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miércoles, 9 de septiembre de 2020

ALBERTO BARRERA TYSZKA, LA GUERRA DE LOS NÁUFRAGOS, DESDE MEXICO

La noticia debía haber sido la excarcelación y suspensión de juicio a 110 presos y perseguidos políticos venezolanos. Sus historias tan trágicas como sorprendentes. O también: la insólita confesión que ha hecho involuntariamente Nicolás Maduro y su gobierno al reconocer que usan la policía y los militares como fuerzas criminales para secuestrar a ciudadanos inocentes. Pero no. Todo esto siguió de largo con demasiada rapidez y, nuevamente, dio paso a la misma noticia de siempre: la condición caníbal del liderazgo opositor venezolano.

Cuando faltan apenas tres meses para las elecciones parlamentarias en las que se elegirá una nueva Asamblea Nacional (AN) en Venezuela, la dirigencia que adversa al chavismo parece estar en su peor momento. Arrinconados y aislados, no dejan sin embargo de mantenerse en continuo enfrentamiento interno. El problema no es que no estén de acuerdo. El problema es que ni siquiera son capaces de debatir y resolver sus diferencias. Siguen creyendo que la solución es hundir al otro, no dejan de golpearse entre todos, mientras irremediablemente el nivel del agua sigue subiendo.

En 2010, la periodista venezolana Mirtha Rivero publicó La rebelión de los náufragos, un libro que registraba las peleas entre las élites y los errores políticos que llevaron al triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998 y a la destrucción de la democracia en Venezuela. Dos décadas después, el liderazgo opositor parece no haber aprendido la lección.

Es suficientemente difícil luchar contra un régimen que tiene un proyecto totalitario y que ejerce la violencia y la censura sin ningún pudor. Pero llevar adelante esta lucha de forma dispersa, en conflicto continúo con los aliados naturales, es un plan suicida para la oposición.

Es lo que hizo Juan Guaidó cuando, siendo leal a los planes personales de Leopoldo López y no a su cargo como presidente de la AN y del gobierno interino, apoyó el fallido amago de sublevación del 30 de abril de 2019 o se vio relacionado con el intento chapucero de invasión al país de este año. Es lo que ha hecho María Corina Machado, la mayor influencer de la derecha nacional en las redes sociales, quien alimenta la fantasía infantil de que Nicolás Maduro no ha caído por la falta de voluntad de los otros dirigentes. Uno de sus aportes a la política del país es la descalificación permanente del liderazgo opositor. Y es lo que hizo también Henrique Capriles —excandidato a la presidencia y exgobernador del estado de Miranda— esta semana, cuando le tocaba proponer un regreso a la política, explicar la excarcelación de los disidentes y hablar sobre una posible participación en las próximas elecciones. Sin embargo, dedicó la mayor parte del tiempo a tratar de solventar sus propios resentimientos y a desacreditar a sus aliados.

Se devoran con ansia y desespero, nutriéndose en su largo historial de heridas mutuas, y relegando siempre la realidad a un segundo plano.
 
Pero la realidad también existe. Y en el contexto de la pandemia es todavía más urgente y aterradora. Todo esto tendría que estar en juego a la hora de analizar y diseñar un plan de acción política opositora en el país. Es necesario asumir que el mantra de Juan Guaidó se deshizo, no funcionó, fue derrotado. Nicolás Maduro continúa usurpando la presidencia. El gobierno de transición es casi un holograma. Nada ha cambiado en el panorama electoral.

Hace unas semanas, en este mismo espacio, escribí sobre la condición legítima, constitucional, de las próximas elecciones parlamentarias; sobre el “fraude preventivo” que ya había organizado el chavismo; y sobre la necesidad que tenía la oposición y la comunidad internacional de diseñar nuevas estrategias. Pero el debate que se ha abierto en estos días no tiene argumentos sobre la mesa sino una fiesta de acusaciones, reclamos e insultos.

La propuesta de Juan Guaidó y de los partidos y organizaciones que lo apoyan es no participar en las elecciones y, como lo establece la constitución, una vez finalizada la vigencia de la actual Asamblea Nacional, el 5 de enero de 2021, tratar de sobrevivir bajo la figura de la continuidad del parlamento hasta que Maduro deje la presidencia. Es una apuesta con muchos riesgos, que deja un amplio margen a la ilegalidad, que pone en aprietos a una parte de la comunidad internacional, y que —obviamente— no será respetada ni por las instituciones ni por la Fuerza Armada, ambas controladas por el chavismo.

Henrique Capriles ha propuesto otra posibilidad: tratar de aprovechar políticamente las elecciones, aun sabiendo que es un proceso desigual y tramposo, aun aceptando que esta alternativa, también, forma parte de una estrategia del chavismo para tratar de alcanzar la legitimidad internacional perdida. Las excarcelaciones de esta semana responden a esta línea. Es un hecho que nadie puede criticar y que —además— representa un costo importante para el régimen. Los dramáticos testimonios de Antonia Turbay, Rubén González o Gilbert Caro, por nombrar solo algunos, son otra prueba indiscutible de la discrecionalidad de la justicia y de la violación de los derechos humanos del gobierno de Nicolás Maduro.

La propuesta de Capriles, que apela a la idea de que para cambiar el juego hay que estar dentro del juego, pretende crear un nuevo espacio de negociación, que destrabe la pugna política interna, que priorice la tragedia de la población y que —por tanto— también abra la posibilidad de incorporar en el debate el tema de la pandemia y de un posible retraso de los comicios. Pero igualmente es una propuesta frágil y con varios peligros. El chavismo tiene un largo expediente de utilización de las negociaciones para ganar tiempo y de incumplimiento de los acuerdos en el último momento. Esto, sin duda, pesa mucho a la hora de pactar nuevas condiciones electorales, más aún en un sistema plagado de irregularidades, diseñado para impedir una elección equilibrada y transparente. A estas alturas, ni siquiera hay información oficial sobre la manera en que se realizará el escrutinio, el conteo, la transmisión y totalización de los votos.

Frente a estas dos posturas, los llamados radicales, que son una minoría estridente, insisten de forma pasmosa en la ilusión inmediatista: la intervención extranjera. Elliott Abrams, representante de Estados Unidos para Venezuela, en una entrevista esta semana, apeló a Gabriel García Márquez y derrumbó con una frase todos los fantasmas invasores al decir que algunos miembros de la oposición viven “en un realismo mágico” y están “haciendo un llamado a un plan B” que no cree “que sea una respuesta sensata a lo que la gente necesita”.

Todo se puede debatir. Y es necesario que se haga. Pero no en términos de un moralismo superficial que divide la historia en leales y traidores. La política es impura por definición.

En el fondo, el dilema entre votar o no votar esconde una disyuntiva previa que tiene que ver con la unidad y con la falta de un proyecto articulado de la oposición. Votar o no votar es intrascendente si no existe un plan de acción común que vaya más allá del hecho electoral. La experiencia como votantes, en las pasadas elecciones parlamentarias de 2015, nos enseñó que —aun ganando— se puede perder. El chavismo despojó a los diputados de su poder y terminó de socavar la institucionalidad del país. Esa conciencia colectiva es aún más paralizante que las innumerables condiciones adversas del sistema electoral. No hacen falta náufragos peleándose entre sí sino líderes con un plan, articulados a los problemas de las mayorías; políticos que sepan qué hacer después de una victoria o de una derrota.

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com
@Barreratyszka
Mexico

Alberto Barrera Tyszka es escritor. Su libro más reciente es la novela Mujeres que matan.

[1] https://www.nytimes.com/es/2020/09/06/espanol/opinion/venezuela-oposicion.html#click=https://t.co/t3PHxWpYY1

sábado, 20 de julio de 2019

ALBERTO BARRERA TYSZKA: EL EFECTO BACHELET

De todas las reacciones que el madurismo —nacional e internacional— lanzó en contra del informe de Michelle Bachelet, la más desconcertante fue la del gurú. Dos días después de que la alta comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas presentara un demoledor reporte sobre la crítica situación de los derechos humanos en Venezuela, Nicolás Maduro apareció con Sri Sri Ravi Shankar en el Palacio de Miraflores, anunciando gozoso: “Estuvimos hablando sobre la necesidad de una nueva humanidad. […] Me habló de la necesidad de construir la unión nacional”. ¿Lo dice en serio o se está burlando? ¿En realidad piensa que algo así puede contrarrestar la investigación de la ONU? ¿En qué cree Nicolás Maduro?

Una de las consecuencias más contundentes del informe de Bachelet tiene que ver con el problema de la verdad en Venezuela. Con lo que —más a allá de la fe o de las especulaciones— ocurre en temas como la salud, la alimentación o la violencia en el país. El documento destaca cómo el gobierno ha impuesto una hegemonía comunicacional para aniquilar el periodismo independiente y esconder la realidad. Con información precisa, deja sin sustento a la narrativa oficial. Frente a la investigación de la ONU, la retórica chavista queda al desnudo. Se reduce a un balbuceo infantil, predecible. La mayoría de las reacciones oficiales se han centrado en señalar que se trata un informe “manipulado”, “falso”, “sesgado”, “cargado de mentiras”, “descontextualizado” sin aportar ningún dato concreto que pueda refutar lo que señala la investigación. Siguen un método viejo y conocido: no cuestionan lo que se dice, solo lo descalifican. Es más fácil decir que Bachelet es una marioneta del imperio que enfrentar la responsabilidad del Estado en más de 6 800 ejecuciones extrajudiciales.

Dos argumentos se repiten de manera insistente en casi todas las críticas. El primero es de carácter metodológico. Se trata de desautorizar el informe denunciando que, en gran parte, está basado en entrevistas realizadas fuera de Venezuela. Esto es cierto. Pero no desacredita ni deslegitima la investigación. Responde a una realidad específica y a las formas con que los organismos internacionales indagan y monitorean la realidad de los llamados “países cerrados”. Hasta marzo de 2019 el Estado venezolano no permitió la entrada de representantes de la ONU al país. No puede ahora, ese mismo Estado, denunciar la poca presencia de esa organización en su territorio. Este argumento, por otro lado, también ignora la enorme diáspora de venezolanos en el exterior. Hay un país real —más de 4 millones de personas— expulsado del mapa, con todo el derecho a dar testimonio de sus propios procesos.

El segundo argumento fundamental no ataca tampoco las denuncias concretas del informe. Se centra en tratar de establecer responsabilidades. El chavismo niega que todo lo que ocurre sea real pero, al mismo tiempo, denuncia que todo lo que ocurre es culpa la “guerra económica” en contra de “la revolución”. Es otra forma de mudar el debate, de esquivar la verdadera confrontación. La élite que domina Venezuela necesita desesperadamente que la palabra “bloqueo” aparezca en cualquier análisis. De eso depende su relato. Pero, por desgracia para ellos, la historia económica, las cifras y las estadísticas, ya no pueden sostener esa ficción. Como bien lo señala el informe, las sanciones de Estados Unidos agravan la ya terrible situación social venezolana, pero no son la causa fundamental de la crisis. Los responsables de la tragedia no son los enemigos externos. Están adentro y siguen gobernando al país.

En el año 2009, cuando era presidenta de Chile, Michelle Bachelet visitó a Fidel Castro y criticó el bloqueo estadounidense a Cuba. La polémica, en ese entonces, fue grande. Esa anécdota, y su propia historia personal, también influyó para que el sector más radical de la oposición venezolana la acusara —antes del informe— de ser cómplice del oficialismo, una camuflada agente de Maduro. Ahora, desde el otro bando, se ponen a la par y repiten la misma simpleza: la acusan de ser cómplice de los gringos, una camuflada agente de la CIA. No es un detalle menor del efecto Bachelet: ha evidenciado el absurdo de la narrativa chavista.

Dice Nicolás Maduro que los aportes de Sri Sri Ravi Shankar “vienen a fortalecer el proceso de diálogo y paz” en Venezuela. No importa mucho si él cree o no en eso. Importa que cada vez más gente, dentro y fuera del país, entienda que ese encuentro religioso solo es un disparate, una ceremonia que se desinfla hasta el ridículo. El informe Bachelet es un paso fundamental por restituir la noción de verdad con respecto a lo que sucede en Venezuela. Más de 6 800 ejecuciones extrajudiciales destruyen cualquier espejismo discursivo. Deja claro que la violencia, más que una amenaza extranjera, ahora es una cruda acción interna. El chavismo debe asumir que su relato ya no es verosímil, que su versión de lo real es insostenible. Debe entender que la comunidad internacional no va a cesar su vigilancia ni su presión. Debe aceptar que la negociación no es una forma de distracción. Que el diálogo no se da de manera aislada, en una comisión o en una isla. Que se trata más bien de un proceso permanente que toca todos los ámbitos, que exige cambios concretos. Que la fantasía de la revolución se agotó.

Alberto Barrera Tyszka es escritor y colaborador regular de The New York Times en Español. Su novela más reciente es “Mujeres que matan”.

Alberto Barrera Tyszka
@Barreratyszka 

lunes, 6 de mayo de 2019

ACTUALIZACIÓN, "EL REPUBLICANO LIBERAL II”, MARTES 07-05-2019,

PROVEA, 451 VENEZOLANOS Y VENEZOLANAS SE PRONUNCIAN POR UNA SALIDA PACÍFICA, ELECTORAL, DEMOCRÁTICA Y SOBERANA PARA VENEZUELA. CRECE EL NÚMERO DE FIRMAS.

EL REPUBLICANO LIBERAL en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 4 minutos
Nosotros, un grupo de venezolanas y venezolanos de distintas procedencias y divergentes pensamientos políticos, pensamos que es urgente y necesario en este momento dejar de lado nuestras diferencias y abogar juntos por el bien común, con una propuesta que suponga la resolución del conflicto actual de manera pacífica, electoral, democrática y soberana. Creemos que esto será posible si promovemos los siguientes principios y acciones. Exhortamos de manera apremiante que sean acatados: 1) El rechazo a la injerencia indebida de gobiernos extranjeros, cualquiera que sea su bandera, así c... más »

ALBERTO BARRERA TYSZKA, LOS VENEZOLANOS ESTAMOS CONDENADOS A NEGOCIAR

EL REPUBLICANO LIBERAL en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 12 minutos
Los venezolanos creemos que la improvisación es un método. Tal vez eso pueda explicar lo inexplicable: la fallida rebelión contra un Estado fallido que se produjo el 30 de abril. A medida que pasan las horas, cada vez parece más difícil conocer realmente qué ocurrió. La ausencia de información y la falta de credibilidad en los diferentes actores implicados dejan al ciudadano común sin posibilidades de acercarse a la verdad. Más que datos ciertos, solo abundan las especulaciones. Como si, más que analizar la realidad, solo fuera posible imaginarla. Quizás nunca se llegue a saber cie... más »

PEDRO ELÍAS HERNÁNDEZ, Y LA REVOLUCIÓN DEGENERÓ EN GOBIERNO

EL REPUBLICANO LIBERAL en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 20 minutos
La madrugada del 4 de febrero de 1992 los militares venezolanos salieron rampantes de sus cuarteles. Casi tres décadas después, no han regresado. Quienes nos gobiernan, pero curiosamente también quienes los adversan desde la oposición, desean que tal cosa continúe así. Lo cierto es que desde entonces gravita en la política venezolana la presencia del estamento castrense. El partido militar estaba de nuevo allí. Cómo hacer para recoger el agua derramada. Imposible. Sólo queda esperar que se seque, que se evapore. Pero puede regresarnos en forma de lluvia ácida. La historia venezolan... más »

LAUREANO MÁRQUEZ, DEL DIFÍCIL ARTE DEL SALTO DE TALANQUERA

EL REPUBLICANO LIBERAL en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 32 minutos
La expresión “saltar la talanquera” es un venezolanismo (la talanquera es una valla o cerca) que significa cambiar de opinión o bando. Tiene lógica que sea una expresión muy nuestra, porque si hay una institución venezolana por excelencia es la del “salto de talanquera”, con raigambre y tradición histórica. Desde los albores de nuestra vida como nación, allí estuvo el salto de talanquera presente: los que no querían la separación de España en el primer congreso, fueron los primeros en saltarla y a partir de allí, como se dice en latín popular: “tuttiri mundachi”. Durante la Guerra ... más »

REINALDO J AGUILERA R., “EL AVIÓN JEFE, EL AVIÓN”

EL REPUBLICANO LIBERAL en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 1 hora
No es nada extraño para muchos de nuestra generación, el nombre del presente artículo, todos quienes vimos la famosa serie esperábamos con ansias observar el paso del hidroavión y así escuchar esa voz inconfundible anunciando la llegada de los visitantes con su frase "¡El avión, el avión!" mientras repiqueteaba una campana; de ese modo empezaba “La Isla de la Fantasía” serie de televisión transmitida a finales de los años setenta por la cadena norteamericana ABC Lo cierto es que las vivencias diarias de los venezolanos no son una fantasía precisamente, por el contrario estamos inme... más »

BEATRIZ DE MAJO, ESPAÑA SE LA JUEGA

EL REPUBLICANO LIBERAL en EL REPUBLICANO LIBERAL II - Hace 1 hora
Con un proceso electoral interno aun fresquito, como pan recién salido del horno, le tocó a España y a su gobierno definir un rol en el nuevo episodio que vive la batalla por la democracia en Venezuela. Especular es fácil sobre el interrogante del momento: ¿quien estuvo dando las ordenes en La Moncloa para que su representación diplomática en Caracas le haya metido el hombro a Leopoldo López como lo hizo, en el gesto más gallardo que haya tenido España en los últimos meses en relación a nuestro país?. La realidad es que poco importa. Porque lo cierto es que se nos brindó la opor... más »

ALBERTO BARRERA TYSZKA, LOS VENEZOLANOS ESTAMOS CONDENADOS A NEGOCIAR

Los venezolanos creemos que la improvisación es un método. Tal vez eso pueda explicar lo inexplicable: la fallida rebelión contra un Estado fallido que se produjo el 30 de abril. A medida que pasan las horas, cada vez parece más difícil conocer realmente qué ocurrió. La ausencia de información y la falta de credibilidad en los diferentes actores implicados dejan al ciudadano común sin posibilidades de acercarse a la verdad. Más que datos ciertos, solo abundan las especulaciones. Como si, más que analizar la realidad, solo fuera posible imaginarla.

Quizás nunca se llegue a saber ciertamente ni qué pasó ni qué podría haber pasado esta semana con las fuerzas armadas en Venezuela. Esta opacidad, sin duda, es otro síntoma del enorme deterioro institucional del país. Pero lo ocurrido también demuestra, nuevamente, que ese vacío institucional no puede llenarse con violencia. Es otro recordatorio de que la democracia no se legitima con fusiles sino con votos.

Cuando apenas amanecía el martes pasado en Caracas, apareció Juan Guaidó en las redes sociales anunciando “el cese definitivo del gobierno usurpador” y la activación de los militares para consolidar la llamada Operación Libertad. El líder de la oposición estaba rodeado de soldados y, tras él, en primera fila, destacaba Leopoldo López, un preso político emblemático del gobierno chavista que se encontraba bajo arresto domiciliario. El hecho de que López estuviera también ahí, libre, sobre un puente, en medio de soldados, parecía ser una parte fundamental de la noticia.

En algunas oportunidades de su mensaje, Guaidó habló en pasado. Como si, de alguna manera, ya lo importante hubiera ocurrido. Las imágenes que se transmitieron después le sumaron más confusión al momento. En rigor, no se encontraban dentro de una base militar. Tampoco había ningún alto oficial dando la cara y haciéndose responsable de la rebelión ni hubo información sobre algún alzamiento militar en otras regiones del país.

La transmisión desde el puente se fue convirtiendo rápidamente en un espectáculo cada vez más pobre: imágenes de Leopoldo López sonriendo y abrazando a algún amigo, como si celebrara algo que nadie podía entender. Juan Guaidó se difuminó y el escenario épico del amanecer empezó a transformarse en un espacio incomprensible, lleno de movimientos erráticos y sin voceros dispuestos a declarar. La llamada Operación Libertad no parecía ni siquiera una operación.

Sin embargo, la ausencia de los altos funcionarios del oficialismo hizo posible que se pensara que algo estaba ocurriendo. Nicolás Maduro desapareció completamente. Las hipótesis de las conspiraciones se sostienen en el silencio. Ese martes 30 de abril nadie dijo nada definitivo. Hubo alguna declaración de algún ministro, denunciando un intento desestabilizador de la oposición, pero nada más. Los discursos articulados empezaron a llegar los días posteriores, cuando la marea bajó y el panorama comenzó a aclararse. Pero durante el día crucial la mayoría de los actores quedaron en silencio. En suspenso. A la espera.

Ni siquiera los otros líderes de la oposición se manifestaron abiertamente. Tampoco lo hizo de forma decidida y en bloque la comunidad internacional. Ni todos los funcionarios del gobierno ni todos los altos jerarcas militares. Es posible pensar que, en el fondo, todos estaban contenidos, atentos, calculando. En una situación límite, se sintieron obligados a esperar de qué lado, finalmente, se inclinaba la balanza. Nadie deseaba arriesgarse sin saber el resultado. Todos querían tener alguna certeza de que están apostando al ganador.

A esta ausencia de las élites, hay que sumar también la censura oficial que controla medios de comunicación y bloquea redes y plataformas. Frente a esto, el chisme termina siendo la única fuente de información. Los ciudadanos, finalmente, estamos obligados a aceptar que solo tenemos el rumor como forma de conocer e interpretar la realidad. Que si Leopoldo López y Juan Guaidó actuaron en solitario, traicionando al resto de la oposición. Que si había un plan acordado con altos mandos militares para forzar la salida institucional de Maduro, pero que los rusos intervinieron antes y lo impidieron. Que si había una conspiración en marcha pero, al final, todo se abortó por culpa del afán protagónico de Leopoldo López. Que si había un acuerdo entre el Departamento de Estado estadounidense y varios dirigentes cercanos a Maduro. Que si los cubanos evitaron que los militares traicionaran a la revolución. Que si sí. Que si no. Que si Rusia, que si los chinos, que si Donald Trump. Que todo puede ser mentira, que todo puede ser verdad. Que nunca hubo nada y que casi hubo un golpe. Que la intervención viene y se va cada día. Que la Operación Libertad continúa pero de otra forma. Que estamos igual pero no tan igual que ayer. Seguiremos informando.

Como si se tratara de un desquite infantil, dos días después, también al amanecer, Nicolás Maduro apareció en una transmisión obligatoria para todos los canales, rodeado de los jefe militares que le juraban lealtad. Esa era su respuesta al llamado rebelde de Guaidó. Pero también tenía algo de espectáculo patético e incomprensible. Parecía un mensaje para el interior de la propia institución castrense.

Probablemente, en un balance temprano de lo ocurrido esta semana, nadie quede bien. Ni la dirigencia de la oposición ni la del oficialismo. Tampoco los líderes internacionales. Parecen todos una élite errática que se echa la culpa, unos a otros, sin demasiados argumentos ni lucidez. Sobran las palabras grandes. Los discursos se desinflan. La apelación a la libertad, a la patria, a la soberanía… parece fatua. Todo son solo errores de cálculo. La improvisación no sirve para gobernar. El chavismo lo ha demostrado. Tras veinte años en el poder solo han logrado un récord de corrupción y la destrucción total del país. Pero del otro lado pasa lo mismo: tampoco la improvisación sirve para derrocar dictaduras.

Venezuela está cada día más débil. Incluso como noticia. Lo ocurrido esta semana también lo demuestra. Hay un agotamiento generalizado que cada vez se contagia más, la fragilidad de todos los poderes es cada vez mayor. Es obvio que Maduro no puede confiar en quienes lo rodean. Es evidente que la unidad de la oposición está fracturada. Ninguno de los dos bandos tiene la capacidad de derrotar y someter al otro. Ni el chavismo puede gobernar ni la oposición puede quebrar internamente a la fuerza armada. Ni los cubanos van a salir voluntariamente del país ni Trump va a invadir militarmente a Venezuela. Se acabó el tiempo de las consignas radicales. Los venezolanos estamos condenados a negociar. El problema es cómo hacerlo, con quiénes, bajo qué condiciones.

Ante una crisis económica que se desborda y adquiere una dimensión cada vez más aterradora, las decisiones políticas son también cada vez más costosas y determinantes. No es el momento de improvisar, sino de diseñar y de acordar un salida institucional. Esta semana ha vuelto a quedar claro que la violencia, de ninguno de los lados, representa un verdadero desenlace. Mientras no haya elecciones limpias y confiables, tampoco habrá futuro para Venezuela.

Alberto Barrera Tyszka 
@Barreratyszka 

lunes, 18 de marzo de 2019

ALBERTO BARRERA TYSZKA, ¿ES POSIBLE SABER LO QUE PASA REALMENTE EN VENEZUELA?


Ocurre con frecuencia: más de una vez me he encontrado en el trance de estar frente a un desconocido que, al saber que soy venezolano, me pregunta: “¿Es cierto todo lo que está pasando allá?”. La duda siempre me sorprende. Uno de los obstáculos fundamentales para poder analizar lo que sucede en Venezuela es la verdad. Siempre hay más de una, queriendo imponerse como única, inapelable, cargada de la más honesta emoción. Estuve en Caracas el fin de año y durante casi todo el mes de enero. Dentro del país no hay mucho lugar para las dudas. La verdad es una experiencia física. La miseria y el hambre no tienen matices. La confusión comienza cuando esa verdad se transforma en noticia.

El pasado 23 de febrero, en la mitad de uno de los puentes que cruza la frontera entre Colombia y Venezuela, un camión cargado de ayuda humanitaria ardió en llamas. Esta imagen, en sí misma, ya era una información inflamable. Se trataba de uno de los vehículos que la oposición trataba de ingresar al país. Rápidamente, las redes sociales también se incendiaron. Era muy difícil no contagiarse. De lado y lado cruzaron acusaciones. Anatoly Kurmanaev, corresponsal de The New York Times con mucha experiencia en Venezuela, señaló muy temprano la complejidad del caso: destacó las dos versiones que se manejaban y alertó sobre la necesidad de “hacer más esfuerzo para averiguar qué pasó exactamente con los camiones, dado el significado que las imágenes de la ayuda en llamas adquirirán en los próximos días”.

Tras días de indagación y cotejo de las diferentes informaciones, el Times publicó un serio trabajo donde demuestra que el origen del incendio no estuvo en las fuerzas de choque de Maduro, sino en los manifestantes que estaban en el lado de la oposición. Las redes sociales volvieron a echar humo. En rigor, el reportaje ponía en entredicho las dos verdades oficializadas de lo ocurrido, la del madurismo y la de la oposición, y ofrecía una tercera alternativa, aferrada a los hechos, que señalaba que el incendio se había producido debido al desprendimiento accidental de una mecha de las bombas molotov que los manifestantes de la oposición lanzaban hacia las barricadas del régimen de Maduro. La realidad fue tan simple como incómoda. Pero en contextos tan erizados emocionalmente hay que saber y poder discernir entre la verdad de la vehemencia y la verdad de la investigación periodística.

Pero eso a veces no resulta tan fácil. Hace unos días, el periodista estadounidense Max Blumenthal filmó para The Grayzone un video de sí mismo paseando por un supermercado de Caracas, para mostrar los estantes llenos de variados productos. Blumenthal hizo incluso malabarismos con varias frutas, como queriéndose burlar un poco de quienes denuncian escasez en el país y aseguró que el verdadero problema era la hiperinflación causada por la elite capitalista de Venezuela. En esos mismos días, el periodista argentino Joaquín Sánchez Mariño también colgó en la red otro video, en el que mostraba otro hipermercado en la misma ciudad, donde los anaqueles estaban llenos… pero de un único producto. El desabastecimiento en el local era contundente. ¿Alguno estaba mintiendo u ofreciendo una visión distorsionada, demasiado recortada, de una realidad más amplia? ¿En cuál de los dos se podía confiar?

Mientras la oposición realizaba una campaña de denuncia, de petición de apoyo y de recolección de fondos, para enfrentar una enorme crisis humanitaria en el país, el gobierno de Nicolás Maduro enviaba un barco con 100 toneladas de ayuda humanitaria a Cuba como apoyo a las víctimas de un tornado que provocó destrozos en varios barrios de La Habana a fines de enero. ¿Cómo pueden convivir dos versiones tan opuestas de la realidad en un mismo mapa y en un mismo tiempo? ¿A quién se le debe creer?

La crisis que viene escalando desde comienzos de este año ha puesto de relieve el problema de opacidad que envuelve a la sociedad venezolana. Con frecuencia, lo que aparece en las noticias es y no es Venezuela. Por ejemplo, desde 2018 están activados en el país dos de los fondos humanitarios más importantes del planeta: el Fondo de Gestión de Emergencias (CERF, por su sigla en inglés) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y los de la Comisión Europea (ECHO). Ambos fondos han trabajado con varias organizaciones de la sociedad civil y son un apoyo en medio de la crisis, aunque, obviamente, son insuficientes. Este es, sin embargo, un dato que se conoce poco.

La oposición evita mencionarlo porque su discurso está centrado en atacar la negativa oficial a permitir la ayuda internacional en el país. Y el gobierno no lo reconoce públicamente porque no está dispuesto a aceptar que existe una crisis, porque no desea admitir su fracaso. Todo es y no es cierto completamente. Todo siempre puede ser o pudo haber sido. Mientras, la realidad se vuelve cada vez más urgente. Las proyecciones de la ONU sostienen que este año la migración venezolana alcanzará los 5,3 millones de personas.

Con el apagón que en estos días dejó a oscuras por más de cien horas al país ocurre lo mismo. Para el mundo exterior puede ser atractiva la verdad que remite a una conspiración imperialista. Pero no es la primera vez que Nicolás Maduro denuncia un sabotaje en el sector energético. En septiembre de 2013, tras un apagón en varias regiones del país, aseguró que la “derecha” pretendía dar un “golpe eléctrico”. En 2015, el propio Maduro creó el Estado Mayor Eléctrico, una instancia para manejar de manera directa y prioritaria el problema de la electricidad en el país. En 2016, una rigurosa investigación de la periodista Fabiola Zerpa ya anunciaba un posible colapso del suministro de energía en Venezuela. Nada de esto, sin embargo, está en la verdad que distribuye el oficialismo por el mundo. Maduro denuncia un “golpe electromagnético” pero no ofrece ninguna prueba. Como si el solo relato de la conspiración pudiera, en sí mismo, ser la evidencia de la conspiración. No hay más nada que investigar. La historia es un videojuego.

El chavismo insiste en decir que existe un “cerco mediático”, denuncia la creación de un “país paralelo” e invita a todo el mundo a conocer “la Venezuela de verdad”. En lo que casi parece una invitación a la psicosis colectiva, Maduro en medio de la crisis ha prometido que invertirá 1000 millones de euros en obras de ornato, en la “Misión Venezuela Bella”. Todo se trata de lo mismo: un ejercicio del poder cuya principal tarea es sembrar dudas sobre lo que es o no es real. Es una maniobra perversa, deliberada, para promover lo que en psicoanálisis se conoce como un mecanismo psíquico de “ataque a la percepción” de la realidad.

Mi vecino en Ciudad de México, al saber que estuve en Venezuela recientemente, me pregunta con genuina intriga: “Y todo eso que sale por la tele, ¿es cierto?”.

Creo que es necesario contrastar cualquier noticia, dudar de aquello que fácilmente refuerza nuestros sesgos personales. Existen medios independientes como Efecto Cocuyo, Armando.info, Runrunes, El Pitazo, Crónica Uno, Tal Cual, Correo del Caroní, entre otros, que están comprometidos con el periodismo de calidad y que son una referencia imprescindible a la hora de informarse. Pero también es necesario hacer una gran campaña contra la institucionalización del engaño. La posverdad debería ser considerada un crimen. Es otra cruda forma de violencia. El ruido delirante de un poder que solo busca confundir, que solo pretende borrar a sus víctimas.

Alberto Barrera Tyszka es escritor y colaborador regular de The New York Times en Español. Su novela más reciente es “Mujeres que matan”.

Alberto Barrera Tyszka
@Barreratyszka
https://www.nytimes.com/es/2019/03/17/la-verdad-en-venezuela/?smid=tw-espanol&smtyp=cur

lunes, 4 de marzo de 2019

ALBERTO BARRERA TYSZKA, LA INVASIÓN


Es un buen título para una película, como bien lo apunta Jean Maninat en su excelente artículo del pasado viernes. En el cine, las invasiones suelen ser emocionantes, épicas. No salpican a la sala las heridas. Se terminan cuando se enciende la luz y todos podemos pararnos e irnos, sabiendo que jamás tendremos que regresar a ese combate. En eso que conocemos como la vida real, las cosas son distintas. Fuera de la pantalla, las balas sí hacen daño y el humo se queda pegado en la piel. Las invasiones suelen durar muchos años. Los extras se mueren de verdad.



Escribo todo esto porque, a veces, no deja de asombrarme la facilidad con que, de pronto, se ha instalado entre nosotros la fantasía de una intervención armada.  Leo y escucho a gente que jamás ha tomado un arma en sus manos, y que tampoco ahora está dispuesta a hacerlo, promoviendo con beligerante entusiasmo una invasión militar a Venezuela. Creo que todos podemos comprender cabalmente los motivos de esta actitud: legítima indignación, legítimo desespero, legítima impotencia…Todos sentimos lo mismo.  Pero no se trata de un problema de pasiones. Eso no es lo que define la honestidad ante la tragedia del país y el dolor de los otros.  La política no es un relato sentimental.

La idea de una invasión es tentadora porque parece mágica.  Apaga la luz un segundo que vienen los marines. ¡Shhh!. Escucha en silencio los ruidos, los gritos, las aspas de los helicópteros moviendo las nubes en el cielo. Enciende de nuevo la luz: ¡Ya no están! ¡Cóño, por fin! ¡Se acabó todo!  Visto así, un asalto extranjero pareciera tan atractivo como ganarse la lotería ¿Y quién no quiere ganarse la lotería? Pero, sin embargo, la historia demuestra que no es así. Jamás. Las guerras no son nunca un milagro instantáneo.

Y no olvido que llevamos años en cruentas batallas. No olvido que, gracias a la complicidad del chavismo, ya fuimos ocupados por los cubanos. No olvido que no vivimos en paz, que entre nosotros hay balas, hay muertos, hay prisioneros y torturas. Pero, aun así, esto es distinto a una situación bélica declarada y a gran escala. Los que han vivido eso más de cerca son, en todo caso, los habitantes de los sectores populares: llevan años padeciendo invasiones armadas de los agentes de los OLP, de la policía, de los grupos paramilitares al servicio del gobierno …Y probablemente, además, sería ahí donde ser refugiarían y se atrincherarían los militantes del oficialismo en caso de que ocurriera una intervención militar. Es fácil decidir por ellos sin arriesgarse. Es más sencillo hablar de la guerra que padecerla.

Me temo, más bien, que el sueño de la invasión, a la larga, quizás le convenga más al oficialismo que a la oposición. En la práctica, los mantiene viviendo en el límite de la violencia, donde saben moverse con menos escrúpulos y con más eficacia que cualquiera de sus adversarios. Ya lo demostraron el sábado 23 de febrero. Es cierto que la invasión funciona como una presión importante, que los mantiene bajo el temor de lo inesperado. Pero también es cierto que ése es el territorio donde mejor se desenvuelven. El chavismo ha demostrado que solo es eficiente a la hora de destruir. El hecho de tener, además, una amenaza foránea los sitúa de nuevo en el espacio narrativo en el que han desarrollado toda su gran campaña de desinformación y lobby internacional.

En ese contexto, la participación de Donald Trump en un acto a favor de Venezuela en Miami resultó conveniente para Nicolás Maduro.  En su alocución, Trump le quitó institucionalidad al conflicto y volvió a poner el debate en el centro del relato que maneja el chavismo: izquierda y derecha, capitalismo vs socialismo. Fue un movimiento que contaminó el foco de la lucha que la dirigencia de oposición había mantenido de forma clara y coherente. Juan Guaidó no asumió la responsabilidad de ser presidente interino de Venezuela porque Nicolás Maduro es socialista sino porque es un usurpador. Porque se ha apropiado del Estado y de las instituciones del país; porque Maduro se robó unas elecciones, porque está en el poder por la fuerza, de manera anti democrática.

Al oficialismo le conviene minimizar el nuevo liderazgo de la oposición. Una de sus prioridades es diluir a Juan Guaidó, dividir el apoyo que tiene, restarle la legitimidad popular que se ha ganado.  Necesitan recuperar a Donald Trump como único y enorme enemigo. La idea de la invasión funciona como un argumento ideal en esta estrategia. Al menos para problematizar la imagen del conflicto a nivel internacional y operar desmovilizando a la población dentro del país.

 “Ir bien no es necesariamente andar sin dolor y sin incertidumbres”, escribió el politólogo Ángel Álvarez (@polscitoall ) en uno de sus luminosos tuits.

Quizás conviene que observemos con más frecuencia hacia atrás. No hay que ir demasiado lejos. Basta con mirar a principios de enero, tan solo, para ponderar que teníamos entonces y qué tenemos ahora.  Como país y como posibilidad de futuro.  El camino no es fácil ni sencillo, pero, sin duda, hemos avanzado. Hay que seguir presionando, cada quien desde su espacio. Retomar los problemas concretos de la gente. y seguir arrinconando a la casta desde afuera y desde adentro. La invasión es un espejismo que, al menos hasta ahora y públicamente, ni siquiera aceptan aquellos que podrían llevarla a cabo. Más que a los gringos, hay que prepararse para recibir a Guaidó.  Él, y todos nosotros, representamos el fin de la usurpación. La batalla continúa.

Alberto Barrera Tyszka
@Barreratyszka

lunes, 18 de febrero de 2019

ALBERTO BARRERA TYSZKA, LA TENTACIÓN CANÍBAL


Esto de ver a Nicolás Maduro acorralado y desarmado por el precio de un kilo de queso es también una noticia. De pronto, ante los ojos de todos, quedó totalmente al descubierto. Él, que tanto invoca la “Venezuela de verdad”, no tiene ni la más remota idea de cuánto cuesta traer un trozo de queso a la casa. Cuando trató de reaccionar, fue peor, se desnudó todavía más: se mostró berrinchudo, autoritario, queriendo decidir qué información puede o no puede interesarle a la audiencia de la BBC. Igual le pasó a Delcy Rodríguez. Pero sin necesidad de preguntas ni de periodistas. Ella solita se lanzó al vacío afirmando que la ayuda humanitaria es una caravana de “armas biológicas”.  Y lo mismo podría decirse de Freddy Bernal con su numerito sobre la carne entre los dientes…No saben qué decir, están desconcertados, se mueven a destiempo y sin puntería. La sala situacional está espichada. La democracia los tiene locos.

Nunca antes, en estas dos décadas, la élite del oficialismo había aparecido ante el país tan errática y dispersa, con una retórica tan desarticulada, haciendo tan evidentes sus mentiras.  Todo esto, que sin duda es extraordinario, puede sin embargo crear un espejismo de victoria. Maduro y su gobierno jamás estuvieron tan mal, pero no están derrotados.  No se puede subestimar su capacidad de locura. Por eso mismo, ahora más que nunca, tanto la dirigencia como los distintos sectores de la oposición deben insistir y reforzar la unidad. Dentro de nuestro imaginario, el caos también se ha mudado de bando. Ahora reina en en el Palacio de Miraflores.

Desde sus orígenes, el oficialismo ha tenido una relación particular con el tiempo. Se formó en la espera. Se demoró veinte años, dentro de la institución militar, armando una conspiración. Es una escuela del disimulo, del engaño, y sabe planificar a largo plazo. La primera medida de Hugo Chávez, al ganar las elecciones, fue un acto simbólico: canceló la alternancia política. Impuso un nuevo sentido del tiempo público. Decretó que lo suyo era para siempre. Maduro y su casta todavía pretenen seguir viviendo en esa noción. Y la han alimentado definiendo que cualquier que pretenda cambiar este esquema de eternidad es alguien violento y de derecha. En palabras de la alcaldesa Erika Farías: “a Venezuela la gobernamos nosotros o no la gobierna nadie”.

Frente a esto, la impaciencia natural y genuina es uno de los grandes riesgos de la oposición. Aun ahora, cuando las fragilidades del oficialismo son tan obvias, vuelven a aparecer señales preocupantes que antentan contra la imprescindible unidad de todos los factores. Se trata del regreso de la tentación caníbal.  Es un ansia miope que, con sorprendente voracidad, se avalanza sobre miembros de la misma especie, tratando de devorarlos y produciendo desorden y desazón en la comunidad.  Es una tentación que, por momentos, parece coquetear con cierto modelo de pureza. Hay quienes se creen ideológicamente castos, límpidamente liberales. Se piensan a sí mismos como guardianes de una identidad pulcra y, desde ese virtuosismo, salen en cruzadas a perseguir y a cazar impíos. No toleran ni las negociaciones ni los conciertos. Creen que no ha llegado el momento de la democracia sino el momento de la expiación.

Devorar al compañero

Otra variable de la tentación caníbal supone que el otro, más que un compañero de batalla, es sobre todo un posible competidor, un próximo rival. Al liquidarlo y devorarlo, se le saca del camino y, de alguna manera, también se adquiere su poder. Volverse fuerte destruyendo al semejante puede ser muy atractivo pero sin duda es, además, una técnica infalible para boicotear cualquier unidad. El país se encuentra en un momento crítico. Estamos en el borde, en la única orilla que nos queda. No se trata de retórica. Estas palabras también se pueden pronunciar con balas, con heridas, con niños desnutridos, con presos…  Es la hora de sumar. Quien no suma, sabotea.

El futuro es impuro. Necesariamente. Como lo es nuestro país. Toda la lucha inmensa, con el aporte de gente muy diferente desde muy distintos espacios, es por volver a democracia, no por volver al pasado. Hay que salirse del discurso oficialista que supone que esto solo es un movimiento restaurador. No es así. Por suerte para todos, lo que ocurre es mucho más complejo y menos inmaculado. Es necesario vencer la tentación caníbal y trabajar alrededor del liderazgo de Juan Guaidó, desde y para la unidad. Hasta nuevo aviso, en Venezuela, no hay candidatos presidenciales ni ministerios vacantes. No estamos aquí para repartir el futuro sino para lograr que el futuro exista.

Alberto Barrera Tyszka
@Barreratyszka

viernes, 1 de febrero de 2019

ALBERTO BARRERA TYSZKA,¿ES POSIBLE UNA NEGOCIACIÓN EN VENEZUELA?


La discusión sobre la legalidad o no del juramento de Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela es inútil. El conflicto, en estos momentos, no se basa en la interpretación de una ley. Lo que ocurre es el clímax de un profundo proceso de deterioro y corrupción de la democracia: fue Maduro quien se autoproclamó como presidente, tras unas elecciones fraudulentas el 20 de mayo del año pasado. Así como también, en diciembre del 2015, se autodesignaron los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia que hoy pretenden juzgar la supuesta autodesignación del parlamento. El actual gobierno de Nicolás Maduro es genéticamente ilegal. Juan Guaidó no es una causa sino una consecuencia. No estamos frente a un problema de exégesis de la Constitución sino ante una enorme crisis política. A medida que, tanto interna como externamente, las presiones aumentan, el enfrentamiento crece. ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Acaso se puede acordar una salida?

La acción política del chavismo se basa en la lógica militar. Está fundada en el contraataque. Apuesta por el desgaste del adversario y espera el momento adecuado para lanzarse en un movimiento de contraofensiva. Así han reaccionado siempre los oficialistas durante los veinte años del chavismo. Así actuaron durante el paro petrolero de 2002 y durante las protestas populares de 2017. Así, también, en distintas oportunidades y con diferentes mediadores, han usado las mesas de negociación para ganar tiempo. Es una estrategia de guerra. Entienden el diálogo como otra acción bélica. Solo lo aceptan si pueden sacarle provecho. Su objetivo sigue siendo el mismo: contraatacar. Aprovechar la crisis para profundizar aun más la revolución. En esta oportunidad no es diferente. Todas las señales apuntan hacia esa misma dirección: el chavismo no está dispuesto a negociar.

Pero nunca antes el panorama internacional había sido tan adverso. Esto también tiene que ver con un problema real. La crisis venezolana se desbordó, saltó las fronteras y es cada vez menos manejable. Se trata de un tema crítico, en términos de apoyo y de servicios, para todos los países vecinos, y de una amenaza preocupante con respecto al aumento de la xenofobia y de la violencia. En este contexto, el surgimiento de un liderazgo alternativo y la posibilidad de tener otro interlocutor en el poder representa también la posibilidad de una solución a un enorme problema en la región.

Obviamente, el protagonismo de líderes con políticas tan cuestionables e irritantes como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, o el de Brasil, Jair Bolsonaro, le otorgan una complejidad adicional a la percepción internacional de la crisis. Su apoyo a Guaidó, de alguna manera, refuerza la narrativa chavista, basada en el “imperialismo” y en la denuncia de una “invasión gringa”. Sin embargo, el abrumador apoyo de los países latinoamericanos, así como la reacción de la Unión Europea, pluraliza cualquier visión esquemática sobre el conflicto. Por más que el chavismo insista en reducir el tema a los códigos más básicos de la izquierda y la derecha, la complejidad de la realidad se hace cada vez más evidente.

Cinco años les han bastado a los líderes oficialistas para derrochar toda la herencia simbólica que les dejó Hugo Chávez. Al final de la tarde del pasado 23 de enero, el régimen de Maduro usó todos los recursos retóricos y convocó al pueblo a una vigilia nocturna alrededor de la sede del gobierno. Como dan cuenta las filmaciones de algunos periodistas, esa noche las calles que rodean el Palacio de Miraflores estuvieron completamente vacías. Nadie asistió a la vigilia. Esa silenciosa soledad fue una metáfora perfecta de lo que le ocurre. El relato de la Revolución bolivariana ya no funciona ni fuera ni dentro del país.

Cualquiera podría pensar que, en este contexto, lo ideal es negociar. Parece una receta de un manual de supervivencia política. Pero al parecer el chavismo opera de otra manera. Sabe vivir en los extremos. Es un movimiento experto en resistir. Los líderes oficialistas se comportan como miembros de una secta. Creen que la alternancia política es un pecado, una traición a su concepción sagrada de la historia. Están dispuestos a todo y cuentan con una ventaja importante: no tienen escrúpulos. Las consecuencias no importan. Las empresas, las instituciones, las vidas humanas… todo es prescindible, todo está al servicio de un fin mayor: la eternidad de la revolución. Un fin que, por supuesto, también incluye sus privilegios como jerarquía, su permanencia indefinida en el poder.

Frente a esto, Juan Guaidó y la Asamblea Nacional —el órgano legislativo elegido democráticamente y dominado por la oposición desde 2015— se presentan ahora como un poder alterno, con legitimidad y capacidad de tomar decisiones sobre la realidad del país. Tienen el apoyo internacional, pero no cuentan con mecanismos ni los espacios para ejercer plenamente ese poder. No tiene canales de comunicación. No tiene burocracia. No tiene soldados… El tiempo es el gran desafío para ambos. ¿A quién de los dos debilita más? ¿Quién gana o quién pierde más con cada día que pasa sin un desenlace del conflicto? Mientras el cerco internacional avanza, el chavismo internamente se atrinchera en la fuerza militar. Apuesta por el desgaste. “Chávez contenía nuestra locura”, dijo alguna vez Diosdado Cabello, en plan de amenaza, desafiando a quienes se le oponían. El discurso sigue siendo el mismo. No hay otra ideología que los uniformes y las armas. En una semana de protestas, ya hay 29 fallecidos y han sido detenidas de manera arbitraria 791 personas. Esta es la respuesta del gobierno a la ley de amnistía a funcionarios y militares propuesta por la oposición.

Maduro habla de diálogo y de negociación, pero luego persigue y reprime a los ciudadanos. Más que escuchar sus palabras hay que saber leer sus acciones. El chavismo usa el tiempo y desafía la violencia, como si deseara secretamente jugar con el límite de una guerra. Sabe que una invasión no contaría con todo el apoyo internacional que ahora tiene la oposición. Asume también que la tensión actual es insostenible a corto plazo. Prefiere mantenerse sobre la línea de fuego antes que negociar. Por eso, tanto adentro como afuera del país, es necesario incrementar la presión, apurar los plazos, crear más cercos, no ceder en nada… hasta que el gobierno no tenga más remedio que aceptarlo, que someterse al riesgo mortal de unas elecciones libres, transparentes y creíbles.

Alberto Barrera Tyszka
@Barreratyszka