martes, 5 de abril de 2016

ANTONIO PÉREZ ESCLARÍN, PEDAGOGIA EN LA ERA DIGITAL

De muy poco va a servir la dotación masiva de computadoras y tablets a los estudiantes, si no cambiamos la pedagogía.  Los que piensan que por dotar de computadoras ya estamos mejorando la educación son unos ilusos pedagógicos. El mero maquillaje no oculta la grave enfermedad de la educación. Pasa lo mismo con los que creen que por incorporar el videobean en sus exposiciones ya son mejores pedagogos cuando suelen  limitarse a leer  de la pantalla lo que han tomado de libros o textos digitalizados. ¿Y no es verdad que muchos supuestos trabajos de investigación e incluso  tesis de maestría y doctorado son meros ejercicios de copia y pega, sin ninguna elaboración creativa personal?

Diversas investigaciones  vienen demostrando, entre ellas la de la OCDE 2015,  que la mera presencia y/o abundancia de tecnología en el aula no mejora por sí sola el aprendizaje, y que están fracasando  las políticas tecnológicas que no toman en cuenta debidamente la pedagogía.  De ahí que está surgiendo un clamor cada vez más generalizado que pide que   “además de tecnología, haya más pedagogía”. Para ello, es urgente introducir un enfoque pedagógico que le dé un giro a la pedagogía tradicional y favorezca que sean los estudiantes quienes elaboren el conocimiento de forma personal, original y creativo. El reto está en integrar las nuevas tecnologías  como recursos al servicio de la experiencia de los estudiantes para que estos sean creadores de contenidos, saberes y no meros receptores de los mismos. Se trata, nada más y nada menos,  de pasar del aprender repitiendo a aprender creando.
Por haber reducido la formación de los docentes a la mera capacitación técnica para poder utilizar  las nuevas tecnologías, sin la debida  formación pedagógica para  utilizarlas creativamente,  muchos las usan para hacer las mismas tareas que tradicionalmente han realizado con libros y pizarras: exponer los contenidos de forma magistral o indicar al alumnado que realice ejercicios o actividades repetitivas. Se incorporaron pero  se utilizan bajo un modelo pedagógico tradicional y de este modo se neutraliza su potencial innovador. No olvidemos, sobre todo en estos tiempos  que vivimos intoxicados de información,  que la información solo se convierte en conocimiento cuando es interpretada y se sabe utilizar apropiadamente.  El conocimiento en sí mismo es menos importante que lo que somos capaces de hacer con él. No es más sabio el que más conocimientos posee, sino el que mejor los sabe utilizar para orientar y gobernar su vida. En un contexto cada vez más complejo, cambiante e incierto, el aprendiz   requiere curiosidad, resiliencia, confianza, capacidad de colaboración, crítica, imaginación y creatividad más que capacidad de acumulación y repetición de datos y habilidades mecánicas.
Una escuela plenamente integrada en la sociedad digital debería ser una escuela en constante formación y  reflexión. Una escuela que no cesa de investigar, reflexionar, evaluar y promover cambios en la práctica docente. Una escuela con capacidad para tomar decisiones y capaz de implementar cambios importantes. Una escuela abierta a la sociedad, capaz de aprovechar todos y cada uno de los recursos que nos ofrecen las nuevas tecnologías fomentando el aprendizaje cooperativo, en red,  la investigación-acción, la apertura a la comunidad. Una escuela con ganas de innovar y cambiar las cosas; preocupada por lo que sucede a su alrededor. En fin, una escuela capaz de aprender y de evaluarse a sí misma para seguir aprendiendo y mejorando.
Antonio Perez Esclarin
pesclarin@gmail.com
@pesclarin
Zulia - Venezuela                                         

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