jueves, 31 de marzo de 2016

SIMON GARCIA, LAS DISYUNTIVAS DEL PSUV,

Sería una simpleza suponer que la conducta del PSUV ante la crisis sólo le concierne a esa organización. Es, en los hechos, el partido único de gobierno y no tiene por qué resignarse a seguir siendo un obstáculo para los cambios que incluso sus partidarios quieren. Quizá lo que les resulta imposible sea lo que más les convenga: poner su parte en la solución de la crisis que crearon.

            El PSUV, además de lo que signifique como partido, es un sistema de creencias en un proyecto que prometió emancipar al pueblo de la opresión de los ricos y al país de los EEUU; redimir a los excluidos y llevar a cabo la venganza social contra los responsables de las desventuras humanas de la mayoría.  Es la escenificación colectiva de un cuento a lo Robin Hood para lograr la anhelada vuelta de tortilla de la que habla la nostálgica canción española del tomate. Sólo que con pobres sin pan. 
             El PSUV se está marchitando por déficit de proyecto, por los errores de Maduro y por el desmoronamiento que le ocasiona las calamidades de una crisis que no pide carnet a la gente para golpearla duramente. El PSUV se está contrayendo a una masilla de reserva para maniobras internas y para las combinaciones de competencias/conflictos/coincidencias entre una docena de dirigentes que hoy sólo se ocupan de apuntalar sus parcelas de poder.
            Abajo, los militantes del PSUV comprueban que la lealtad de seguidores y votantes no es a prueba de crisis. Por más que sigan repitiendo vehementemente que los cajeros del Banco de Venezuela no funcionan porque “otra vez la oposición los deja sin plata”, en la intimidad de su conciencia saben que el verdadero responsable del “cajero en mantenimiento” es su dueño: el gobierno.
            Pero el motivo de la desilusión popular no es la ideología sino el estómago vacío.  El gobierno no sabe,  y nunca podrá hacerlo con las mismas políticas que los vaciaron, cómo llenar los anaqueles. Y si no abastece pronto y sigue atado a su ineficacia, no aguantará el terremoto que le está cuarteando sus bases. Se abrirá una tronera que hará que su desplazamiento, constitucional y electoral, sea cuestión de tiempo.
           Es evidente que entre los millones de venezolanos que votaron por Maduro hay gente de ideales, de trabajo y de valores. Es también seguro que en Venezuela no hay cinco millones de corruptos por el sólo hecho de haber votado por el PSUV, igual como dicen que le respondió Fidel a Chávez cuando éste llamó a la oposición oligarcas: es imposible que en un país haya tantos oligarcas.
            En el PSUV también hay una erupción de descontento y es imposible que no comiencen a salir a la luz pública las insatisfacciones y críticas contra las políticas de Maduro.  Por eso resulta costoso para la cúpula insistir en bloquear al revocatorio, que según la prédica oficialista es el logro más relevante de la democracia participativa. Esa contradicción se les clavará como una astilla interna. 
            No está negado que en el PSUV surjan voces que exijan un viraje en materia del modelo económico, en los esquemas de control autoritario que han fracasado y en la insistencia a criminalizar a la oposición. La transición pacífica, democrática, constitucional y electoral también le preocupa a las bases del PSUV y algunos de sus dirigentes tienen que estar pensando en la renuncia de Maduro como tabla de salvación del proyecto.
            Si la cúpula gubernamental le impone al PSUV la defensa conservadora de sus privilegios estará incubando nuevas derrotas políticas y electorales en su camino. Si al contrario decide contarse y acatar el mandato del soberano, sea un respaldo o un rechazo, estará abriendo la posibilidad de volver a encontrarse con los deseos de la mayoría que ahora respalda claramente la ruta de la MUD. Hay que aceptar que así es la democracia. 
Simon Garcia
simongar48@gmail.com
@garciasim
Caracas - Venezuela

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