lunes, 4 de abril de 2016

EGILDO LUJÁN NAVA, EROSIONANDO LA ESPERANZA, ,

"Arde la vida. Se nos quema el alma del dolor de contemplar tanta debacle. La esperanza humea. Es verdad que los países pueden caer infinitamente; que fondo no hay. Pero pónganse la mano en el corazón, señores conductores: ¿hasta dónde lo van a dejar caer?. ¿Qué dividendos esperan sacar de este fracaso?. Ya todos perdimos todo, de una u otra manera. Es hora de negociar le reconstrucción. Lo otro es, como diría CAP, un autosuicidio; obra de nosotros mismos". Laureano Márquez
Lo que está sucediendo actualmente en Venezuela, no es un hecho fortuito. Es la consecuencia de una bien definida estrategia externa e interna, en la que convergen factores políticos y económicos en plan de cobranza o de asociación. Tales factores se establecieron en el territorio nacional para asistir a quienes hoy, sencillamente, consideran que la mesa está servida. Especialmente,  para dar los pasos terminales dirigidos a convertir a la nación en el sitio excepcional y continental con miras a propósitos de enclave y liderazgo regional.

Tal interpretación luce fantasiosa, cuando no quimérica. Pero está allí, en el medio de las múltiples apreciaciones que, dentro y fuera del país, se colocan en los sitios de discernimiento sobre lo que está sucediendo. También en el ámbito de las evaluaciones políticas acerca de por qué se contribuye a tensar la cuerda hasta el infinito, a sabiendas de que su inminente rotura se pudiera traducir en efectos y resultados dolorosos. Quizás porque rota la cuerda, rota , asimismo,toda posibilidad de entendimiento y armonía. Mejor dicho, de todo aquello que hoy imposibilita aligerar el avance de lo que es conveniente para quienes lideran esta supuesta estrategia.

Lo que se evalúa internamente -como si lo normal fuera que nacieran voces que llamen a construir voluntad de entendimiento, inclusive con base en el mismo formato que emergió con el fallecimiento de Juan Vicente Gómez- es que ante la ausencia de soluciones, la esperanza de salir de este atolladero es la que se está erosionando aceleradamente. Y eso no conviene. Sin embargo, es lo que hay.

Porque lo otro es que se apela al sentimiento de tristeza y seria preocupación para el país y sus ciudadanos, ante el hecho de que hasta la máxima autoridad de la Iglesia Católica, el Papa Francisco, actual interlocutor terrenal ante Dios, Nuestro Señor, en un acto público y sublime pida públicamente por los venezolanos, por Venezuela, para que reinen la razón y el diálogo. Y que lo haga obedeciendo a la convicción de que es esa la única salida para el país; para la otrora nación que no hace mucho tiempo fuera considerada la referencia económica y democrática de América Latina,  y que  hoy, signada por el comportamiento de la violencia hamponil, además,  se debate entre crisis humanitarias por escasez de alimentos y de medicinas, mientras rueda cuesta abajo por la indisponibilidad de recursos para honrar obligaciones internas y deudas externas.

En atención a ese mismo razonamiento de fondo, se considera, de igual manera, que la situación nacional está en estado crítico; que Venezuela ha llegado a los niveles de peor deterioro de los últimos 150 años o más de su historia.  No sólo por su situación sociopolítica; también por el hambre, la escasez y la inseguridad reinante. Esto último, sin duda alguna, por los índices de impunidad delictual y lo cual es reflejado por los medios de comunicación en un 98% de los delitos que se cometen en el país, lo cual  es equiparable  a un "sálvese quien pueda".

Nadie ya duda ante lo obvio: el fortalecimiento de la acción hamponil y los índices delictuales crecen mes por mes. Una referencia es que cada día aparecen asesinados o heridos más Policías o representantes de la ley y del orden público. Las estadísticas de muerte por asesinato reflejan un crimen cada 18 minutos en cualquier lugar del territorio nacional. El hampa, sencillamente, no respeta ni le teme a la posibilidad de ser aprehendida. De hecho, los "Pranes" o altos Jefes o Capos de la delincuencia organizada, y que operan desde las cárceles, sencillamente, han estructurado un verdadero ejército no uniformado, aunque sí con armamento y logística eficiente para desarrollar todo tipo de delito fuera de sus propios calabozos.  

Tan cierta es esa capacidad y fuerza organizativa  que, en días pasados, gran parte de la población pudo apreciar en las redes sociales y medios internacionales, la transmisión de un vídeo en el que, cual danza macabra,  y desde el techo de una de las cárceles del país, los reos, con armas de todo tipo a la vista -de guerra, cortas, largas- disparaban al aire en señal de homenaje a un Jefe desaparecido, y en abierto desafío a la autoridad. Desde luego, la ciudadanía venezolana aún no sabe quién es el responsable de que esto suceda; tampoco de por qué no se imponen las sanciones y los correctivos correspondientes a aquellos que permiten actuaciones de este tipo, y en ambientes carcelarios bajo el control del Estado.

Lo que sí se sabe por vía de los expertos, es que, a la par de esas formas de delitos promovidos desde esos recintos, existen otros que también se expanden aceleradamente.  Se trata  de arrebatones, atracos, secuestros, robos a domicilio, robo de vehículos y muy especialmente los de móviles o celulares, inteligentes o no. Y se citan estos últimos porque han terminado convirtiéndose en la joya de la corona de los robos diarios, los más comunes, en razón de que un celular de mediano precio en reventa, equivale a no menos de 6 salarios mínimos mensuales. Al hurtar sólo 3 aparatos mensuales y venderlos, el delincuente obtiene mucho más que un muy buen salario: beneficios netos y libertad asegurada.  

Los robos a los Bancos en Venezuela, simplemente, han sido extinguidos por la inflación. El valor de los billetes es tan bajo que cualquier robo bancario obligaría a movilizar grandes cantidades de bultos de billetes para justificar tal riesgo.

¿Apología del delito?. En absoluto. En Venezuela, alguna vez el hoy difunto ex Presidente Hugo Chávez Frías justificó el robo por motivo de hambre. Y como el hambre, además de la inseguridad y del desempleo, del servicio de agua potable y del servicio eléctrico de calidad es lo único que no está afectado por la escasez en el país, entonces, ha pasado a convertirse en una razón para que se insinúe que el delito aumenta, sencillamente, porque no hay alimentos ni capacidad de compra por razones inflacionarias.

En este ambiente de diversas interpretaciones sobre lo que está sucediendo en el país y lo que pudiera acontecer si no se actúa en consecuencia, emergen otros hechos que inquietan por la forma e intensidad como  están expresándose: la multiplicidad de posibles hechos de corrupción sin que se sancione a ningún eventual culpable del delito, y la actuación de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia ante el trabajo que desarrolla el Poder Legislativo. Desde luego, se trata de dos modalidades que se les califica de nuevos -y muy poderosos y convenientes- obstáculos a toda posibilidad de diálogo, aun cuando ya se le considera clamor colectivo.

De hecho, lo que está en el ambiente como reclamo ciudadano es que los factores políticos, gremios profesionales, organizaciones religiosas, universidades y el resto de la ciudadanía organizada, entre otros, están en la obligación de deponer toda actitud de confrontación,  en un gesto de buena voluntad a favor de la urgencia de llegar a un entendimiento.  Y si a los factores internos se les hace complicado, entonces, las instituciones no comprometidas con expresiones partidistas deberían recurrir al Vaticano, a la 0rganización de las Naciones Unidas o a la Unión Europea -o las tres conjuntamente- y evitar cualquier participación de ninguna institución continental. Sería con el fin de impedir parcialidades, y con la misión de nombrar una Comisión mediadora; un grupo de trabajo con un lapso definido o estimado, y con capacidad de influir para que se alcancen soluciones.

El mejor ejemplo -y valioso como referencia  por lo reciente- es el inicio de entendimiento entre Cuba y los Estados Unidos. Luego de casi 60 años de haber roto relaciones, y en donde casi no había posibilidad de negociaciones, con la mediación de la Unión Europea y del Vaticano, se está logrando el milagro de la reconciliación en El Caribe: el regreso de la paz y de la esperanza para los cubanos.

Los venezolanos, en evidente mayoría, claman por un cambio. Están cansados de pugilato, de acusaciones y de insultos. Es innegable: hay desilusión y pérdida de esperanza. De igual manera,  las organizaciones partidistas de ambos lados y los políticos tradicionales, están perdiendo credibilidad. Todos prometen y no parecieran entender que el problema es hoy; que las soluciones se necesitan hoy: no mañana.  El hambre no espera, pero sí desespera.

Lo que se anhela, es la recuperación del país, el rescate de su calidad de vida; también la seguridad y la confianza en su futuro. Asimismo, hacer renacer la esperanza con raíces más profundas; crear verdaderas condiciones para poderle decir a hijos y nietos que en Venezuela tienen un futuro promisorio. De igual manera, no ofrecerle sólo sueños a los más de dos millones de venezolanos que se fueron a otras latitudes, sino un espacio libre, cierto y confiable para que regresen y se incorporen a la reconstrucción de su Patria.

Paz y progreso tienen que ser las consignas que motiven y estimulen el diálogo. Hermandad y bienestar deben demostrar que sí es posible anular y erradicar expectativas quiméricas.  

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan
Fedecamaras
Fedenaga
Miranda - Venezuela
Eviado por

ebritoe@gmail.com

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