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jueves, 16 de marzo de 2017

SIXTO MEDINA, RESCATAR LA DEMOCRACIA Y LAS LIBERTADES PÚBLICAS

LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS

Después de la caída de los dos regímenes totalitarios que la desafiaron durante el siglo XX, del nazismo en 1945 y del comunismo en 1989, la democracia ha quedado como el único régimen político universalmente admitido en estos albores del siglo XXI.

En el mundo de hoy, casi todos los regímenes políticos dicen ser democráticos. Dicen serlo ¿Pero en verdad lo son? En tanto que a mediados del siglo XX la democracia debía enfrentar el desafió abierto de los regímenes totalitarios, hoy debe enfrenta el desafió encubierto de aquellos regímenes que simulan ser democráticos sin serlo. El régimen de Vladímir Putin, de Raúl Castro, de Nicolás Maduro, por ejemplo ¿son democráticos, respetuosos de las libertades públicas?

Es tanta la fuerza de la idea democrática en nuestros días, que nadie se anima a contradecirla abiertamente. Pero no son pocos aquellos que la disimulan para soslayar la consiguiente condena, contándose, empero, sólo con sus apariencias. Los únicos enemigos de peso que le ha quedado a la democracia,  son sus falsificadores. De ahí que las formas de gobierno predominante de nuestro tiempo sean en definitiva sólo dos: las democracias auténticas y las democracias fingidas.

Esta distinción presenta una dificultad especial porque lo característico de las democracias fingidas no es oponerse a la democracia, sino, al contrario disfrazarse de ella. Es necesario, entonces, quitarles sus engañosos ropajes antes de verlas tales como son, en su patética desnudez.

¿Cómo definiríamos a la democracia auténtica? Como un régimen dotado de dos rasgos esenciales. El primero, la elección popular de los gobernantes en comicios libres y honestos con órganos que no coloquen fatalmente en manos de camarillas, premunidas del respaldo oficial la suerte de los comicios, y con ello la suerte misma de la República. El segundo que el poder Ejecutivo así elegido sea controlado mediante el funcionamiento independiente de los otros dos poderes públicos que integran el equilibrio republicano, el Poder Legislativo y el Poder Judicial, y que se prohíba además reelegir el Poder Ejecutivo más allá de dos periodos consecutivos de gobierno, lo cual implica, porque va de suyo, la prohibición de la reelección indefinida.

Esta prohibición es una condición de la autenticidad democrática porque, cuando se le permite al gobernante presentarse una y otra vez a la reelección,  se vulnera la igualdad de oportunidades entre el gobernante y sus opositores, introduciéndose en la carrera electoral al actor que ha falsificado  tantas veces a la democracias latinoamericanas: el caballo del comisario.

Deberíamos, también, guardarnos contra otro peligro el del perfeccionismo democrático. Si algún fundamentalista de la democracia examinara con este criterio el funcionamiento de las democracias que se han dado en nuestro mundo sin duda encontraría  hasta en las mejores de ellas numerosas imperfecciones. La rígida aplicación de este criterio afrontaría el riesgo de dejarnos, simplemente, sin democracia. Pero la democracia, por ser un producto humano y no divino, no puede evitar las imperfecciones. ¿No dijo acaso Winston Churchill que la democracia es el peor sistema de gobierno si se exceptúan todos los demás? Y es que, hay un abismo entre  la imperfección y la falsificación.


Constituye una obligación para los hombres y voces libres del mundo rescatar la democracia. Luchar para combatir las violaciones a las Constituciones, a  los derechos humanos. La responsabilidad es de todos, de los gobernantes democráticos  y de los que en alguna forma tienen la oportunidad  de ejercer siquiera alguna influencia en la opinión pública Lo que jamás debe hacerse ante el autoritarismo es resignarse y considerarlo un fenómeno inevitable, porque no lo es. 

Sixto Medina
sxmed@hotmail.com
@medinasixto 
Miranda - Venezuela

miércoles, 9 de diciembre de 2015

ISAAC VILLAMIZAR, EDUCACIÓN PARA RESCATAR DE LA IGNORANCIA

Sin una educación de calidad no hay un país verdaderamente próspero y con bienestar integral para sus habitantes. La educación es la luz que hace brillar la excelencia, la innovación, la creatividad y el potencial científico, humanístico y tecnológico de la nación.

Un pueblo educado no se deja engañar tan fácilmente por totalitarismos, por manejos ideológicos y por gobernantes que utilizan la mentira para embaucar a los poco dotados de formación. La educación debe ser la prioridad para cualquier gobierno serio, que ponga por delante los intereses colectivos y no los intereses de poder.
La Constitución nos señala que la educación tiene como finalidad el desarrollo del potencial del ingenio del ser humano y el pleno ejercicio de su personalidad en una sociedad democrática. No olvida el constituyente indicar que el Estado debe realizar en ella una inversión prioritaria, de conformidad con las recomendaciones de la ONU. De ser esto cierto, tendríamos instituciones educativas, especialmente públicas, dotadas de todos los servicios educativos de excelente calidad. Los alumnos dispondrían de magníficos laboratorios, bibliotecas, recursos multimedia, talleres, espacios recreativos y deportivos, programas de extensión, culturales y comunitarios, para coadyuvar en el enriquecimiento de la dignidad de la persona.
Si la educación en las universidades nacionales fuera apoyada por el Estado, éste las vería como unas aliadas -no como enemigas-, en la búsqueda del conocimiento verdaderamente transformador del ser humano, para enaltecer sus valores, sus principios, sus aptitudes, sus capacidades y sus destrezas. Si las universidades estuvieran en la cúspide de las prioridades del Estado, tendríamos un vínculo estrecho entre las funciones académicas y las políticas públicas de desarrollo. Si las universidades autónomas y experimentales realmente pluralistas fueran apreciadas por el Estado, podrían generar con fortaleza ciudadanos críticos, reflexivos, sensibles, comprometidos, social y éticamente con el adelanto del país. De esta manera, tal como lo asienta la Ley Orgánica de Educación, la formación sería un proceso innegable de creación, difusión, socialización, producción, apropiación y conservación del conocimiento en la sociedad, así como ella estimularía la creación intelectual y cultural. De recibirse el apoyo del Estado, las instituciones universitarias formarían profesionales e investigadores con parámetros mundiales, que con las dimensiones científicas, humanísticas y tecnológicas, harían aportes  permanentes a la sabiduría de la humanidad.
Pero los únicos dolientes que tiene la educación de excelencia en Venezuela son los educadores y universitarios, así como los estudiantes que no renuncian a este derecho. Lo hacemos con mística, con vocación, con pertinencia social, más que por vincularla con el pobre sustento material y salarial que nos ofrece una Convención Colectiva manipulada entre el ministerio y federaciones sindicales sumisas.
Aprovechemos estos aires de cambios de democracia, de reconocimiento del pluralismo y de una visión distinta del país, para colocar a la educación en la vanguardia de cualquier eje transformador. ¡Venezuela requiere urgente salir de tanta ignorancia! ¡Y a los educadores y universitarios ahora nos llama una mayor responsabilidad!
Isaac Villamizar
isaacvil@yahoo.com
@isaacabogado

Tachira - Venezuela