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viernes, 4 de septiembre de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, LA ESTRATEGIA DE DONALD TRUMP

Al fin terminaron las convenciones. La de Trump fue mucho más vistosa que la de Biden. Lo asombroso es que los estadounidenses no le prestaron la atención debida ni a una ni a otra. Los jardines de la Casa Blanca eran un set natural para proyectar el mensaje de Trump. El argumento de que la ley prohíbe la utilización de espacios públicos para hacer campañas partidistas es más débil que la silenciosa presencia del Covid 19. Son épocas especiales. Sin embargo, los asistentes, salvo unos cuantos ciudadanos respetuosos de los demás, no portaban mascarillas ni guardaban la “distancia social” debida. Dios los coja confesados. 

El tema de la campaña republicana es el supuesto socialismo de los demócratas. Ese argumento me ha mordido antes. No me lo creo. Ni Joe Biden ni Kamala Harris tienen nada que ver con la visión comunista de la sociedad. Alegar que Joe Biden es como Fidel Castro es como decir que Donald Trump es como Vladimir Putin. Una manifiesta exageración. (Supongo que Trump no es capaz de envenenar a los opositores). 

Recuerdo las elecciones de 1982 en España, cuando triunfó Felipe González por mayoría absoluta. Un cubano que trabajaba conmigo, muy buena gente, entró en mi despacho a decirme que se iba a Estados Unidos. “¿Por qué?” –le pregunté. “Porque el cordón de aceitunas se lo mete su madre”. Él había sufrido mucho por las locuras colectivistas de Castro. Había sido obligado a sembrar café caturra en el “cordón de La Habana”. Cualquier razonamiento que yo alegara se estrellaba contra su experiencia. 

Cuatro cubanos figuraron en la Convención republicana. La vicegobernadora de Florida Jeanette Núñez, Mercedes Schlapp, Lourdes Aguirre y Máximo Álvarez, un señor que pronunció un discurso muy persuasivo. Llegó a Florida por la operación “Peter Pan” organizada por los curas y la CIA durante el gobierno de John F. Kennedy. Probablemente, ninguno de ellos se hubiera establecido en Estados Unidos de haber estado en la Casa Blanca un nacionalista antiinmigrante como el señor Trump. 

Prueba al canto: Trump, que prometió arrancar de cuajo las “órdenes ejecutivas” de Obama, ha respetado la que le puso fin a la llamada “pies secos y pies mojados” firmada por Bill Clinton, que les permitía a los cubanos pedir asilo en Estados Unidos o presentarse en cualquier puesto fronterizo para recabar la protección americana. Trump no quiere a los cubanos. Por lo menos no los quiere en territorio americano. 

Tampoco quiere a los venezolanos, aunque los ayuda económicamente fuera de las fronteras estadounidenses. No sólo les niega a los venezolanos el TPS (Temporary Protected Status) solicitado por Mario Díaz-Balart y otros 30 congresistas, pese a saber que en Venezuela hay una fracasada dictadura comunista, mientras juega cruelmente con los ochocientos mil “soñadores”, estadounidenses sociológicos  que vinieron al país arrastrados por sus padres, sencillamente porque a sus bases no les gustan los inmigrantes.  

Grosso modo los cubanos apenas constituyen el 4% de los votos de la Florida. Ni siquiera pueden ganar en Miami-Dade. En las últimas elecciones Obama obtuvo el 49% de los sufragios cubanos. En las del 3 de noviembre acaso a Trump lo respalde el 60%, pero los puertorriqueños, avecindados en torno a Orlando, tal vez le den la victoria a Biden, porque tienen razones para sentirse ofendidos por la Casa Blanca. Según Miles Taylor, un alto oficial del DHS (Department of Homeland Security), Donald Trump pretendió vender Puerto Rico, como si la Isla fuese una pieza más del juego Monopoly, o un trozo de real state neryorquino, sin tomar en cuenta que desde 1917, hace más de un siglo, los boricuas son ciudadanos norteamericanos “de nacimiento”. 

No puedo ser trumpista, precisamente, porque Trump es un nacionalista, antiinmigrante, antiglobalización, proteccionista, cuatro categorías que me producen un enorme rechazo. Me gusta que sea (teóricamente al menos) prudente en el terreno fiscal, y que prefiera reducir el gasto antes que subir los impuestos, y que haya mudado la sede diplomática a Jerusalén, algo que habían prometido sin cumplirlo media docena de presidentes antes que él, aunque me irrita su fanfarronería hiperbólica y su actitud de bully incapaz de comprender que los daneses no le quieran vender Groenlandia o a los socios de la OTAN no les guste ser maltratados públicamente. 

Entiendo que quiera sumar a los cristianos evangélicos, y que tome públicamente partido por los “pro life”, aunque sea un tema resuelto por la Corte Suprema, pero alguien con su biografía al sur de la cintura, que se ufana por agarrar a las señoras por la entrepierna, seguramente lo hace como un sacrificio electoral más que como una convicción arraigada, extremo que le reclama Jerushah Duford, la piadosa nieta de Billy Graham, que suele acusarlo de ser un gran hipócrita. 

Sólo faltan dos meses para las elecciones del 3 de noviembre. Veremos qué ocurre. Según Real Clear Politics, Biden está delante en las encuestas. Pero ya sabemos que eso no quiere decir gran cosa.

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner
España 

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.  

domingo, 16 de agosto de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, KAMALA Y EL NUEVO RELATO, DESDE ESTADOS UNIDOS

Ha hecho muy bien Joe Biden en elegir a Kamala Harris como su VP. Puede tomar las riendas de USA si Biden muere o se incapacita al frente de la Casa Blanca. Al fin y al cabo, si gana las elecciones de noviembre comenzaría su mandato con 78 años. Sería el presidente más viejo que ha llegado a gobernar en el país. Sólo es tres años y medio mayor que Donald Trump, pero el presidente tiene un aspecto más juvenil, producto, tal vez, del bronceado.  

Kamala Harris es, como Biden, una demócrata “centrista”. Los dos grandes partidos estadounidenses son coaliciones ideológicas. En el partido demócrata ser de “centro” quiere decir ser un conservador en materia fiscal y un “liberal” en las cuestiones sociales. Así fueron Bill Clinton y Al Gore, aunque Biden-Kamala tendrían que negociar con los sectores del partido que se hacen llamar “progresistas”. Estos creen en extender el Medicare a toda la población, y en pagar total o parcialmente la cuenta de los estudios universitarios, bajo el argumento de que no se trata de un “gasto” sino de una “inversión” en el futuro de la nación. Más o menos como ocurre en Europa. 

Naturalmente, tanto los demócratas de centro como los progresistas tienden a estar de acuerdo en estos cinco grandes temas sociales:  

·      La necesidad de que las iglesias no influyan en los asuntos públicos (aunque el 90% de los norteamericanos creen en Dios y el 56% supone que la descripción de la Biblia se ajusta a la verdad). 

·      Los “derechos reproductivos” en manos de la mujer (“Roe vs Wade”: una expresión que autoriza el aborto). 

·      El control de las armas de fuego y el alcance real de la Segunda Enmienda.
·      Las bondades de la inmigración regulada. 
·      Las ventajas del comercio internacional. 

En Estados Unidos jamás he escuchado a nadie con peso político real defender las supersticiones marxistas, y mucho menos proponer una dictadura para solucionar los problemas que inevitablemente existen. La fortaleza de la democracia norteamericana radica en que ni republicanos ni demócratas, donde se inscribe el 95% de los electores, tienen como objetivo destruir el sistema que les ha permitido convertirse en la gran potencia que ha sido a lo largo de los siglos XX y XXI. Tal vez esa es la gran diferencia política con Europa. En USA no hay “Podemos”, ese partido marxista-leninista que en España destroza la convivencia, sencillamente porque no cree en el mercado, en la propiedad privada de los medios de producción o en los derechos humanos. 

Eso no quiere decir que en Estados Unidos no haya personas insensibles al dolor ajeno, pero jamás han sido grupos decisivos en la sociedad norteamericana. Vistosos y estridentes sí, como las dirigentes de “Black Lives Matters”, capaces de saludar con admiración a Fidel Castro, pero mucho menos que los “Panteras negras” de los años sesenta. O como los émulos de Adolfo Hitler, empeñados en una visión racista o supremacista blanca, vinculados al KKK, o sus adversarios del “Antifa”, tan parecidos a sus enemigos a fuerza de oponérseles.  

Por supuesto, republicanos y demócratas evolucionan en la medida en que se producen importantes cambios demográficos o de perspectiva generacional. Los republicanos fueron el partido de Lincoln, el de la emancipación de los negros. Los demócratas, en cambio, fueron el partido del KKK y de la segregación racial. Sin embargo hoy los negros están más cerca de los demócratas. Hasta mediados del siglo pasado la mayor parte de los universitarios blancos eran republicanos. Hoy son demócratas.  

De alguna manera, hoy el Partido Demócrata se parece más a la sociedad multicultural del siglo XXI que el republicano. Kamala es la mejor prueba de ese multiculturalismo: es hija de una india (de la India) y de un jamaicano muy cultos, y está felizmente casada con un abogado judío, lo que no deja espacio para la sospecha de antisemitismo. Israel, que ya sabía de la lealtad de Biden, puede también contar con la de su VP.   

¿Por qué Joe Biden eligió a Kamala Harris como VP? Seguramente porque es muy inteligente y tiene experiencia en campañas políticas, pero también porque es una mujer “de color” que ha elegido ser “afroamericana”. Un poco como Barack Obama escogió ser un negro americano, pese a tratarse de un hawaiano (un archipiélago absolutamente mezclado que no conoció la esclavitud, pero sí la expansión colonial de Estados Unidos), hijo mestizo de un economista negro de Kenya y de una antropóloga blanca, cuyos abuelos blancos lo criaron, presuntamente, como un muchacho de clase media.  

La capacidad norteamericana para generar y absorber los cambios es pasmosa. Eso incluye la concepción de lo que antes se llamaba el “discurso”. Una parte sustancial de la sociedad no logra emocionarse con las historias de Washington, Jefferson y los brillantes Padres Fundadores. Para los negros eran unos esclavistas desalmados. Para los méxico-americanos fueron los imperialistas que les arrancaron la mitad del territorio. 

Ese relato “blanco” ha sido sustituido por otro mucho más aceptable para los afroamericanos y para el aluvión de inmigrantes de todas las razas y los credos religiosos: el patriotismo constitucional. No hay otro vínculo más importante que la subordinación a la Constitución del país.  

Hoy a Estados Unidos se le quiere por haber sido un formidable refugio de inmigrantes de diversos orígenes que llegaron en busca de libertad y prosperidad. Es una “patria-resumen-de-las-virtudes-europeas”, incluida la lucha por los Derechos Humanos. A USA se le admira por su fortaleza financiera, militar, científica y técnica. Por la calidad de sus mejores universidades y los centros de investigación, por su inventiva, y por haber sido la locomotora y sostén del planeta después de la Segunda Guerra mundial, durante el periodo de la Guerra Fría, mientras la URSS sufría un peligroso espasmo imperial que terminó arruinándola y, finalmente, la liquidó.

Ese nuevo relato es el de Kamala. Veremos qué sucede el 3 de noviembre.

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner
España-Estados Unidos

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books. 

miércoles, 12 de agosto de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, LAS MEDICINAS Y LOS SUEÑOS ERÓTICOS,

¿Por qué son tan caras las medicinas en Estados Unidos? La respuesta corta tiene que ver con los costos de investigación y desarrollo. Lo que sigue es la larga, coronada con una historia deliciosa. 

La Food & Drug Administration (FDA) es más costosa que el clásico hijo bobo educado en París. Su utilidad es magnífica, pero no hablamos de la calidad, sino del precio. La factura sale por un riñón. Cuesta aproximadamente dos mil seiscientos millones de dólares crear una medicina hasta colocarla a disposición de los pacientes que la necesitan por medio de las recetas de los médicos. De ahí el costo astronómico de las vacunas contra el Covid 19. 

A esa sangría de plata hay que agregarle otros trescientos millones de costos de “postproducción”. Grosso modo, esos tres mil millones de dólares son los que cuestan los éxitos, pero sólo llegan a puerto el 12% de los “remedios” que inician los trámites. El 88% restante se queda en los recovecos de la investigación. Obtengo esos pavorosos datos del  “Tufts Center for the Study of Drug Development” publicados  en el  Journal of Health Economics.  

Eso explica por qué la Universidad de Yale y el laboratorio “AI Therapeutics” prefirieron revisar trece mil medicinas, previamente aprobadas, hasta dar con una sustancia llamada con el nada comercial nombre de LAM-002A que, aparentemente, impide la progresión del coronavirus.  

También explica que Yaakov Nahmias de la Universidad Hebrea de Jerusalén y el Dr. Benjamín tenOever del Hospital Mount Sinai de New York, dos jóvenes y brillantes investigadores, formados en Israel y en Estados Unidos, eligieran un viejo y acreditado medicamento contra el colesterol y los triglicéridos, llamado Fenofibrate, también conocido como TriCor.  

Según sus investigaciones, parece que en cinco días “limpia” los pulmones y transforma el coronavirus en una gripe clásica. (Mi hermano Alex Montaner, médico, severamente contagiado por el Covid 19, lo está utilizando. Hasta ahora le va bien. Veremos qué resulta).  

Esto nada tiene que ver con las bondades de la Hidroxicloroquina recomendada insistentemente por Donald Trump frente al Coronavirus. Todos estamos cansados de la pandemia, pero la medicina, que sirve para aliviar la artritis reumatoide y la malaria, pudiera hasta ser contraproducente si se utiliza contra el Covid 19. Al menos eso repite la mayor parte de la comunidad científica.  

No toda, claro. Donald Trump tiene a su favor, y la recomienda, a la médico Stella Immanuel. La doctora Immanuel es una señora nacida en Camerún que estudió medicina en Nigeria. Ella, quien trabaja en Houston, afirma que ha curado a cientos de pacientes con la Hidroxicloroquina.  

Como ministra religiosa –pertenece a una secta cristiana- también alega que los demonios habitan los sueños de las personas para seducirlas y llevarlas por el mal camino del erotismo. Los íncubos son demonios masculinos que dominan a las hembras. Los súcubos son demonios hembras que se aparean durante los sueños con los varones. (No creo que la corrección política haya acuñado, todavía, la palabra “demonia”, pero todo se andará).  

La historia de los íncubos y súcubos me hizo recordar la extraordinaria anécdota que cuenta Fernando Iwasaki, un gran escritor, en Inquisiciones Peruanas. Se titula “Prohibido soñar” y da cuenta de las vicisitudes de Inés Ivitarte, una monja de clausura durante la Colonia a la que el diablo se le apareció en sueño y la poseyó con su enorme miembro cubierto de escamas negras.

La monja se lo contó a su confesor, un teólogo jesuita muy versado en las astucias del demonio, y éste (el jesuita, no el demonio) llegó a la conclusión de que alguien había muerto sin confesión en aquella Lima recién conquistada por los españoles. Ése era el íncubo culpable de la desazón de la pobre Inés.  

Al confesor, un varón aguerrido, se le ocurrió una manera de derrotar al Maligno. Prohibió soñar en Lima. Como era un hombre de acción, organizó a sus compañeros inquisidores para que, al alba, recorrieran todas las casas habitadas y preguntaran si alguien de la familia había tenido un sueño erótico. Curiosamente, nadie había tenido un sueño de ese estilo pecaminoso. Parece que el demonio se extinguió silenciosamente ante la pía respuesta de los limeños.

@CarlosAMontaner. 

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.  

miércoles, 29 de julio de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, TRUMP, BIDEN Y EL MALDITO CORONAVIRUS

No tengo la menor idea de cómo influyó la pandemia de hace un siglo en las elecciones de 1920. Murieron más de medio millón de norteamericanos cuando el país tenía un tercio de los habitantes que hoy recoge el censo. Las mascarillas y la “distancia social” eran casi la única medicina disponible. Así había sido desde la Edad Media.  

Algo sucedió y los demócratas perdieron la Casa Blanca estrepitosamente, pese a haber contribuido decisivamente a la victoria durante la Primera Guerra mundial. El republicano Warren G. Harding tuvo a su favor la mayor proporción de votos que recuerda la historia de las confrontaciones presidenciales entre republicanos y demócratas: ganó por un 26% de los votos. Fue una paliza. Un “landslide”.   

Si las elecciones fueran hoy, y no dentro de cien días, ganaría Joe Biden. Lo dicen todas las encuestas, incluidas las de la cadena Fox. ¿Por qué? Porque ni Donald Trump (ni ningún otro presidente), podía enfrentarse a la devastación dejada por el virus en Estados Unidos: millones de desempleados, miles de empresas cerradas, decenas de miles de muertos y una certeza de inflación futura, cuando se disipe la humareda, mientras la máquina de imprimir billetes no se detenga. 

Por supuesto, no es posible culpar a Trump de las consecuencias del Covid 19, pero sí le pasarán la cuenta en las urnas por sus indecisiones y sus imprecisiones. Comenzó restándole importancia al virus y negándose a colocarse la mascarilla, y acabó admitiendo la peligrosidad letal de la enfermedad y, como cualquier persona más o menos sensata, se colocó la mascarilla. No era cuestión de valentía sino de responsabilidad. Trump no ha sido responsable. Eso es lo que revelan las encuestas.  

Tampoco se puede elegir impunemente entre el contagio y el trabajo. Cualquier selección conlleva un castigo. Si trabajas aumenta exponencialmente el riesgo de adquirir la enfermedad y la posibilidad de morir. Si no trabajas se paraliza o ralentiza la economía. Si el gobierno subsidia a las empresas y a la empleomanía que optan por no trabajar, sobreviene un proceso inflacionario. Palos porque bogas y palos porque no bogas.  

Es inútil tratar de enfrentarse al desolado panorama nacional con acusaciones de que Biden padece de senilidad, o volver al ritornello de que los rusos se robaron las elecciones del 2016 o de que el FBI espió a Trump. La mayoría de los votantes no se van a guiar por las trece categorías seleccionadas por el profesor Allan J. Litchman para poder predecir el ganador de la contienda el próximo 3 de noviembre. Esa era la campaña hasta principios de abril, cuando el profesor, un serio especialista que suele acertar en sus predicciones, daba como vencedor a Trump. .

Biden gana incluso en los estados dudosos que le dieron el triunfo en el 2016 por 77,000 votos repartidos entre cuatro estados clave. Joaquín Chaffardet, un acucioso abogado, exiliado venezolano, de acuerdo con las encuestadoras más solventes, ha preparado unos cuadros estadísticos que revelan lo que en julio 19 sucede en los trece estados convertidos en “swing states”: Carolina del Norte, Pennsylvania, Arizona, Florida, Ohio, Wisconsin, Minnesota, Nevada, Virginia, New Hampshire, Colorado, Texas y Georgia.  En todos gana Biden. Asombroso. Incluso en Texas y Georgia. Desde los 20 puntos que le lleva en Pennsylvania, hasta la fracción de un punto con que ganaría en Texas, todas son buenas noticias para Biden, incluidas, repito, las encuestas de Fox. 

Naturalmente, faltan cien días para las elecciones y en ese periodo todo puede torcerse para los demócratas. ¿Cómo pudiera Trump remontar las encuestas y derrotar a Biden? Lo lograría si persisten los disturbios surgidos a partir del asesinato en segundo grado de George Floyd, el afroamericano que fue asfixiado por un policía en Minneapolis ante la inapelable cámara de un transeúnte, y si Donald Trump consigue convencer a la mayoría de sus compatriotas que él es el único líder con la energía y el carisma para detener la sinrazón y los desórdenes que se observan en el país. 

Lo que no se puede admitir –y para ello, supongo, se prepara el establishment republicano de los Bush y Romney, arrepentidos de concederle la franquicia del partido a Trump tras su contundente victoria en las primarias- es que éste descalifique la democracia estadounidense desconociendo los resultados electorales, invocando un fraude que sólo existe en su imaginación poblada de convenientes conspiraciones estrafalarias.  


A la postre, siempre le quedará la melancólica excusa del monarca español Felipe II con el objeto de explicar su fracaso ante el desastre de la “Armada Invencible”, fletada para invadir Gran Bretaña en 1588, pero dispersada o hundida por una tormenta en el Canal de la Mancha: “Yo envié mis naves a pelear contra los hombres, no contra los elementos”. Trump pensaba ganarle al candidato de los demócratas. No al maldito coronavirus.

Carlos Alberto Montaner 
<montaner.ca@gmail.com>
@CarlosAMontaner
Desde España-Estados Unidos

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books. 

lunes, 13 de julio de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, LA INFLUENCIA DE ESTADOS UNIDOS EN EL MUNDO

El aniversario de la república norteamericana fue acompañado con ataques a Thomas Jefferson. Le reprochaban haber tenido esclavos mientras escribió que todos los hombres eran iguales ante la ley y tenían los mismos derechos y deberes. Lucian Truscott IV, su descendiente directo, periodista y escritor, encabezó la ofensiva en el NYT. Es el hijo de un famoso general de la II Guerra Mundial. 

Los detractores de Jefferson destacaban su hipocresía, y el hecho de que hubiera engendrado varios hijos con su esclava predilecta, Sally Hemings, 23 años más joven que el tercer presidente de Estados Unidos y uno de los más brillantes. 

Sally era, a su vez, medio hermana de su esposa. Su madre, africana, había sido víctima de su "dueño", el capitán de barcos John Wayles, quien le dejara una considerable dotación de esclavos a Martha, su hija "legítima", y unos terrenos valiosos en Virginia. Sally era la menor de los seis hijos que le hizo Wayles a su esclava.

Jefferson comenzó a tener relaciones con Sally cuando la bella mulata, muy clara, tenía 15 o 16 años. Jefferson era viudo en ese momento de Martha Wayles. Aparentemente, tuvieron seis hijos, de los que cuatro llegaron a la vida adulta. 

Es cierto que la “Declaración de Independencia”, redactada por Thomas Jefferson, presentada el 4 de julio de 1776, es uno de los documentos más difundidos de la Humanidad, y uno de los más copiados, pero mi opinión es que no influyó excesivamente en el destino de otras sociedades. 

Incluso, a juzgar por los despachos de los embajadores acreditados en el país, se pensaba que no había muchas posibilidades de que saliera bien el experimento republicano creado por trece estados que se miraban con recelo unos a otros.   

Pero salió bien. Al extremo de que el joven ensayista francés Alexis de Tocqueville, el gran analista de la “Democracia en América”, declarara en 1835 que en ese país se estaba forjando el liderazgo del planeta. ¿Por qué y cómo? Sospecho que fue la consecuencia de las deficiencias más que de los éxitos. 

Me explico. Súbitamente, los estadounidenses se vieron desamparados. Le ofrecieron a George Washington la corona de la nueva nación. Declinó cortésmente la proposición. Sirvió por dos periodos y se volvió a la plantación. Era uno de los hombres más ricos de su tiempo. Los “americanos” tendrían que enfrentarse con las dificultades republicanas. 

Todos los hombres eran iguales ante la ley a fines del siglo XVIII. Ese era el principio. Ya sabemos que los negros, las mujeres, los analfabetos, y quienes carecían de propiedades, no estaban incluidos en ese "todos los hombres". No obstante, los principios son esenciales y acaban por abrirse paso. Al menos lo eran para los blancos educados, generalmente plantadores y, con frecuencia, propietarios de esclavos. 

Primero se eliminó la educación y el tener propiedades para poder votar. Luego, al costo de una guerra terrible, los negros fueron liberados y, a trancas y barrancas, los incorporaron al proceso no sin grandes obstáculos. Por último, las mujeres ganaron el derecho al sufragio en 1920. 

La República, afortunadamente, no estaba sujeta a dogmas preestablecidos que señalaran un camino unívoco para sostener el poder, como era propio de las ideologías. Se limitaba a crear instituciones que fueran solucionando los problemas en la medida que fueran surgiendo. Estados Unidos fue la primera “Sociedad de acceso abierto” que registra la historia moderna. 

Hasta ese momento todas las sociedades eran de “acceso limitado” y se basaban en el concurso a los "mandamases" para que ejercieran la autoridad, a cambio de lo cual el poder se volcaba en ayuda de quienes lo sostenían. Incluso hoy, las tres cuartas partes del planeta exhiben síntomas de ser sociedades de acceso limitado, y sólo dos docenas de naciones han tomado voluntariamente el camino norteamericano. 

¿En qué consisten las SAA y las SAL? Los términos (y el concepto) fueron formulados por Douglass North (1920-2015), Premio Nobel de Economía en 1993, uno de los pensadores más creativos de Estados Unidos, en su último ensayo, escrito junto a dos de sus colaboradores cercanos, J.J. Wallis y B.R. Weingast: Violencia y órdenes sociales: un marco conceptual para interpretar la historia humana registrada. 

Si el linaje no servía para crear las estructuras humanas, dado que todos los individuos tenían los mismos derechos ¿a qué se recurría? Sencillo y, a la vez, complicado: a los méritos personales. Tener privilegios se convirtió en una pésima característica en la sociedad estadounidense. Una rémora. Eventualmente, todos tendrían los mismos derechos y deberes. Incluso, se puso de moda el vestido del hombre común. 

Uno de los últimos privilegios cayó tras la Guerra Civil (1861-1865): se trató del postrer conflicto en el que fue posible liberarse mediante el pago a otra persona de servir en las Fuerzas Armadas. A partir de la nueva regla, solo el médico o el azar podían librar a los reclutas de sus responsabilidades. 

En el terreno económico la respuesta vino del Mercado. Como se sabe, no hay fortunas permanentes en Estados Unidos. Basta contemplar la lista de los millonarios en las revistas especializadas. La mayoría de los nombres cambian generación tras generación. Al menos, se supone que los estados no protejan a las empresas de la voluntad popular expresada en la libre elección de los bienes y servicios. Es cierto que los poderosos tratan de vulnerar este principio, y a veces lo logran, pero siempre será por un periodo. 

Fue este ejemplo –meritocracia más mercado más ausencia de privilegios- y no el magnífico texto pergeñado por Jefferson, lo que acabó conquistando el corazón de Inglaterra, Holanda, Francia y las dos docenas de naciones que han hecho suyos los valores de la igualdad ante le ley. Es un camino largo, y lleno de contramarchas, pero no hay otro.

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner. 
España-Estados Unidos

domingo, 5 de julio de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, BIDEN, TRUMP Y LAS ELECCIONES DE NOVIEMBRE


El martes 3 de noviembre de 2020 habrá 12 elecciones clave en Estados Unidos. No 1 ni 50, sino 12. Esos son los “swing states”. Como los comicios, de acuerdo con la Constitución, se deciden en el Colegio Electoral y no en las urnas, voto a voto, es de acuerdo con esta peculiar institución donde se organiza la encarnizada contienda. 


Los “swing states” son hoy, por orden alfabético: Colorado, Florida, Iowa, Michigan, Minnesota, Nevada, New Hampshire, North Carolina, Ohio, Pennsylvania, Virginia y Wisconsin. Son estados en los que las elecciones son muy reñidas y que, por consiguiente, pueden cambiar de bando, como ha sucedido en el pasado.  

Como recuerdan con amargura Al Gore y Hillary Clinton, es posible ganar democráticamente en las urnas y perder republicanamente las elecciones generales. Al fin y al cabo, Estados Unidos es una república apegada al cumplimiento de las leyes y no una democracia rusoniana gobernada por la mayoría pura y simple. 

En las elecciones de 2016 Hillary ganó por casi 3 millones de votos, pero perdió en el colegio electoral por 77 (Trump 304 y Clinton 227). Trump consiguió imponerse por el 0.25% -un cuarto de punto- en algunos estados clave, como Ohio y Florida, y eso le bastó para obtener una victoria decisiva. 

En 5 oportunidades electorales la república se ha impuesto a la democracia o gobierno de la mayoría: 1824, 1876, 1888, 2000 y 2016. En todos los casos el candidato del Partido Demócrata ha sido derrotado, aunque aceptara su mala suerte a regañadientes. El hoy vilipendiado Andrew Jackson, inmensamente popular en su época (el primer tercio del siglo XIX), trató de cambiar las reglas electorales, pero no pudo. Nadie ha podido. 

La consecuencia es que arrecia la campaña en esos 12 estados clave y disminuye sustancialmente en los estados rojos (republicanos) o en los azules (demócratas). Al menos por algún tiempo California será demócrata y Texas republicana. No vale la pena arañar algunos carísimos votos cuando el “premio” está en otra parte. 

Por eso (y por el sol, el golf y Mar-a-Lago) Donald Trump se ha mudado oficialmente de New York a Florida. Pero, también por eso, Joe Biden está haciendo un gran esfuerzo por ganarle un estado que cuenta con 29 votos electorales, el cuarto de la nación de acuerdo con el número de pobladores, aunque probablemente sobrepase a New York si el censo, actualmente en proceso, refleja un aumento, como se vaticina. 

¿Cómo se gana en Florida? Grosso modo, el sur del estado, más cosmopolita y educado es demócrata. El norte, más rural y menos instruido, es republicano. Mientras el centro cambia con el influjo del millón de puertorriqueños, casi todos educados, que se han trasladado en los últimos años y que mayoritariamente votan por los demócratas. 

Dentro de la tradición política de Estados Unidos, esas preferencias de los electores son tomadas en cuenta por los partidos demócrata y republicano. La conquista del voto judío exige una posición favorable a Israel. La del voto negro logra lo mismo en África, como subrayó la posición de Washington durante el apartheid. Mientras los cubanos y venezolanos de Miami esperan una postura enérgica contra las dictaduras que los han arruinado y lanzado al exilio.  

Los puertorriqueños, avecindados en Orlando, por su parte, aguardan de sus conciudadanos –son estadounidenses “de nacimiento” desde 1917- una posición mucho más generosa hacia Puerto Rico y, la mayor parte, que le faciliten a la Isla el camino hacia la estadidad, como hizo el Congreso con Alaska o Hawai en 1959, otros dos territorios separados del país. 

Es dentro de ese espíritu que el abogado internacionalista venezolano Joaquín Chaffardet ha preparado algo que hubiese podido llamarse “En sus propias palabras”. Se trata de 19 escritos de Joe Biden, desde charlas hasta twits, o sobre él, que demuestran que Biden lleva muchos años exigiendo la democracia para los venezolanos y calificando al régimen de Maduro de dictadura atroz. 

A mí me convenció. Los venezolanos no deben esperar de Biden nada similar a lo hecho por Obama en Cuba. El presidente Obama, víctima de una simplona ingenuidad, terminó con la política de once presidentes antes que él, republicanos y demócratas, consistente en no hacerle demasiadas concesiones al régimen comunista de La Habana, a menos de que la empobrecida Isla dejara de exportar su nefasta revolución. 

Entre los papeles virtuales que envía Chaffardet hay un excelente artículo de Andrés Oppenheimer. Dice, textualmente: “Los líderes del Partido Demócrata están respaldando sólidamente la decisión del Presidente [Trump] de derrocar al gobernante ilegítimo de Venezuela, Nicolás Maduro”. Ahí está la mano de Biden. Magnífico.

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com>
@CarlosAMontaner

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.   

sábado, 6 de junio de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER DISTURBIOS PARA UN PERTURBADO

Éramos doce y parió la abuela. George F. Will le enfiló los cañones a Donald Trump. Esto sucedió en medio de los disturbios por la muerte de George Floyd, de la pandemia por el coronavirus y de la súbita y astronómica cifra de desempleados. Will pidió, incluso, que se castigara electoralmente a los senadores republicanos eliminando su control de la cámara alta.  

Will, estadounidense, quien obtuvo un Ph.D. en Ciencias Políticas en Princeton, New Jersey, es una especie de Edmund Burke revivido. Burke fue la más brillante cabeza del pensamiento liberal-conservador en el siglo XVIII. Will ha utilizado los periódicos, revistas y la televisión para difundir y defender los principios en los que firmemente cree. Lo ha hecho tan bien que mereció un Premio Pulitzer en 1977.  

Luego le tocó el turno de golpear a Trump a Jim Mattis, ex Secretario de Defensa del gabinete del actual presidente. Lo hizo por medio de la revista The Atlantic. Mattis es un general de los marines con una magnífica fama entre sus subordinados y jefes, pese a su sobrenombre de “Mad dog” o “perro loco o rabioso”.  Le reprochaba a Trump que dividiera a la sociedad en lugar de unirla. 

El reclamo del actual Secretario de Defensa, Mark Esper a su jefe Donald Trump era mucho más concreto: le advertía, públicamente, que no estaba de acuerdo con utilizar las tropas del ejército regular para enfrentarlas a los desórdenes generalizados que sufría el país. Incluso, dudaba que fuera constitucional semejante uso. Para eso estaban la Guardia Nacional y la policía. 

El asesinato de George Floyd por parte de la policía de Minneápolis fue el detonante. Pero, mientras Trump, que cree en las conspiraciones, ve la mano peluda de los anarquistas, a los que llama terroristas, pese a que difícilmente ninguno de los saqueadores sepa quien fue Pierre-Joseph Proudhon o Mijail Bakunin, y mucho menos hayan leído una sola letra de ellos, no hay duda que algunos norteamericanos coinciden con la apreciación de Trump. 

Por eso el estrafalario presidente de los estadounidenses se ha declarado el hombre de “la ley y el orden” en el país, y ha designado al grupo “Antifa” como “anarquistas”, pese a sólo ser violentos y primitivos “anti-supremacistas blancos” que convocan y participan en los desórdenes porque sienten que la policía los adversa y la justicia no existe para ellos. 

Si Trump, hubiera mencionado al Ku Klux Klan como gente peligrosa –antinegros, antisemitas, anticatólicos-, y hubiera colocado a esa peculiar banda de odiadores al mismo nivel de los Antifa, habría ganado en popularidad, pero no lo hizo por mezquinas razones electorales. No todos sus fanáticos son supremacistas blancos, pero todos los supremacistas blancos lo apoyan en las urnas.        

Desde luego, no todo lo que hace Donald Trump es malo per se. Sus medidas de gobierno latinoamericanas son esencialmente correctas y están en la mejor tradición estadounidense de impedir el tráfico de drogas y la acción de los terroristas, aunque acaso sea por influencia de Mike Pompeo.  

Fue lo que hizo Bush (padre) cuando invadió Panamá y apresó al narcodictador Manuel Antonio Noriega. (Esta acción dio origen al Panamá democrático, próspero y sin ejército de hoy). Fue lo que hizo Bill Clinton cuando inauguró las “Listas Clinton”, o cuando firmó la ley Helms-Burton tras la artera destrucción sobre aguas internacionales de unas avionetas desarmadas de “Hermanos al Rescate”. Luego la invención evolucionó a las “Listas OFAC” y a la “Ley Kingpin”. El objetivo era cerrarles a los corruptos el santuario norteamericano para lavar activos, y, de paso, castigar a las empresas dedicadas a blanquear dinero sustraído al erario público.  

Naturalmente, el Trump dedicado a defender Estados Unidos de sus dos grandes enemigos –el narcotráfico y el terrorismo internacional-, muchas veces coludidos, como sucede en la simbiosis entre Cuba y Venezuela, se da de bruces con la negativa a aceptar a los dreamers, o de no dictar, como hizo Reagan, una amnistía para los “sin papeles” que viven de su trabajo honrado, porque en sus países de origen las bandas de forajidos los matan o extorsionan.  

¿Puede el establishment político estadounidense declarar loco o incapaz a Donald Trump y destituirlo aplicándole la cuarta enmienda al artículo 25 de la Constitución? Teóricamente pudiera, pero es muy improbable que suceda. Es más difícil aún que el impeachment. Afortunadamente, las elecciones están a la vuelta de la esquina. 

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner. 

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.  

CARLOS ALBERTO MONTANER, FAUDA

Fauda quiere decir “caos” en hebreo y en árabe. Es el nombre de una magnífica serie de Netflix. La mejor manera de pasar este maldito encierro provocado por Covid-19, alias “el Mataviejos”, es contemplar una serie de televisión. Lo he hecho en esta interminable cuarentena. 

Me gustó mucho. Sabía, de antemano, el trasfondo de los episodios. Ciertos jóvenes judíos, vinculados a una Unidad Encubierta de Élite de las Fuerzas de Defensa Israelí, se enfrentaban en Cisjordania a unos jóvenes palestinos incardinados en Hamás, en Al Fatah, y hasta alguno de ellos le juraba lealtad a ISIS mediante el consabido vídeo. 

La unidad existe y es la “Sayeret 217 Duvdevan (cereza en hebreo)”, y está facultada para cometer asesinatos selectivos y otros actos deleznables encaminados a impedir los atentados terroristas y los crímenes de los enemigos de Israel y del pueblo judío.   

Era –al menos yo lo creía—la versión del Medio Oriente de los vaqueros contra los indios, del bien contra el mal, de los “buenos” contra los “malos”. Los vaqueros, claro, eran los judíos. Los palestinos, por supuesto, eran los indios. Pero no había nada de eso. No existían los estereotipos. 

Todos eran capaces de destrozar al adversario. De interrogarlo con saña. De torturarlo golpe a golpe, hasta matarlo. Los judíos y los palestinos eran seres humanos movidos por el patriotismo, la aventura, el deseo de venganza, el amor, la soledad, la lujuria, el engaño, y el despecho.  También, y en una enorme proporción, los movilizaban las ansias de gloria. 

Los separaban la cuestión religiosa. Los palestinos se tomaban muy en serio a Alá. Le rezaban y le ofrecían el sacrificio de sus vidas. Las mujeres, entre ellos, tenían una función auxiliar y les debían a sus maridos un respeto imponente. Los judíos, en cambio, apenas mencionaban a Yahvé. Se acercaban a sus actos por un camino secular. Las mujeres desempeñaban los mismos roles de los hombres. Podían ser infieles en la cama sin dejar de ser leales. 

¿Es una serie realista? Sí, aunque sólo en cierta forma. Hay que prescindir de la incredulidad, como suele hacerse en el teatro, y suponer que el mismo equipo humano de guerra secreta puede operar constantemente sin ser detectado en un pequeño territorio como Ramallah, que es una especie de ciudad del tamaño de un sello de correos.    

Pero ese escollo se salva sin dificultades. Realmente, los hechos ocurrieron más o menos así, aunque en diferente secuencia. El actor principal y coguionista de la serie, Lior Raz, que hace el papel de Doron Kabilio, perteneció a una unidad especial israelí que perseguía a los terroristas y realizaba acciones encubiertas en Cisjordania. La materia prima de los guiones es su propia experiencia.   

Su novia de entonces, una chiquilla de 19 años llamada Iris Azulai, fue asesinada a puñaladas por un palestino al que arrestaron. Años más tarde lo canjearon por el soldado Gilad Shalit, secuestrado por Hamás, dentro de aquella asombrosa operación en que los israelíes cambiaron más de mil prisioneros, muchos de ellos terroristas, por la libertad de uno de los suyos.

El otro coguionista, Avi Issacharoff es el periodista de Haaretz, y reportero de televisión galardonado con varios premios, un verdadero experto en el conflicto palestino-israelí. Aunque Issacharoff asume el punto de vista israelí, trata de ser objetivo y respetuoso con los palestinos. 

Eso no es posible. El punto de vista es esencial y los palestinos casi nunca quedan satisfechos. Para ellos, la venganza es una emoción legítima. Lo que explica que Shirin al-Abed, espléndidamente representada por la actriz franco-árabe Laëticia Eido, una palestina viuda, enamorada de Doron Kabilio, aunque casada por terror con su primo Walid Abed, el jefe local de Hamás, es una traidora sin paliativos. Es un mundillo en blanco y negro, absolutamente irreconciliable con sus adversarios. 

Eso es conveniente que se sepa. No hay forma humana que árabes e israelíes lleguen a acuerdos razonables. Mientras los palestinos sueñen con echar a los judíos al mar, eso no es posible. 

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner 
España-Estados Unidos

martes, 2 de junio de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, DONALD TRUMP Y HERBERT HOOVER

Noviembre está a la vuelta de la esquina. ¿Quién pagará en el terreno electoral por los 130.000 muertos proyectados, por los millones de desempleados y por el cierre de miles de empresas provocados por el Covid-19? Creo que el presidente Donald Trump. Le pasarán la cuenta, aunque él no tenga la culpa del maldito «virus chino». Ya se sabe que los electores, grosso modo, votan con la memoria del periodo anterior. 

Veamos. 

El 4 de marzo de 1929 fue un día luminoso. Herbert Hoover, el secretario de Comercio de Calvin Coolidge, asumió la Presidencia de Estados Unidos en la ya primera nación del planeta. Había derrotado al demócrata Al Smith, gobernador de Nueva York, de una manera contundente.

Obtuvo el 58% de los votos populares frente al 40% que sacaron los demócratas, y le ganó en 40 de los 48 estados que entonces tenía la nación. En su discurso de aceptación del cargo, dijo que en un futuro cercano la pobreza sería abolida en Estados Unidos.

Tenía razones para pensarlo. Eran los roaring twenties. Una época de experimentación y desenfreno. A Hoover, como suelen decir en España, “le cabía el Estado en la cabeza”. Sabía qué hacer y cómo hacerlo.

Era un ingeniero geólogo graduado de Stanford, dotado del instinto reformista de los grandes burócratas. Por saber, sabía hasta chino (mandarín), aprendido a fines del siglo XIX como consejero del emperador asiático en cuestiones mineras. La nación llevaba casi una década de crecimiento sostenido como consecuencia de la posguerra, y él era un infatigable organizador y un hombre honrado. 

No pudo. Nada de eso le sirvió. El país se le cayó a pedazos a los seis meses de haber tomado posesión de la Presidencia. En octubre de 1929 se produjo el crash de la Bolsa. Ese fue el punto de partida de la Gran Depresión.

Hay cien explicaciones de ese terrible episodio. Siguió una corrida bancaria. Miles de empresas se fueron a la quiebra y paulatinamente el desempleo se multiplicó hasta llegar al 25% de la fuerza trabajadora. 

A partir del crash de 1929 Hoover no supo qué hacer. Intento con los remedios keynesianos de aumentar el gasto público para aumentar la demanda. No tuvo éxito. También experimentó con el proteccionismo económico

A partir de ese momento no supo qué hacer. Intentó con los remedios keynesianos de incrementar el gasto público para aumentar la demanda. No tuvo éxito. También experimentó con las fórmulas del proteccionismo económico.

En 1930 firmó la ley Smoot-Hawley que imponía unos altos impuestos a las importaciones de productos agrícolas y manufacturas extranjeras. Tampoco resultó. Fue contraproducente. Dio inicio a una guerra internacional de tarifas. Era el ciclo de las vacas flacas, como dice la Biblia, y no es nada fácil enfrentarse a estos periodos.

Lo liquidaron en las elecciones de 1932. F.D. Roosevelt le ganó por landslide. Fue una avalancha de votos a favor de los demócratas. Se invirtieron los resultados de cuatro años antes. Los demócratas triunfaron en 42 de los 48 estados. Se apoderaron de las dos Cámaras.

Durante 20 años estuvieron a cargo de la Presidencia hasta que, en 1952, ganó Dwight Eisenhower, un competente y helado general de gabinete que había estado al frente de los ejércitos norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. 

Los dos grandes partidos trataron de reclutarlo. Los republicanos consiguieron seducirlo. El mensaje fue sencillo: “Hacer la paz en Corea. Nada de bombardear China, como había recomendado el general Douglas MacArthur. No más guerras. Intervenciones clandestinas en otros países, sí. Pero para eso se había creado la CIA”. Los estadounidenses eran mayoritariamente aislacionistas. Especialmente los republicanos.

Biden no debe confiar en que los estadounidenses irremediablemente votarán contra Trump. Es un formidable competidor que dirá, hará y tuiteará lo que sea necesario para ser reelecto

Aunque las elecciones estén a la vuelta de la esquina, Joe Biden tiene 77 años y no debe confiar en que los estadounidenses irremediablemente votarán contra Trump. Éste es un formidable competidor que hará, dirá y “tuiteará” lo que sea necesario para salir reelecto.  

En alguna medida, dependerá de la vice que Biden elija. (Ya se comprometió a que fuera una mujer). Tendrá que ser alguien que esté lista para ser presidente si él se incapacita, muere en la Casa Blanca o no aspira a un segundo mandato. 

Afortunadamente, dispone de tres mujeres excepcionales: Stacey Abrams, abogada graduada en Yale, y novelista exitosa, quien estuvo a punto de ganar la gobernación en Georgia, y las senadoras Amy Klobuchar (Minnesota) y Kamala Harris (California), ambas también brillantes abogadas y graduadas de magníficas universidades: Chicago y California. Stacey es negra. Kamala es mestiza. Amy es blanca. Biden tiene donde escoger.

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner 
España-Estados Unidos

El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.

lunes, 18 de mayo de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, LA IZQUIERDA TOTALITARIA SE PREPARA PARA INFLUIR SOBRE JOE BIDEN, DESDE ESPAÑA

Hasta enero de este año el régimen cubano pensaba que Donald Trump sería reelecto en noviembre. Estaba resignado y buscaba alternativas para salvarse, simulando una apertura que, realmente, no existía. Hoy sus analistas le informan que Joe Biden tiene una clara posibilidad de ganar debido al horror del Covid-19. Según Fox News, en una encuesta celebrada a fines de abril en Florida, Michigan y Pennsylvania, tres estados clave, los demócratas ganarían cómodamente.   

En diciembre del 2015, Cuba había logrado reestructurar su deuda con 14 países de los 20 que componen el Club de París. Pero los $400 millones de dólares anuales que asumió a partir del 2015, y que a duras penas pagó hasta el 2018, era una cifra excesiva para el raquítico modelo productivo cubano. A partir de ese año, sin declararlo expresamente, la Isla entró en default, y Japón, Francia y España se quedaron sin cobrar y comenzó a funcionar el temible 9% con que se gravaba el capital y los intereses no abonados. 

El problema no es el monto de la deuda, sino el Capitalismo Militar de Estado que se inventó Fidel Castro cuando desapareció la Unión Soviética. Eso sólo les sirve a los militares que están a cargo del engendro. ¿Cuántos son? Menos de 300 familias, y muchas tienen a sus hijos en el extranjero. Pero la población cubana es de 11 millones de sobrevivientes (no me atrevo a escribir “habitantes”) y sueña con escapar de ese manicomio. 

¿Por qué el régimen cubano se empeña en sostener y exportar ese improductivo adefesio? Ya destruyó la economía de Venezuela, uno de los países potencialmente más ricos del planeta, y ni siquiera el régimen cubano fue capaz de atesorar ciertos recursos. Las noticias son extraordinariamente malas: el abastecimiento, el turismo, las remesas. Todos menguan, 

¿Por qué no admite, como Deng Xiaoping en 1978, o Mijail Gorbachov en 1991, que el colectivismo no conduce a la igualdad, sino al hambre? ¿Por qué no cancela la estupidez de que el Partido Comunista sea la única fuerza rectora de la sociedad, como sucedió en el Bloque del Este, sin que ninguno de esos países, pudiendo hacerlo, haya regresado a la pesadilla del comunismo? 

Incluso, ¿por qué se empeña en alquilar la mano de obra esclava y no les permite a los cubanos opinar sobre sus propios asuntos, poseer negocios, importar y exportar directamente, y crear riquezas espontáneamente, aunque muchos se equivoquen y pierdan dinero? 

Si a los ochocientos mil universitarios cubanos, y a la multitud de emprendedores que existen en esa sociedad, incluidos los exiliados se les quitara la rienda que los ata, en el curso de una generación Cuba estaría a la cabeza de América Latina. Es cierto que surgirán diferencias sociales, pero esa es una excusa para mantener el poder en las mismas manos década tras década. 

Raúl Castro, Díaz Canel y el resto de la camarilla prefieren que los mantenga el resto del planeta, y preparan a sus agentes de influencia para modificar la política cubana de Washington tras el hipotético triunfo de Biden. Eso sucederá hasta el día en que los gobiernos del mundo entero se pregunten por qué sus trabajadores tienen que laborar tan duramente para sostener a un régimen cuya cúpula insiste en mantener un modelo improductivo que lleva más de 60 años de fracasos continuados. 

¿Qué pretenden? Son, fundamentalmente, seis objetivos: 

Primero, el levantamiento total de las prohibiciones de comercio para poder comprar y no pagar. Ahora tienen que pagar cash por el pollo, los cereales o los equipos médicos que importan de Estados Unidos, dado que ni las medicinas ni los alimentos están sujetos a restricciones por medio del embargo. Son decenas de millones de dólares. 

Segundo, eliminar el Título III de la Ley Helms-Burton, supuestamente por la “extraterritorialidad” de ese fragmento de la legislación. 

Tercero, restablecer los acuerdos firmados entre Raúl Castro y Barack Obama, pese al incumplimiento de La Habana, que perdió una oportunidad dorada de iniciar la transición. 

Cuarto, eliminar las prohibiciones de viajar a Cuba a los turistas norteamericanos y las limitaciones de las remesas impuestas a los Cuban-Americans. 

Quinto, cancelar las facultades de la OFAC para perseguir a los delincuentes que maltratan a los cubanos o se enriquecen con los bienes ajenos. 

Sexto, la devolución de la base naval de Guantánamo para destruirla, como han hecho con el resto del país. Aunque es el más vistoso de los objetivos, no tiene importancia real. 

En rigor, Joe Biden, que es un centrista (se autocalifica como Third Way), y no tiene una pizca de castrista o de ingenuo, pero sentirá la presión de los agentes de influencia de La Habana que ya se están moviendo hacia sus objetivos, comenzando por Patrick Leahy, veterano senador de Vermont. (Este legislador se involucró tanto con el régimen que hasta se prestó a llevar el semen de un espía cubano a Panamá para la fecundación in vitro de su esposa). 

Afortunadamente, el Departamento de Estado le acaba de brindar a Biden una salida a estas presiones. Cuba fue incluida en una breve lista de las naciones que no cooperan con la lucha contra el narcoterrorismo, dado su evidente apoyo a Nicolás Maduro. Comparte esa deshonrosa nómina con Venezuela, Irán, Corea del Norte y Siria. Todo lo que Biden tiene que hacer es admitir que Trump o Pompeo no todo lo han hecho mal, y mantener vigentes las medidas contra esos cinco Estados, hasta que el Departamento de Estado certifique que esos países se comportan de acuerdo con la decencia que se espera de todas las naciones civilizadas. 

Incluso, puede crear un Comité que supervise el proceso de certificación dirigido, por ejemplo, por su colega demócrata en el senado Bob Menéndez, un verdadero experto en el tema, ex presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, quien goza de la total confianza de las comunidades latinoamericanas en Florida. Eso, sin duda, le garantizará el éxito en el Estado.  

Carlos Alberto Montaner  
montaner.ca@gmail.com
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Desde España

miércoles, 13 de mayo de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, DONALD TRUMP Y HERBERT HOOVER, DESDE ESTADOS UNIDOS

Noviembre está a la vuelta de la esquina. ¿Quién “pagará” en el terreno electoral por los 130,000 muertos proyectados, por los millones de desempleados y por el cierre de miles de empresas provocados por el “Covid-19”? Creo que el presidente Donald Trump. Le pasarán la cuenta, aunque él no tenga la culpa del maldito “virus chino”. Ya se sabe que los electores, grosso modo, votan con la memoria del periodo anterior.  

Veamos. 

El 4 de marzo de 1929 fue un día luminoso. Herbert Hoover, el Secretario de Comercio de Calvin Coolidge, asumió la presidencia de Estados Unidos en la ya primera nación del planeta. Había derrotado al demócrata Al Smith, Gobernador de New York, de una manera contundente. Obtuvo el 58% de los votos populares frente al 40% que sacaron los demócratas, y le ganó en 40 de los 48 estados que entonces tenía la nación. En su discurso de aceptación del cargo dijo que en un futuro cercano la pobreza sería abolida en Estados Unidos. 

Tenía razones para pensarlo. Eran los roaring twenties. Una época de experimentación y desenfreno. A Hoover, como suelen decir en España, “le cabía el Estado en la cabeza”. Sabía qué hacer y cómo hacerlo. Era un ingeniero geólogo graduado de Stanford, dotado del instinto reformista de los grandes burócratas. Por saber, sabía hasta chino (mandarín), aprendido a fines del siglo XIX como consejero del emperador asiático en cuestiones mineras. La nación llevaba casi una década de crecimiento sostenido como consecuencia de la posguerra, y él era un infatigable organizador y un hombre honrado.  

No pudo. Nada de eso le sirvió. El país se le cayó a pedazos a los seis meses de haber tomado posesión de la presidencia. En octubre de 1929 se produjo el crash de la Bolsa. Ese fue el punto de partida de la Gran Depresión. Hay cien explicaciones de ese terrible episodio. Siguió una corrida bancaria. Miles de empresas se fueron a la quiebra y paulatinamente el desempleo se multiplicó hasta llegar al 25% de la fuerza trabajadora.  

A partir de ese momento no supo qué hacer. Intentó con los remedios keynesianos de aumentar el gasto público para aumentar la demanda. No tuvo éxito. También experimentó con las fórmulas del proteccionismo económico. En 1930 firmó la ley Smoot-Hawley que imponía unos altos impuestos a las importaciones de productos agrícolas y manufacturas extranjeras. Tampoco resultó. Fue contraproducente. Dio inicio a una guerra internacional de tarifas. Era el ciclo de las “vacas flacas”, como dice la Biblia, y no es nada fácil enfrentarse a estos periodos. 

Lo liquidaron en las elecciones de 1932. F.D. Roosevelt le ganó por “landslide”. Fue una avalancha de votos a favor de los demócratas. Se invirtieron los resultados de cuatro años antes. Los demócratas triunfaron en 42 de los 48 estados. Se apoderaron de las dos cámaras. Durante veinte años estuvieron a cargo de la presidencia hasta que, en 1952, ganó Dwight Eisenhower, un competente y helado general de gabinete que había estado al frente de los ejércitos norteamericanos durante la Segunda Guerra mundial. 


Los dos grandes partidos trataron de reclutarlo. Los republicanos consiguieron seducirlo. El mensaje fue sencillo: “Hacer la paz en Corea. Nada de bombardear China, como había recomendado el general Douglas MacArthur. No más guerras. Intervenciones clandestinas en otros países, sí. Pero para eso se había creado la CIA”. Los estadounidenses eran mayoritariamente aislacionistas. Especialmente los republicanos. 

Aunque las elecciones estén a la vuelta de la esquina, Joe Biden tiene 77 años y no debe confiar en que los estadounidenses irremediablemente votarán contra Trump. Éste es un formidable competidor que hará, dirá y “tuiteará” lo que sea necesario para salir reelecto.  En alguna medida, dependerá de la vice que Biden elija. (Ya se comprometió a que fuera una mujer). Tendrá que ser alguien que esté lista para ser presidente si él se incapacita, muere en la Casa Blanca o no aspira a un segundo mandato.  

Afortunadamente, dispone de tres mujeres excepcionales: Stacey Abrams, abogada graduada en Yale, y novelista exitosa, quien estuvo a punto de ganar la gobernación en Georgia, y las senadoras Amy Klobuchar (Minnesota) y Kamala Harris (California), ambas también brillantes abogadas y graduadas de magníficas universidades: Chicago y California. Stacey es negra. Kamala es mestiza. Amy es blanca. Biden tiene donde escoger.

Carlos Alberto Montaner 
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domingo, 19 de abril de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, CHINA Y LAS CONSPIRACIONES, DESDE ESPAÑA

No suelo creer en las conspiraciones secretas para apoderarse del planeta, salvo la de los comunistas, que no es secreta desde 1848. De que las hay, las hay, y de que vuelan, vuelan, como en España se dice de las brujas, pero generalmente son trampas para atrapar incautos.

La más conocida fue una fabricación de la policía política zarista contenida en un librito apócrifo titulado Los protocolos de los Sabios de Sión. Se reedita constantemente en una de las lenguas que posee gran difusión: inglés, español, francés y árabe. Especialmente el árabe. Era una invención contra los judíos. (Henry Ford cayó en ella).  Supuestamente, “los judíos” se habían reunido en Suiza a fines del siglo XIX para urdir la artera maniobra de sembrar el caos con el objeto de controlar el mundo.

La última de las “teorías conspirativas” es la de los chinos. Se sabe que el foco primario del Covid-19 está en Wuhan. Como el mercado de animales vivos radica en esa provincia del centro del país, donde venden murciélagos y pangolines, cerca de un “Instituto de virología”, basta con sumar 2 + 2 y se obtiene un culpable clarísimo: China. (El pangolín es un mamífero parecido al oso hormiguero, pero cubierto de escamas. Los chinos pudientes se los comen y utilizan las escamas con fines medicinales).

Incluso, la causa es bastante obvia: la rivalidad entre potencias para alzarse con el liderazgo planetario. De acuerdo con los creyentes en esas teorías, China pretendía hundir a Estados Unidos enviándole miles de personas infectadas. En ese caso, Italia y España serían víctimas del “fuego (no tan) amigo”. Estaban en el camino en el momento equivocado.

Esto deja sin respuesta una pregunta esencial: ¿por qué China estaría interesada en matar su “gallina de los huevos de oro”? No parece una conducta propia de una nación astuta y prudente.

En principio, el negocio, les sirve a las dos puntas de quienes lo realizan. Las empresas de Estados Unidos y el conjunto de la sociedad cuentan con una fábrica enorme y remota que produce a buen precio y con una calidad media aceptable. Eso es absolutamente necesario en un mundo competitivo, mientras los chinos les dan trabajo a su enorme fuerza laboral y acumulan millones de dólares que utilizan, entre otras cosas, en adquirir bonos del tesoro americano.

Si bien es verdad que la balanza comercial favorece a los chinos, tampoco hay la menor duda de que ese fenómeno ayuda a los Estados Unidos a financiar el déficit, recuperando los dólares “invertidos” en la operación de mantener a los americanos razonablemente abastecidos, a precios muy baratos y con impuestos notablemente bajos.

Es cierto que China “conspiró” para evitar que se supiera el estropicio universal causado por la pandemia, y también que utilizó métodos dictatoriales para castigar a quienes se atrevían a contradecir la versión oficial, pero eso es propio de una tiranía de partido único que en el pecado llevará su penitencia. Fue lo que hicieron los rusos en Chernobil. Acallaron las protestas, dando lugar a mil rumores, hasta que Gorbachov, impulsado por la glasnost, reveló la incómoda verdad.

La transparencia es una de las ventajas comparativas de la democracia. Como lo es  la crítica implacable a los gerentes del sistema dentro de los cauces institucionales. Por otra parte, las naciones democráticas, afortunadamente, carecen de destinos previsibles. Van transformándose en la medida en que la inventiva las precipita en una determinada dirección. Hoy puede ser Internet el plato fuerte, pero quién sabe si el próximo es la Inteligencia Artificial que nos ayudará a seleccionar a las mejores.

¿Por qué el indudable progreso de China? Porque se deshicieron del colectivismo marxista-leninista y admitieron que la desigualdad en los resultados es inherente a la libertad para crear riquezas.  "Enriquecerse es maravilloso" dijo uno de los jerarcas del cambio. Los chinos acabarán destruyendo el extraño régimen de capitalismo productivo mezclado con represión oficial, más cerca del fascismo que del comunismo.

La idea de que el régimen de partido único le da fortaleza al sistema es absurda. El partido único debilita el sistema, como sabemos de sobra los cubanos. Cuando existe, es imposible corregir los errores porque quienes los cometen son los mismos que deben enmendarlos. En Taiwán todo mejoró cuando el Kuomintang dejó de ser la única fuerza del país, y volverán a hacerlo en “mainland China”, cuando se presente la oportunidad. Tal vez no tarde demasiado.

Carlos Alberto Montaner
montaner.ca@gmail.com>
@CarlosAMontaner.
Desde España

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jueves, 9 de abril de 2020

CARLOS ALBERTO MONTANER, HACE 40 AÑOS DE AQUELLA INFAMIA, DESDE ESTADOS UNIDOS

Hace 40 años que ocurrió el “éxodo del Mariel”. Ciento veinticinco mil cubanos arribaron a Estados Unidos entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980. Jimmy Carter no fue reelecto como presidente del país en las elecciones de noviembre de ese año como consecuencia, al menos en parte, de su manejo de la crisis. Se negó a seguir los consejos de un almirante implacable: “Yo no he sido elegido presidente de Estados Unidos para matar refugiados”. Tampoco el gobernador de Arkansas, Bill Clinton, pudo repetir su mandato. Lo acusaron de “blando” por acoger a unos centenares de cubanos en Fort Chaffee. Menos del 10% eran locos o criminales, pero el estigma les afectó a todos los “marielitos”, e incluso a los cubanos en general. Cuarenta años después los “marielitos” tienen un desempeño económico y social semejante al de la media blanca norteamericana, pero han servido, además, para revitalizar el mundo artístico hispano en Estados Unidos. 

Todo comenzó cuando llegó a Cuba un joven diplomático peruano llamado Ernesto Pinto-Bazurco Rittler. Sería el nuevo Encargado de Negocios de la legación de su país en La Habana. Afortunadamente para los cubanos, el embajador en propiedad estaba fuera de la Isla. De lo contrario, probablemente todo hubiera sido diferente. 

El 1 de abril a bordo de un autobús conducido por Héctor Sanyustiz viajaba media docena de cubanos desesperados por salir del país. Estrellaron el vehículo contra la entrada y lograron franquear el portón. Los guardias dispararon, hiriendo a Sanyustiz, pero le costó la vida a uno de los policías. Murió víctima del “fuego amigo”.  

Como consecuencia del incidente, Fidel Castro solicitó a los diplomáticos peruanos que entregaran a los nuevos asilados. Pinto-Bazurco se negó, y el “Máximo Líder” de la revolución decidió darles un escarmiento: levantaría la custodia de la Embajada para que los peruanos sufrieran la presencia incómoda de unas docenas de disidentes legítimos entre los que camuflaría a unos cuantos de sus agentes de seguridad.  

Craso error. En tres días entraron en la Embajada 10,856 personas: 5 personas por metro cuadrado de jardín. Fue un caso único en la historia de las relaciones entre países. Eran una muestra absoluta de la sociedad: había médicos, ingenieros, agricultores, abogados, gente muy educada, menos educada y nada educada. Había personas vinculadas a la revolución, incluso miembros del Partido Comunista, y desafectos. Había niños llevados por sus padres, adolescentes estimulados por la aventura y ancianos. No eran solo habaneros. Se corrió la voz por toda la isla.  

Continuaron las presiones sobre el diplomático Pinto-Bazurco. Una noche lo recogieron en la embajada. El Comandante quería verlo. Se proponía intimidarlo personalmente. Fidel primero fue amable. Pinto-Bazurco se mantuvo en sus trece. Era abogado y diplomático. Se aferraba a la defensa de ley y de los Derechos Humanos. Se atrevió decirle a Fidel que el responsable de que se hubieran asilado casi once mil personas en tres frenéticos días era quien eliminó la guardia que custodiaba el recinto diplomático, violando las leyes internacionales. Pero cuando, para salvar vidas, el peruano rechazó la propuesta de que solicitara el allanamiento de la embajada por parte del ejército, Fidel se indignó. “Yo –le dijo- soy el que decide en este país las personas que vivirán o morirán”.   

Al cabo, Fidel aceptó, de hecho, que se había equivocado. Organizó un puesto de mando cerca de la Embajada. Le preguntó a Víctor Bordón, uno de sus comandantes, cuántas personas estaban contra la revolución. Bordón le dijo que había oído que la mitad del país. Fidel lo insultó y lo echó del recinto. Era asombroso que cuanto él más brillaba era mayor el rechazo. Había triunfado en Angola, en el Ogaden y en Nicaragua, se había convertido en la cabeza de los No-Alineados, pese a ser un prosoviético consumado, y en Cuba crecía la protesta. Fidel no entendía que el costo de su liderazgo y de la presencia de la Isla en los asuntos internacionales era inmenso. Los cubanos querían ser razonablemente felices, no héroes forzados al sacrificio de sus vidas por un personaje sediento de gloria. 

Fidel enseguida pensó en trasladar el problema a los odiados gringos. Lo había hecho en 1965. Provocó una crisis, admitió que los cubanos del exilio recogieran a sus parientes, lo que se convirtió en un dolor de cabeza para el gobierno de Lyndon Johnson, y les dio salida por el puerto de Camarioca. Washington entró por el aro. Estableció una válvula de escape legal y le llamó “Vuelos de la Libertad”. Entre 1965 y 1973 salieron 300,000 cubanos ordenadamente. Otros dos millones se quedaron almidonados y compuestos, listos para partir.

En 1980 insistió en el mismo esquema. Primero creó el conflicto. De nuevo autorizó la flotilla de exiliados que recogieran a su parentela, pero para evitar vacilaciones utilizó y "quemó" a Napoleón Vilaboa para iniciar los viajes. Se trataba de un teniente coronel de la inteligencia infiltrado entre los exiliados que le fue muy útil a La Habana. Sólo cambió el puerto de salida. En esta oportunidad no sería Camarioca sino Mariel. 

Fidel aprovechó para insultar a todos los presuntos emigrantes. Los llamó “escoria”, “gusanos” y sacó a los niños y jóvenes de las escuelas para los “mítines o actos de repudio”.  Los estudiantes mataron a algún maestro que descubrieron “fugándose”.  

Granma, el diario del Comité Central, compiló una lista de cien insultos para gritarles a los “malnacidos” que habían decidido emigrar. Fue una época terrible. Fidel desde la tribuna hablaba de un “gen” revolucionario. Era una especie de nazi desatado. Un camarógrafo apellidado Muiñas –eso me lo contó llorando en Madrid-, cuando dijo que se iba del país, lo obligaron a caminar de rodillas entre compañeros de trabajo que lo escupían, insultaban y golpeaban. Perdió un ojo en la golpiza. 

Todos debían embarrarse las manos de sangre. El cantautor Silvio Rodríguez participó en un acto de repudio que duró varios días contra Mike Porcel, su talentoso compañero de la Nueva Trova. Nunca pidió perdón por su miserable proceder. Porcel ni siquiera pudo largarse de Cuba. Debió permanecer en la Isla, como “no-persona”, durante nueve años. Al académico Armando Álvarez Bravo no lo dejaron embarcar junto a su mujer y sus hijas. A la esposa la mandaron a Perú. A Armando, unos años más tarde, le permitieron emigrar a España. El régimen cubano, impulsado por Fidel, se dedicaba a dividir y disgregar a las familias. 

El castrismo odiaba a los homosexuales, al extremo de encerrarlos en campos de concentración en los años sesenta para “curarles” la perversidad por medio del intenso trabajo agrícola. El régimen tuvo que aplazar esa monstruosidad y cerrar los campos por la presión internacional que, en este caso, provenía de la izquierda. Pero Fidel Castro vio en el éxodo de Mariel la oportunidad de librarse de miles de homosexuales acusados de ser “contrarrevolucionarios por naturaleza”. ¿No había, según Aristóteles, “esclavos por naturaleza”? Pues había, también, personas genéticamente incompatibles con un proceso político inspirado por el marxismo-leninismo: los homosexuales. 

Vale la pena subrayar que no hubo propósito real de enmienda cuando cerró los campos de concentración de la UMAP en los que aglomeró homosexuales y creyentes. La homofobia de los años sesenta seguía intacta en los ochenta. Los homosexuales fueron maltratados durante el éxodo de Mariel y después. Las asambleas laborales y estudiantiles, en las que públicamente se les acusaba de esta “conducta impropia”, fueron frecuentes en la década de los ochenta.  

Afortunadamente, el crimen y las barbaridades que les hicieron a los “marielitos” fueron documentados por medio de la prensa, libros y películas. Karen Caballero, periodista de TV Martí, ha filmado entrevistas muy valiosas para explicarlo. Uno de los libros que más impacto causó fue Mañana de la periodista Mirta Ojito. Tenía 15 años cuando abordó el barco que le dio su nombre a la obra. Hay una descripción minuciosa de lo que sucedió en ese episodio terrible de la historia del castrismo. Otro libro valioso fue Al borde de la cerca de Nicolás Abreu, escritor de lo que llaman “Generación de Mariel”, a la que se adscriben, entre otros, sus hermanos Juan y José, el poeta y narrador Vicente Echerri o Luis de la Paz, aunque no necesariamente pasaron por el trauma de “cayo Mosquito” (el lugar inhóspito y desolado en el que esperaban la embarcación que les llevaría a la libertad).  

Entre las películas filmadas sobre aquellos hechos, elijo En sus propias palabras del cineasta Jorge Ulla. Dejo que sea él quien le ponga fin a este doloroso recuento:

“La película En sus propias palabras fue una encomienda de la administración Carter. La idea era documentar cómo las diferentes agencias gubernamentales prestaban sus servicios en medio de la crisis. Cuando se escuchó lo que decían los recién llegados se reveló ante todos otra película: la de un testimonio coral que desmontaba una serie de mitos ambiguos sobre Cuba — se hacían visibles muchas grietas sociales a través de las cuales muchos de los enamorados del "proyecto cubano" podrían, de repente, cuestionar o revalorizar aquel proyecto de una manera crítica.  En el documental de 29 minutos hablaban con desazón desde el trabajador, un ciudadano de a pie, hasta un novelista de la talla de Reinaldo Arenas. Sería la primera vez que Arenas hablaba ante una cámara.  Se trataba de un fenómeno insólito que hallaría su mejor repercusión entre la intelectualidad y las izquierdas más entusiastas.  De pronto, el paraíso era una fuente de desencanto.   

El presidente Carter le agarró cariño a esa película y estuvo mostrándola en la Casa Blanca a varios invitados. La USIA la pasó en más de 50 países. Jack Anderson escribió en The Washington Post algo exagerado: "bastaron 29 minutos para revelar lo que pasa en Cuba".  Como era un material de la USIA no se podía exhibir en Estado Unidos. Una resolución del Congreso permitió que se pasara aquí y, además, que quedará archivada en la Biblioteca del Congreso.  A partir de eso, la vieron en cientos de universidades y bibliotecas públicas”. 

Ahí, en menos de media hora, Ulla cuenta la infamia de Mariel. Cuarenta años después el documental conserva toda su vitalidad. 

Carlos Alberto Montaner 
montaner.ca@gmail.com 
@CarlosAMontaner. 
Desde Estados UInidos

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