lunes, 29 de febrero de 2016

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, ANTIPOLÍTICA DE UNIFORME, PIDO LA PALABRA, VENTANA DE PAPEL, LA HIPERTROFIA DEL ESTADO VENEZOLANO

En política, no siempre el azar define la continuidad o interrupción de procesos a partir de los cuales se cimientan u orientan realidades. Aunque a veces, son decisiones inspiradas en improvisaciones. O elaboradas al amparo de intrigas montadas con la mayor inquina posible. O incluso, motivadas por resentimientos o revanchas a manera de cobrar deudas políticas nuevas o acumuladas. De ahí que muchas determinaciones elaboradas con propósitos políticos laudables, terminan confundidos y enredando procedimientos a seguir. En medios de este tipo de circunstancias, se estimulan condiciones oscuras que abren puertas a divagaciones que, a su vez, permiten la entrada libre a maniobras atentatorias de principios y valores morales.

Son los momentos perfectos para comenzar a cultivar pretensiones de corte autocrático que finalmente tienden a darle cabida a tiranías o a gobiernos despóticos. Pero tal situación no se alcanza, sino con el apoyo que un poder político conspirador puede incitar. Un poder político que no siempre se traduce en participaciones furtivas. Sobre todo, cuando cualquier trampa, fraude o chantaje posible necesita de la movilidad social que la dinámica económica puede aportarle. Sin embargo, esa vía no parece garantizar ningún respaldo que asegure alguna transfiguración política que conduzca a desvirtuar el “Estado de Derecho” que requiere un proyecto de gobierno de corte antidemocrático.

Tal intención va mucho más allá. Para lograr dicho cometido, debe acudirse a otros recursos. El judicial o el militar. El judicial, porque como alguien acertadamente dijera, “mientras mayor es el número de leyes, más corrupto es el Estado” lo cual no es un argumento falaz. Es exactamente uno de los problemas que adolece Venezuela el cual, ha venido acentuándose, primeramente,  con el concurso del poder habilitante mediante el cual el presidente de la República ha usurpado funciones legislativas. Por esa razón, la esfera de leyes se ha acrecentado. Pero paradójicamente, en perjuicio no sólo de una administración de gobierno transparente. Igualmente, de una nación con derechos, garantías y libertades adquiridas constitucionalmente. En segundo lugar, con el respaldo de un tribunal supremo de justicia o TSJ el cual, como refiere Fernando Mires, ”es sólo una sigla para designar al brazo judicial del gobierno”. Aunque a decir de tan cruda alusión, además de servirle al Poder Ejecutivo para politizar la justicia, cuestión ésta que le ha permitido judicializar la política, también le ha facilitado ajusticiarla con el único propósito de ejercerla según mejor convenga a los intereses del proyecto revolucionario. Precisamente, de su aplicación devino el infortunado error que arrastró la politización y partidización de la justicia, vulgarizándola en  todos sus sentidos.

El otro recurso es el militar. En Venezuela se ha intentado. De hecho, el modelo político que ha intentado seguirse, está apegado al sentido militar. Es profundamente militarista. La debilidad política que viene asomando el gobierno central, devela dicha situación. De esa forma, ha buscado adentrarse en el reducto que le provee las Fuerzas Armadas. Así se empeñó en amurallarse como gobierno, mediante deferencias y condescendencias servidas al sector militar con la finalidad de asegurarse algún nivel aceptable de gobernabilidad y estabilidad. Para ello buscó el respaldo de una hegemonía militarista para así valerse de un gobierno con entera discrecionalidad pues le resultan incómodas las posturas de la oposición actuando desde la Asamblea Nacional, tanto como un ordenamiento jurídico que afecte sus descarnadas apetencias.

Ante esto, Mieres apunta que el gobierno venezolano “(…) se apoya en las armas, no en la mayoría, tampoco en la legalidad y mucho menos en la legitimidad”. Pero aunque obstinadamente pueda el régimen desentenderse de lo que pauta la Constitución en cuanto a la independencia de los poderes públicos, cualquier barbaridad que le sirva para alcanzar más poder y dominar con mayor rigurosidad al pueblo, no pasará de ser circunstancial ya que siempre la soberanía del pueblo será el mayor y más seguro estamento con que cuenten las libertades y la democracia. Indistintamente que cualquier fraude contra el Estado de Derecho y Justicia busque resguardarse y preservarse bajo la antipolítica de uniforme.

VENTANA DE PAPEL

LA HIPERTROFIA DEL ESTADO VENEZOLANO

Lejos de lo que ha venido caracterizando el desarrollo de países latinoamericanos, cuyos Estados han sido moderados y hasta precavidos en cuanto a su crecimiento, Venezuela fue la excepción. Su peculiar condición de encarar al resto del mundo desde la óptica que le facilitó la “chequera petrolera”, hizo que se desmidiera y desmandara en términos de las posibilidades y oportunidades que ha tenido. Pero nunca consideró, con la mesura y la responsabilidad necesarias, lo que los tiempos determinaron. Muy a pesar de que el finado presidente militar prometió el mismo día de su toma de posesión, en enero de 1999, que su mandato lo edificaría sobre un aparato gubernamental cuya administración fuera modesta. Tanto así que reconoció el exceso burocrático que para entonces hacía lenta la elaboración y toma de decisiones públicas. Pero aquella promesa no duró mucho. Se evaporó tan rápido como gota de agua bajo el sol del desierto.

La preeminencia del populismo por encima de verdaderas necesidades y criterios de elevada monta política, se impuso. De manera que al poco tiempo, el presidente no sólo comenzó a ordenar la creación de oficinas públicas y nuevos ministerios. Sino que además, decidió ampliar los ministerios ya creados. Todo ello con la finalidad de asegurarle al gobierno una importante cuota de apoyo político. De esa forma, el régimen comenzó a ganar el espacio político que para entonces necesitaba el hecho de darle piso firme y seguro a la estabilidad del gobierno.

Sin embargo, no conforme con tales decisiones, contradictoriamente le asestó un duro golpe al proceso de transferencia de poderes y desconcentración de competencias que vino siendo abordado por la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, COPRE. Proceso éste que motivó entre otras respuestas, la elección de alcaldes y gobernadores por votación popular. Por otra parte, se sumó el carácter marcadamente presidencialista de la sancionada Constitución de la República en 1999. Buena parte de su articulado, fue elaborado al margen de lo que sirvió como principio y fundamento a los criterios seguidos en los debates que tuvieron lugar en los predios de la COPRE.

Esta situación que en poco o nada fue advertida, como consecuencia del grosero derroche de dólares motivado por la cuantiosa renta petrolera, comenzó a derruir al aparato político sobre el cual se asentaba la pujante concepción democrática del Estado venezolano. La miopía del gobierno militarista, hizo que muchas  leyes se reformaran para que calzaran, justamente, con el tamaño que el Estado estaba pretendiéndose.

Más aún. Se formularon nuevas leyes que, sin importar colisión alguna, daban curso legal a la creación de nuevas corporaciones gubernamentales a desdén que colisionaran entre sí. O que degeneraran en atropellos contra instancias o procedimientos ya existentes.

De modo que tan denodado crecimiento no tuvo forma de repararse. Fue tal el bullicio que las emergentes realidades incitaron en medio de la cúpula y mandos del gobierno, que nadie o pocos prestaron atención al deterioro que el Estado venezolano comenzaba a padecer. Al menos, en medio de la capacidad profesional que integraba sus filas. Aunque las universidades autónomas, algunos estudiosos y analistas políticos elevaron sus voces de reclamo y advertencia frente a lo que venía engendrándose. Pero no fueron escuchados. Menos, atendidos. Y así el país comenzó a derrumbarse sin que las alarmas fueran percibidas de cara a la emergencia de una crisis de Estado que ya venía configurándose. Hoy, por esas razones, el ciudadano común, con sentido de las realidades, se siente indignando frente a los graves problemas que han surgido a consecuencia de indolente y aguda situación que vive el país. Es decir, la hipertrofia del Estado venezolano.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

Merida - Venezuela

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