martes, 5 de abril de 2016

LUIS DANIEL ÁLVAREZ V., ATAJOS ESCABROSOS, CASO ARGENTINA

El pasado 24 de marzo, mientras toda la nación, y América Latina en general, seguían minuciosamente la visita del presidente Barack Obama a Argentina, se conmemoraba el cuadragésimo aniversario del golpe de Estado que depuso a la presidenta Martínez de Perón e instaló en el poder a una lúgubre, perversa y criminal dictadura que sumió al país en una era de oscuridad en la que la crisis económica, los nacionalismos exacerbados, las masivas y regulares violaciones a los derechos humanos y el control comunicacional se hicieron presentes.

Si bien el gobierno de María Estela (Isabelita) Martínez fue el primer causante de su derrocamiento al impulsar una política represiva que justificaba sus desmanes argumentando la necesidad de paliar la crisis económica y la subversión, la gran mayoría de los actores optó por ver con beneplácito a quienes argüían haber llegado a gobernar con miras a poner orden, teniendo a personeros de los partidos políticos, representantes de la Iglesia e intelectuales manifestando la necesidad de reconocer al gobierno y acompañarlo en su tarea de adecentar a la República.

Desde sus inicios la Junta, bajo el pomposo nombre de Proceso de Reorganización Nacional, demostró habilidad para mantenerse en el poder recurriendo al terrorismo de Estado y a la eliminación selectiva de grupos de ciudadanos. A las limitaciones del ejercicio partidista y sindical se unieron detenciones clandestinas, robo de bebés y desapariciones forzadas. Sin embargo, la sociedad demostraba poca capacidad de respuesta y el régimen militar ofrecía fastuosas ceremonias deportivas con miras a aglutinar a la población. Cuando los goles y las barras se hicieron insuficientes llevaron a Argentina a una guerra, mientras los militares arengaban desde la Casa Rosada a los que afuera se agrupaban para aplaudir la gesta patriótica.

Muchos de esos militares que se hicieron valientes para enfrentar civiles desarmados no vencieron a los ingleses y luego de ser derrotados en el campo militar y peor aún, en el moral, tuvieron que entregar el gobierno para en el transcurrir de los años escuchar cómo eran sentenciados a largas penas. Incluso, cuando aparece uno de los niños, hoy hombres, que se robaron o que raptaron a las familias para venderlos, se está condenando nuevamente a los que hicieron del poder un mecanismo para fortalecerse a como diera lugar.

Desafortunadamente, toda esa historia se dio por no haber agotado las vías regulares. Aunque el gobierno peronista era fatídico y sus resultados sumieron a Argentina en un período de populismo autoritario, faltaban meses para las elecciones, por lo que el clamor de amplios sectores de la sociedad para que las Fuerzas Armadas actuaran y se erigieran como salvadores, abortó un proceso paulatino de cambio. Tan cómplice como ese llamado fue la actitud de una sociedad que compró los símbolos que esgrimía la dictadura y que silenció los desmanes que ésta cometía, bien sea para que no regresaran los partidos políticos tradicionales o porque sucumbieron ante la falsa premisa de que atacar al gobierno en su megalomanía de organizar un mundial o ir a una guerra era traición a la patria.

A cuarenta años de la llegada de los militares al gobierno en Argentina, podemos señalar que hay dos enseñanzas: la primera gira en torno a lo dañino de creer que los entes castrenses son las soluciones a las crisis de gobernabilidad y que los atajos (o las vías expresas) son la panacea. El segundo legado permite entender cuán fatídico resulta para una sociedad que los ciudadanos vean los desmanes que se presentan y no actúen para condenar las prácticas que menoscaban la dignidad, la libertad y la democracia.

Luis D. Alvarez V
luis.daniel.alvarez.v@gmail.com
@luisdalvarezva
Internacionalista
Caracas - Venezuela

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