miércoles, 27 de enero de 2016

JUAN DE DIOS RIVAS VELÁSQUEZ, EL PODER Y LA PERVERSIÓN

Vivimos en un país caotizado por las perversiones de un poder codicioso, desnaturalizado, inhumano y atolondrado por el amor al dinero verde y al como sea. Lo que planteo Hugo Dvoskin hace un tiempo me sirve de base para esta opinión.  Los términos “poder” y “perversión” convocan al juego de palabras del que no nos privaremos: “la perversión del poder” nos llevaría por los terrenos de la sociología y de la política. Mal que nos contagia a los gobernantes y políticos hoy en Venezuela. El referente “poder” no es un concepto definible hoy en Venezuela como algo cerca del bien común y en especial para la gente recta y de buenas intenciones. Utilizando nuestra vivencia y la realidad del día a día tenemos una cosmovisión de hechos desastrosos y herrados en la forma de gobernar y legislar, pero aun peor en la forma como se administra justicia (en especial con los hechos de corrupción y actuar inmoral de los altos personeros públicos “Gobernantes y Diputados”).

Sin embargo, podría formularse “el poder de la perversión” y allí dos cuestiones nos implican: la perversión en tanto diagnóstico de estructura y los efectos del poder en el sujeto. Aquí podría hablarse de sugestión y premeditación, aun cuando nuestro intento sea desplazarnos hacia la cuestión de la “sumisión”. Por esa vertiente llegamos a una cuestión clínica: la transferencia y la dirección de la cura cuyo texto rector lleva las marcas de la cuestión “la dirección de la cura y los principios de su poder”.

Si “el poder de la perversión” nos es atinente es fundamentalmente por los efectos que la suposición de un Otro sin castrar, –digámoslo por su nombre, la suposición de la existencia de Dios–, tiene globalmente en las neurosis a muchos y más específicamente en la obsesión del dinero mal habido en los jerarcas que ostentan el poder.

 “Bienaventurados sean los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos”. “Desde un lugar Otro exterior, ocupado por Dios, le es dado al sujeto un lugar, un lugar insignificante. Partiendo de una adhesión incondicional dada por la fe a dicho orden”. ¿Por qué el reino de los cielos se abriría justamente para aquellos que son pobres de espíritu? ¿Acaso no debería abrirse para los ricos de espíritu? Podría bien tratarse de alguna paradoja o, tal vez, de una verdad sobre el Otro. Pobre de espíritu cabe leerlo aquí como falto de deseo, dispuesto a aceptar aquello que le es propuesto, que es dispuesto, que le es impuesto. Aceptarlo sin oposición, con resignación, eventualmente con fe en cualquier decisión del Otro, siempre sabia. Un Otro que sabe, cuyo poder se hace su-misión en el sujeto a quien desde ese lugar le corresponde “los cielos”.

Para Freud el hombre debía enfrentar tres problemáticas centrales. Por un lado, la hiperpotencia de la naturaleza y la fragilidad de nuestro cuerpo. Para ambos, dice Freud, confiemos en la ciencia y la medicina. Por el otro, la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad. ¿Confiaríamos aquí en las leyes hechas por el hombre corrompido y en “el amor al prójimo cuando tiene valor”? Probablemente no, pues “la cultura política imperante encuentra en la inclinación agresiva en tanto disposición pulsional autónoma y originaria (del ser humano) y (y desnaturalizada con alevosía en el Socialismo del Siglo XXI), el obstáculo más poderoso”. ¿Puede esto cambiar con simples diálogos entre los actuantes en política, economía y los que ostentan el poder? Eso es una esperanza y un camino que hay que intentar para no desatar los demonios de la guerra civil.

Pero el más complejo subjetivamente es el cuarto término, que refiere al quehacer que es atinente a nuestra praxis: como cada quien resuelve la cuestión de la insatisfacción, del goce que no hay. Si bien existirían distintas alternativas como sustitución, la religión sería especialmente apta para intentar ese logro –siempre fallido– perjudicando “el juego de elección-adaptación”, imponiendo a todos por igual su camino para conseguir dicha y protegerse del sufrimiento. Su técnica consiste en deprimir el valor de la vida. A este precio, mediante la violenta fijación a un infantilismo psíquico, la religión consigue ahorrar a muchos seres humanos la neurosis individual... difícilmente obtenga algo más... cuando el creyente se ve precisado a hablar de los “inescrutables designios” de Dios, no hace sino confesar que no le ha quedado otra posibilidad de consuelo ni fuente de placer en el padecimiento que la sumisión incondicional”. Del goce que no hay a la sumisión al poder del Otro, la llave es la religión, la religión como discurso y no como praxis. Podríamos postularlo inversamente y llamar discurso religioso a ese texto del sujeto que acepta la sumisión incondicional al poder/saber del Otro. Se trata de la posición del creyente, del aquel que tiene “certeza en la creencia” de que en el Otro hay (un) saber al que hay que someterse. Hay quienes intentamos ir por la política de hacer hechos sociales y promover iniciativas sociológicas de bien común. Actuar con cabeza, corazón y coraje. 

 En transferencia, hay quienes aseveran que la transferencia es un efecto del sujeto supuesto al saber. Podría formularse que la sumisión es un efecto posible de suponer un saber a alguien, particularmente cuando esta creencia toma la forma de una “certeza en la creencia” o una creencia verdadera. No me refiero a la práctica religiosa organizada bajo la forma del mostrador, y tampoco al Populismo venezolano “te doy, me das”, “te pido, te prometo”, “te hago una ofrenda, recibo” “te doy tanto y tú me devuelves tanto” “te consigo un permiso o un cupo y tú me pagas tanto”. Se trata de la práctica robolucionaria que refiere a que “sea como sea y lo que sea lo que pase, es voluntad del Señor Estado”. Forma de atribución de saber que es así se generará en amor de Chavismo. Para el psicoanálisis este amor se leerá como resistencia a las carencias y pobreza; era para Freud un llamado a la interpretación por la dimensión de engaño que supone el amor pues el Otro nada sabe del deseo de cada quien. La religión, demagogia, la hipnosis y la sugestión leerán como verdad esta obsecuencia al bien que el Otro ofrece. La sumisión y el amor transferencial en análisis impiden la revelación de la verdad en tanto dificulta al sujeto escuchar, justo ahí donde para la sugestión se trata de una revelación que el sujeto no debe desoír. En el día a día la caridad es un paliativo y el trabajo es el futuro.

 Este es el momento de pensar que Venezuela necesita un moral cristiana, constitucional y humana sana, virtuosa y compartida por todo el gran conglomerado social que hizo posible liberar a cinco paises Bolivarianos, basta del Bolívar falso y caracterizado para que sirva de sostén a un oprobioso poder y que no sirva para cambiar a un fracaso por unos megalómanos con pasado de prevaricadores.

Juan de Dios Rivas Velásquez
rvjuandedios@gmail.com
inpresjubiladosypensionados@gmail.com
@rvjuandedios
Solidaridad Independiente

Caracas - Venezuela  

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