jueves, 21 de abril de 2016

POLO CASANOVA, LAS VIRTUDES DEL HUMANISMO CÍVICO VS. LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD A TRAVÉS DEL LUJO, LA LIBERTAD Y EL PROGRESO

1)      El drama sempieterno de la búsqueda de la felicidad, bien por la dedicación y exaltación de las virtudes del llamado “Humanismo Cívico”, o bien por la búsqueda de la felicidad a través de acciones individuales, que compatibilizadas en un orden superior, que Hayek llamó “espontáneo”, porque se concreta por la acción de los hombres pero no por su designio, es un dilema parecido a un tornillo tirafondo, pareciera no tener final.
El primero, la búsqueda de la felicidad a través del llamado “Humanismo Cívico” pertenece, se genera su fundamentación filosófica en la primera civilización occidental que viene desde el Siglo VI A.C. con los Presocráticos, pasando por Aristóteles, expresado sabiamente en su “Ética Nicomaquea”, continuando con San Agustín y Santo Tomás, siendo un fundamento básico de la ética y de la moral del hilo conductor Aristotélico-Tomista, hasta llegar al Renacimiento, cuyo mentor más conocido y más importante de la época fue Maquiavelo con “El Principe”; el segundo, la búsqueda de la felicidad a través de acciones individuales, pertenece, se genera, en la segunda gran civilización occidental, conocida como la Modernidad, que tuvo sus antecedentes en los trabajos físico-astrológicos de Copernico, Kepler, Galileo y Bryke que se concretaron epistemológica y filosóficamente en los escritos de René Descartes en la primera mitad del Siglo XVII, aparentemente inconexas, pero que buscan su ordenación en la expresión de un orden, que Hayek llamó “espontáneo”, porque ese orden se compatibiliza en un orden superior donde todas las decisiones individuales se concretan en un orden espontáneo, cambiante, cosa difícil de explicar y cuanto más de entender, pertenece a las categorías filosóficas fundamentales de la modernidad conocidas como “individualismo”, el “yo”, y aparejadas con los conceptos modernos de libertad y Estado Nacional.
Ese debate es viejo, es el mismo debate que se dio en Venezuela entre los partidarios de la corriente liderada por Simón Bolívar sobre “el amor a la patria como un sentimiento”, que fue la que se impuso; y “el amor a la patria como una manifestación racional” de Juan Germán Roscio y Miguel José Sanz, que fue la que no se impuso; es por ello que yo sostengo que “la modernidad” no llegó a América Latina en términos generales, y a Venezuela en lo particular, sino a finales del Siglo XIX, con la educación, y sólo después de la Segunda Guerra Mundial, con los aspectos centrales de la economía política de la modernidad después de la obra de Keynes del año de 1936, “La Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero”, que todos los economistas conocemos como la “Teoría General”; aspectos estos pendulares que se reflejan aún, todavía hoy, en un país atrasado y atávico llamado Venezuela.
De eso es lo que trata este ensayo de M. M. Goldsmith, “Liberty, Luxury and Persuit of Happyness”.
El “Humanismo Cívico” en Inglaterra – es el tema que trata este ensayo – proveyó un marco ideológico en la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII. Durante este largo período, el “Humanismo Cívico” fue la única plataforma utilizada en Inglaterra para las discusiones políticas de cualquier tipo, y fue, sin ninguna duda, la ideología política dominante.
El “Humanismo Cívico” de la época en la Inglaterra de entonces, no estuvo confinado a un partido político en particular, fue apoyado, defendido y difundido por una masa enorme de tratadistas de la ciencia política y de la sociología política, el humanismo cívico fue utilizado como fuente de inspiración también en el teatro, en la poesía y en la literatura, entre otros por Brocke, Fielding, Pope and Thompson, pero la lista sería interminable.
El “Humanismo Cívico” alcanza su clímax en la Inglaterra de entonces en una obra de Jonathan Swift, “Project for the Advancement of Religion and the Reformation of Manners” (1709), donde un personaje ficticio inventado por Swift, Isaac Biekerstaff, pregonaba abiertamente que todos aquellos que egoístamente gastan su tiempo en caminar, hablar, fumar sus pipas y saborear sus cafés, actividades dedicadas exclusivamente a sus placeres personales, eran hombres muertos, llamándolos, “caminantes muertos”, que deberían ser reportados a la compañía de entierros para llevarlos al cementerio.
La paradoja era bien clara, para el propósito de Biekerstaff, enterrar a aquellos que sólo comían, bebían y se pavoneaban delante de los demás, vestidos y adornados con sus trapos, con ese sólo propósito, suponía la exaltación de los valores del “Humanismo Cívico” (el enterrarlos), aquellos que se dedicaban en beneficiar al resto de la sociedad con sus acciones eran hombres útiles en perfecta armonía con los valores del humanismo cívico, el resto no lo era.
En el mismo año, 1709, Bernard Mandeville en una deliciosa ironía, expresada a través de dos personajes ficticios (Lucinda y Artesia), en una de las ediciones semanales de “Female Tatler” emprendió un ataque feroz en contra de los expresado por Swift, a través del personaje conocido como Isaac Biekerstaff; el punto nodal de Mandeville es expresado a través de su personaje ficticio “Lucinda”, “nadie puede ser contabilizado como vivo sólo por el hecho de dejar a un lado sus intereses y sus placeres personales, esas actividades redundan en el largo plazo en el beneficio de todos”.
En “La Fábula de las Abejas: Vicios Privados o Bienestar Público”, Bernard Mandeville enfoca y apunta todas sus baterías en contra del “Humanismo Cívico” de manera deliciosamente irónica.
Si alguien debe ser contabilizado como inútil son los practicantes de las artes y las profesiones liberales, los clérigos, los abogados y aun los físicos, quienes no pueden apropiarse del hecho que, han mejorado la vida humana sustancialmente, sus prácticas y su utilidad ha sido sobrevaluadas, si lo comparamos con los logros y los alcances para la humanidad toda de los constructores de barcos, de molinos, relojeros, ingenieros y de los productores de toda clase de “gadgets”. “La Fábula de las Abejas”, sostiene irónicamente que el “humanismo cívico” es una utopía vana sentada en el cerebro de las personas. La prosperidad no puede ser alcanzada sin los vicios concomitantes a ella: el fraude, el lujo y el honor.
Para rematar, “para una sociedad comercial próspera, los ideales del humanismo cívico son inapropiados”.
Mandeville no argumenta abiertamente que los fundamentos de una sociedad comercial fuesen superiores a los fundamentos del ideal clásico; en su lugar insiste en que los “vicios” son inseparables de una moderna sociedad comercial, los vicios no son deseables, pero son inevitables.
Los autores posteriores a Mandeville, Richard Steele, Joseph Adison y, particularmente, Daniel Defoe han sido considerados como opinionadores favorables a las clases medias y comerciales – por oposición a las clases nobles –; sin embargo, ninguno de ellos aceptan completamente los valores de una sociedad comercial o desechan completamente los valores del humanismo cívico. Se sitúan como diría un anglosajón, “in the middle of the road”.
Esta toma de posición y de consciencia fue lo que llevó a Daniel Defoe a expresar su convicción de las desventajas del lujo sobre los valores impulsados por el humanismo cívico, así como también, su temor por el efecto producto de sus entrañas.
La actitud de Bernard Mandeville con relación a los negocios y al comercio es totalmente diferente. Ambos, el hedonismo de Lucinda o la aceptación de Artesia de la existencia de distintos modos de alcanzar el placer desechando los valores clásicos del humanismo cívico son los fundamentos de que la actividad comercial – una actividad que Aristóteles y otros rechazaron por considerarla antinatural – son, no solamente, una manera y forma de vida satisfactoria, sino que también, tiene un contenido profundo de la búsqueda de la felicidad como una búsqueda de los placeres mundanos en lugar del cultivo de la virtud.
La posición de Mandeville subvierte el orden clásico de valores del humanismo cívico en la búsqueda de la felicidad. Mandeville niega tajantemente que el lujo sea dañino, niega enfáticamente que la importación de bienes lujosos sea dañina para la prosperidad nacional; y niega, igualmente, que “la frugalidad” sea realmente una virtud.
Un aspecto interesantísimo en la propuesta de Mandeville tiene que ver con que muchos objetos que inicialmente pudieran ser considerados como objetos lujosos, con el devenir, debido a su profusión, se convierten en objetos útiles y accesibles para la mayor – sino toda – parte de la población. El caso de los automóviles, de los procesadores personales, de los teléfonos celulares, de las tabletas o de las laptops es bien ilustrativo de este pensamiento de Mandeville.
Así, el sistema político, lejos de ser el trabajo generado por un momento maquiaveliano, es el producto de una máquina que funciona como un reloj suizo, el producto de avances tecnológicos generados a través de un largo devenir.
Ese debate se repite, es el mismo debate entre la frugalidad, el trabajo duro, el ahorro voluntario, característico de los valores del humanismo cívico de Max Webber en “The Protestant Ethics and the Spirits of Capitalism”, y el gasto necesario, para algunos dispendiosos, de Lord John Maynard Keynes en su “Teoría General”, “tenemos que incentivar la demanda agregada interna cuando exista disponibilidad productiva ociosa, así tengamos que contratar cuadrillas de obreros para abrir huecos por la noche y taparlos por la mañana”.
De lo que de Mandeville en su “Fabula de las Abejas” se infiere es que, “el lujo” lejos de ser la fuente de corrupción del sistema político, es uno de los motores ¡sic! fundamentales que contribuye a una nueva concepción de moralidad política y ética, donde la búsqueda de la felicidad está en los placeres individuales y no en las virtudes cívicas.
2)      Qué sería de Francia sin sus perfumes, sin sus talleres de moda, sin sus pasarelas, sin sus trapos y sus adornos; qué sería de Francia sin sus vinos y su champaña; qué sería de Francia sin sus restaurantes, sin sus chefs, sin sus recetas de cocina, sin sus brocados y sus servilletas bordadas o sin bordar; qué sería de Francia sin sus vajillas de porcelana de Limoge y sin sus cubiertos de plata escarbados; en suma, que sería de Francia sin su guía Michellin, sin su Torre Eiffel, sin su Barrio Latino, sin su Trocadero y sin su Saint Germain-de-Pres, sin sus hígados de pato, sin su conffit de pato, sin su maigret de pato y sin su coq-au-vin.
¡NADA!    
Polo Casanova
clubcotoperix@hotmail.com
Aragua- Venezuela

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