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domingo, 1 de septiembre de 2019

LUIS FUENMAYOR TORO: ILUSIONES POLÍTICAS

En la situación actual venezolana, frente a un gobierno autoritario, arbitrario, sectario, corrupto, ignorante, incapaz e indolente, existe la ilusión de unificar a quienes se le oponen, como la vía segura para derrotarlo y de esa manera comenzar a salir de la crisis profunda en que nos encontramos. Los calificativos utilizados para caracterizar al equipo gobernante no fueron escritos a manera de insultos, como usualmente lo hacen algunos cuando se refieren al régimen. No se trata de una forma de ofenderlo ni mucho menos de mentarle la madre. En absoluto. Cada adjetivo corresponde a una característica particular del gobierno actual, que puede ser contrastada con la realidad existente y con la pasada, incluso más atrás de la primera Presidencia de Maduro. 

Unir a todos los venezolanos de buena voluntad, para salir de la plaga actual, parece en principio una tesis lógica, y realmente lo es. Sólo que estamos hablando de unir a los venezolanos de “buena voluntad”, por lo que no participarían en esta alianza quienes no sean de “buena voluntad”. Pero, para no caer en la discusión de quienes son los buenos y quienes los malos, diré como el camarada Mao que se debe tratar de unir a “todos los susceptibles de ser unidos”. Mao lo pidió en el momento de constituir el frente político militar anti japonés, que lucharía contra estos invasores, y de hecho se logró la unidad entre el Kuomintang (Partido Nacionalista Chino) dirigido por Chiang Kai-shek y el Partido Comunista Chino, en esos momentos enfrentados militarmente.  

Suspendieron las hostilidades y, luego de la derrota japonesa al final de la Segunda Guerra Mundial, se reanudó el conflicto que terminó con el triunfo del Partido Comunista Chino y el refugio de los nacionalistas en la isla de Formosa, hoy Taiwán. Se logró unir a los “susceptibles de ser unidos”, pues el Kuomintang y los comunistas eran ambos nacionalistas y enfrentaban las pretensiones de dominación imperial de Japón. En nuestro caso, mucho menos dramático, no todos los que se oponen al régimen de Maduro son “susceptibles” de ser unidos, pues dentro de ellos hay quienes son partidarios de una invasión extranjera, como fórmula para derrotarlo, mientras que para otros esa posición es totalmente inaceptable. Esta diferencia los hace, como se dijo, “no susceptibles” de ser unidos.  

Para los primeros la salida es violenta, para los segundos es pacífica. Para los primeros la intervención extranjera es deseable y necesaria, para los segundos es indeseable y contraproducente. Para los primeros los asuntos del país pueden resolverse en EEUU y otras latitudes, para los segundos se deben resolver en Venezuela y por los venezolanos. Los primeros violentan la Constitución vigente, los segundos actúan dentro del marco constitucional. Es meridianamente claro de estas diferencias que ambos grupos no pueden unirse, no son susceptibles de ser unidos y por tanto no habrá un frente opositor al gobierno de Maduro, a menos que uno de los grupos renuncie a sus posiciones y asuma totalmente las del otro.  

Otra posibilidad, en el caso de la elección Presidencial, es que aparezca un extraño a los actualmente actuantes, una persona no involucrada en la conflictividad habida, un forastero, un “outsider”, para usar el anglicismo que todos entienden, y que este personaje sea asumido por todo el mundo como candidato presidencial. Esta última posibilidad tampoco es fácil de conseguir, pues el “outsider” tendría que tener posición sobre los asuntos antes señalados como impedimentos serios de la unidad de toda la oposición.

Luis Fuenmayor Toro 
@LFuenmayorToro 

viernes, 4 de enero de 2019

YOANI SÁNCHEZ, SEIS DÉCADAS DE UNA UTOPÍA INALCANZABLE


El viejo Ramón era un adolescente de rostro lampiño cuando Fidel Castro entró en La Habana aquel enero de 1959. Poco después, decidió hacerse miliciano para defender lo que entonces muchos cubanos llamaban con orgullo "la Revolución". Hoy, con una pensión que no supera el equivalente a 20 euros al mes, el jubilado vive del dinero que le mandan sus nietos, emigrados el otro lado del Estrecho de Florida, en ese país al que Ramón apuntó con su fusil mientras hacía la guardia en una unidad militar en plena Guerra Fría.

Este 2019, el proceso que ilusionó a millones de cubanos llega a sus seis décadas de existencia, sin parecerse a los sueños que proyectaron jóvenes como Ramón y sin haber logrado darle una vida digna y libre a los que se quedaron en la isla. Ahora ya pocos llaman al modelo político que se instauró tras la llegada de los barbudos al poder como "la Revolución" y en lugar de eso prefieren decirle "el sistema" o, simplemente "esto" o "esta cosa". De los líderes vestidos de verde oliva que bajaron de la Sierra Maestra solo quedan unos pocos octogenarios que no logran despertar admiración ni respeto en la gran mayoría de la gente.

De las promesas iniciales, en las que se hablaba de oportunidades para todos y de libertades ciudadanas, tampoco ha sobrevivido casi nada. En lugar de esos espacios de realización individual y colectiva, el castrismo ha mantenido un estricto entramado de vigilancia y control que ha sido el más acabado de sus "logros" y el más permanente de sus "resultados". En cuanto a justicia social no hay mucho que celebrar. En las calles se hace evidente el abismo económico que separa a los jerarcas del Gobierno de los pensionados, la población negra y los residentes en zonas rurales. Los nuevos ricos marcan distancia con los que cada vez son más pobres.

Por otro lado, en los últimos años el régimen de La Habana ha tenido que ceder terreno a las leyes del mercado que tanto criticó en sus consignas. Un sector privado de medio millón de trabajadores ha puesto en evidencia la ineficiencia del aparato estatal y está empujando los límites de las restricciones que aún se mantienen al emprendimiento y a la creatividad. Después de haber confiscado hasta los puestos de comida más humildes en el lejano año 1968, ahora la Plaza de la Revolución está vendiendo la Isla pedazo a pedazo a los inversionistas extranjeros.

De las "joyas de la corona" del proceso, los servicios públicos de educación y salud, tampoco hay mucho para mostrar. La extensión de ambos sistemas sigue llegando a cada rincón del país, pero el deterioro de la infraestructura, los bajos salarios de profesores y médicos, junto a los excesos de ideología y los vacíos éticos han hecho que las aulas y los hospitales no se parezcan al sueño de un pueblo culto y bien atendido sanitariamente que una vez arrancó los aplausos de miles de cubanos que se congregaban para escuchar los maratónicos discursos del Comandante en Jefe.

Ahora, cuando las celebraciones oficiales hablan del 60º cumpleaños de este proceso político y social que pocos se atreven ya a calificar como "revolucionario", gente como Ramón y sus nietos están pasando revista a lo que no lograron, a las ilusiones que tuvieron que aparcar en el camino y al sistema disfuncional y autoritario en que derivó toda aquella utopía.

Yoani Sánchez
@yoanisanchez