martes, 29 de marzo de 2016

EGILDO LUJAN NAVAS, VENEZUELA, HASTA CON LOS ZAPATOS ROTOS FORMATO DEL FUTURO…


“¿Qué cómo están las cosas?. Por la casa, las cosas están muy malas. Diría que demasiado malas. Con decirte que Mamá está muy enferma y no se consiguen las medicinas que le recetó el doctor. A Papá, lo botaron del trabajo y se valieron de una acusación por supuesta corrupción para desconocerle sus derechos laborales. Mi hermano menor, después de dejar de recibir ayudas gubernamentales que le daban en unas misiones, no consiguió algo mejor que meterse a malandro y ahora anda huyendo de la policía. Y si es mi hermana menor, quien decidió ser madre soltera, tiene un niño de cuatro años, y además de que no consigue una guardería para que se lo atiendan mientras ella trabaja, también lo tiene con dengue o zika –porque aún no se sabe qué es lo que le está sucediendo- y tampoco consigue alimentos y mucho menos medicinas. Lo que ha venido a complicar aún más  las cosas, es que, en el medio de este berenjenal, no tenemos agua desde hace más de una semana y se quemaron todos los bombillos de los postes cercanos a mi casa entre apagones y bajones, lo cual es aprovechado por las bandas de choros que viven en la zona para caerse a tiros en la noche o a cualquier hora del día, y nadie hace nada porque los policías, además, dicen que están en desventaja por el tipo de armamento que usan los delincuentes, y que no se le van a jugar ni de broma”.  

Esta descripción no es un cuento. Tampoco un relato entre vecinos y amigos para pasar el rato. Sencillamente, es la realidad a la que se enfrentan a diario millones de venezolanos. Sin importarle, de paso, si es una situación aliada, relacionada o provocada por la “guerra económica”, la caída de los precios del petróleo, la economía rentista o la confabulación entre la derecha venezolana, el Imperio Norteamericano y el Dólar Today para borrar las conquistas populares alcanzadas entre revolución y socialismo. Porque lo que importa es que, mientras se habla y se discute sobre todo eso y hasta se afirma que Venezuela es un país económicamente quebrado, lo otro, lo que no le importa a nadie más que a quien vive el rosario de problemas, en lo único que la dificultad cambia, es que crece cada segundo que transcurre, mientras la desesperación y la indignación parecieran haberse apoderado poco a poco de lo que esos millones de ciudadanos viven, al creer que, en Venezuela,  todo está acabado, por no decir perdido.

Mientras tanto, desde los despachos públicos, siempre bien iluminados, con aire acondicionado y agua potable en abundancia, que los disfrutan a plenitud otros millones de personas, los burócratas, sin erogar un solo bolívar por su uso, se anuncia la puesta en marcha de 14 motores para producir lo que no se produce, exportar lo que no se exporta, garantizar anaqueles llenos. Y, desde luego, hacer que funcione toda la estructura productiva inactiva y oxidada desde 17 años.  

Nadie sabe, por supuesto, cómo es que Venezuela, a partir de ese dirigido funcionamiento estructural,  superará su condición de país dependiente de una economía rentista e importadora, para, a partir del cultivo de cebolla, papas y quinchonchos en las viviendas urbanas y rurales, convertirse en una potencia exportadora; mucho menos, de qué manera es que las autoridades sanitarias van a impedir que el país pase a ser una variable china en eso de la movilización de virus y bacterias desde el campo a las ciudades. Sin embargo, el populismo es capaz de todo, hasta de trasvasar responsabilidades, culpas y fracasos sin que a uno solo de los protagonistas de los hechos, se les imposibilite perseverar en el perfectible desarrollo del arte de engañar.

Concluye el primer trimestre del 2016, y la máxima que retumba entre ambientes populares o de clase media, es que “no podemos seguir así”, más allá de que “dos millones de nuestros muchachos se hayan tenido que ir a otras latitudes”. Pero ¿y qué hacer?. ¿0 es que acaso es mejor flotar con la realidad, hasta que esta tumoración económica-política-social y moral, por sí misma, provoque la metástasis capaz de convertir problemas en oportunidades, fracaso en causa de transformaciones, decepciones en una reactivación sostenida de más esperanzas, y falsos liderazgos en auténticos conductores de las generaciones del cambio y para el verdadero cambio?.

Hoy no basta el cuestionamiento a la conducta colectiva, por estar obedeciendo al ritmo de la costumbre de administrar el sistema de vida entre lo malo y lo peor.  Y  mucho menos, si semejante osadía proviene del seno de individualidades convertidas en depositarias de nobles gestos de confianza de casi 8 millones de venezolanos. Porque el país fue a un proceso electoral y los votantes hablaron. Y lo hicieron coincidiendo con la oferta de construir alianza y unidad, para cambiar. Pero, además, de que sería un cambio democrático. ¿ Y qué es lo que está sucediendo ?.

El Gobierno perdió las elecciones, pero no escucha. Se atrinchera y se resiste. No representa a la mayoría política del país,  y se aferra al poder. Y lo hace buscando toda clase de trucos y de tretas para evitar salir. Antes que por el país, opta por la adicción al veneno del poder. Todo eso se da, además, mientras que el mismo ruido nacional se repite en la casa de  los aliados ubicados en América Latina.

En el Sur del continente, se derrumban los Gobiernos de Argentina y de Brasil. Mientras que, hábilmente, la geopolítica norteamericana es capaz de extenderle la mano al primero, y alaba la madurez política del segundo como recurso suficiente para salir del atolladero en el que se encuentra, ninguno de los dos socios del Mercosur hoy es capaz de ofrecerle a Venezuela el oxígeno que requiere para reencontrarse con posibilidades mínimas que le permitan superar su difícil cuadro general.

Argentina ha recibido el oportuno espaldarazo del gobierno de los Estados Unidos, después que su aún joven grupo de gobernantes sigue empeñado en deslastrarlo  de la rémora de sus últimos mandatos constitucionales. Brasil, por su parte,  atraviesa una crisis general. Su economía está deprimida. Ha retrocedido en todos sus índices socioeconómicos y la corrupción ha enfermado parte importante de la estructura gubernamental y de su propia sociedad. Tanto que su ex Presidente Luiz Inacio Lula da Silva y la actual Presidenta, Dilma Rousseff,  se encuentran envueltos  en una investigación por posible corrupción, lo cual amenaza su libertad, en el medio de una sensible pérdida de popularidad. En Ecuador, mientras tanto,  el Presidente Rafael Correa tampoco irá a la reelección, y en Bolivia el Presidente Evo Morales, sencillamente, acaba de recibir la negación de sus gobernados para seguir siendo reelecto, luego de recurrir a una consulta constitucional.

Estados Unidos y Europa, en su coincidencia geopolítica para impedir que China y Rusia sigan avanzando libremente en Latinoamérica, ya no vacilan en dar pasos firmes que les permita la materialización de dicho propósito. Desde luego, si en la carambola es posible suscribir el acta de defunción del Foro de Sao Paulo, mucho mejor. Sobre todo porque, de paso, se contribuye a un remozamiento estructural y orgánico de las nuevas instituciones partidistas que, en su funesto paso por la región, han dado las aventuras y los aventureros que engendraron esquemas como el llamado Socialismo del Siglo XXI, soportados en esa multiestructura orgánica financiada por el petróleo venezolano, y constituida, entre otros, por Petrocaribe, Unasur, Alba y Telesur,por citar los más conocidos.  

En Venezuela, sin embargo, su Gobierno insiste en actuar de espaldas a esa verdad innegable e indiscutible. Lo hace atado a una consigna y propósitos comunistas, sin importarle la ya ruidosa ola de descontentos que se hace sentir a nivel nacional, demandando respuestas y soluciones a sus problemas; exigiendo cambio. Las protestas ciudadanas de cada día se cuentan por decenas. Pero ese Gobierno, que perdió con 2/3 recientemente las elecciones de la Asamblea Nacional, y que se sabe literalmente maltratado en los resultados de las encuestas profesionales del país, sencillamente, ignora el reclamo, la demanda social. E insiste en pretender convertir el descontento mayoritario en contra de la gestión de quienes detentan el poder, en una pobre mueca de simpatías entre una avalancha de campañas propagandistas.

Cada campaña ofende. Es la verdad. Provoca la ofensa porque su fundamento se inspira en la falsa convicción de parte de los creativos y asesores nacionales e internacionales, de que las necesidades que vive cada ciudadano no son tales, o que cada venezolano, en efecto, ha preferido acostumbrarse a las limitaciones, antes que a hacer uso legítimo de sus derechos constitucionales a exigir soluciones, soluciones y más soluciones.   

La ruina y el deterioro del sistema de vida de los venezolanos es otra gran y poderosa verdad. Tan inmensa como la que, por su parte, también registra el sector privado, hoy obligado a mendigar respuestas gubernamentales para evitar que la enorme escasez de todo tipo de insumos, materias primas y repuestos que hoy describe en reuniones con burócratas y declaraciones públicas, provoquen alguna reacción; una mínima decisión de aquellos a quienes corresponde decidir. ¿Por qué no hay decisiones?.  

Las mal llamadas "expropiaciones" de casi 5 millones de hectáreas productivas, junto con la destrucción de centenares de empresas agroindustriales,  obliga a hacer enormes colas en procura de conseguir algo para comer. ¿Por qué se insiste en mantenerlas improductivas?. ¿A qué se debe el rechazo a revertir la metodología importadora de maquinarias,  semillas, fertilizantes, semillas y agroquímicos?.

La negación gubernamental a gobernar, definitivamente, es la causa y real esencia de lo que, en discursos de utilería, se denomina “guerra económica”. La  asumen y convierten en tragedia existencial los millones de venezolanos; para todos los que “la cosa está mala; terriblemente mala”. Tan mala que a Venezuela entera, a Venezuela toda, la obliga a andar sobre zapatos rotos, aun cuando está cantada la alternativa de la solución, y la cual no puede ser otra que aquella que ofrecen el consenso y el entendimiento. No la que plantea la desesperación. Si bien la desesperación en el caso y el presente venezolano pareciera ser un antinacional propósito, en vista de la posibilidad de que se quieran salidas extraconstitucionales.

El mantenimiento del poder por la fuerza y con violencia, definitivamente, no puede terminar de manera pacífica. Y es por eso por lo que, una vez más, ahora en vísperas del complicado y exigente segundo trimestre del 2016, toda la sensatez, cordura y responsabilidad del liderazgo nacional, indistintamente de las posiciones que cada individuo la ejerza, tiene que ponerse al servicio del país y de su futuro. Venezuela tiene que estar por encima de toda aspiración. La egolatría, la terquedad, la torpeza y la irresponsabilidad, no pueden prelar sobre la razón y el bienestar ciudadano. Tiene que producirse un entendimiento urgente y pacífico entre los factores institucionales del país. Si eso no sucediera, entonces, “que Dios y la Patria se lo demande (y reclame)”. 

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan
Fedecamaras
Fedenaga
Miranda - Venezuela
Eviado por
ebritoe@gmail.com

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