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viernes, 13 de marzo de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS: ¡DALE QUE NO VIENE CARRO…!

La jerga popular acierta casi siempre. Con sólo advertir cualquier desliz que acarree algún peligro o situación-problema, sabe inferir lo que el hecho puede significar a manera de moraleja. Por eso hay aforismos populares sabios. Por aquello de que cuando habla el pueblo, habla su conciencia. Aunque también se dice que es la voz o palabra soportada en la experiencia o acervo acumulado de tanta historia recorrida. O hechos vividos. 

Vale reconocer que la sapiencia de un pueblo o nación, lo indica la manera de cómo ha interpretado su desarrollo social, político o económico. Y eso lo hace a través de aforismos que, precisamente, recogen ese conocimiento el cual va transmitiéndose de generación en generación. Y de generación en generación, igualmente va siendo recogido, concienciado y reflexionado hasta hacerse parte de la conciencia de cada individuo de pensamiento crítico.  

Aunque muchas veces, hay voces que surgen de alguna coyuntura que ha marcado la vida nacional o regional. Es entonces cuando aparecen frases que se convierten en refranes, dichos o adagios dejando así ver una enseñanza que el idioma o el folklore pudo ajustar y conciliar su moraleja con el costumbrismo propio de cada pueblo. 

Sin embargo, hay circunstancias que provocan la estructuración de algún dicho y que los medios de comunicación o tecnologías de la información, tal como se conocen ahora, hace popular. Bien porque es mimetizada mediante alguna esquema comunicacional. O porque el manejo político actúa como eco virtual que irradia un impacto fónico, audible o perceptible de extraordinario alcance. Por eso, su voz aviva el “ruido” necesario para que se infiltre en el lenguaje popular. Y porque además, es de fácil memorización. Y esa característica, le induce un carácter sentencioso que es complementado por un rápido entendimiento. 

Sólo que este tipo de refranes, sentencias o adagios, en el contexto de la política, prestan un doble sentido. Primero aquel que expone taxativamente su propio significado. Mientras que en un segundo plano, da cuenta de una crítica que mejor sirve para cuestionar o translucir alguna ventaja o desventaja que se tiene ante una cuestionada situación o problema de delicada incidencia.   

En medio de la convulsionada actualidad venezolana, no es lo mismo una frase construida con el sentido que puede imponerle el provecho del régimen, dada las controversias que resultan de la usurpación e ilegitimidad que expone, que una frase elaborada a partir del sentimiento y resistencia que viven los sectores de la oposición democrática nacional. De ahí que hay frases que son punzantes en términos de su interpretación o de su inferencia.  

Decir hoy día ¡Dale que no viene carro…!es una expresión que puede chocar con posturas que defienden situaciones adversas o consideraciones temerarias, dado el peligro que puede haber ante un escenario cruzado por vehículos que deben mostrar algún orden establecido por un sistema de semaforización. O no. Sin embargo, esa misma locución, políticamente interpretada, da cuenta de un marullo del cual hay que salir o superar inmediatamente. Basta con advertir que el paso está franco, para continuar el movimiento que viene emprendiéndose. 

Un país tan acontecido por causa de la indolencia de un régimen perverso, además inconstitucional por usurpador como Venezuela, no debe descansar en cruces que están libres de contingencias. O bastante despejados. Aunque colmados de toda inseguridad posible. Así que vale por derecho, decidir el avance en la ruta que se traía para no demorar el tránsito hacia un nuevo derrotero cuya amplitud favorecerá y permitirá toda movilidad en su más justa consideración.  

De modo que ante tan compungida situación por la cual viene atravesando el vehículo, cuya determinación es movilizar a Venezuela entre parajes de difícil condición, no cabe otra motivación que transitar lo más raudamente posible. Pero fundamentalmente, al llegar a la cruda y embrollada intersección que tiene trazada la ruta. Y que no es otra que la ruta (del cambio).  

Por lo tanto, no hay más que decir sino lo que la jerga popular ha impuesto cuando se trata de ganarle tiempo al tiempo sin que los peligros y mayores inconvenientes retrasen la decisión de avanzar. O sea, advirtiendo que la vía está despejada de estorbos. Razón para actuar según el adagio que, con justa precisión, exclama: ¡Dale que no viene carro…!

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

lunes, 18 de marzo de 2019

JOSÉ RAFAEL AVENDAÑO TIMAURY, DECIDOFOBIA


Todos los seres humanos; y hasta las bestias, nos encontramos ante la imperiosa necesidad de tomar decisiones. Desde las más simples hasta las más complejas. Un gato con hambre; si ve a más de un ratón disponible para ingerirlo, habrá de decidirse instintivamente por uno de ellos. Si el roedor, por alguna circunstancia, logra eludir al felino, este podría preguntarse en qué consistió la falla instintiva: ¿Por qué no elegí a otro?

Los humanos  somos más complejos. Estamos dotados de aquello que pomposamente llamamos intelecto. Es decir, ante cualesquier disyuntiva, solemos ponderar diversas opciones para tomar la decisión respectiva.

En política la circunstancia de asumir determinaciones conlleva de manera global una serie aspectos que influyen de manera determinante -no solamente circunscrita en el área política- en el aspecto personalísimo de manera concomitante. Los políticos que en su historial de vida pública (algunos tienen grueso prontuario) cometen más errores, seguramente verán su carrera disminuida de manera ostensible. Pierden algo consustancial para quien aspira dirigir: La credibilidad. También, por supuesto, están sujetos a perder la libertad personal y hasta la vida. Por ello las decisiones políticas a ser asumidas siempre estarán signadas bajo una duda razonable que todos los actores ponderan de alguna manera u otra. No todos están dotados de los atributos inherentes al heroísmo.

Poseer un rasgo de valentía,  per se, no es sinónimo de estar capacitado para asumir posiciones de liderazgo. Ser cobarde es casi tan perjudicial como ser irracional, insensato o atrabiliario. El verdadero líder debe poseer una serie de atributos insoslayables para permitirle actuar de una manera armónica en el quehacer público. No se trata simplemente de emitir órdenes, dadas con mucha energía y con ademanes autoritarios. El exquisito hecho de poder guiar (no como chofer) no significa en modo alguno que se intente arrear. 

Este líder o dirigente debe usar con preferencia su innata habilidad para dirigir y no una autoridad (fortuita o no) para mandar. Siempre que emita una orden susceptible de ser mal interpretada puede estar seguro que será mal interpretada. Debe cumplir las promesas ofrecidas lo más pronto posible. Jamás prometer lo que no puede dar. Es antagónico con la demagogia. Si se hace reiterativo con este accionar, más temprano que tarde perderá toda credibilidad y su liderazgo se desmoronará ineluctablemente. Difícilmente podrá aspirar a reeditar la fábula del “ave fénix”. Pero lo más perjudicial con estos errores o desatinos será que dejará una secuela imborrable de frustración militante en los dirigidos. Superar ésta, es un proceso lento. Salvo los imponderables de rigor siempre expectantes.

“Un día, Júpiter ordenó que todas las bestias de carga se dejaran poner herraduras, y los caballos, los mulos, y  hasta los camellos obedecieron enseguida: solo los asnos se resistieron a cumplir la orden alegando tantas razones y rebuznando tanto tiempo que Júpiter, que era bondadoso, les dijo por fin: Señores asnos, os concedo lo que pedís, no os pondrán herraduras, pero a la primera falta que cometáis recibiréis cien palos”. (Diccionario Filosófico. Voltaire. Del Asno de Oro de Maquiavelo: Reflexiones de un cerdo, refiriéndose al hombre).

Las contradicciones respecto al carácter de los hombres serían más difíciles de conciliar si no supiéramos que los hombres desmienten su propio carácter muchas veces, y que la vida o la muerte de los mejores ciudadanos y la muerte de un país han pendido con inusitada frecuencia de la buena o mala digestión de las órdenes de los líderes; independientemente de que están bien o mal aconsejados; o de que actúen de buena o de mala fe.

Con Voltaire, podríamos coincidir con una de sus célebres frases. La que se refiere a las “posposiciones”. “En muchos casos la posposición es una estrategia no consciente de postergar la ocurrencia de algo indeseable. Ello es particularmente cierto cuando esto último es una consecuencia inevitable en cualquiera de las opciones disponibles. Un ejemplo sería el de una situación en que debemos escoger entre dos o más tratamientos para una enfermedad, todos ellos dolorosos. Posponer la decisión de escoger el tratamiento es como aplicar “descuento”, que hace lucir menor un “costo” (dolor) si ocurre en el futuro... Otro elemento que tiene gran influencia en el individuo, cuando se es forzado a tomar una decisión, es la anticipación de un eventual remordimiento. (Ibidem).
    
Muchos autores insisten en la necesidad de desarrollar una teoría racional del “remordimiento” para explicar decisiones individuales en situaciones de riesgo. Con Confucio podemos aseverar que: “Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas, entonces no florecen ni el arte ni la moral, entonces no existe la justicia, entonces la nación no sabría cual es la ruta: Sería una nave en llamas y a la deriva. Por eso no se permiten la arbitrariedad con las palabras. Si se trata de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje”. (Antoni Gutiérrez Rubí. Filosofía de la política. Pag. 16).

     En la hora actual    es factible preguntarse en que estriba la diferencia entre un político y un líder. Sin la necesidad de recurrir a densos análisis filosóficos, ideológicos o de cualesquier otra índole, podríamos concluir en que un líder está consciente de la situación fáctica en que se encuentra el país. Contribuye a forjar un proyecto global de futuro. Lo expone sin ambages. De tal modo que la ciudadanía y la población en general está dispuesta a seguirle en virtud de que detenta credibilidad incuestionable, producto de claridad conceptual y de una ética inexpugnable. ¡Se Identifica con él! Por lo contrario; un político inoculado de politicastrismo militante, resume su actuar cotidiano en obtener la conquista del poder, o de su conservación, como mero y diletante goce sibarítico. Utilizando los novísimos medios emergentes de mercadotécnica.

     Si los verdaderos líderes (o quienes aspiran a serlo) olvidan, no recuerdan, obvian, o no son capaces de rememorar los errores políticos (históricos) cometidos en el tiempo y en el espacio, están propensos a volver a cometerlos. Lo que sería imperdonable y habrá que pasar la factura correspondiente. En la actividad política -como en la vida en general- está prohibido olvidar lo que siempre se deberá recordar.

     Renunciar a lo que no es posible obtener no requiere coraje alguno. Renunciar a lo que es factible constituye un auténtico desafío.

José Rafael Avendaño
@CheyeJR
Cheye36@outlook.com

domingo, 16 de diciembre de 2018

CARLOS PADILLA, EL PELIGRO Y EL MIEDO


He estado pensando, investigando, leyendo sobre el tema que se enuncia en el título y de ello puedo concluir lo siguiente:

El peligro puede ser real, objetivo, pero el miedo está en el futuro por lo tanto no existe en el presente, es adelantar lo que nos puede pasar ante el peligro por lo que podemos sufrir sus consecuencias dos veces

Del latín periculum, el peligro es un riesgo o la contingencia inminente de que suceda algo malo. Puede tratarse de una amenaza física o de una circunstancia abstracta, que depende de la percepción de cada individuo.

Al reconocer el nivel de un riesgo se puede actuar con valentía o con su contrario la cobardía o con la exageración de la valentía que se le conoce como temeridad.

La temeridad casi siempre está basada en una decisión irracional en la cual actúan sentimientos ajenos a la razón.

Ante cualquier peligro debe actuarse evaluando las realidades y comparándolas con las reales posibilidades de enfrentarlas valerosamente y superarlas. Si las realidades no son evaluadas y se actúa temerariamente la posibilidad de fracaso aumenta y podemos ser vencidos por el peligro detectado, pero no evaluado.

Una actitud temeraria se refiere a las acciones de quienes piensan sin motivo, razón o fundamento. Una persona temeraria es la que se expone a peligros o a situaciones complicadas de forma totalmente imprudente y que lo hace sin tener ningún fundamento o motivo. Una especie de acción con imprudencia. La temeridad implica aumento del riesgo o del peligro.

La palabra miedo proviene del término latino metus, y es una sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario. Es un sentimiento de desconfianza que impulsa a creer que ocurrirá un hecho contrario a lo que se desea. El concepto también se utiliza para nombrar al rechazo o aversión que siente un individuo a que le pase algo malo u opuesto a lo que pretende para sí mismo y para sus seres queridos. El miedo resulta desagradable para quien lo padece. Esta emoción, sin embargo, también funciona como un método de supervivencia ya que pone en alerta a las personas y los animales frente a una amenaza.

Es importante destacar que, más allá de su función biológica y psicológica y de su calificación como emoción desagradable para los individuos, el miedo también aparece en el arte como una forma de entretenimiento. Por eso constituye un género literario (como los cuentos o las novelas de miedo) y un género de la industria cinematográfica (el cine calificado como de terror) por sí mismo.

Debemos concluir que al peligro hay que enfrentarlo venciendo al miedo sin caer en la cobardía ni en la temeridad, hay que abordarlo con el valor necesario y nuestras acciones deben estar acordes con las posibilidades de vencerlo. Si no podemos superarlo de inmediato debemos esperar mejores oportunidades en las cuales contemos con los recursos para enfrentarlo con reales posibilidades de éxito.

A quien recomienda acciones temerarias debemos preguntarle si él está dispuesto a realizarlas para eliminar un peligro que se detecta. Usted no puede recomendar acciones que no se sienta en capacidad de acometer por sí mismo.

No tengáis miedo, dijo Jesus de Nazaret a sus discípulos. No hay que tener miedo. Nunca. A nada. Salvo a nuestro propio miedo.

Carlos Padilla
@carpa1301