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sábado, 15 de febrero de 2020

RICARDO GIL OTAIZA: A DIARIO (2019)

El Papa Francisco no ha estado a la altura de los sueños de redención de un país golpeado por las pestes del hambre, la miseria, la enfermedad y la emigración. Nunca había caído tan bajo la nación. Se necesitarán muchos años para levantar del suelo los escombros. ¡Cuánto daño le hizo el chavismo a Venezuela!

Quizá termine de leer mañana la novela Leonora. No tengo muy claro cómo abordaré el texto crítico que publicaré en la prensa nacional. Debo confesar que este libro me desconcierta hasta el extremo de lo inaudito. Tendré necesariamente que emprender la lectura de otra obra de la Poniatowska, para sacar en claro mi concepto sobre su prosa. 

Cada mañana al despertar me atormentan de inmediato mis demonios internos que le roban alegría a mis días. A lo mejor requiera de la ayuda de un psiquiatra o de un psicólogo. Todo esto me sobrepasa a una velocidad inquietante. Nunca me había sentido tan fuera de contexto…

13 de febrero. Terminé de leer Leonora y los criterios encontrados persisten a pesar del portento de la obra, y de la excepcionalidad de la vida del personaje central. Me pondré de inmediato a escribir el texto para El Universal, que deberá salir mañana o el próximo domingo. Pasaré a leer de inmediato el libro La piel del cielo, también de Elena Poniatowska, Premio Alfaguara de Novela 2001. Al parecer todas las ficciones de esta autora han sido reconocidas con importantes premios (sin duda la prosa es buena, pero más buena es la agencia editorial de la Poniatowska, que ha sabido posicionarla en los primeros lugares). Una vez leída esta segunda novela, le entraré a otro libro de la novelista mexicana: El tren pasa primero (también galardonada, esta vez con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que otorga el Estado venezolano; o que otorgaba, quiero decir, porque ha sido lamentablemente descontinuado).

Soy de los que piensan que un premio no es necesariamente indicativo de la calidad de una obra, pero sin duda ayuda a promocionar al autor y a sus productos.

14 de febrero. Hoy salió publicado en El Universal un texto titulado Verdad y mentira, que tenía en reserva, ya que por la premura no pude terminar el texto sobre la obra de la Poniatowska, el cual tendrá que salir el domingo. La escritura es un proceso dinámico que exige mucha entrega de parte del autor. Y disciplina, por supuesto. Creo tener ambos valores bien internalizados. Más de tres décadas en estas labores son mi aval. Confieso que hay momentos en los que me atenaza el desánimo (tal vez el cansancio y el agotamiento mental), pero muy pronto me repongo y sigo adelante. 

El país continúa en la “tensa espera” por un desenlace político. Cada minuto cuenta y veo renacer de nuevo el pesimismo por parte de muchos, que aspiran a abruptos cambios de la noche a la mañana. Hay cansancio social y esto puede contribuir, más temprano que tarde, a retornar a la dura etapa de la desesperanza. Aspiro a que Guaidó sopese en su justa dimensión la variable “tiempo”, que lo tiene (nos tiene) contra las sogas.

Cada minuto cuenta en esta dura etapa que vivimos con los dedos cruzados.

16 de febrero. Intento vivir el momento presente y no pensar tanto en lo que vendrá, ni en el pasado. Pero casi siempre caigo en la dicotomía pasado-futuro y me quedo anclado en un verdadero limbo.

20 de febrero. Las calles desiertas de la ciudad en horas de la noche nos recuerdan con incisiva amargura lo que estamos viviendo. Espero que algún día podamos ver renacer a la ciudad y al país y les contemos a nuestros futuros nietos todo este proceso doloroso y oscuro, pero desde la paz de lo ya finalizado.

Ricardo Gil Otaiza
rigilo99@hotmail.com
@GilOtaiza
@ElUniversal 

lunes, 10 de febrero de 2020

LINDA D'AMBROSIO: ELLOS ERAN TAN BELLOS

Ellos, los padres de Eloi Yagüe Jarque, el conocido escritor y periodista, eran definitivamente bellos. Así lo demuestran las fotografías incluidas en la obra finalista del Premio Spectrum de Novela, y así lo ha decidido el autor al recrear el romance que, enmarcado en el imaginario Café Luna de Valencia, con el correr del tiempo habría de traerlo al mundo.

Ellos eran tan bellos como las reflexiones que alientan al autor a contar esta historia, tan absolutamente personal y tan asombrosamente colectiva, porque universal es el amor, y la necesidad de crecer del ser humano, de adaptarse a los tiempos, de explorar nuevos horizontes y de buscar una mejor calidad de vida, así como universal es la naturaleza del vínculo con nuestros progenitores.

La novela parte de una experiencia real, increíblemente sentimental, como podrán corroborar quienes hayan pasado por ella: el enfrentarse a la casa familiar, tras el deceso de los padres, para disponer de su contenido. Se trata de recorrer en sentido inverso el proceso mediante el cual todos y cada uno de los objetos que ahora están asociados a un recuerdo, a un momento y a un significado particular, se fueron articulando para conferirle al hogar su fisonomía específica. Desmontar la casa familiar, tras la muerte de los progenitores, es desandar nuestra propia vida hasta la niñez y, en el caso de Eloi, mucho más allá, imaginando acontecimientos que tuvieron lugar aun antes de su nacimiento a partir de las fotografías conservadas en la maleta de su abuela emigrante, “ventanas hacia un mundo en que todos están presentes y llenos de vitalidad”.

En alguna medida, el autor elabora sus duelos a través de estas páginas, en particular el de la temprana pérdida de su padre. Pero también rinde tributo a las figuras preponderantes de su infancia, a su tía Pilar, a sus abuelos, y a otros parientes a los que solo conoció a través de lo que había escuchado decir de ellos: “aun mantengo un vínculo sellado con estas personas que veo en las fotos, muchas de ellas desconocidas para mí”.

“¿Cómo hacer para que la memoria se reconcilie con la imaginación?” se plantea. La realidad y la ficción se interpenetran, contraviniendo en apariencia toda lógica, pero exponiendo al lector al influjo de una serie de fuerzas que, sumadas, le permiten sentirse inmerso en una situación de manera global, con su razón y con su corazón, estimulando su memoria sensorial.

Son muchas las libertades que se concede Yagüe Jarque en esta obra publicada por Carena, todas ellas para regocijo del lector, sobre todo de aquel que pertenezca a cierta generación, que reconocerá los escenarios evocados en la novela: los de ahora y los de entonces; los del desarraigo, la emigración y la adhesión a la nueva tierra; La Candelaria y El Cabañal; los paisajes del corazón. Inesperadamente, incluye explicaciones referidas a situaciones rigurosamente históricas que se mencionan en el texto, como la muerte de Antoñete; introduce prolijas descripciones de las fotografías a partir de las cuales desarrolla el argumento; inserta en la narración episodios autobiográficos; presenta como interlocutor al detective Castelmar, protagonista de Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela (obra del propio Eloi) y hasta pone en boca de uno de los personajes el título en francés de otro de sus libros, Quand tu aimes il faut partir, proveniente de un poema de Blaise Cendrars.

Con la riqueza de lenguaje que lo caracteriza, Eloi nos ofrece un texto hermoso, sentimental y reflexivo, y mucho más existencial y profundo de lo que aparenta ser en primera instancia.

Linda D´ambrosio
linda.dambrosiom@gmail.com
@ldambrosiom
@ElUniversal