lunes, 28 de marzo de 2016

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, GUERRA DE CULPAS, PIDO LA PALABRA, VENTANA DE PAPEL, EN LUGAR VACIO

El concepto de “guerra económica” fue elaborado a instancia de la perversión de quienes poco o ningún conocimiento de los postulados de la economía manejan como criterios de gobierno.

Mucho se ha inculpado como razón de la crisis que arrastró a Venezuela hacia la merma del estado político y económico que con suma dificultad había alcanzado en cuatro décadas de persistentes esfuerzos, a una “guerra económica”. No obstante, antes de continuar la presente disertación, bien cabe revisar el aludido concepto toda vez que el mismo tiene propósitos un tanto confusos. Sobre todo, si se tiene en cuenta que su ascendencia destaca el interés político en desfigurar causas que tocan la génesis de tan enredada situación. Y es que la teoría económica explica lo que hay debajo de cualquier revuelta social animada con base en acusaciones que invocan la dinámica de la economía. Y que pongan en riesgo, la estabilidad de todo sistema político. Más, si se trata de: democracia.

Nada más lógico y propio de toda realidad económica, que no sea lo que la teoría económica plantea alrededor del juego que se establece entre la oferta y la demanda. Cuando las relaciones entre quienes ofrecen servicios o productos y quienes solicitan éstos se dan en medio del equilibrio garante de una avenencia acordada sobre la satisfacción de ambas partes, se configura un abanico de relaciones que devienen en condiciones de acomodo y reacomodo dirigidas a motivar un estado de relativa conformidad que se reproducirá en la medida que dichas condiciones se renueven y se lleven a prácticas inmediatas.

Mientras que esta dinámica comprometa la movilidad social sobre la cual se asienta el discurrir político de un colectivo, nación o país, hay seguridad de manejarse los problemas obvios de toda sociedad. Cuando algunas de las variables que participan en el referido juego sale de la ecuación, por razones extrañas a su condición, entonces se enrarecen las situaciones que definen el acompasamiento natural de la susodicha realidad. Es ahí cuando la mano oscura de gobernantes sin escrúpulos, moral, ética, ni dignidad, se apresura a forzar cualquier solución posible sin entender que las variables de la economía son susceptibles de toda inhabitual injerencia.

Justamente, como la economía no se ajusta a cambios elaborados desde contextos no identificados, es decir extraños a su misma naturaleza, no hay respuesta exacta que concilie factores de distinta procedencia. Es el momento cuando los oficiantes de la mala política, o ejecutores de un mal gobierno, se ven empujados a tomar decisiones en falso positivo. Decisiones apuntadas por la improvisación, la torpeza y la ignorancia.

Es cuando apelando a la jerga militarista, divorciada de la nomenclatura que marca el acervo de la política, apela al concepto de “guerra económica”. Definición ésta, elaborada a instancia de la perversión de quienes poco o ningún conocimiento de los postulados de la economía manejan como criterios de gobierno. Pero que se apoyan  de algún sufijo o prefijo que disimule el analfabetismo que en materia económica tienen. Sin embargo, lo que se escurre entre los intersticios gubernamentales, es lo que encubre la malversación y la corrupción toda vez que por esas razones los gobernantes buscan siempre no hacer transparente las cuentas o finanzas del erario nacional.

Es el problema que a su vez encubre lo que encierra las culpas que vive quien a conciencia o sin ella, reconoce de alguna forma, que todo tiene su explicación en la ineptitud, la codicia, la rapacidad, y todas aquellas voracidades que estimulan la oportunidad que despierta el poder político en quienes sin valores ni principios, se atreven a ocupar posiciones de gobierno a sabiendas que las alforjas nacionales han de cargarse de buenas divisas. Y que en el caso venezolano, son  provenientes del negocio petrolero el cual llegó a escalar niveles portentosos y codiciados.

De forma tal que en el plano de una administración de provechosos ingresos, el negocio que  mejor se correspondía con las oportunidades, desde la óptica del socialismo del siglo XXI, ha sido el de fungir como gobernante. Por tanto, había que jugársela para ocupar tales responsabilidades. Aunque luego, las culpas abatieran a los depredadores de la economía venezolana. Pero para entonces, ya no importaría pues los bolsillos estarían cocidos en bancos extranjeros cuyos intereses fueran solamente financieros. La excusa de la “guerra económica”, habría servido para distraer la atención del país hacia menesteres de menor consideración. Sin embargo, y a pesar de reconocer que los problemas creados por causa de la incompetencia de gobernantes aferrados a intereses bursátiles, cambiarios y financieros propiamente, dejaron al país en la inopia, literalmente en el suelo, la guerra que dicen haber desacreditado al gobierno nacional, sin advertir que fue al país todo al que afectó, no fue “económica”. Fue, simple y descaradamente, una “guerra de culpas”.

VENTANA DE PAPEL

EN LUGAR VACÍO

 Seguramente, no fue nada fácil para el gobierno norteamericano, mucho menos para Barack Obama, aceptar condiciones que no parecieron terminar de definirse en las conversaciones que se dieron entre los mandatarios razón del aludido encuentro. O sea, Raúl Castro y éste. Hay analistas cuyos datos que no cuadran con las cuentas en que se basan algunas revisiones. Por ejemplo, persisten dudas en cuanto a que no habrá consonancia en los beneficios que derivarían de todo esto. Así se tiene que no será difícil inferir que el gobierno cubano, por razones ciertamente populistas, sabrá sacar mejor provecho de la susodicha relación. Provecho éste que no llegará al pueblo cubano más inmediatamente que al alto gobierno de la isla caribeña.

El hecho de que Raúl Castro negara con cinismo la existencia de presos políticos, hace ver que los cambios en ciernes podrán ser meras declaraciones de intención. Más, por la sospecha de que estos cambios aludido en el encuentro entre los mandatarios de EE.UU y Cuba, beneficiarán al Gobierno cubano. Pero para el pueblo, pudiera parecer que no haya ningón cambio, pues las realidades seguirán siendo iguales. El interés principal tiene que ver con la cancelación del embargo que le declarara EE.UU. a Cuba. De esa manera, Cuba podrá abrirse al mundo libre a través de esquemas de comercialización que brindarán beneficios directos a sus gobernantes. Mientras tanto, el pueblo seguirá viviendo dificultades económicas y restricciones políticas. De hecho, el canciller cubano había declarado que “en nuestra relación con Estados Unidos no está, de ninguna manera, la realización de cambios internos en Cuba, que son y serán de la exclusiva soberanía de nuestro pueblo. (…) Nadie podría pretender que para avanzar hacia la normalización de relaciones entre ambos países, Cuba tenga que renunciar a uno solo de sus principios, ni a su política exterior profundamente, históricamente comprometida con las causas justas en el mundo y con la defensa de la autodeterminación de los pueblos”

Este discurso lo dice todo. De poco valdrá la apertura comercial, el desarrollo económico y la fluidez de la información. El gobierno castrista parece no haber comprendido que la forma de asegurar la confianza necesaria que ha sido propósito del referido encuentro presidencial ha variado respecto de los esfuerzos precedentes. Así que no existe factor que explique mejor el éxito de la democracia en una sociedad que la prosperidad económica, y la seguridad jurídica. De no ser así, el encuentro de estos mandatarios habrá caído en lugar vacío.

“Cuando un gobierno no comprende el tenor de las necesidades que clama el pueblo que conduce, busca armar cualquier excusa que lo saque del paso. Lo demás, es un problema que por añadidura, será capoteado bajo el manto de la improvisación. Es el caso de gobiernos que llegan al poder por coyunturas alejadas del sentido de la política”

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

Merida - Venezuela

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