lunes, 15 de noviembre de 2021

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ: ESCUELA DE PEDERASTAS

Vivimos la “ideología woke”, el despertar de la conciencia contra la “injusticia” de los varones, blancos, occidentales, luego de la “corrección política” de los 90. Nos ofrece la destrucción del patrimonio cultural, entre ellas esculturas de George Washington, Víctor Hugo, Cristóbal Colón, el humano más importante del milenio anterior, creador del nuevo mundo hispánico y mestizo. “Cancelación” de grandes escritores y artistas, J.K Rowling, Woody Allen. 

Cómo toda barbarie es una aporía, un callejón sin salida (si no vinieran los españoles con Colón, hubieran sido los ingleses o los holandeses). En los 70, luego de la derrota de Salvador Allende, de los movimientos armados, y del socialismo militar, aparecen titubeantes atisbos de una izquierda democrática en Latam y en las universidades, también expresiones de la ultra izquierda filosófica. Las universidades norteamericanas habían acogido profesores del viejo mundo, Herbert Marcuse, Theodor Adorno, Max Horkheimer, Erich Fromm, Michel Foucault y muchos otros.

En el medio intelectual de occidente era el momento del pensamiento revolucionario ultraradical, (el mayo francés tuvo como símbolos “las tres M”: Karl Marx, Mao Zedong y Marcuse) que desmontaba en profundidad, desde los nervios molares, las bases filosóficas de la civilización. Michel Foucault junto con Marcuse y Sartre, crearon lo que llamó Henri Lefevbre el “diferencialismo”: fracturar la sociedad, no por la lucha entre los trabajadores y los propietarios, porque los primeros estaban aburguesados, y con su familia, eran la semilla del conformismo, enemigos de la revolución. La vía era la “revolución molecular difusa” desde sus entresijos constitutivos: conflicto entre diferencias etnias, religiones, hombres, mujeres, homosexuales, la familia, la escuela, y reivindicar a los marginados, locos, drogadictos, delincuentes, lumpen, Para un pensamiento tan profundo y sicótico, hasta la paternidad y la maternidad enajenaban y oprimían a los seres humanos. La izquierda política de los 80, incluso la radical, los percibía como excéntricos, bichos raros, cómicos y peligrosos. Se sabía de la pederastia de Sartre, Beauvoir, y su pandilla, firmantes de un documento defendiéndola en el “Caso Versalles” de 1977.

Mao con su “revolución cultural” llevó a la práctica la destrucción de los cimientos morales “importados de occidente” y de la cultura tradicional china, que “impedían el cambio” y el verdadero comunismo. La “cancelación” es un aporte de la locura maoísta, que destruyó 60% de las pagodas, asesinó a maestros, intelectuales, monjes y profesores porque “perpetuaban la cultura burguesa”. El más grande de los “cancelados” fue nada menos que Confucio. Para Foucault la vida social transcurría en “micropoderes” que reproducían la opresión y por eso negar el capitalismo consistía en “el gran rechazo” a instituciones, creencias, costumbres, organizaciones que estaban podridas. El sexo biológico era una ficción y la atracción sexual un “constructo burgués”, maternidad y paternidad reproducían las relaciones de opresión, la escuela, las clínicas, los hospitales, la amistad eran, en su anarquismo existencial, formas a destruir por la revolución, y había que cambiar al hombre desde las micropartículas sociales.

Naturalmente él nunca explicó cómo sería su inconcebible sociedad donde los padres no tendrían autoridad sobre los hijos, ni los alimentarán, ni los harían estudiar, ni habría maestros, ni patronos, ni obligaciones, ni gobierno, ni leyes. Luego de la decepción del “socialismo real” la expansión del consumo de drogas y la liberación sexual, sonaba interesante para la generación del mayo francés. En el centro, Foucault, aunque se sabía de sus depravadas costumbres, su sadomasoquismo y vocación suicida, dedicado febrilmente a contraer y esparcir el SIDA y que, luego de su muerte, consiguieron en su casa una sala de torturas con manchones de sangre. Pero este año 2021 que termina, el escritor francés Guy Sorman reveló en su libro Mi diccionario del bullshit, que una vez fue a pasarse la navidad con él en Túnez y al salir a caminar, se venía detrás un grupo de niños. Él les arrojaba “calderilla” que sacaba del bolsillo y les decía “nos vemos esta noche a las 22 en el mismo sitio”.

Sorman descubrió con horror que “el sitio” de su orgía con los pequeños era el cementerio, lo que dice mucho del alma de este titán contra la “degeneración y la opresión capitalista”. Dejó una perversa escuela de pederastia, Kate Millet, Shulamith Firestone, Peter Singer, Judith Butler, mientras personas normales asumen ideologías que no conocen y derivan de semejante tronco. ¿Irán a cancelarlo como a Woody Allen o Philip Roth? ¿O a Picasso, un monstruo para las mujeres que vivieron con él, pues de diez, dos se suicidaron y dos se volvieron locas? Foucault, padre de la rebelión cultural, es también un hombre blanco, rico, poderoso, que va a un país africano a comprar niños baratos. Pero la “cancelación” es un acto totalitario inaceptable para quien crea en la libertad. Hago mía su propia frase en Arqueología del saber: “Más de uno, como yo sin duda, escribe para ocultar el rostro. No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable…. Que nos dejen en paz cuando se trata de escribir”.

Carlos Raul Hernández
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