El 1 de enero de 2019 se
cumplen 60 años de iniciada la Revolución Cubana. ¿Hasta cuándo durará ese
engendro?
El viernes 7 de
diciembre de 2018, D. Luis Almagro, Secretario General de la OEA, puso el
acento donde debía. Dijo que la Cuba de los Castro es el origen de todos los
desórdenes políticos de América Latina y así había sido desde 1959.
Adviertan que yo dije la
Cuba de los Castro y no la Cuba comunista. El comunismo es una expresión de la
desdicha política, pero puede ser de puertas adentro. Fidel y Raúl, en cambio,
le agregaron un violento espasmo imperial que no ha cesado.
¿Por qué sucedió este
fenómeno? Cuando Fidel Hipólito Castro tuvo la edad legal para cambiarse el
nombre se convirtió en Fidel Alejandro Castro.
Su modelo era el
enérgico macedonio que construyó muy rápidamente uno de los mayores imperios de
la historia.
La primera juventud de
Fidel Alejandro Castro fue la de Cayo Confite en 1947, una expedición
organizada por la Legión del Caribe y, fundamentalmente, por los cubanos.
Ya estaba en marcha, ya
se había movilizado, el Alejandro Magno cubano, aunque nadie lo advirtiera.
Aunque abortado por el
Departamento de Estado, fue un esfuerzo descomunal que incluía 2,700 hombres,
donde predominaban los dominicanos y los cubanos (casi el doble de Bahía de
Cochinos) y 27 aviones y avionetas.
Por cierto, cuando tuvo el mando de Cuba, Fidel hizo
matar a dos de los jefes de esa expedición, sus enemigos jurados Eufemio
Fernández y Rolando Masferrer.
A Eufemio lo fusiló en
1961, y a Masferrer le dinamitó el auto en Miami en 1975. También lo han
acusado de participar en el atentado a un tercer jefe de Cayo Confite, a Manolo
Castro, con quien no tenía parentesco. Manolo Castro fue asesinado en febrero
de 1948.
Semanas después, en
abril de 1948, le tocó el turno al Bogotazo. Ahí Fidel Castro vio alguna acción
y le tomó el pulso a la muerte. Todo eso reforzó su vocación, como me expresó
alguna vez un comandante nicaragüense, de “nido de ametralladora en
movimiento”.
En 1952 Fulgencio
Batista dio un golpe militar contra el gobierno legítimo de Carlos Prío y se
desató para siempre Fidel Alejandro Magno. La violencia era la atmósfera que le
convenía.
En 1958, en la Sierra
Maestra, se lo dijo en una carta a su amante, secretaria y amiga íntima Celia
Sánchez: tras la derrota de Batista pensaba dedicarse a combatir a Estados
Unidos.
Fidel Alejandro deliraba
con sus planes de conquista planetaria. Se lo repitió al historiador venezolano
Guillermo Morón en 1979.
Cuando se convirtió en
el amo de Cuba, utilizó la Isla para lanzar a sus guerrillas y a sus
agentes a docenas de países, hasta
convertirse en el más audaz condottiero revolucionario de la segunda mitad del
siglo XX.
Pero más grave aún es
que le impuso a su gobierno y a la sociedad cubana su propia naturaleza
aventurera, de la cual es difícil sacudirse, aunque la infinita mayoría de los
cubanos piense que fue y es una locura persistir en esas locas tareas.
El intervencionismo de
Fidel Castro llegó a su apogeo durante su invasión a Angola, en África: la más
larga operación militar que recuerda la historia de América: de 1975 a 1991.
Fueron los soviéticos los que, contra la voluntad del cubano, lo forzaron a
dejar su presa africana. Quedó muy molesto por ese abandono de Gorbachov.
Por eso, tras tres
décadas de intensa colaboración con Moscú, cuando desaparecieron la Unión
Soviética y el comunismo europeo, Fidel Alejandro siguió batallando solo.
Continuó, como un obseso, “haciendo la revolución” a tiros.
Fidel Alejandro no creía
en el descanso o en el abandono. La “luta continua”, como decían los
mozambiqueños.
Pero no estuvo solo
mucho tiempo. Buscó a Lula da Silva y, con los escombros del comunismo
destrozado, más la potencia del Partido de los Trabajadores, armó el Foro de
Sao Paulo. Lo hizo para protegerse y para continuar luchando.
Los españoles tienen una
expresión entre humorística y barroca para describir esa conducta: Fidel era
inasequible al desaliento.
No le importaba que el
marxismo-leninismo hubiera sido desacreditado. Le seguía sirviendo de pretexto
para continuar su incesante contienda.
Tampoco le interesaba el
destino económico de los cubanos, ya sin el amparo de los subsidios soviéticos.
Unos cuantos millares de
cubanos se quedaron ciegos como consecuencia de la neuritis óptica producida
por la desaparición de la magra ración de proteína que los protegía.
Era el “periodo
especial”, del cual ni siquiera hemos salido tras casi treinta años de penurias
inútiles.
Fidel, estaba dispuesto
a “sostenella, pero no enmendalla”, como reza la divisa de los peores
empecinados españoles, esa pobre gente que confunde la terquedad con el
carácter.
Así las cosas, en 1994
apareció Hugo Chávez en el panorama isleño y Fidel lo conquistó para sus planes
delirantes. A Fidel Alejandro le pareció una variante del idiota útil.
No lo quería demasiado,
al extremo que desvió las relaciones del venezolano hacia su entonces
Canciller, Felipe Pérez Roque y hacia su segundo al mando, Carlos Lage –luego
ambos fueron defenestrados- porque a los ojos racistas y encumbrados de Fidel
Alejandro, Chávez le parecía (y lo dijo en privado) un “negrito parejero”.
Se colocaba “parejo” a
él y eso era intolerable.
Tampoco era difícil
seducir a Chávez. En ese momento el teniente coronel Hugo Chávez estaba bajo la
influencia de Norberto Ceresole, un fascista argentino que provenía del
peronismo de izquierda.
Ese asesor fue bien
pagado y se retiró a rumiar su molestia. Luego optó por morirse alejado del
mundanal ruido.
A principios de 1999 los
agentes y operadores políticos de la Seguridad cubana lograron hacer presidente
de Venezuela a Hugo Chávez. Cuando asumieron su causa apenas tenía el 2% de
apoyo popular.
Como la suerte le
acompañaba en su periodo presidencial, hasta que apareció el cáncer cono un
ladrón silencioso, el precio del petróleo subió escandalosamente y Fidel Castro
pudo financiar su nuevo juguete imperial: el Socialismo del Siglo XXI (Cuba, Venezuela,Nicaragua, Bolivia y el Ecuador de Rafael Correa),más un espacio
económico llamado la ALBA, la Alianza Bolivariana de los Pueblos de América,
que era la alternativa comunista al ALCA, el Área de Libre Comercio de América.
La ALBA funcionaba como
un mecanismo para dispensar favores y petróleo. Venezuela era la gran
anfitriona “pagana”, mientras el ALCA ofrecía, fundamentalmente, acceso al
mercado norteamericano, así que muchos islotes caribeños optaron por subordinar
su política exterior a los caprichos y estrategias de Fidel Castro y Chávez.
Los miembros de la ALBA
son los mismos del Socialismo del Siglo XXI, menos Ecuador, que no necesitaba
el petróleo venezolano, más Surinam, a los que se agregan los islotes
caribeños: Antigua y Barbuda, Dominica, Granada, San Cristóbal y Nieves, San
Vicente y las Granadinas, y Haití como observador.
Quien pechaba con las
responsabilidades económicas del grupo era Venezuela, pero el Estado que
trazaba la estrategia era Cuba.
Los venezolanos pagaban
la factura, que enriquecía a algunos gobernantes, como era el caso de Daniel
Ortega por medio de ALBANISA, un conglomerado de sociedades, que le servían
para recibir cuantiosos subsidios chavistas de los cuales utilizaba cierto porcentaje
para sostener a su clientela política nicaragüense.
La única condición que
se les imponía a los miembros de ALBA era que suscribieran los dictados de La
Habana-Caracas en materia diplomática, como, por ejemplo, la elección del
chileno José Miguel Insulsa al frente de la OEA, un hombre que se prestó
irresponsablemente al juego antidemocrático de Chávez y Castro, pese a los
improperios que más de una vez le propinó Chávez.
Ese mundo, como sabemos,
ha llegado a su fin, al menos por ahora. La elección de Mauricio Macri en
Argentina, Sebastián Piñera en Chile y Jair Bolsonaro en Brasil lo demuestran,
aunque la presidencia de Andrés Manuel López Obrador en México es de signo
diferente.
Eso lo sabe La Habana,
pero el mensaje y el ejemplo que emana de Cuba es muy negativo. Raúl Castro les
dice, con su ejemplo, y seguramente con sus palabras en el terreno privado, que
resistan hasta que el péndulo se mueva en la otra dirección, algo que sucederá
aproximadamente en una década si se repiten los patrones históricos habituales.
En todo caso, ¿cómo
terminará la aventura castrista? Para abordar ese asunto me acogeré al ejemplo
y los razonamientos del gran periodista inglés Bernard Levin.
En 1977, cuando la URSS
estaba en auge y Leonid Brezhnev mandaba en Moscú, mientras Jimmy Carter
comenzaba su tembloroso gobierno en Estados Unidos, el diario The Times de
Londres le pidió a su mejor columnista, a Levin, que especulara sobre el fin
del comunismo en la URSS.
Levin explicó que un día
llegaría a la jefatura de la Unión Soviética una cara nueva que comenzaría a
cambiar el destino del país. ¿Por qué? Porque los soviéticos no eran diferentes
a los checos que en 1968 se habían levantado contra los atropellos y excesos de
los comunistas. Tenían las mismas ansias de libertad y la misma íntima
decencia.
Ese nuevo dirigente
comunista fracasaría en sus reformas y sería sustituido por una oposición que
no tomaría venganzas, que no ahorcaría a los responsables de la dictadura en
los postes de la luz, y el comunismo desaparecería sin cataclismos históricos.
Hasta ese punto, Levin
acertó el quién y el cómo, pero lo más asombroso es que también acertó en el
cuándo.
En su famoso artículo,
escrito, repito, en 1977, se atrevió a predecir que ello ocurriría en el verano
de 1989, año, por cierto, en el que Jaruzelski tuvo que ceder el gobierno
polaco a Solidaridad. Año en el que en el mes de noviembre los alemanes
derribaron el Muro de Berlín y el comunismo comenzó a derrumbarse como un
castillo de naipes.
El comunismo cubano
terminará de la misma manera. ¿Cómo lo sabemos? Porque quienes gobiernan tienen
moral de derrota y, salvo a los psicópatas, a nadie le gusta pertenecer al
bando de los canallas.
Los castristas perciben
que por el camino elegido por los Castro no hay posibilidades de redención.
Saben que serán más pobres y los cubanos más infelices cada día que pase.
Es verdad que hay unos
cuantos centenares al frente de la banda que se benefician del “modelo” cubano
del Capitalismo Militar de Estado, pero no son suficientes para detener el
curso de la historia. No creo que falte mucho tiempo antes de que el sistema y
el gobierno comiencen a desmoronarse. Tal vez tendrán que desaparecer Raúl
Castro y la generación del Moncada. Ya todos andan cerca de los noventa años.
De manera que, al menos para la oposición, “la luta continua”.---
Palabras pronunciadas en
el Center for a Free Cuba, organismo presidido por el embajador Jmes Cason y
por el activista Frank Calzón. Washington, 8 de diciembre de 2018.
Carlos A. Montaner
@CarlosAMontaner
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