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miércoles, 4 de diciembre de 2019

CARLOS BLANCO: EL SISTEMA DE CORRUPCIÓN… ES EL SISTEMA

1.       El chavismo construyó una articulación de la mayor parte de los elementos del Estado y de la sociedad para hacerlos funcionales a su proyecto de dominación. Al principio Chávez tenía el gobierno, más adelante la Asamblea Nacional, luego el TSJ y el CNE. Después de 2002 se embutió Pdvsa, la Fuerza Armada y el Banco Central. Finalmente, gobernaciones, alcaldías y otros agentes del Estado, engullendo o neutralizando instituciones de la sociedad civil.

2.       Para que este nuevo orden pudiera funcionar, el chavismo tenía la necesidad de controlar el sistema circulatorio de la sociedad, el financiero, proveedor de los recursos para hacer que marche –en la medida en que sea– el aparato económico. Para este propósito procedió, a comienzos de siglo, a seducir o amedrentar, según las necesidades y posibilidades, a empresarios de la vieja República. Sin embargo, una vez que los precios del petróleo escalaron niveles inimaginables se les hizo indispensable fabricar una “nueva clase”: la boliburguesía, con sus vástagos bolichicos.

3.       Algunos de los integrantes de la nueva burguesía roja eran viejos empresarios menores reciclados; otros, realmente nuevos, enlazados con la mafia roja. Pero era imposible que coparan todos los espacios de la economía de una vez; por esta razón ha habido empresarios que no han formado parte de la mafia y que para seguir trabajando dentro del país bajaron su perfil, pasaron muchos por las horcas caudinas de Cadivi y sucedáneos, y han buscado sobrevivir. Algunos han hecho mucho dinero en medio de altos riesgos y muchos han perdido todo su capital al intentar continuar.

4.       A esa economía roja se le sumó desde muy temprano el narcotráfico. El trasiego de droga a través de Venezuela tiene como contrapartida inevitable la circulación de miles de millones de dólares que necesitan ser lavados para luego circular en la banca internacional. Pdvsa, ciertas empresas y algunos bancos han cumplido esa misión. El resultado ha sido un revoltijo infernal que ha contaminado todos los estratos y actividades del país.

5.       Se formó un sistema, un orden engranado, una manera de existir, que contaminó e incorporó a las nuevas élites del régimen y de sectores opositores, unos porque se rindieron a lo que pensaban era una evidencia (“o nos acomodamos o nos morimos”) y otros porque carecieron de valores y sucumbieron a la idea de que el fin justifica los medios, sin saber (¿o sabiéndolo?) que los medios pueden pervertir el fin.

6.       La villanía se acentúa en la política porque está prohibido el financiamiento público; el privado proveniente de fuentes honradas es perseguido implacablemente; y el ilegal se ofrece para comprometer conciencias y sellar alianzas.

7.       No es solo que hay corruptos sino que el sistema es la corrupción. La tarea es aún más difícil: quebrar el sistema.

Carlos Blanco
@carlosblancog

lunes, 4 de marzo de 2019

JORGE V. ORDENES-LAVADENZ, EL MISERERE DE MADURO CHAVISTA


Venezuela ha caído en una crisis nunca registrada en la historia de América Latina desde la llegada de Cristóbal Colón a la isla de San Salvador el 12, octubre, 1492; una crisis en que la patria de Bolívar hace de “carne cañón” de ambiciones de fuera de Venezuela. Desde el comienzo del coloniaje los americanos hemos tenido momentos intrincados por aliviar el trabajo de los nativos y el estatus de los criollos (sermón del padre A. de Montesinos, Leyes Nuevas, Fray B. de Las Casas, Leyes de Indias, rebeliones, conatos y guerras tras nuestra libertad: T. Katari, S. Bolívar, P. Hidalgo, A. J. de Sucre, J. de San Martín, B. O’Higgins, G. Washington, el marqués de Lafayette, los Farragut y cientos de otros).



En 1841 se descubre oro en la Guyana Inglesa que tensiona las relaciones entre Venezuela e Inglaterra que ya tenían disputas de frontera. En 1887 Venezuela acusa a Inglaterra de colonizar territorios en disputa y rompe relaciones. En 1895 Inglaterra rechaza la mediación de EEUU lo que causa molestia al presidente G. Cleveland. En julio de ese año, éste alude a la Doctrina Monroe y arguye que cualquier conflicto del Hemisferio Occidental tenía que contar con EEUU como mediador. El Primer Ministro inglés, Marqués de Salisbury, reacciona molesto y pronto se habla de guerra en ambos lados del Atlántico. Pero Inglaterra enfrenta problemas en Europa y en África del Sur lo que la sosiega y hace que acepte la mediación norteamericana que en 1899 sanja la disputa.

Hoy nuestra América enfrenta a sedientos de petróleo de fuera del continente americano, más Cuba y algo del Caribe, por desgracia aliados con equivocados doctrinarios venezolanos seguidores de ideas adictas al marxismo-leninismo dictatorial fracasado en la URSS y en otras partes. Lo que necesitamos ahora es un acuerdo de acción sobre todo americana, Norte, Centro y Sur, que ejecute la fórmula apta, mancomunada y definitiva de modo que esta pesadilla pase, aún cuando sea a empujones, a la historia de la vergüenza americana. El Grupo de Lima se muestra cauto ante los desplantes, incluso bailados y televisados, del dictador “de los pajaritos.” Es de no creerlo… cuanto millones de venezolanos sufren lo indecible, el “Supremo” actúa contablemente al punto de que desplaza la oficina de PDVSA de Lisboa a Rusia, y amenaza al presidente Guaidó. La situación sugiere una nueva Boyacá y Ayacucho juntos en la forma de sanciones contundentes y crecientes. La Unión Europea apoya a Guaidó.

Desde 2014, 3 millones de personas, de 32 millones, han dejado Venezuela y, de los que quedan, más de la mitad carecen de alimentos. Recurrir a la basura como sustento viene siendo terriblemente común como lo mostró Univisión en una entrevista a Maduro… y éste se enardeció interrumpiéndola bruscamente. No pudo con la verdad mostrando su enagenación en pos de manicomio, en tanto que mucha gente viene muriendo por falta de atención médica y medicamentos. La hiperinflación es del 10.000.000 % este año, y la tasa de asesinatos ha convertido al país en el más peligroso del mundo. El FT dice que encuestas venezolanas recientes muestran que el 80% rechaza a Maduro, pero que el apoyo de los militares, controlados por la inteligencia cubana, encandila a éstos. Los rusos y chinos se inmiscuyen cada vez más lo que hace imprescindible la unión de todas las Américas ya que cada día de “negociación” cuesta la vida a venezolanos que son tan nuestros como cualquier otro americano.

Jorge V. Ordenes-Lavadenz
@JvordenesV

sábado, 2 de marzo de 2019

CRISTIAN SILVA POTELLÁ, A MADURO LE SALIÓ UN ZORRO


Un zorro tipo “puma” anda merodeando las inmediaciones del Palacio de Miraflores en Caracas.



Hace unos años el alcalde de la capital Venezolana, Antonio Ledezma, fue atacado por una jauría de perros salvajes quienes irrumpieron en su despacho y sin mediar palabras, en feroz ataque lo depositaron en la cárcel militar de Ramo Verde.

Suerte similar transitó el gobernador demócrata del estado Sucre, Eloy Gil Enmanueli, cuando en el frenesí del ‘leopardo barinés’ un político denominado “El Guerrero”, introdujo la revolución en la tierra sagrada del Gran Mariscal de Ayacucho.  Le despojó la policía, con la mala suerte que al dejar de ser servil del encanto barinés, tuvo que exilarse en Panamá y ahora anda desandando en Venezuela como las ánimas en pena del purgatorio.

¡Quien sirve al chavismo se desintegra!

A Henrique Capriles Radonski, cuando ejerció la gobernación del estado Miranda, también le colocaron una figura paralela a su ejercicio  a través de un ciudadano, cuyo nombre se asocia al aullido de caninos. 

No ha sido excepción la valiente gobernadora del estado Táchira, tampoco el gobernador de Anzoátegui; el gobernador de Mérida y menos el actual primer mandatario del estado Nueva Esparta.

Todos tienen contrapeso paralelo para torpedearle su gestión administrativa.

Donde nunca han podido penetrar es en la Alcaldía de Lechería.  Pero en el zoológico mundo de la revolución venezolana todo es posible.

Sin  embargo, andan locos con el zorro encantador que recorre la América Latina como “la espada de Bolívar”.

Dicen que “el bailador de salsa” -quien se extasía al ver consumido por el fuego los alimentos y medicinas que aliviarán la angustia de venezolanos- ya no duerme bien, anda con insomnio, nervioso; no coordina adecuadamente las ideas y siempre se le ve de mal humor.

Y no es para menos. La fuerza del “zorro” quien posee el apoyo y reconocimiento de los países más desarrollados del mundo, desde el punto de vista financiero, técnico, científico, social, cultural, político y militar lo desvela y lo atormenta.

Está llegando a su final la triste epopeya de un mal guión de  teatro que puso al borde de la locura y el holocausto a 35 millones de ciudadanos. Igualmente colocando en riesgo la tranquilidad latinoamericana  y  la paz mundial.

Debemos continuar en las calles en forma pacífica, constante, metódica y disciplinada.

Los últimos acontecimientos en las fronteras con las hermanas repúblicas de Colombia y Brasil, desnudan el salvajismo de unos bárbaros que demuestran no estar interesados en abandonar el poder ni llegar a ningún tipo de negociación o acuerdo.

No les interesa el sufrimiento, el  hambre, la desesperación, angustia, las muertes, la desintegración de la familia con el desplazamiento forzoso de por lo menos cuatro millones de compatriotas en la diáspora.

Su único interés es mantenerse en el poder por encima de la miseria y los cadáveres de hermanos venezolanos, que si no mueren por falta de comida, fallecen por no conseguir medicamentos para tratar su diabetes, cáncer, hipertensión, malaria, paludismo, falta de reactivos para exámenes de laboratorios.  Falta de lo más elemental como agua y electricidad en hospitales y otros centros de salud.

Cristian Silva
cumanacristian@yahoo.es
@visionvenezuela
Estado Sucre

viernes, 1 de marzo de 2019

LEANDRO RODRÍGUEZ LINÁREZ, ¿MADURO 1 GUAIDÓ 0?


Hechos, sucesos, eventos… la política es acumulativa. Ciertamente, existen detonantes que propician aceleración en los desenlaces, pero para que ello ocurra previamente deben existir condiciones que conlleven a dicha volatilidad. En Venezuela ha habido de todo, sin exageraciones, hasta el punto de llegar al extremo de contar hoy con dos presidentes, algo inédito.



¿Qué pasó el 23F? sí Maduro aceptaba la ayuda humanitaria se anotaría una derrota, pero era su derrota menos traumática, con el acérrimo control mediático que posee habría podido inventar a su reducido staff de seguidores pretextos para ello. Sí la negaba, como en efecto ocurrió, se recrudecería su percepción villanesca alrededor del mundo, sobre todo, en las condiciones como ocurrieron los hechos, con violencia atroz, donde el protagonismo de colectivos armados (civiles apertrechados con armamentos y demás) acompañados por la Ministra Iris Valera dio qué hablar en todo el planeta, más aún, la represión (con muertes incluidas) contra los aborígenes en el sur del país incrementa la lista de delitos de lesa humanidad contra el régime

Sacan punta a la afirmación de Guaidó que “Si o si” la ayuda iba concretarse, probablemente, la expectativa de la mayoría de los venezolanos era ver esas medicinas y alimentos en las alacenas de sus hogares, al ser evitada, es allí dónde surge la interrogante ¿Ganó Maduro, perdió Guaidó? Nadie ganó, Maduro afrontará las consecuencias de su decisión, por el lado de Guaidó la impaciencia del pueblo puede comenzar afectar su extraordinario momentum.

Todo está sobre dicho, sobre escrito, analizar la condición de Maduro y su régimen es llover sobre mojado. Hay una realidad que poco o nada controlan los actores venezolanos y es el comportamiento internacional, por demás, elefantiásico, indolente, muy temeroso a las formas. Sin embargo, el gran hegemón mundial, Estados Unidos, ha orquestado las acciones contra el chavismo, sanciones que con el pasar de los días se incrementan.

De la misma forma, la historia corrobora que poco o nada parecen importar las decisiones de la OEA, de la ONU y demás organizaciones mundiales, todas progobiernos, ninguna propueblos, al final de cuenta siempre se termina haciendo lo que Estados Unidos determine. Su actuación ante el último Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas parecía más bien un diagnostico actualizado para justificar las venideras acciones, sin importarles lo que los demás miembros opinen. Sí analizamos el nivel de involucramiento de Trump y demás integrantes de su alto gobierno podemos darnos cuenta que, al parecer y a la luz de los hechos, ya tienen una decisión irreversible con respecto Venezuela.

Venezuela continúa en su senda de inestabilidad e incertidumbre, a la par del empeoramiento de la calidad de vida de los habitantes de esta nación caída en desgracia, lo único certero es que el chavismo desde hace rato escogió la vía de la confrontación, vía que sus detractores no han querido afrontar por exceso (hasta sospechoso) de buena fe, de espíritu democrático o porque sencillamente no cuenta con las herramientas necesarias para “ir a la batalla”.

Hasta ahora nadie ha ganado, Venezuela en su conjunto pierde a diario, pierde vidas, recursos, talentos, oportunidades… lo que vaya ocurrir ocurrirá con el mundo como testigo, con el acompañamiento forzoso de la diplomacia internacional, el pueblo venezolano no puede solo contra las secuestradas, indolentes y desquiciadas armas de quienes se niegan comprender que su tiempo en la historia de este país ya pasó.

Leandro Rodríguez Linárez
@leandrotango

jueves, 14 de febrero de 2019

GIOCONDA CUNTO DE SAN BLAS, 60 AÑOS DEL IVIC


Mayo de 1967. Recién graduada de Licenciada en Química en la Universidad Central de Venezuela, soñaba con venir al IVIC, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, un instituto que apenas con ocho años de fundado, hijo de la democracia naciente, ya se colocaba como una nueva promesa en el universo de instituciones científicas de América Latina. Llena de ilusiones juveniles, llegué a esa montaña, Altos de Pipe, un día frío, hermosamente nublado, un instituto suspendido entre nubes. Eran pocos los edificios, apenas los de medicina, virología, unos galpones para arqueología y el reactor nuclear que hospedaba a química y física, residencias e instalaciones de servicio, nada más. Y un grupo pequeño pero creciente de personal científico y estudiantes, que junto con un reducido personal administrativo y obrero, ayudaban en la misión de apoyar la investigación que ahí se hacía. 

Era un IVIC bullente. Actividades por doquier, investigaciones, reuniones científicas, visitas de colegas nacionales y extranjeros, de ministros, diplomáticos, embajadores, un instituto que entonces señalaba un rumbo en aquella Venezuela que despertaba a la civilidad y se codeaba con instituciones nacionales y foráneas en intercambio fructífero. Objeto de admiración era el concierto entre investigación científica de calidad medida con estándares internacionales y el arte que aparecía aquí y allá en medio de la neblina. 

Por un lado, proyectos experimentales, muchos de ellos centrados en la resolución de problemas nacionales: investigaciones sobre microbios patógenos, pruebas genéticas de paternidad, estudios nutricionales, física nuclear aplicada a la esterilización de equipos hospitalarios, proyectos en petróleo, pruebas diagnósticas novedosas surgidas de sus laboratorios y tantos otros programas exitosos también en formación de recursos humanos de alto nivel, en prueba de aporte al país; por el otro lado, Jesús Soto, Marisol Escobar, Alejandro Otero, Carlos Cruz Diez, Lía Bermúdez… y sus magníficas obras de arte, acompañándonos en nuestro discurrir académico, mudos testigos de alegrías y tristezas. 

Había problemas, sin duda. El paraíso no existe sino en libros y sueños. Pero cuando comparo aquello con la cotidianidad actual, siento que el nirvana lo tuvimos cerca, sin notarlo. 

Hoy en el IVIC aparecen de vez en cuando las mismas nieblas de hace medio siglo. Pero el ambiente es otro porque el país es otro. Del IVIC estudioso y pujante queda todavía gente valiosa que trabaja y se esfuerza por salir adelante en laboratorios carentes de recursos, gente que tozudamente insiste en mantener vivo al IVIC a pesar del deterioro institucional representado en magros presupuestos para investigación, y en numerosas vacantes surgidas del alejamiento de un personal altamente calificado que ha abandonado sus mal remunerados cargos en busca de un futuro mejor, casi siempre fuera del país, huyendo de la miseria circundante. Un personal remanente ahora más dedicado, como es natural en estos tiempos tormentosos, a sobrevivir en medio de la penuria nacional, sin que quede tiempo ni energía para cumplir con la misión fundamental. 

También sufren Soto, Cruz Diez, Escobar… cubiertos de maleza y suciedad, perdido el brillo de épocas pasadas, huérfanos de las miradas cómplices de quienes se acogían a su sombra para contarles sus cuitas y explicarles sus hallazgos. Ya no hay tiempo para ellos. La dureza de la vida venezolana bajo la revolución fallida nos ha cegado a las bellezas del entorno, nos impide disfrutar de los atardeceres magníficos que de vez en cuando desparraman sus colores en nuestra montaña, nos hace sordos al sonido del viento entre las hojas. Solo hay tiempo para escarbar en las necesidades básicas de la vida diaria para sobrevivir. 

Por los momentos, el encanto del quehacer científico y su armonía con la poesía del paisaje circundante parecen remotos. Pero regresarán, seguro que sí, y el IVIC volverá un día ojalá cercano a resplandecer con sus jardines cuidados, las obras de arte valoradas y una actividad científica rutilante, cuando este país, nuestro país, retome la senda de la civilidad hacia un destino mejor, muy pronto.

Feliz 60º aniversario, querido IVIC.

*Este artículo es una versión modificada de un texto interno escrito en ocasión de un aniversario anterior del IVIC.

TUITEANDO

Dice el usurpador: “Hoy celebramos la creación de la Universidad Experimental del Transporte (UNET) a partir de la transformación del IUT Federico Rivero Palacios”.

Y respondo: El IUT, alguna vez un instituto de alta factura creado hace 48 años en 1971 con el asesoramiento del gobierno francés, muere así en manos de la ignorancia y de quienes hayan colaborado para destruirlo. Triste noticia.

Gioconda Cunto De San Blas
@daVinci1412 ‏

martes, 12 de febrero de 2019

JESÚS ALEXIS GONZÁLEZ, VENEZUELA EN RUTA AL CIVILISMO


El civilismo, ha de entenderse como una doctrina política según la cual el gobierno de la Nación debe estar encomendado a personas civiles, a la luz de un régimen político inspirado y dirigido por individuos elegidos por el pueblo sobre quien reside la soberanía, sometiéndose al derecho y respeto de las libertades. A tenor de ello, una dictadura, aunque sea ejercida por civiles, no constituye un régimen civilista porque no está sometida a las normas constitucionales y legales del Estado.

El militarismo, por su parte, hace referencia a la preponderancia de los militares y de la doctrina militar en el desenvolvimiento de la Nación, con relevante influencia en la política del Estado en una clara desviación del recto sentido de lo militar al punto de perfilar un sistema político militar.

En lo especifico del caso venezolano, desde el año 1821 los militares impusieron su peculiar y distintivo rasgo en pro del control de los gobiernos, hasta el año 1958 (137 años después) cuando se da inicio a un período civilista al subordinarse constitucionalmente la estructura militar al poder civil; situación que fue interrumpida en la Constitución del año 1999 (bajo la influencia de Hugo Chávez) cuando se regresa al militarismo al concederle jerarquía militar al Presidente de la Republica en la condición de Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional, a la luz del Artículo 236 constitucional en cuanto a las Atribuciones del Presidente o Presidenta de la Republica, al establecer en su ordinal 5: “Dirigir las Fuerza Armada Nacional en su carácter de Comandante en Jefe, ejercer la suprema autoridad jerárquica de ellas y fijar su contingente”. 

Es de resaltar, que Hugo Chávez Frías al momento de tomar juramento como Presidente de la República en 1999 irrespetó la Constitución en su Artículo 328: “La Fuerza Armada Nacional constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política (…)” cuando cambió la tradicional expresión de Patria o Muerte por Patria, Socialismo o Muerte; la cual repitió el 30/01/2005 en la ciudad de Porto Alegre, Brasil al señalar la necesidad del socialismo para trascender el capitalismo, e inició tal pretensión bajo el indefinido y amorfo Socialismo del Siglo XXI. Tal “desobediencia constitucional”, la asumió como propia el hoy saliente usurpador Nicolás Maduro (ante las ilegítimas e ilegales elecciones del 20M 2018) cuando en el funeral de Hugo Chávez en 2013 gritó: “La batalla continúa, ¡Chávez vive, la lucha sigue!” (la cual repetía en la mayoría de los actos protocolares); todo ello con el agravante que de igual modo se convirtió en un saludo militar, muy especialmente por parte del denominado Alto Mando Militar: “Independencia y patria socialista. Viviremos y venceremos. Chávez vive, la lucha sigue”.

Resulta pertinente acotar, que la Fuerza Armada Nacional Venezolana está integrada (febrero 2019) por 25 Dependencias con un total de 344 Cargos, donde los entes con transversalidad militar suman 9 (36% del total) conformadas con 171 cargos (49,7% del total); mientras que las Dependencias de Apoyo y de Servicios suman 16 (64% del total) estructuradas con 173 cargos (50,3% del total). En el primer grupo se observa, que el Alto Mando Militar está conformado con 15 cargos (4,4% del total, 8,8% del grupo); mientras que en el segundo grupo se destaca la preponderancia, tanto de la Dirección General de Empresas y Servicios estructurada con 29 cargos (8,4% del total, 16,8% del grupo), como de la Universidad Militar Bolivariana organizada con 38 cargos (11,1% del total, 21,9% del grupo).

Por otra parte, es sabido que una República en su condición de Nación ha de estar sustentada en un régimen democrático integrado por ciudadanos y dirigido por civiles a cuyas órdenes debe encontrarse la estructura militar; siendo de manifiesta obviedad que un régimen militar no puede ser democrático habida cuenta de su naturaleza autoritaria basada en la obediencia debida; más aún para el caso venezolano ya que la Constitución establece en su Artículo 2: “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna (….) la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”; e igualmente en su Artículo 6: “El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela (….) es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables”.

A tenor de los señalamientos precedentes, se desprende que el militarismo no puede instituirse como un árbitro del acontecer político, tal como el Alto Mando Militar, nuevamente, actuó en enero/18/2019 al declarar su “irrestricto apoyo” a un nuevo mandato del usurpador, quien en cómplice reciprocidad continuamente señala: “La revolución bolivariana es militar”. Ese “armonioso desenvolvimiento”, en mucho responde, se infiere, al deseo de la cúpula militar por mantener sus elevadas cuotas de poder económico (Zona Económica Militar) y político que han acumulado durante el “proceso revolucionario” (¿?) chavista-madurista.

Reflexión final: Apenas se instale el gobierno de transición, se hará obligante reinstitucionalizar la Fuerza Armada hasta deslastrarla de su actual condición de “partido político”.

Jesús Alexis González
jagp611@gmail.com
@jesusalexis_gon

NOEL ÁLVAREZ, YO EL SUPREMO


La escritora mexicana, Lucia Melgar, quien en varios de sus escritos ha analizado el poder adquirido por los dictadores latinoamericanos, después del proceso independentista, dice lo siguiente:”Hoy, muchos gobernantes de carne y hueso ya no escriben ni leen, tampoco asumen la responsabilidad de sus actos. Persiste en muchos, el sueño del poder absoluto, así sea mediante la imposición del terror”.  



Continua reflexionando Melgar y advierte  “conviene recordar una voz que le advierte al supremo y a nosotros: No acabará esta especie maligna de la sola-persona hasta que la persona-muchedumbre suba en derecho de sí a imponer todo su derecho sobre lo venenoso y torcido de la especie humana”. Esta consideración hecha por la escritora, surge a partir de su análisis de la novela: “Yo el Supremo”, del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien enfrentó y sufrió los rigores de la dictadura de Alfredo Stroessner, en Paraguay.  

A partir de la figura de José Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó férreamente Paraguay durante casi tres décadas del siglo XIX, se construye,  la novela Yo el Supremo, esta obra pone de manifiesto un ataque directo al poder y  al autoritarismo político, destacando la represión vivida por el pueblo paraguayo durante el reinado del supremo. La obra muestra las contradicciones que conlleva el ejercicio del poder autoritario. Rodríguez de Francia representa la figura del caudillo latinoamericano que surge a partir de la ruptura del continente americano con su metrópoli española. 

La ruptura de la ley y el orden permite el ascenso de figuras militares y civiles, autóctonos, que se hacen del poder dictatorial perpetuo. Justo después de la declaración de independencia, se establece un momento de inestabilidad política y anarquismo donde el poder se sustenta de manera muy débil en las autoridades tradicionales. Éste vacío de poder que se presenta en los nuevos Estados Latinoamericanos allana el camino al nacimiento de la supremacía caudillista que asegura defender los intereses de estos nuevos Estados-Nación emergentes.  

El poderío absoluto de Gaspar Rodríguez, le permitió crear una policía secreta, implementar el cierre comercial de fronteras, lo que hizo que el paraguayo, se convirtiera en un gobierno autosuficiente. Yo el Supremo, conserva su relevancia para el mundo actual, aun cuando, la figura más representativa de la dominación extrema ya no sea un dictador ilustrado, libertador de la Patria, sino el gobierno de nadie. 

El supremo, como dictador perpetuo, impone que la única voz escuchada en sus dominios sea la suya y que todos sus súbditos sigan el camino marcado por él, porque está convencido de que ese es su destino. Cualquier opinión discordante, cualquier discurso crítico deben ser acallados, ya que, cuando un dictador quiere algo, lo obtiene, sin importar que tan brutales sean los métodos utilizados para alcanzarlo. 

Rodríguez de Francia, opuesto a la superstición y a la manipulación religiosa, convencido del laicismo y empeñado en garantizar la integridad y grandeza de su país, amenazado por vecinos y potencias extranjeras, cierra las fronteras, somete al clero y le expropia sus bienes; crea un ejército de ciudadanos-soldados y reforma la educación conforme a un ideal cívico que inspira amor a la patria y reverencia al poder absoluto; se arroga la soberanía, que solo volverá al pueblo tras su muerte, y así se justifica como representante y protector de éste. 

El tirano paraguayo escribió su biografía en un cuaderno privado, intentando preservar su imagen para la posteridad. En su semblanza reflexiona sobre la palabra y la soledad del poder. Su aspiración más cara era poder superar a la muerte, lo que el autor-compilador le otorga en un momento, sin por ello salvarlo de la condena de su pueblo ni de quienes leen su historia. La mano suprema que escribió, desde la tumba no puede evitar la quema de sus manuscritos, ni el juicio último del compilador que los rescata, reúne y anota. 

Historias como las de Yo el Supremo, las encontramos a lo largo y ancho de Latinoamérica durante todo el siglo XX. Hasta llegar al presente día, donde en algunos países, como en el caso de Venezuela, se ha entronizado una caterva de individuos que forma parte, ya no de un grupo nacionalista, como sí, de una kakistocracia que representa los intereses de un proyecto de dominación transcontinental. No quiero entrar en el terreno de los adivinos pero las circunstancias concomitantes en este problema, me llevan a creer que, el revoltijo de individuos que controla, de facto, los destinos de nuestro país, no  renunciará voluntariamente a ese privilegio, a menos que, el ala democrática del país, revestida con el apoyo del verdadero soberano, actué con fortaleza, determinación y valentía.

Noel Álvarez
Noelalvarez10@gmail.com
@alvareznv
Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

RONNY PADRÓN, MILITARES SOCIALISTAS Y CRIMEN DE EXTERMINIO


"El crimen de exterminio consiste en la imposición intencional de condiciones de vida, entre otras la privación del acceso a alimentos o medicinas, encaminadas a causar la destrucción a una parte de una población. Este acto deberá cometerse como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque“. Wikipedia.

Si no bastara con la notoria complicidad de la fuerza militar socialista con el régimen criminal liderado por Hugo Chávez primero y hoy día por Nicolás Maduro Moros, que hizo posible su permanencia en el poder desde el 11 de abril de 2002 hasta el presente, debemos sumar ahora el prenombrado crimen de exterminio. Porque eso y no otra cosa es lo que acontece con la negativa del usurpador socialista frente a la solicitud mundial de un canal humanitario para ingresar alimentos y medicinas destinados a los miles de venezolanos víctimas del régimen socialista.

Es innegable que la fuerza militar es el último bastión de la presente dictadura y por ende solo aquellos de sus miembros que obedezcan la orden presidencial colaborando en el restablecimiento pleno del orden constitucional conforme al artículo 333 de la Carta Magna serán merecedores de un trato distinto al de criminales tal como corresponde a todos los integrantes de esa organización militar fundada por el socialismo en Venezuela.

Si bien es cierto que las Fuerzas Armadas Nacionales de la etapa democrática requerían de profundas reformas para adecuarlas a las necesidades de la República de Venezuela, el caos militar del presente exige su composición desde cero, para alcanzar una institución útil a la República, honrando así el histórico legado del Ejército Libertador

¡Prihibido olvidar! Ora y labora.

Ronny Padrón
caballeropercivall@gmail.com
@caballeroperci

lunes, 11 de febrero de 2019

JOSÉ RAFAEL AVENDAÑO TIMAURY, MILITARES


Aproveché los recientes días para leer la Tesis Doctoral que presentó Ismael Rodríguez Vásquez para  optar el título de Doctor en Ciencias, mención Ciencias Políticas en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, Centro de Estudios de Posgrado, de la Universidad Central de Venezuela (Noviembre 2015).

No se trató de una lectura al azar destinada a “matar el tiempo”. Lo hice, sencillamente, en virtud de la agobiante crisis nacional que confrontamos todos los venezolanos. Donde la presencia del estamento militar tiene un rol preponderante en el mantenimiento o modificación de la coyuntura política en que vivimos. Se trata de una cotidianidad exasperante y a la vez inexplicable. La arruga se ha estirado tanto que se encuentra a punto de hacer “trac”.

La tesis en cuestión lleva por título “Institucionalización y reinstitucionalización del estamento militar venezolano 1910-1964”. Se trata de un estudio académico serio donde aborda el comportamiento de la claque militar venezolana a partir de la era republicana iniciada en abril de 1810. La concreción y aspecto fundamental de la tesis se limita desde el año 1910 hasta el año 1964. Por todas aquellas paradojas inexplicables del destino el periplo del cambio sustantivo lo inicia un ex ganadero y financista producto de una revolución triunfante. Convertido en general indiscutiblemente faculto –sin ningún tipo de dudas al respecto- en la gesta iniciada con motivo a la caída del liberalismo amarillo y la posterior consolidación iniciada (Invasión de los sesenta desde la zona aledaña a Cúcuta en la república de Colombia) que culminó con la Batalla de Ciudad Bolívar, donde la oposición armada al régimen fue derrotada. Su fama de guerrero fue debidamente consolidada y reconocida por su jefe y compadre, el también general, Cipriano Castro.

Diríamos entonces que el silvestre ganadero y cultivador fecundo de café se ganó en el campo de batalla las charreteras correspondientes de jefe militar indiscutido. Lo que le permitió convertirse -a su vez- como el amo absoluto de la generosa y amplia hacienda llamada Venezuela. La que manejó y dispuso a su antojo; y le permitió consolidar y usufructuar una riqueza inimaginable para la época.

Juan Vicente Gómez, el alto preboste, propició la creación formal de la Academia Militar venezolana con la única finalidad de formar a los jóvenes oficiales que se convertirían en la columna vertebral del nuevo Ejército. Allí vimos como las primeras promociones egresadas de la Escuela Militar se interrelacionaban dramáticamente con los “generales y otros oficiales (de la “vieja escuela”) llamados coloquialmente, acertadamente, como: “Chopo e’ piedras”. Argamasa muy contradictoria por lo demás. Cuya implosión generó (entre otras cosas) el 18 de octubre de 1945.

El colofón de su tesis de grado culmina con la adecuación del estamento militar venezolano a la emergente conducta republicana y democrática iniciada a raíz del 23 de enero de 1958. Resaltan los pensum de estudio asumidos y la formulación de una novísima doctrina militar adecuada a los tiempos modernos. Respetuosa de la Constitución Nacional; donde se definía, de manera lúcida y acertada, su rol fundamental como parte garantizadora de la aplicación de los principios constitucionales esbozados por aquella constitución. Era, en síntesis, una garantía cierta de que las Fuerzas Armadas Nacionales no se convertirían nunca más en guardianes pretorianos de los inefables caudillos. A quienes se les ocurriera reeditar (en el futuro) todas las viejas conductas atípicas y delictuales por todos conocidas.

El crecimiento y formación intelectual y material del estamento militar patrio fue incrementado de manera determinante en los cuarenta años posteriores al 23 de enero de 1958. Fueron garantes y determinantes en la conservación de la paz republicana con motivo a los levantamientos militares ocurridos (desde la extrema derecha a la extrema izquierda) donde se derramó valiosa sangre venezolana en los novísimos campos de batalla. La Fuerza Armada Nacional era conceptuada, para aquel entonces, como una de las grandes reservas morales, contentivas de inequívoca respetabilidad. Con la que contaba, entre otras, el Estado venezolano.

Así las cosas llegamos a 1999. Los errores cometidos por parte de la mayoría de la dirigencia política del país (incluyendo algunos provenientes de los cuadros militares) hicieron que resurgiera el viejo fantasma de la intentona golpista para enderezar los entuertos. Los golpes de Estado fallidos propiciaron el triunfo de un nuevo y peculiar caudillo militar, por vía electoral. La mayoría de los venezolanos queríamos un cambio radical en las maneras y en los modos propiciados por los últimos gobiernos civiles  que venían ejerciendo su mandato constitucional.

Las falsas expectativas creadas. La incapacidad manifiesta de corregir los vicios y errores en el manejo de la “res pública”; se hicieron patente –una vez más– agravando la crisis económica, social y política de la nación, el Estado y de la ciudadanía y población en general. Los errores de la llamada cuarta república han quedado enanos ante la magnitud de la actual crisis nacional propiciada por los últimos gobiernos “robolucionarios”.

El doctor Ismael Rodríguez Vásquez da comienzo a su enjundioso estudio con un extracto de un texto cuya autoría corresponde al doctor José Rafael Pocaterra (Memorias de un venezolano en la decadencia). Dicho texto, con la venia de mis distinguidos lectores, me permito glosar a continuación:

 “Si esos muchachos de los cuarteles parasen mentes en el papel que les corresponde y no en el que le asignan “los jefes” –generalmente iletrados, barbaros, chabacanos, que gozan de la jefatura porque son los “hombres de confianza”- en veinticuatro horas quedaría resuelto el problema de Venezuela, sin sangre ni conmociones, ni peligrosas reviviscencias 

Algunos suponen que de los cuarteles jamás pudo ni podrá salir la libertad … Pueden que tengan razón esos; no obstante yo, desconfío más de la selva que del cuartel”.

La gravedad de la crisis es suficientemente conocida. ¡Hasta por los más lerdos” Las horas son cruciales. Las expectativas son todas ciertas a ser cumplidas y penden sobre Venezuela como una “espada de Damocles”. El presidente interino ha venido ejecutando algunas acciones políticas puntuales inobjetables. Ha designado representantes suyos ante diversos gobiernos extranjeros. También ante órganos multilaterales. De igual modo ha venido delineando algunas líneas maestras que tienen que ver con la coyuntura. Dos de ellas me hicieron reflexionar –aún más– sobre el tema tratado en este escrito. Es decir, el preponderante papel a jugar por parte del estamento militar venezolano. También la probable solicitud de amparo internacional a nivel militar.

De igual modo tengo la opinión que ha soslayado -en la praxis- una herramienta fundamental en toda lucha cívica. Me refiero al indiscutible rol -en época de crisis- de las denominadas huelgas o paros escalonados por un determinado lapso. Hasta concluir, de ser necesario, en la declaratoria o llamamiento a la Huelga General o Paro General indefinido. Este eficaz instrumento de lucha constituye, sin duda alguna, el elemento de presión idóneo y adecuado con que cuenta la ciudadanía para hacer valer sus derechos conculcados. Hasta ahora –inexplicablemente– no lo ha hecho y solamente ha hecho sentir la presencia combativa -aunque esporádica- en la calle de la ciudadanía mediante dos multitudinarias manifestaciones populares (marchas, mítines, cabildos, o como quiera denominárseles) reprimiendo, de algún modo, el acerado espíritu combativo del pueblo que está dispuesto -sin mayor prédica- a patentar el rechazo al oprobio.

“El ejército es el pueblo en armas”, reza un vetusto dicho. Es el pueblo uniformado con las armas en la mano. Sea propicia también la ocasión para reproducir, por lo pertinente, el artículo 328 de la Constitución Nacional:

               “La Fuerza Armada Nacional constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política, organizada por el Estado para garantizar la independencia y soberanía de la Nación y asegurar la integridad del espacio geográfico, mediante la defensa militar, la cooperación en el mantenimiento del orden interno y la participación activa en el desarrollo nacional, de acuerdo con esta Constitución y la ley. En el cumplimiento de sus funciones, está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna. Sus pilares fundamentales son la disciplina, la obediencia y la subordinación. La Fuerza Armada Nacional está integrada por el Ejército, la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional, que funcionarán de manera integral dentro del marco de su competencia para el cumplimiento de su misión,  con un régimen de seguridad social integral propio, según lo establezca su respectiva ley orgánica”.

Pienso que la FAN se encuentra a tiempo de “auto componerse” por todas las imposturas cometidas. Si no lo hace de manera perentoria; en el futuro ya muy cercano, habrá la necesidad de rediseñar la estructura global, doctrina y función de la Fuerza Armada Nacional en la Venezuela del siglo XXI. El desenlace de la crisis (en sus diversas opciones) es inminente. Hace días el ex presidente uruguayo José (“Pepe”) Mujica pronunció unas palabras aleccionadoras, sobrecogedoras y expectantes. Las traigo a colación no porque sean originales o expresen algo nuevo (Ya que muchos pensamos lo mismo). Lo hago en virtud de la  seriedad de quien las emite y su cercanía política con Maduro y su Combo. La indiscutible probidad ideológica y honestidad política y personal que posee no es motivo de discusión. Palabras más, palabras menos dixit: “Los Estados Unidos de América están dispuestos a intervenir militarmente en Venezuela (con otros aliados, agregado mío) si las condiciones así lo ameritan”.


José Rafael Avendaño Timaury
Cheye36@outlook.com
@CheyeJR

ORLANDO AVENDAÑO, DE LA DESESPERANZA A GUAIDÓ


Cómo se orquestó la toma del poder en Venezuela

Como algunos quieren hacer creer, la gran toma del poder en Venezuela no fue tramada por un solo mariscal, desde su jardín, de forma maquiavélica

Juan Guaidó en evento ante la sociedad civil en la Universidad Central de Venezuela. (EFE)

Esta crónica se elaboró luego de consultar varias fuentes que prefirieron mantenerse en el anonimato y no ser citadas.

En agosto de 1943 se empezó a tramar la famosa Operación Overlord. Era la toma de la Bastilla, el asalto al Palacio de Invierno o el ataque de los liberatores; de la Segunda Guerra Mundial. El gran plan que, en un contexto desfavorable, torcería la historia a favor del otro bando. Y en Venezuela, los preparativos para el Día D iniciaron en diciembre de 2018.

No existe el Eisenhower caraqueño. Tampoco el Montgomery zuliano. Como algunos quieren hacer creer, la gran toma del poder en Venezuela no fue tramada por un solo mariscal, desde su jardín, de forma maquiavélica. Fueron muchas voces que, en sus espacios, articularon al país —y al mundo— para fraguar la gran operación política que hoy tiene a Maduro en jaque. Al tirano en su búnker —su führerbunker—.

“La Constitución me da la legitimidad para ejercer la encargaduría de la presidencia de la República para convocar elecciones (…) Me apego a los artículos 233, 333 y 350 de la Constitución para lograr el cese de la usurpación”, dijo el entonces diputado Juan Guaidó al mediodía del 11 de enero de 2019.

Inmediatamente después de lo que fue el inicio de los cabildos, el primero en saludar a Guaidó como nuevo presidente de Venezuela fue el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro. El discurso en el cabildo había sido bastante ambiguo, por lo que Almagro prácticamente le adhirió, con cemento, la banda presidencial a Guaidó.

Pero la noche anterior ocurrió bastante. Veinticuatro horas antes del primer cabildo Juan Guaidó no tenía previsto apegarse a los artículos 233, 333 y 350 de la Constitución. No tenía pensado decir nada sobre la encargaduría o la presidencia o lo que sea.

Hay que ir más atrás. Unas semanas. Cuando los grandes responsables de la toma del poder en Venezuela, esos que orquestaron la invasión caribeña a Normandía, empezaron a cimentar el terreno de la gran estrategia que llevó a Juan Guaidó al 23 de enero de 2019. El momento decisivo en el que, cargadas las bayonetas, listos los barcos, las tropas desembarcaron y marcaron el inicio de un proceso irreversible. Con la juramentación de Guaidó como presidente interino de Venezuela, Nicolás Maduro entró en el último período de su mandato dictatorial. Inalterable, invariable. Definitivo.

Preparativos para el Día D

Afuera de la Casa de las Américas, en Washington DC, hacía unos ocho grados centígrados. Era 14 de diciembre. El día nublado. En el despacho del secretario general se repartió café a los invitados: eran el presidente del Tribunal Supremo de Justicia venezolano en el exilio, Miguel Ángel Martín; los diputados Francisco Sucre, Freddy Superlano, Carlos Lozano y Juan Guaidó. Por teléfono estaban Julio Borges y el gran líder de Voluntad Popular, Leopoldo López.

Se discutía lo que todos coincidieron que era una oportunidad única. Jamás se había presentado una ocasión tan conveniente en veinte años de chavismo. La región favorece el cambio con nuevos jefes de Estado, conservadores, alineados con la Casa Blanca, donde ahora gobierna un empresario pragmático, enemigo acérrimo del rojerío en el mundo. Además, hay que designar a una nueva directiva del Parlamento venezolano. Es el momento para apartarse de una dirigencia que había hecho bastante daño a los ciudadanos venezolanos y que hoy carecía de prestigio y de credibilidad. Pero lo más importante, más allá de la posibilidad de refrescar el panorama político en Venezuela y lo apropiado de una región aliada de la causa, era la oportunidad de deponer a Nicolás Maduro a través de un proceso plenamente constitucional.

Las discusiones llevaban meses desarrollándose, es cierto. Cuatro líderes venezolanos que, en coordinación con los principales actores del continente, buscaban establecer una ruta que permitiera concretar el desmoronamiento del régimen de Nicolás Maduro. Eran María Corina Machado, Antonio Ledezma, Julio Borges y Leopoldo López. Pero en diciembre se dieron los primeros acercamientos —con la ausencia, y a la espalda, en ese momento, de dos de los líderes—. Y entonces se empezó a coquetear con la idea: enfocar todos los esfuerzos en un trayecto, legítimo, constitucional, que pudiera ser respaldado por la comunidad internacional sin el temor de ser catalogada como compinches de un coup d’Etat.

No hubo consenso. Apenas era una idea que flotaba en el aire. Como una ficción utópica, parecía demasiado distante porque todo dependía de un Parlamento que lo único que había podido ofrecerle al venezolano era frustración. Pero la mayoría de los actores, los sensatos, esos comprometidos genuinamente con la causa por la libertad de Venezuela, veían en el artículo 233 de la Constitución la última gran oportunidad para salir de Nicolás Maduro: quiéranlo o no, a la Asamblea le corresponde asumir su responsabilidad. Era una obligación.

Se trazaron los planos. Se armó el borrador. Los Eisenhower, dos en Caracas, otros en Washington, uno en Bogotá y el otro, en Madrid, empezaron a esbozar el proyecto. Y parte de la estrategia era presionar. Públicamente y en privado. De lo contrario, el riesgo de que no se ejecutara el plan —o de que fuera saboteado por enemigos encubiertos— era muy alto. Había que alzar la voz.

El 21 de diciembre, en un video publicado desde su cuenta de Twitter, una de los cuatro, María Corina Machado, envió un mensaje a la Asamblea Nacional de Venezuela. “Se nos presenta una nueva oportunidad”, dijo, “tenemos que salvar al país”.

“Nicolás Maduro es un ilegítimo. El 10 de enero concluye un período presidencial y no hay presidente electo. Punto. Hay un vacío de poder, que tiene obligación de ser llenado por la Asamblea Nacional, designando un Gobierno de transición encabezado por el presidente de la propia Asamblea Nacional”, aseveró ese día Machado.

Y el alcalde exiliado, otro de los cuatro, Antonio Ledezma, hizo lo propio el 23 de diciembre: “El próximo cinco de enero, más que instalar una junta directiva de la Asamblea Nacional, debe instalarse un Gobierno de transición. Porque Maduro es ilegítimo”.

Ya la matriz de opinión se estaba formando. Ciudadanos reconocidos como el diplomático y expresidente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Diego Arria; el jurista y secretario del grupo IDEA, Asdrúbal Aguiar; el prestigioso profesor de Harvard, Ricardo Hausmann; y —porque habrá que insistir en su nombre hasta el final— el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, habían clamado la urgencia de que, ante el vacío de poder que Nicolás Maduro dejaría el 10 de enero, el presidente del Parlamento tiene la responsabilidad de asumir el espacio.

Aparecieron los antipáticos de siempre. Con altivez, desde sus tribunas, afilaron sus plumas para reclamar que nadie, desde ningún espacio, goza de la autoridad para decirle qué hacer y cuándo a la Asamblea. Y que además, que el presidente del Parlamento se crea, luego, presidente del país, era una insensatez. Proponían, en concreto, violentar la Constitución de Venezuela.

En los espacios del mundo donde se traman estas cosas y se toman las decisiones importantes siguió discutiéndose el tema. Desde la Organización de Estados Americanos se insistía con empeño en la ruta que lucía como la más adecuada. Mientras, en la Casa Blanca se aviaban los halcones para, eventualmente, saltar a la yugular de Nicolás Maduro.

Al clamor de los principales actores de la región y el liderazgo opositor comprometido con la causa por la libertad, se sumaron los ciudadanos. Las redes sociales, donde abundan esos ásperos guerreros del teclado que andaban, testarudos, exigiendo, se llenaron de opiniones incómodas para los mezquinos. Que cuando sea la falta absoluta de este, entonces es el otro al que le toca asumir el rollo. Listo. No hay para dónde coger. Afortunadamente la Constitución es bastante clara. Y por esos días se citaba a cada rato.

Terminó el año. Las gentes voltearon sus miradas a la decisión que tomarían los asambleístas en lo tocante a la nueva directiva. Como ya se hablaba del artículo 233, entonces mucho dependía de quien quedara como presidente del Parlamento. Pero un evento, antes de la designación de los nuevos jefes de la Asamblea, irrumpió la atención. Secuestró las miradas. Y un comunicado, distante de todo lo que se pudiera esperar, marcó un hito.

Fuentes cercanas al proceso dicen que la declaración que dio el Grupo de Lima el 4 de enero de este año sorprendió hasta al Gobierno de Estados Unidos. En el comunicado, se lee: “El Grupo de Lima insta a Nicolás Maduro a no asumir la presidencia, que respete las atribuciones de la Asamblea y le transfiera provisionalmente el poder hasta que se realicen nuevas elecciones”.

Ese día, luego de una cumbre realizada en la capital de Perú, catorce países acordaron no reconocer “la legitimidad de un nuevo período presidencial del régimen de Nicolás Maduro que iniciará el 10 de enero de 2019”. Tajante. También transparente. Las potencias de la región, excluyendo a México —que no suscribió el texto—y a Estados Unidos, impusieron un deadline. Y, además, se refirieron abiertamente al proyecto que se había empezado a armar en diciembre: al presidente de la Asamblea Nacional le corresponde asumir las competencias del Ejecutivo.

Para este momento aún no había consenso entre las cuatro facciones políticas de la verdadera oposición. Dividida en dos, una parte se inclinaba más a la idea de un Consejo de Estado conformado por quienes timoneaban las tres principales instituciones legítimas (la Asamblea, el Tribunal y la Fiscalía); y la otra, siempre más radical, y alérgica a cualquier cosa que tuviera que ver con diálogo o elecciones, se mantenía firme en la idea de subordinarse al artículo 233 de la Constitución. Estos dos, junto a los otros padres de la Operación Overlord venezolana, salieron envalentonados con el acuerdo firmado ese 4 de enero en Perú. “Estados Unidos aplaude al Grupo de Lima por ponerse del lado de la democracia en Venezuela y denunciar la próxima juramentación ilegal de Nicolás Maduro. Las elecciones en Venezuela fueron viciadas e injustas”, dijo al respecto el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo.

Por otra parte, la declaración del Grupo de Lima generó inquina entre aquellos, presuntos opositores, cuyos intereses se veían amenazados. Desestimaban por completo la idea de un nuevo presidente en el país —y, para argumentar la postura canalla, blandieron que aquello desencadenaría violencia, persecución y más confrontación—.

Reuniones. Muchas. Encuentros, llamadas y presiones. El mundo ya veía, frente a sí, su oportunidad para librarse de Maduro. No iba a dejar que pasara. Y cuánto inquietaba que aún hubiera discordia entre quienes tenían que coincidir para que avanzara la toma del poder en Venezuela.

Como se deseaba, Juan Guaidó fue designado presidente de la Asamblea Nacional. Pese a un acuerdo político al que se llegó en 2015 cuando la oposición se apoderó del Parlamento, existía la angustia con la posibilidad de que partidos desacreditados sabotearan el pacto que daba a Voluntad Popular la presidencia. No ocurrió, afortunadamente. La fuerza política de Leopoldo López logró los votos y llevó a Guaidó al que en ese momento era el espacio más importante en el país.

Como dicen quienes lo trataron durante los preparativos del Día D, Guaidó siempre tuvo la voluntad de asumir los riesgos inherentes al cargo histórico que ahora lo investía. De todos los diputados, parecía la persona adecuada para la responsabilidad. Joven, intachable y enérgico. Con retórica pausada, pero precisa. Elegante, viril, con una familia modélica. Era el hombre adecuado para el momento adecuado. Pero, porque siempre hay un pero, aunque quisiera, aunque tuviera la voluntad y el coraje para enfrentar a la caballería y a todas las fuerzas en combate del enemigo —que además ha mostrado ser implacable y cruel—, Guaidó no se veía con la firmeza para deslastrarse de todos esos cadáveres políticos que, en el paroxismo de la confrontación, podían regresar del camposanto para arrastrarlo y encerrarlo en el averno —esa mazmorra de deshonra y descrédito habitada por todos aquellos que ya habían sido presidentes de la Asamblea Nacional—. Entonces había mucha ansiedad.

A las 12 de la noche del 10 de enero el diplomático Diego Arria publicó un mensaje en sus redes sociales. “A partir de este momento el presidente de la Asamblea Nacional, el diputado Juan Guaidó, ha pasado a ser el presidente encargado de la República de Venezuela (…) está obligado (…) sé que es una decisión difícil (…) le digo al nuevo presidente que, si se juramenta, estoy dispuesto a prestarle toda la ayuda (…) ¡Felicitaciones!”, dijo Arria. Una afirmación que inmediatamente se viralizó. Fue el primero en adherirle la banda presidencial. Y también el primero en mencionar la urgencia de una juramentación y la idea de nombrar embajadores en los países que reconozcan a Guaidó como presidente.

Pero el nuevo presidente de Venezuela parecía no haberse enterado de que, de su hombro, ahora colgaba una cinta tricolor. Ante la ilegal juramentación de Nicolás Maduro el 10 de enero—de la que no hay nada importante que señalar más allá de haber sido una vergonzosa muestra del abandono del mundo a la Revolución Bolivariana—, Juan Guaidó dio un discurso en la sede de su partido, Voluntad Popular. Fue sonso y mal estructurado. Insinuó, entre tanto que dijo, que no iba a asumir la presidencia de la República. En vez de mencionar lo que le correspondía —que ahora era comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana—, terminó anunciando que ese día no habrá anuncio sino que será el siguiente, cuando haya anuncio.

El peso de la opinión pública se impuso como nunca. Albricias, que ya la sociedad venezolana no es la misma que disfruta alcahuetear imprudencias. Severa e inclemente, salió con todo a hacer la denuncia de que algo malo estaba ocurriendo. En paralelo, pendía como sable de Damocles la advertencia de que, si Guaidó evade lo que le corresponde, la otra institución legítima, el Tribunal Supremo de Justicia en el exilio, estaría dispuesta a designar un Gobierno de transición. Fuentes cercanas a los magistrados aseguraron que todo estaba listo para responder ante la posible decisión de Juan Guaidó de no apegarse al artículo 233 de la Constitución.

“Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia se reunieron con el secretario general de la OEA. Trataron la urgencia de cumplir con el artículo 233 de la Constitución de Venezuela para que no exista vacío de Poder Ejecutivo”, publicó en Twitter, junto a una foto de los magistrados en la oficina de Almagro, la cuenta del Tribunal Supremo de Justicia en el exilio.

El día fue largo. Muy largo. Desde temprano los comentaristas en televisión decían que parecía que el diputado de la Asamblea Nacional estuviese eludiendo su responsabilidad. A NTN24 el escritor y profesor universitario en Georgetown, Héctor Schamis, le dijo que Guaidó estaba entre pasar al olvido o llenarse de gloria. La decisión la debía tomar él.

Horas antes del discurso de Guaidó del 10 de enero, los diputados discutieron la denominada «Ley del Estatuto que rige la transición». Se impuso esa sobre otra en la que se establecía el reconocimiento al Tribunal Supremo de Justicia en el exilio, se hablaba de vacío de poder y se acordaba que el presidente de la Asamblea Nacional debía asumir las competencias del Ejecutivo. En la discusión, fueron los principales partidos del Parlamento —el denominado G4, compuesto por Primero Justicia, Voluntad Popular, Un Nuevo Tiempo y Acción Democrática— los que terminaron desechando el documento que obligaba a Guaidó asumir la presidencia. Al final la ley no se terminó votando porque imperaba una tensión rígida, inaguantable. Era un documento inaceptable para, por ejemplo, la denominada Fracción del 16 de Julio (compuesta por diputados independientes, de otros partidos; y de las fuerzas políticas Vente Venezuela y Alianza Bravo Pueblo; los partidos de María Corina Machado y Antonio Ledezma, respectivamente). Pero ahí estaba la ley. Y el mundo se enteró del peligro que significaba.

A lo largo de la tarde del 10 de enero, quienes estaban al tanto de la discusión sobre la Ley del estatuto de transición, presumieron que, aunque jamás se aprobó, Juan Guaidó se estaba subordinando a él. En consecuencia, empezaron a hacer llamados de atención.

Orlando Avendaño
@OrlvndoA
PanAm Post