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lunes, 4 de marzo de 2019

MARIO VARGAS LLOSA, LA TRAGEDIA DE UCRANIA

Anne Applebaum relata la hambruna premeditada por Stalin para someter a la población de Ucrania, frenar todo intento de nacionalismo y liquidar a las organizaciones que se resistían a integrarla a la URSS

En 1928 Stalin hizo un viaje por Siberia que duró tres semanas. Había derrotado a sus adversarios dentro del Partido Comunista y era ya el amo supremo de la URSS. Comenzaban a escasear los cereales en el inmenso territorio y, luego de aquello que vio y oyó en ese recorrido, Stalin sacó las conclusiones ideológicas pertinentes. De acuerdo a la doctrina marxista, la culpa la tenían los campesinos retrógrados, que, gracias a la expropiación de los latifundios y la liquidación de los kulaks, habían pasado a ser pequeños propietarios y contraído las taras características de la burguesía. ¿La solución? Obligarlos a ceder sus granjas y dominios e incorporarse a las granjas colectivas que harían de ellos proletarios, la fuerza pujante y renovadora que reemplazaría su mentalidad burguesa por el fervor solidario de los bolcheviques.

Este es el origen, según Anne Applebaum, en su extraordinario libro Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania, de la caída en picado de la agricultura en todos los dominios de la URSS, pero que golpearía sobre todo, con ferocidad inigualable, a Ucrania, causando, en los años 1932 y 1933, varios millones de muertos y escalofriantes escenas de suicidios, asesinatos de niños, saqueos y canibalismo. La investigación que la autora lleva a cabo revela al mundo, en su apocalíptica dimensión, un acontecimiento que, por lo menos en sus características reales, había sido ocultado por la censura estalinista, pese a los aislados esfuerzos de algunos historiadores como Robert Conquest, en The Harvest of Sorrow, por difundirlo. Pero sólo ahora, con la independencia de Ucrania, los documentos y testimonios relativos a aquel holocausto han podido ser consultados, y Anne Applebaum, que a todas luces domina el ruso y el ucraniano, lo ha hecho con minucia y escrupulosa objetividad.

Según ella, la hambruna fue premeditada por Stalin y su cortejo de cómplices —Mólotov, Kaganóvich, Voroshílov, Póstishev, Kosior y algunos más— para someter a Ucrania, frenar todo intento de nacionalismo en su seno y liquidar a las organizaciones que se resistían a integrarla a la URSS bajo la férula de Moscú. Y da como pruebas el que en aquellos mismos años el Politburó soviético redujo drásticamente la publicación de libros y periódicos en ucraniano, así como la enseñanza de esta lengua en las escuelas y universidades, e impuso el ruso como idioma oficial del país.

Sea como fuere, desde el año 1929 se pone en marcha la disolución de las pequeñas propiedades agrícolas a fin de incorporarlas a las granjas colectivas. Los campesinos, que habían visto con simpatía la revolución, se resisten a entregar sus tierras y ganados, y asociarse a las enormes empresas colectivas, que, dirigidas por burócratas del partido, suelen ser poco eficientes. Las instrucciones de Stalin son terminantes: aquella resistencia sólo puede provenir de los enemigos de clase que quieren acabar con el socialismo y debe ser aplastada sin misericordia por los revolucionarios. Las brigadas comunistas recorren los campos, confiscando propiedades, ganados, aperos, semillas y enviando a prisión a quienes no colaboran. Uno de los jefes del Gulag, en Siberia, envía un telegrama a Moscú diciendo que no le envíen más detenidos porque ya no tiene cómo darles de comer. Al mismo tiempo, un prisionero escribe a su familia: “¡Qué maravilla! ¡Me dan un panecillo cada día!”.

Entre 1932 y 1933 hay varios millones de muertos y escenas escalofriantes de suicidios, asesinatos de niños y saqueos

Las cosechas han comenzado a encogerse, los robos y ocultamiento de alimentos se multiplican por doquier, Stalin insiste en que el partido debe ser “implacable” en su lucha contra los saboteadores de la revolución y el hambre hace su aparición con sus terribles secuelas: robos, asesinatos, suicidios, aldeas que desaparecen porque todos sus habitantes han huido a las ciudades con la esperanza de encontrar en ellas trabajo y alimentos, y los cadáveres son ya tan numerosos que quedan tendidos en las calles y caminos porque no hay gente suficiente para enterrarlos.

Los testimonios que reúne Anne Applebaum ponen los pelos de punta: hay padres que matan a sus hijos con sus manos para que no sufran más y, los más desesperados, para alimentarse con ellos. Ya se han comido todos los perros, caballos, cerdos, gatos y hasta ratas y ratones que podían coger, y los comunicados que llegan a Ucrania de Moscú son cada día más apremiantes: negar la hambruna y, sobre todo, el canibalismo y los suicidios, y castigar sin complejos a los verdaderos causantes de esta catástrofe: los enemigos de clase, los fascistas, los kulaks, verdaderos responsables de las calamidades que se abaten sobre Ucrania.

Para el estalinismo, la resistencia procedía de los enemigos de clase y debía ser aplastada

¿Cuántos murieron? Unos cinco millones de ucranianos, por lo menos. Pero no hay manera de saberlo con exactitud, porque las estadísticas estaban fraguadas por la disciplina partidaria que lo exigía o por el miedo de los burócratas del partido a ser castigados como responsables de la hambruna. El Kremlin impuso, además, una versión oficial de los sucesos que no sólo la prensa comunista obedecía; también la capitalista lo hacía a través de periodistas venales o cobardes, como el repelente Walter Duranty, corresponsal aquellos años de The New York Times, quien, comprado con casas y banquetes por Stalin, se las arreglaba para, en artículos que parecían redactados por un moderno Poncio Pilato, presentar un panorama de normalidad y desmentir las exageraciones de ciertos testimonios que lograban filtrarse al exterior de lo que de veras ocurría en la URSS y, sobre todo, en Ucrania. Una de las excepciones fue el británico Gareth Jones, quien consiguió recorrer a pie el corazón mismo de la hambruna durante varias semanas y contar a los lectores ingleses de The Evening Standard los horrores que en Ucrania se vivían.

Leer un libro como el que ha escrito Anne Applebaum no es un placer, sino un sacrificio. Eso sí, obligatorio, si uno quiere conocer a los extremos a que puede conducir el fanatismo ideológico, la ceguera y la imbecilidad que lo acompañan, y la irremediable violencia que es, a la corta o a la larga, su consecuencia. La hambruna y las muertes en Ucrania ayudan a entender mejor el terrorismo yihadista y la bestialidad irracional que consiste en convertirse en una bomba humana y hacerse volar en un supermercado o en una sala de baile, pulverizando a decenas de inocentes. “¡Nadie es inocente!” era uno de los gritos del terror anarquista según Joseph Conrad, que describió mejor que nadie esa mentalidad en El agente secreto.

Si leer este libro provoca escalofríos, ¿cómo habrá sido pasarse los años que tomaron a su autora el escribirlo? Me la imagino muy bien, inclinada horas y horas, en polvorientos archivos, leyendo informes, cartas de suicidas, sermones, y descubriendo de pronto que tiene la cara empapada por las lágrimas o que está temblando de pies a cabeza, como una hoja de papel, transubstanciada con aquel apocalipsis. Debió de sentir una y mil veces la tentación de abandonar esa tarea terrible. Y sin embargo continuó hasta el final y allí está ahora ese testimonio atroz, al alcance de todos. Ocurrió hace casi un siglo allá en Ucrania, pero no nos engañemos: no es cosa del pasado, sigue ocurriendo, está a nuestro alrededor. Basta tener el coraje de Anne Applebaum para verlo y enfrentarlo.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2019. © Mario Vargas Llosa, 2019.

Mario Vargas Llosa
vargas_llosa@gmail.com
@Mariovargasllo

miércoles, 2 de diciembre de 2015

MANUEL MALAVER, DELITOS APTOS PARA TODO PÚBLICO


Es un milagro que los días que cuenta la campaña electoral no contabilicen más asesinatos, secuestros, atracos, robos y asaltos, según son de furiosos, intensos y reiterativos los llamados a la violencia,  la guerra y la confrontación que los dos “presidentes” de Venezuela, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, expelen a diario.

Y en el caso del primero, no precisamente en el circulo de sus amigos y seguidores (que casi no le quedan), o en programas de radio y televisión que no alcanzan el 5 por ciento de ratting -dado el rechazo del 90 que tiene la llamada “hegemonía comunicacional”-, sino en cadenas de los medios radioeléctricos que pueden oírse en la mañana, la tarde  o la medianoche, porque el Stalin y el Beria venezolanos creen que sus delitos “son aptos para todo  público”.
En cuanto al segundo, también vocifera a cualquiera hora y en cualquier sitio, pero especialmente desde la Asamblea Nacional que preside, y en una mueca de programa de televisión que masculla los miércoles en la noche en horario estelar por el canal del Estado, con el sugestivo titulo de “Con el mazo dando” y es otra prueba de lo que no se debe hacer para mantener la salud del oído, la vista, la razón y la lucha política.
Y, mucho menos, en los días que preceden a unas elecciones que, en si,  son propensos a caldearse, romperse,  estallar -y más en un país donde la polarización política marca récords mundiales-pero que no apaciguan,  sino incendian a estos dos guerreros del insulto y del atropello con ventaja, porque de estar en una simple escaramuza, o refriega de barrio, eso siempre se lo dejan a sicarios, que para eso les pagan y bien.
Pero ¿por qué estos odios, miedos, rencores, pánicos, fobias,  resentimientos, y de todo cuanto tenga que ver con destrozos, ruinas, escombros, fragmentos y sangre?
Bueno, porque, sencillamente, a los sucesores o herederos del llamado “presidente” o “comandante eterno”, Chávez (otra cursilería de un  movimiento político que no nació para hacer historia sino anacronía) le llegó la hora de la verdad, el primer conteo electoral después de dos años y siete meses de asalto al poder, el del 6D, y lo que dicen todas las encuestas es que, si se atrevieran a hacer unas elecciones sin fraudes, interferencia de la campaña y el acto de votación y, definitivamente,  honestas y transparentes, perderían con el 80 por ciento de los votos.
Cifra que, no sale solo del universo opositor (un total del 60 por ciento de los electores) sino del 40 por ciento restante que podría definirse como chavista o madurista, y que, en más del 20 por ciento, o se abstendrá o votará por la oposición.
Quiere decir que, “los herederos o sucesores” dependen de una monstruosa abstención que pase del 40, o 50 por ciento, para rebanar lo que se pueda del 50 por ciento de votantes y así decir que ganaron o perdieron por poco margen.
Y por eso, la violencia, los tiros, los muertos, los atropellos, la fanfarronería, la apuesta desesperada porque el hambre, las enfermedades, la desnutrición y el miedo mantengan el 6D a los electores en sus casas, a escondidas y las bandas de criminales, de asesinos y sicarios puedan hacer en las calles lo que les de la gana.
Por eso también la negativa a que multilaterales, ONG y observadores internacionales imparciales se asomen siquiera al acto comicial, pero si avalaban la presencia de una unión de compinches, la UNASUR, que, por estar financiada por Maduro y Cabello -mientras dejan sin alimentos y medicinas a los venezolanos-, saldrá a proclamar a las horas de un fraude que “la revolución ganó en unas elecciones irreprochablemente limpias”.
Sin embargo, los contundentes porcentajes de rechazo al dúo que traen todas las encuestas para las parlamentarias del 6D, no son los únicos que lo perturban, sino que, preguntas menos cerradas de estudios de “Datanálisis”,  “Keller y Asociados” y “Consultores 21” “sobre las preferencias en un Referendo Revocatorio” contra Maduro, no solo ratifican, sino que amplían, las ventajas de la oposición y del país para ponerle fin al peor gobierno venezolano de todos los tiempos.
En otras palabras que, la sentencia a muerte política de Maduro y Cabello, su partida de defunción o declaratoria de que, definitivamente, no son aptos para gobernar, que sirven para cualquier cosa, menos para ponerse al frente de una comisaría, alcaldía o consejo municipal, y, por tanto, deben despedirse del premio de la lotería que un moribundo, y sus presuntos albaceas,  los dictadores cubanos, Fidel y Raúl Castro, le pusieron en las manos, precisamente por eso, por incompetentes y corruptos.
En los dos años y meses  de Maduro y  Cabello, en efecto, lo poco que dejó Chávez de los colosales ingresos que recibió el país por el ciclo alcista de los precios del crudo,  se transfirió casi literalmente a la  nomenclatura y burocracia cubana, sobre todo a sus octogenarios capitostes que, sustituyeron con creces al subsidio soviético y se preparan a no irse a la tumba sin dejar instalada la primera dinastía de la historia republicana de las Américas, en la persona del hijo mayor de la Raúl, Alejandro.
Hambre y represión, esa fue la regla de oro que le dejó Stalin a sus acólitos caribeños para mantenerse más de medio siglo en el poder y esa es la que están aplicando los nietos de Stalin y Fidel e hijos de Raúl y Chávez, Maduro y Cabello, en una espiral de destrucción progresiva y creciente del país que ya nos tiene situados en las más alta inflación del mundo, un desabastecimiento de alimentos y medicinas que se acerca al 80 por ciento, destrucción  de la infraestructura física del país del 70, decrecimiento del 5 (el más alto de la región y del mundo occidental) e índices de desigualdad y crecimiento de la pobreza crítica de más del 50.
Pero es nada comparado con las violaciones masivas de los derechos humanos, el fin de la independencia de los poderes, las cárceles con cerca de 100 presos políticos, la asfixia de la libertad de expresión que ha visto desaparecer el 95 por ciento de sus medios independientes y el reparto del gobierno entre Maduro y Cabello y pandillas del hampa común y la delincuencia organizada que se dividen la represión y tienen encerrados en sus casas o en sus tumbas a 30 millones de personas.
    “Nunca había visto a un país sin guerra tan destruido como Venezuela” le declaró el veterano periodista, Jon Lee Anderson, al colega, Albinson Linares, de medios impresos y digitales venezolanos y escritor sin pérdida,  (“Nuestro enfermo en La Habana”. Edit: es. Cicero. es. Madrid. 2013) en una reciente entrevista que le concedió en el “Hay Festival” de Ciudad México.
Y la afirmación con todo y ser sobrecogedora, es una verdad a medias, porque guerra si hubo y la hay y desde el primer día que Chávez asumió la presidencia en febrero de 1999 y continuó durante los 14 años que estuvo en el poder lanzando a unos venezolanos contra otros, destruyendo a la FAN, descuartizando a PDVSA, reduciendo a la nada al bolívar, dilapidando los ingresos petroleros del ciclo alcista, promoviendo la corrupción y el narcotráfico, desguazando el aparato productivo nacional hasta hacerlo desaparecer, entregándonos a poderes extranjeros semiimperialistas y semibárbaros como los de Rusia, China y Cuba y transformando la economía en un conuco del cual aspiraba viviéramos sembrando yuca, maíz, arroz y criando ganado, pollos y cochinos.
Y ni siquiera logró semejante extravío, pues Venezuela importa en este momento el 95 por ciento de la comida que consume, no tiene insumos médicos ni medicinas, no puede atender sus necesidades básicas en urgencias de artículos elaborados y materias primas, y, aparte de destruir el aparato productivo,  redujo la capacidad productora y exportadora  de PDVSA a menos de la mitad, y sin producción nacional ni dólares para importar, caímos en el peor de los mundos posibles, la hiperinflación, donde lo único que existe son billetes que no valen nada.
Hay, también, asesinatos (30.000 año), secuestros, asaltos, robos, narcotráfico, lavado de dinero, contrabando y un tipo de delito nuevo, el “bachaqueo”, que consiste en sustraer los artículos de las importaciones oficialistas a dólar de mercado para venderlos a dólar subsidiado, pero que los bachaqueros “sinceran” a precios exponenciales y haciendo las fortunas de burócratas civiles y militares.
Por eso afirmo, en contravención de Jon Lee Anderson, que en Venezuela, si hubo y hay guerra, pero una guerra  de baja intensidad que, es también,  otra cara de lo que se llama ahora “la Tercera Guerra Mundial”, afincada,  no en la guerra tradicional de gobiernos  y estados contra países, sino de mafias contra toda la  sociedad -previa toma del poder del estado y del ejército-,  para proceder al sometimiento de sus ciudadanos y luego hacer parte de la gran revuelta mundial contra la paz, la libertad, el bienestar y la democracia que encabezan ISIS, Al Qaeda, Hamas, Hizbolá y gobiernos forajidos o semiforajidos como los de Cuba, Rusia, Siria, Bielorrusia, Nicaragua, China, Ecuador, Irán, Bolivia, las monarquías del Golfo, Sudàn, Zimbawue y Corea del Norte.
Todos amigos y aliados de Maduro y Cabello, claro que no gratuitamente, sino “por el puñado de dólares” que aun nos restan de las exportaciones petroleras.
Sucedió un asesinato de un líder opositor en un mitin que presidía la esposa de Leopoldo López, Lilian Tintori, en plena campaña electoral,  la tarde del jueves, en Altagracia de Orituco, Estado Guárico y por eso pienso que no existe mejor expediente para demostrar que Maduro y Cabello hacen parte de la “Tercera Guerra Mundial” y sus cuarteles no están lejos de París, La Habana, Amberes, Ankara, Pyongyang, Mosul y Aqqa.
Manuel Malaver
manuelmalaver@gmail.com
@MMalaverM

Caracas - Venezuela