza de muerte, sino la posibilidad de vivir sin sentido, de vivir sin tender hacia una plenitud mayor que la vida y una salvación mayor que la salud”.

Esto no quiere decir que no debamos cuidarnos y obedecer las medidas que han tomado las autoridades civiles, pues todos somos responsables unos de otros. Lo que él transmite es que tenemos la oportunidad de detenernos para reflexionar sobre el sentido que tiene nuestra vida, lo que nos llevará a valorarla todavía más. El encuentro con los otros, en las pruebas, así como con ese otro que nos sostiene en el ser, debería ayudarnos a trascender lo inmediato para conferirle un significado más profundo a lo que hacemos. El Abad cita el Salmo 45, en el que Dios nos pide detenernos para que reconozcamos que Él es Dios, de modo que no temamos nunca ante lo que pueda ocurrir en nuestra vida. Dios, dice el Abad, “entra en nuestras pruebas, las sufre con nosotros y por nosotros hasta la muerte en la cruz”.

Esta clausura universal ha puesto a los monjes a escribir al mundo. Algo hermoso y particular. El hombre moderno, dice el Abad, no está acostumbrado a detenerse y resulta que ahora el mundo está detenido. “La situación actual –sigue diciendo el Abad Mauro-Giuseppe Lepori, monje cisterciense- nos recuerda a nosotros y a todos los cristianos un poco lo que dice San Benito sobre el tiempo de Cuaresma (cf. RB 49,1-3): deberíamos vivir siempre así, con esta sensibilidad al drama de la vida, con este sentido de nuestra estructural fragilidad, con esta capacidad de renunciar a lo superfluo para salvaguardar lo más profundo y verdadero en nosotros y entre nosotros, con esta fe de que nuestra vida no está en nuestras manos sino en las manos de Dios.

También deberíamos vivir siempre con la conciencia de que todos somos responsables unos de otros, solidarios unos con otros para bien o para mal, de nuestras elecciones, de nuestros    comportamientos, incluso    los    más    ocultos    y    aparentemente insignificantes” 
(https://alejandromarius.wordpress.com/2020/03/18/el-verdadero-peligro-de-la-pandemia/).
Recomiendo la lectura de esta bella carta. Es bueno tomarse el tiempo para hacerlo. En estos momentos disponemos de mucho más que antes.

Ofelia Avella
ofeliavella@gmail.com
@ofeliavella

domingo, 17 de noviembre de 2019

ACTUALIZACIÓN, EL REPUBLICANO LIBERAL II, LUNES 18/11/2019

ISABEL PEREIRA PIZANI: TRAICIÓN A LA PATRIA, RESPONSABILIDAD E IGUALDAD

Unknown en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 7 minutos
*Primera.* Una de las acusaciones más usadas por el régimen para exterminar a todo oponente es acusarlo de traidor a la patria. Entenderlo es esencial para continuar luchando por la libertad. Comencemos por evaluar lo que se llaman derechos adquiridos y contrastarlos con nuestras responsabilidades, obligaciones y tareas. Nuestra Constitución concede más de 50 derechos y casi solo 3 obligaciones: Defender a Venezuela, respetar la Constitución y acatar el servicio militar. El saldo debe permitirnos reflexionar por qué la disparidad entre deberes y derechos. ¿Por qué con tanta facilid... más »

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ: LAS SEMI VÍRGENES

Unknown en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 21 minutos
Con la simpleza de que la salsa del pavo debe servirle a la pava se quiere dar lecciones de filosofía política coloquial, para justificar cualquier cosa, conforme si se es de la alt left o la alt rigth. En la región existen democracias como Chile, Colombia, Ecuador, Panamá y Uruguay y también autoritarismos plebiscitarios, semidemocracias, que encarnaron con el socialismo XXI y la salsa no es la misma. A la alt lef le parecen comprensibles los vandalismos en Chile contra la desigualdad y a la otra cualquier cosa que se haga contra Morales y cuidado con la receta para adobarlas. Bal... más »

EMILI J. BLASCO: EL FRAUDE ELECTORAL EN BOLIVIA TIENE LAS HUELLAS DE VENEZUELA Y CUBA

Unknown en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 45 minutos
La existencia de un sistema informático paralelo al proceso de voto y recuento manual avala el propósito de manipulación El fraude electoral en Bolivia reproduce algunas de las pautas seguidas por el chavismo en Venezuela para la manipulación de las elecciones, a su vez ingeniadas en Cuba. No se trata de procesos exactamente iguales –de entrada, en la propia Venezuela las tácticas de la usurpación del voto han ido variando de una elección a otra–, pero hay patrones muy parecidos, lo que lleva a sospechar acerca del asesoramiento chavista y, en última instancia, cubano. Ya han qued... más »

OFELIA AVELLA: CIELO E INFIERNO

Unknown en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 54 minutos
A veces imaginamos las realidades últimas como lugares en los que podríamos llegar a estar después de esta vida. Lo cierto es, sin embargo, que ya desde ahora se incuba dentro de nosotros algo de esa felicidad futura o tal vez mucho de esa frustración existencial que será después permanente. El tema ha venido a mi mente no solo porque he tenido que estudiar La ciudad de Dios de san Agustín, sino porque he visto unas series de televisión que, aunque viejas, tratan sobre Lucifer y sobre cómo será la vida después de esta. Más que lo graciosas e interesantes (por plantear el tema) que ... más »

CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO: INTEGRISMO E INTOLERANCIA LA CRÓNICA MENOR

Unknown en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 1 hora
Vivimos tiempos recios en los que parece imponerse la fuerza de quienes desde el poder o desde el sentirse únicos dueños de la verdad, pisotean la libertad individual, la dignidad de cada persona, queriendo convertir las sociedades en mansas manadas de ciegos seguidores, a los que no les queda otro camino sino sobrevivir aceptando aunque sea a regañadientes las directrices de los nuevos esclavistas del siglo XXI. Escribió García Sanmiguel que “la concepción integrista desconoce la suprema dignidad humana. Al pretender dirigir al hombre hacia el bien, desconoce un hecho elemental: q... más »

RUBÉN CONTRERAS: LAS VITRINAS DEL ESTADO VARGAS

Unknown en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 1 hora
El 13/11/2019, tuve la oportunidad de asistir al foro organizado por el Instituto de Formación y de Políticas Públicas El IFEDEC, para escuchar la excelente exposición del Dr. Oscar Meza, quien dirige el CENDAS, titulado El Colapso de Un País llamado Venezuela. La exposición del Dr. Meza fue brillante, con argumentos muy sólidos y soportes de datos y cifras oficiales de organismos como el banco central de Venezuela y del ministerio de finanzas, acerca de cómo el socialismo del siglo XXI ha destruido a nuestro país. AL concluir dicho foro y conversar con algunos compañeros y amigos,... más »