domingo, 15 de enero de 2017

ANTONIO PÉREZ ESCLARÍN, AL MAESTRO CON CARIÑO

NECESITAMOS MAESTROS DE VERDAD

Valorar la educación implica valorar a los que la imparten, especialmente a los maestros y maestras, a los que se les exige mucho y se les da muy poco.  Se les exige incluso que tengan éxito en asuntos como la enseñanza de valores, en los que las familias, la sociedad y el Estado han fracasado estrepitosamente. Conseguir un buen maestro o una buena maestra es la mejor lotería que a uno le puede tocar en la vida. Un maestro cercano, cariñoso, puede suponer la diferencia entre un pupitre vacío o un pupitre ocupado, entre un delincuente o un joven responsable y bueno.  Todo el mundo desea el mejor maestro para sus hijos, pero muy pocos quieren que sus hijos sean maestros, lo que evidencia la contradicción que reconoce por un lado la importancia transcendental de los maestros, pero por el otro, los desvaloriza y los trata prácticamente como a profesionales de segunda o tercera categoría..

Vengo insistiendo hasta el cansancio en la importancia de la educación para transformar la sociedad, pues sin una buena escuela sólo lograremos una mala sociedad, y si se insiste en que la educación debe ser entendida como la inversión más importante, tenemos que tratar a los educadores de acuerdo a la importancia de su misión y de su trabajo. Si queremos que los mejores alumnos consideren atractiva la carrera de educador, y buscamos superar radicalmente la situación actual de un desprestigio tan grande que está vaciando los pedagógicos y, con frecuencia, sólo acuden a estudiar educación aquellos alumnos a los que se les niega el acceso a otras carreras que se consideran más lucrativas e importantes, debemos tener la profesión de educador entre las más valoradas. Los maestros deberían ser seleccionados con un rigor extremo y luego tendrían que ser un cuerpo privilegiado, mimado por la sociedad y muy bien pagado. Si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza, primero debemos acabar con la pobreza de la educación y con la pobreza pedagógica y económica de los educadores. ¡Pobre país que trata mejor a  los militares que a los maestros! ¡Si los militares defienden la Patria, los educadores la construyen!

Conozco numerosos maestros, sobre todo maestras,  que  llevan una vida verdaderamente heroica. Se levantan a las cuatro y media de la mañana a dejar listo el almuerzo para la familia;  luego,  preparan el desayuno y alistan a los hijos para  la escuela;  salen corriendo a agarrar un bus o un  carrito para llegar a su centro educativo  antes de las  siete; trabajan cinco horas atendiendo a un grupo numeroso de alumnos cada vez más indisciplinados, desatentos o violentos, con frecuencia en escuelas y aulas destartaladas;   comen rápidamente algo y vuelven a agarrar el bus o el carrito para ir a la otra escuela donde trabajarán otras cinco horas, en condiciones semejantes.  En la casa, se deben robar unas horas al descanso para corregir tareas, planificar la jornada del día siguiente, o responder a las exigencias de la burocracia educativa cada vez más exigente y hasta asfixiante, tal vez mientras lavan la ropa, los platos, o limpian la casa. Por si fuera poco, muchas de ellas estudian también los fines de semana.  Todo ello para redondearse un sueldito miserable con el que malviven.  Y a pesar de ello, son numerosas las que  siguen dando lo mejor, entregadas por completo a sus alumnos,  sin resignarse a perder la ilusión  y el compromiso.

Por ello, ¡felicitaciones a los maestros y maestras  en su día y  mis deseos de que no pierdan la ilusión y la pasión! Sin pasión no se logra nada importante en la vida, y mucho menos en la educación. No olvidemos que educar es continuar la obra creadora de Dios, ayudar a cada persona a renacer a una vida plena. Si los padres dan la vida, los educadores dan sentido a la vida. En consecuencia, educar no puede ser meramente un medio para ganarse la vida, sino una vocación  para dar vida, para defender  la vida, sobre todo de aquellos que la tienen amenazada, los más débiles y pequeños.

Pero deben ser los educadores los protagonistas de los cambios educativos necesarios.  Hoy todo el mundo está de acuerdo en que, si queremos una educación de calidad, necesitamos educadores de calidad, capaces de liderar las transformaciones necesarias.


Necesitamos, en definitiva, MAESTROS.  Tenemos muchos licenciados, profesores y hasta magisters y doctores, pero escasean cada vez más los maestros: hombres y mujeres que encarnen estilos de vida, ideales. Personas orgullosas y felices de ser maestros, que asumen su profesión como una tarea humanizadora, que buscan la formación continua para servir mejor a los alumnos. Maestros que ayudan a buscar conocimientos sin imponerlos, que guían las mentes sin moldearlas, que facilitan una relación progresiva con la verdad. Maestros comprometidos con revitalizar la sociedad, empeñados en superar mediante la educación la actual crisis  que estamos sufriendo, capaces de reflexionar y de aprender permanentemente de su hacer pedagógico, y que se responsabilizan por los resultados de su trabajo. Maestros preparados y dispuestos para liderar los cambios necesarios, que se esfuerzan cada día por ser mejores, y por mejorar la educación y la sociedad. 

Antonio Perez Esclarin
pesclarin@gmail.com
@pesclarin
Zulia - Venezuela

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