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viernes, 6 de marzo de 2020

ARIEL PEÑA: EL MARXISMO ES CONTRARIO A LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. DESDE COLOMBIA

El cristianismo se caracterizó hace 2000 años por practicar de manera fervorosa la caridad, y esa tradición se ha sostenido a través de los tiempos con luces y sombras, ya que un cristiano o una persona de buena voluntad y de cualquier lugar u origen, puede impulsar la caridad sirviendo a sus semejantes; resaltando que en la Biblia en el libro de Santiago, leemos: “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta”.

El sacerdote italiano Luigi Tarapelli fue el primero en mencionar la justicia social en 1843, siendo así uno de los pioneros de la Doctrina Social de la Iglesia, esto fue antes de la aparición del Manifiesto Comunista en 1848, escrito por Karl Marx y Friedrich Engels, en donde se hacía apología de la lucha de clases y se exaltaba a la violencia para la toma del poder; y desde esa época se veían las grandes contradicciones entre el comunismo totalitario y el cristianismo; pero el marxismo 112 años después de forma marrullera confecciona el disfraz de la Teología de la Liberación, con el que ha engañado a muchos.

También hay que mencionar que el papa Pio lX, en la Encíclica Quanta Cura en 1864 condenó las enseñanzas marxistas y el exagerado liberalismo económico, siendo la base posterior de las enseñanzas del papa León Xlll, que dieron una importancia trascendental a la Doctrina Social de la Iglesia, fundamentada en el amor al prójimo y no en el odio de clases predicado por el comunismo totalitario en sus dogmas.

Siempre hay que mencionar que el ex-espía de la Unión Soviética Ion Mihai Pacepa, en entrevista con Aciprensa el 5 de mayo de 2015, afirmó que la KGB, agencia de inteligencia de URSS, fue quien creó la Teología de la Liberación en 1960, para influenciar en los países latinoamericanos

siguiendo la hoja de ruta del Kremlin de acuerdo a la guerra fría, subrayando que para los marxistas leninistas la religión es otra forma de lucha, y Nikita Khruschev gobernante ruso de ese entonces, quería que su país extendiera los tentáculos en esta parte del mundo, para ello contó no se sabe si por ignorancia o mala fe con algunos jerarcas de la Iglesia en países de región.

Es imposible que la Teología de la Liberación agenciada por el comunismo totalitario, tenga algo que ver con la Doctrina Social de la Iglesia que es libertaria y que busca el bienestar de las comunidades fundamentada en la caridad cristiana, siguiendo las enseñanzas de la Iglesia primitiva, que en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos narra: “y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común”, esa majestuosa tarea la realizaron los primeros cristianos hace 2000 años sin pretender alcanzar el poder político.

La Teología de la Liberación se encuentra en las antípodas de la Doctrina Social de la Iglesia, porque hay que tener en cuenta que la encíclica Rerum Novarum promulgada por el papa León Xlll el 15 de mayo de 1891, es una respuesta a la descristianización de los sectores proletarios impulsado por el marxismo, cuyo fundador planteó que la religión era el opio del pueblo, afirmación rechazada por el dirigente anarquista Mijaíl Bakunin, contradictor de Marx en la Primera Internacional de los trabajadores, quien defendía su cristianismo católico, por no tener elementos científicos para volverse ateo; así que una cosa es buscar la construcción del Reino de Dios y su Justicia aquí en la tierra, como antítesis de la opresión y el despotismo y otra juntar al cristianismo que es libertario con el comunismo totalitario.

En Latinoamérica se distinguen por su militancia en la Teología de la Liberación desde que fue creada por URSS a través de la KGB, los obispos Sergio Mendes Arceo de México y Hélder Cámara de Brasil, a ellos los

acompañaron los sacerdotes Camilo Torres de Colombia, Leonardo Boff y Frei Betto de Brasil, Miguel de Escoto y Ernesto Cardenal de Nicaragua y Gustavo Gutiérrez del Perú, entre otros, curiosamente todos ellos admiradores del sátrapa de Fidel Castro(1926-2016) el mayor asesino en la historia latinoamericana de los dos últimos siglos, lo cual significa que ni el amor cristiano ni la misericordia puede acompañar a quienes exaltan a un genocida de esa calaña, como lo fue el difunto dictador cubano.

La compañía de Jesús creó en 1972 en Colombia el CINEP(centro de investigaciones y educación popular) con tendencia izquierdista, lo que podría suponer que dicha comunidad estaba buscando congraciarse con el marxismo, que con la monserga del materialismo histórico y la inevitabilidad a logrado asustar a muchos sectores, pues esos fetiches afirman que inexorablemente la humanidad pasara de capitalismo al socialismo, como paso del feudalismo al capitalismo, sin que cuente para nada la voluntad del hombre y por arte de magia, de ahí que Eduardo Bernstein líder de los trabajadores en la Segunda Internacional en el siglo XlX se mofaba de los comunistas, por sus posturas supersticiosas, como si la historia fuera una repetición mecánica. Es exótico que los Jesuitas hayan creado dicho organismo influenciado por la Teología de la Liberación.

La Doctrina Social de la Iglesia nada tiene que ver con la Teología de la Liberación, y a pesar de la manipulación marxista, el cristianismo católico después de 2000 años sigue su peregrinación atalayando el signo de los tiempos, para no caer en la trampa del enemigo y con la esperanza que da el señor Jesús cuando afirma: “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Ariel Peña
arielpena49@yahoo.com
@arielpenaG

miércoles, 14 de octubre de 2015

CARLOS ALBERTO MONTANER, LOS CINCO ERRORES DEL PAPA


Papa minero
El papa Francisco basa sus ideas económicas en la Doctrina Social de la Iglesia, una mezcla de buenos propósitos y declaraciones vacías, algunas de ellas contradictorias, que el Vaticano ha ido acumulando desde 1891, cuando León XIII proclamó la Encíclica Rerum Novarum para abordar la “cuestión social”.
La DSI, como se conoce en el argot político, fue concebida para enfrentarse a los comunistas, pero sin decantarse claramente por la economía de mercado. No obstante, contiene al menos cinco errores importantes que la invalidan como un instrumento serio para propiciar el desarrollo y combatir la pobreza.
·      Primero: La idea de que la propiedad privada sólo se justifica “en función social”. Esa declaración de la DSI les abre las puertas a todas los abusos de los mandamases. ¿Quién decide si tener una confortable mansión en Miami, otra en un resort del Caribe y un buen yate para navegar entre ellas son propiedades moralmente aceptables en función social? ¿Cuál es la función social de poseer un  Botero, un Picasso un Mercedes Benz o un Rolex Presidente? ¿Dónde comienza o termina la “función social”? ¿Qué quiere decir exactamente esa frase?
·      Segundo: La equivocada noción del “bien común”.  Ese concepto esgrimido por la DSI –pero no sólo por ella– sirve para justificar la intervención del Estado con el objeto, supuestamente, de corregir los errores del mercado. Es relativamente fácil entender que la noción del bien común es un camelo, dado que las necesidades de la sociedad tienden al infinito, mientras los recursos disponibles son limitados. Los bienes y servicios que se les ofrecen a unos siempre se les niegan a otros. El aeropuerto que se construye es a costa del hospital o la escuela que no se edifican. Los recursos que se emplean en construir un magnífico templo para adorar a Dios no se utilizan para construir un orfanato. Y quienes toman las decisiones no lo hacen tras devanarse los sesos para establecer cuál es el bien común, sino para satisfacer a sus partidarios o, en el peor de los casos, para beneficiarse personalmente. Sería útil que el Santo Padre y sus asesores repasaran las fundamentadas propuestas de la “Teoría de la elección pública”. Tal vez se ahorrarían unos cuantos disparates.
·      Tercero: La nefasta creencia en que existe un “precio justo” para las cosas, y que los funcionarios son capaces de determinarlo. Ese viejo debate, que comenzaron los griegos clásicos, la DSI lo ha trasladado a la certeza de que existe un “salario justo”, o unas “condiciones materiales justas”, en las que se verifica la dignidad del hombre. En rigor, esa posición es el fruto de la ignorancia, la demagogia o del buenismo. El salario y las condiciones de vida de los trabajadores (y de los propietarios) no dependen de las necesidades subjetivas señaladas por la DSI, sino de las condiciones objetivas de la sociedad en que se trabaja y de la calidad del aparato productivo. Una sociedad que obtiene sus recursos de vender café no puede alcanzar la calidad de vida de otra que fabrica chips, aviones y productos farmacéuticos. Si uno trabaja como un holandés, puede y debe aspirar a vivir como un holandés. Si uno trabaja como un congolés, tendrá que vivir como un congolés, aunque la DSI insista inútilmente en su discurso bondadoso, a menos de que el gobierno fuerce una continua transferencia de recursos de las sociedades productivas a las improductivas, o de los sectores productivos a los improductivos, actitud que acaba por destrozar los fundamentos del sistema económico.
Cuarto: La desigualdad. La postura de la DSI frente a la desigualdad es peligrosa y puede agravar la situación. Es absurda la suposición de que quienes administran el Estado deben y pueden determinar la cantidad y calidad de bienes que debe poseer una persona para combatir el flagelo de la “desigualdad”. Ya sé que lo que le preocupa al Vaticano es que el CEO de una compañía gane 200 veces más que el señor que limpia los baños, pero de alguna manera es la sociedad la que decide o admite esas diferencias, de la misma manera que convierte en supermillonarios a sus artistas o deportistas favoritos sin importarle la desigualdad que se provoca. ¿Quién establece esos límites? ¿Es inmoral que los cardenales posean aire acondicionado, secretarios, autos, mientras haya feligreses muertos de hambre, exponentes de la desigualdad, agolpados en las puertas de las iglesias pidiendo limosnas?
·      Quinto: La austeridad y el no-consumismo. Es disparatada la defensa que hace la DSI de la austeridad y del no-consumismo, sin admitir el carácter subjetivo de esas actitudes, y sin entender la contradicción inherente que existe entre combatir la pobreza y condenar el consumo. Si el Primer Mundo le hiciera caso al Vaticano y súbitamente asumiera una vida austera, cientos de millones de personas en el planeta serían precipitadas a la miseria y al hambre. (Supongo que Francisco sabe que el 70% del PIB norteamericano se debe, precisamente, al consumo, y que cada punto que cae significa más desempleo y pobreza).
Afortunadamente para los católicos, no es necesario que suscriban la DSI para salvarse. En estos temas los papas no hablan ex cátedra. Saben que pueden equivocarse.
Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner