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martes, 21 de febrero de 2017

EGILDO LUJÁN NAVA, LA MONTAÑA RUSA

FORMATO DEL FUTURO...

" Yo sigo la carrera de las armas sólo para obtener el honor que ellas dan: por libertar a mi patria, y por merecer la bendición de mi pueblo." Simón Bolívar.

No han transcurrido los dos primeros dos meses del 2017. Y apenas 50 días han sido suficientes para cambiarles la agenda a los venezolanos. Eso, evidentemente, es el anticipo de un año que presagia tempestades. Pero ¿para quién?. ¿Para quiénes?

De hecho, febrero, el histórico siempre agitado segundo mes de cada año en Venezuela, en esta oportunidad le ha servido de marco referencial para que los actores del devenir político, económico y social, entiendan que su desempeño será exigente y comprometedor.

Si no fuera así, nadie entendería a qué se debe que, con la agenda agitada, muchos insistan en afirmar que vivir en Venezuela es como estar montado en uno de esos sistemas mecánicos de distracción llamados  montañas rusas. ¿Porque suben y bajan y no se sabe si se detendrán alguna vez?. ¿Porque allí sólo suben los que se autodenominan valientes, mientras los que no confiesan su condición ante semejante reto prefieren guardar silencio y vivir el momento de temor?. Todo es posible. Aunque, al final, valientes o no valientes, lo que desean en el fondo de su curiosa forma de distraerse, es que esa pesadilla termine.

La diferencia para quienes se saben formar parte de esa curiosa forma de distracción, es obvia. En la montaña rusa, hay un comienzo y un final determinado por una estructura mecánica que fue ideada en atención a un objetivo de envidiable ingeniería. En Venezuela, el comienzo del día se supedita a la presunción de que concluirá. Sin embargo, nadie se atreve a definir de qué manera. Porque el primer paso debe darse con la encomienda a Dios de que permita salir y regresar, y si es sano y a salvo, mucho mejor.

El segundo paso es la dependencia de un influyente entorno sobrecargado de rumores, como de pronósticos de todo tipo. Asimismo, de múltiples acontecimientos  de todo tipo. Y que pueden ser de la indisponibilidad de servicio eléctrico o de agua, o de agua sobrecargada de evidencias de alta contaminación. ¿Y cómo saberlo?. Los especialistas consideran que basta con asociar agua indebidamente potabilizada, con la ya rutinaria detección de más y más epidemias. Es decir, de serias causas de más o de reencauchadas enfermedades que la ciudadanía sabe que existen, porque las viven y sufren, mientras que las autoridades las niegan, rechazan y a su recurrente cita le atribuyen un desempeño desestabilizador.
 
Lo cierto es que Venezuela, entre apreciaciones, impresiones y certezas, avanza en el 2017 inmersa en un ambiente no precisamente natural ni normal; sí de exigente cambio en el enfoque de su desenvolvimiento, como en la multiplicidad de situaciones que plantean la urgente evaluación de qué hacer, cómo hacerlo, porque, de lo contrario, habría que admitir lo que describen reseñas periodísticas fuera del territorio. Ellas destacan que los venezolanos parecieran ser los únicos habitantes del continente que actúan condicionados sumisamente y en obediencia,  en un ambiente de incertidumbre y de angustia permanente.

Lo demuestra, entre otros hechos, la casi  disposición dócil de “compartir” vida con la diaria aparición de unos y de otros escándalos, vistos como hechos rutinarios, cuando su sola composición obliga, al menos, a analizarlos, debatirlos y hasta confrontarlos, si ese fuera el caso. Es así como gobernantes y gobernados  lucen hermanados, o asociados en una especie de comandita en la que la complicidad impone su señorío.

De no ser así, otra sería la actitud -aunque fuera sólo por impulso moral y ético- ante casos como el mega-escándalo internacional liderado por la brasilera corporación privada 0derbrecht. En ese componente que desteje la madeja de un violento escándalo empresarial de corrupción de altos quilates mundiales, y en el que Venezuela sobresale como figura por su  renombre asociado a sobornos y corruptelas de alta y baja monta, la voz reparadora o de sometimiento al acto de reparación, nadie  la escucha.

Inclusive, la mayoría de los países de la región que aparecen citados como miembros de la lista que los coloca en posición abierta para conocimiento del mundo, ya dieron pasos concretos alrededor de la importancia de liberarse de la acusación de cómplices o de encubridores. Entre muchos posibles responsables, se citan expresidentes y personalidades denunciadas en procesos de averiguación. Algunos son ampliamente conocidos. 0tros lo están siendo a partir de su sola mención, más allá de lo que acaba de suceder en Brasil con la reunión de fiscales de los países citados, mencionados o seriamente comprometidos.

En Venezuela, sin embargo, la unidad mecánica de la montaña rusa criolla  va cuesta abajo, y el evidente escándalo es minimizado por otro no menos importante –y grave-como es aquel que se ha dado a conocer en los Estados Unidos, y el cual se posa sobre la propia imagen de la República, después que un alto Despacho norteamericano, es decir, de la nación más poderosa del orbe, de "El Imperio", como lo llama interesadamente el Gobierno venezolano, acusa al  novel Vicepresidente Ejecutivo de la República Bolivariana de Venezuela  de estar supuestamente  relacionado con serios hechos delictivos. Y los enumeran así: narcotráfico, blanqueo de capitales, conexión con grupos terroristas internacionales, concesión ilícita de pasaportes venezolanos a extranjeros, propietario de varias compañías nacionales e internacionales de dudosos manejos, etc, etc.

Desde luego, los venezolanos desearían que todo eso respondiera a una malsana manera de propagar falsas acusaciones. No obstante, la sociedad reacciona con desconcierto, de la misma manera que sucedería si el mal servicio eléctrico dejara a la montaña rusa sin posibilidad de desplazamiento, cuando la solidaridad gubernamental se manifiesta distinto a lo que se esperaría.

La solidaridad tendría que plantearse demostrando inocencia, nunca descalificando al acusador y satanizándolo, a la vez que se decide involucrar a medios internacionales  de comunicación, por el hecho de difundir lo que, desde luego, no deja  de ser una noticia de alcance global.  Esta última acción, en un país en donde la libertad de expresión y el derecho a la información, aun siendo derechos humanos universales, vienen siendo golpeados de manera inclemente desde hace más de una década, sólo incrementa la duda y fortalece las suspicacias.

0 en su defecto, si la solidaridad priva internamente como necesario recurso de afianzamiento gubernamental, entonces,  el Jefe de Estado debió haber   separado del cargo temporalmente al alto funcionario, para permitirle que se defienda y  aclare lo concerniente  a los hechos en los que se fundamenta la acusación. Y, de paso,  ofrecerle todo el apoyo que necesite, hasta demostrar su inocencia. 

Lo que hoy es tema obligado entre los análisis institucionales del país, como entre la propia ciudadanía que se queja de verse sacudida a diario con escándalos tras escándalos, es que, en  ningún caso, el Presidente de la República, como  máxima autoridad del país e imagen de todos los venezolanos, debería haber comprometido  su majestad, y  en forma irrestricta, para emitir un aval público incondicional.

Ante esta seria y comprometedora acusación, la sociedad venezolana  no se sintió involucrada ni comprometida, mientras no se había formulado la citada expresión de solidaridad incondicional de parte del Jefe de Estado. Porque, después de todo, las autoridades norteamericanas no estaban  emitiendo acusaciones en contra de la sociedad venezolana. Es una acusación de carácter personal que, al no ser aclarada, sí salpica a todos los habitantes, por igual.

Deben ser los tribunales nacionales e internacionales los llamados a hacer posible que se administre justicia transparentemente. Y eso incluye, desde luego, la posibilidad de demostrar inocencia, como de adjudicar responsabilidades a quienes corresponda.

A los venezolanos ajenos al posible hecho que motiva la acusación, hoy sólo les queda la posibilidad de ejercer su derecho a exigir que se sepa cuál es la verdad. El que no la debe no la teme, reza una expresión popular. Y es al acusado, a quien le corresponde  defenderse con valentía, hasta demostrar, si ese fuera el caso,  que está siendo objeto de un injusto tratamiento público mundial.

Desde luego, si eso no sucediera en esos términos, nadie, dentro y fuera del país, podrá evitar que se mantenga activa una situación que enloda    el  ya maltratado gentilicio de los ciudadanos venezolanos.
Al igual que en el desplazamiento en una montaña rusa, acusado y ciudadanía injustamente maltratada no pueden ignorar que esta situación no puede supeditarse a la posibilidad de que aparezca otro escándalo que lo minimice. Hay que agarrarse fuerte de las alternativas institucionales que permiten precisar en dónde está la verdad y quién miente. De igual manera,  apretar los dientes cuando sea necesario,  y cuidar el uso inteligente de las expresiones públicas, sin desatender lo otro no menos importante: prepararse para seguir el viaje de la vida, más allá de sentirse lanzados en otra bajada a toda velocidad y con los ojos cerrados.

Después de todo, lo que la mayoría de los venezolanos añora, día y noche, es que  la unidad de desplazamiento con todos ellos adentro no se descarrile, y que alguna vez termine lo que, por momentos, pareciera no ser una pesadilla, es decir, los escándalos. Porque mientras nada se aclare, la verdad, con medios o sin medios de comunicación, siempre se impondrá.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan
Coordinador Nacional 
de Independientes por el Progreso (IPP) 
Gente 
Miranda - Venezuela

Eviado a nuestros correos por
Edecio Brito Escobar
ebritoe@gmail.com
CNP-314

jueves, 16 de febrero de 2017

EGILDO LUJÁN NAVA, ¿Y CUÁL ES LA SOLUCIÓN ?

"Acaso su primer propósito no era devolver las libertades al pueblo y llamarlo a elecciones  libres y nominales para entregar 
el gobierno a los civiles" 
Simón Bolívar

                                   FORMATO DEL FUTURO...

En política, no hay soluciones mágicas. Tampoco hechos espontáneos que sean capaces de provocar una reacción colectiva inmediata, y una respuesta que se convierta en la ansiada aspiración popular de la transición y hasta del cambio estructural. Todo hay que construirlo. Armarlo organizadamente, hasta que los hechos circundantes que le restan posibilidades y derechos a los ciudadanos, sean capaces de provocar la ignición que se procura, a partir del propósito inicial.

Tan exigentes son dichos procesos -y así lo ha demostrado la historia de la mayoría de los países del mundo- que no son pocos los que afirman que el cementerio de la política, está lleno de impacientes. Aunque eso pudiera ser válido para quienes se ocupan de ejercer el oficio de la política; jamás para los ciudadanos, conscientes como siempre están ante la dura verdad que agita a cualquier espíritu, cuando se vive en situaciones como la venezolana. Y es que una cosa es el tiempo del país, y otra el tiempo del ser humano, del hombre, aun consciente de su condición de activista político mientras convive, comparte espacios, se hermana en el rechazo –o la lucha- en contra de las restricciones del derecho de ser, sentirse y vivir libremente. En libertad.

Es esta la situación que hoy se plantea en Venezuela; un país -con su población a cuestas- que luce puesto contra la pared, irónicamente por los propios venezolanos, hoy divididos en tres grupos: los que, por voluntad y decisión popular, fueron convertidos en gobernantes; los que interpretando el fracaso estrepitoso de los que gobiernan, se plantean un reemplazo de dicho grupo. Y una mayoría determinante que, sencillamente, considera inevitable que haya un replanteamiento político en la nación, en vista de que esas otras dos partes lucen más dedicadas a disputarse espacios de  mando, y no a garantizarle respuestas satisfactorias a más de 30 millones de personas convertidas en víctimas de esa diferencia cuasivisceral, responsable innegable de que Venezuela sea hoy campo franco para el hambre, la inseguridad, el desempleo, la injusticia, el empobrecimiento, la ruina.
  
Es esa mayoría de supuestos no comprometidos con expresiones sectarias, la que hoy puja por formular nuevas propuestas  dirigidas a ofrecerle respuestas a una población rebasada por la desesperación, luego de que las diferencias políticas terminaron por sepultar las instituciones funcionales  de toda población civilizada, y construir una situación huérfana de estado de derecho, sobrecargada de anarquía, además de una multiplicidad de factores sustentadoras de una violencia que, día a día, se potencia y pone en vilo hasta la posibilidad de verse a los ojos.

Por supuesto, soluciones mágicas no hay. Es verdad. Pero tampoco debe seguírsele haciendo el juego  a la indiferencia, especialmente cuando, dentro de la desesperación creciente, el venezolano de a pie pregunta: ¿Y cuál, entonces, es la solución?. ¿Por dónde comenzar?.¿0 es que la verdad es que ya no hay soluciones porque terminó imponiéndose la cultura del guayuco mental, y Venezuela ha decidido, por voluntad de unos pocos, convertirse en la Corea del Norte del Caribe, o en la China de Latinoamérica?.

Sí hay soluciones, aun cuando ese mismo ciudadano cargado de decepciones y frustraciones insista en afirmar que, como aquí nada sirve ni funciona, no es posible alcanzar respuestas satisfactorias y salidas a la situación que hoy agobia a cuanto venezolano puede pensar y andar.

El rosario de las adversidades lo describe el sometimiento ciudadano a lo que le rodea: Venezuela convertida en la nación del mundo más violenta, con el mayor número de asesinatos por habitante; en el país con la inflación más alta del planeta; en el petroestado que se permitió derrochar la fortuna más grande que ha tenido país alguno en el Planeta; la nación que posee las reservas de hidrocarburos probadas  más grandes del mundo, pero que vive con niveles de empobrecimiento entre los peores de Latinoamérica; un territorio que ayer fue modelo de avance y vanguardia continental, y en donde hoy no funciona con un mínimo de eficiencia un solo servicio público. Además, un supuesto paraíso revolucionario en donde el legado de sus mentores sólo se traduce en crisis alimentaria y medicinal, y en el que más de 3 millones -poco menos del 10% de la población- de sus habitantes debe alimentarse diariamente con los desperdicios de aquellos que tienen la ventaja de echar restos de comida al basurero.

¿Soluciones?. Sí las hay. Pero hay que hacerlas posible. Y el reto del reconocimiento y de la aceptación incluye, desde luego, la obligación política e histórica de convertir la unión en el recurso imprescindible para poder comenzar a recomponer al diezmado país.

Esa unión, sin duda alguna, no puede darse a partir de la falsa creencia de que ella debe depender de lo que pueda aportar el Gobierno actual.  Porque es un Gobierno definitivamente desacreditado, desesperado por reversar el hecho de no gozar siquiera del 15% de aceptación y que, para su peor desempeño, insiste en  monopolizar y eternizarse en el poder. Sin duda alguna, es evidente que su orientación y manejo es culpable de tanta ruina y calamidades. Que todo fue de buena o mala fe, ya eso no puede interesarle a nadie.

En Venezuela, hoy el cambio es obligatorio e impostergable. No hacerlo, implica la posibilidad de que el país, en barrena, entre en un proceso de mayor agravamiento de su empobrecimiento y en un baño de sangre. También en la multiplicación de responsables  y de culpabilidades, más allá de los escarceos simplistas con los que se actúa en templetes populacheros y disertaciones desde redes sociales y medios radioeléctricos.

No es tiempo de aclarar quién o quiénes son los culpables. Se sabrá quiénes son y serán castigados, dentro o fuera del país. Hay que actuar en respuesta al gran compromiso: refundar el país; reestructurarlo desde sus cimientos; reconstituirlo. Y, de ser posible, hacerlo sin violencia.

Sin violencia, equivale  a desarrollar el mayor esfuerzo para que la gran mayoría ciudadana se vuelque  a trabajar en función de la única salida constitucional posible a corto plazo sin sangre y como solución definitiva. Esa no es otra que Convocar y Coordinar, por iniciativa popular del electorado, una Asamblea Nacional Constituyente Originaria, sin intervención de los poderes constituidos.

Hacerlo de esa manera, es actuar en consonancia con lo que contempla la Constitución vigente en sus artículos 347, 348 y 349. Lo que dicho articulado reza, es que esa Asamblea se encargue de elaborar una nueva Constitución cuyo objetivo central sea el de sustituir el Estado Federal Centralizado por un Estado Federal Descentralizado.

Ese nuevo Estado respondería a una  reestructuración de toda su operatividad funcional, garantizando una perfecta independencia de los poderes públicos y de  la descentralización administrativa de todas las regiones, permitiendo su  desarrollo con autonomía y respeto. Asimismo, a una definición con claridad de las funciones y objetivo de las Fuerzas Armadas, además de una descripción clara de los deberes y derechos del ciudadano, y precisión de la garantía de un desenvolvimiento económico, a partir del reconocimiento verdadero del derecho de propiedad. En fin, el establecimiento de que habrá la garantía plena para que Venezuela pudiera desenvolverse en un futuro con posibilidades de  alcanzar un desarrollo integral, en un ambiente en el que predomine el propósito de adentrarse en un un futuro libre y programable, con un proyecto nacional de desarrollo a mediano y largo plazo.

De lo que se trata, en  fin, es de estructurar una propuesta a ser presentada por el poder originario. No la salida, ni la enmienda constitucional para el momento histórico, tampoco una variable de la petición de la Partida de Nacimiento del Presidente, o del Revocatorio, ni la declaración de Ausencia del Presidente. No.  Mucho menos otra antorcha de fuego fatuo. Porque ya se agotaron las propuestas  basadas en la producción de falsas expectativas que terminan multiplicando  desilusiones ciudadanas. Sí de apelar a una alternativa que, sin ser mágica, se corresponda con una forma de responder a necesidades que, si no se atendieran, pudieran terminar convirtiéndose en tragedia.   
                
La alternativa válida, realizable y constitucional es, definitivamente, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente. Si se quiere, es hoy la única opción que se plantea como posibilidad válida, capaz de servir de soporte para que, sin odios ni violencia, Venezuela pueda reencontrarse con una expedita vía hacia la paz y el progreso.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan
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miércoles, 25 de enero de 2017

EGILDO LUJÁN, NO ES IGUAL BOXEAR QUE PELEAR

 NUEVAS ETAPAS

El 16 de enero se inició una nueva etapa del diálogo que iniciaron en el 2016 el Gobierno, el Partido Socialista Unido de Venezuela,  la Mesa de Unidad Democrática (MUD), y los mediadores: expresidentes Juan Martín Torrijos, Leonel Fernández y José Luis Rodríguez Zapatero, el Secretario Ejecutivo de la Unasur, Ernesto Samper, y la representación del Estado del Vaticano. Sucede tres días después de la fecha convenida por las partes, superada una especie de primer round, que concluyó con una serie de acuerdos de cumplimiento obligatorio.

En este reinicio de conversaciones, la antesala ha sido signada por las posiciones esgrimidas por las partes en disputa, en cuanto al incumplimiento de lo acordado durante las deliberaciones del año pasado.

La MUD reclama que no se produjo la libertad de los presos políticos, tampoco se permitió la ayuda internacional para hacerle frente a la crisis humanitaria provocada por la escasez  de medicinas y de alimentos, el respeto a la Asamblea Nacional, ni la celebración de procesos electorales basada en lo que está establecido en la vigente Constitución Nacional. Por su parte, el Gobierno alega que la Asamblea no acata lo que ha decidido el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), la desincorporación de los diputados del Estado Amazonas y otras condiciones adicionales.

En el interín,  la Asamblea/MUD y el Gobierno se caen a mordiscos, se insultan y se descalifican. Y esas partes, sin embargo, insisten en hacerle creer a la población en la posibilidad y viabilidad del diálogo. Lo dicen a sabiendas  de que, de esa forma, es imposible que ningún diálogo o conciliación llegue a feliz término. Porque el entendimiento  y eventuales  acuerdos jamás podrán darse mientras ambos bandos insistan en seguir atrincherados y echándose plomo parejo.

Los dos grupos, evidentemente, continúan  empeñados en seguir en la práctica de quítate tú para ponerme yo. Mejor dicho, en una puja por capturar posiciones demostrativas de que se es más íntegro, serio y comprometido con la importancia de avanzar en beneficio de la solución de los problemas que asfixian a más de 30 millones de ciudadanos, mientras que, en el fondo, se le teme a los costos políticos que representa exhibir demostraciones de aparente debilidad ante la otra parte y sus seguidores.

Se trata, en fin,  de escarceos efectistas. En jugadas falsamente estratégicas para la distracción y el entretenimiento. No en lo que las penurias y necesidades colectivas demandan como respuestas de un liderazgo político que, día a día, se le percibe más ausente de lo obvio, de lo lógico.

En este caso, lo obvio y lógico sólo tiene una interpretación: la presentación de un programa o proyecto lógico de entendimiento verdadero para la recuperación económica, social, política, cultural y moral del país.

No estarlo haciendo de esa manera, se ha traducido en que solamente la ciudadanía de a pie es la que viene aportando los muertos en una guerra soterrada. Los demás sólo ponen sobre el tablero de la conflictividad gritos, chillidos, amenazas, arengas y mucho llamado a una paz insincera, en vista de que, en aras de una supuesta soberanía, se ofrece poner armas de guerra en manos inexpertas de las zonas populares.

La violencia, el hambre, las enfermedades, la ruina y las angustias y sustos permanentes, sencillamente, tomaron al país como su campo de acción. Y lo están haciendo sin distinciones entre ricos, pobres, negros, blancos o amarillos, chavistas o demócratas. La sociedad es la que sufre. Muere como consecuencia del hambre o de enfermedades. Pierde familiares y amigos, vecinos y relacionados, además de servidores públicos uniformados convertidos en trofeos del hamponato mejor equipado para hacer su trabajo malo, además de proyectarse como un segmento social privilegiado al poder actuar en el medio de la más vergonzosa impunidad. Y eso sucede simultáneamente cuando organizaciones no gubernamentales informan que en el 2016, esa misma sociedad perdió a más de 28.000 ciudadanos en el medio de la violencia y que, posiblemente, migraron del país en estampida decenas de miles de venezolanos huyéndoles a esa misma violencia, como en procura de las oportunidades de bienestar social que ya no es posible alcanzar en su propia Patria.

Por supuesto, ahora habrá que esperar si el último Plan gubernamental contra la inseguridad, -uno más entre más de una veintena cuyos resultados siguen siendo otro de los misterios mejores de la opacidad informativa gubernamental- termina arrojando algún efecto positivo para el país.

Desde luego que sí. Hay que dialogar. Es necesario hacerlo. Pero sin cuchillos en el cuello. Tampoco alrededor de una especie de ring de pelea de gallos enconados, de contendores que dependen de unos mediadores que no les brindan confianza a las partes en conflicto, ni tampoco a la propia sociedad, si bien ahora ha emergido una posibilidad que viene a oxigenar con aire puro el ambiente de extrema hostilidad. Se corresponde con la decisión del Vaticano de delegar en la figura del Nuncio Apostólico la responsabilidad de la mediación en representación de la Iglesia Católica.

El Nuncio Apostólico, sin duda alguna, goza de la posibilidad de apelar a ventajas en un proceso de mediación en Venezuela. Está más cerca de la realidad que motiva el diálogo. Y lo puede hacer, adicionalmente, asistido por la larga experiencia y éxitos en estos menesteres que el Vaticano ha alcanzado a nivel internacional. Asimismo, porque se supone que no tendrá otro compromiso  distinto al de impedir que la sangre llegue al río. No querrá convalidar un fracaso, mucho menos perjudicar a Venezuela.

De lo que sí habría que ocuparse adicionalmente,  es el de impedir el predominio de la voz cantante en el diálogo de los mismos que, a diario, se suben en el ring de la ya cansona y fustigante confrontación. También de que el eterno e incansable  vocero gubernamental, es decir, el Presidente de la República, insista en seguirle echando diariamente combustible al terreno de las diferencias.

Lo imperativo es un diálogo sincero y honesto. De ser posible, a partir de la reformulación del grupo que hoy se ocupa de semejante tarea, incorporando mediadores profesionales, genuinos y químicamente puros e imparciales, y motivados por el propósito de hacerlo en respuesta a lo que hoy necesitan los venezolanos y el país.

Por supuesto, no es fácil hacer dicha selección en pocos días. Tampoco de integrarla sin la participación de las partes en dicha escogencia. Sin embargo, pudiera ser a partir de  lo que permite y facilita  la propia Constitución. Su articulado plantea una alternativa: la conformación de una Asamblea Constituyente Originaria. Es decir, la posibilidad de que sean los propios venezolanos los que decidan su destino y por la vía del voto. Se trataría de la incorporación activa y participativa de aquellos que, en nombre de más de 30 millones de ciudadanos, y por estar debidamente inscritos en el Registro Electoral Permanente, harían posible un diálogo multitudinario y con posibilidades de reorganizar al país y de elegir a sus autoridades a todo nivel, incluidas las del poder central, es decir, todos los poderes públicos. Jamás habrá mejores dialogantes que los mismos ciudadanos. Ellos intervendrían haciendo uso  su más genuina opinión: el acto más democrático por excelencia, y que no es otro que el ejercicio del sufragio, del voto popular.

De lo que se trata, en fin, es de evitar que los odios y rencores, los resentimientos y las suspicacias, sigan intercediendo e impidiendo el necesario avance que requiere el país para avanzar en la consecución de soluciones. Y eso no equivale a justificar impunidades en favor de aquellos obligados a saldar sus deudas con la justicia, en caso de que se les comprobara haber incurrido en delitos contra la sociedad.  Sí de despejar las dudas que hoy impiden percibir un futuro distinto en Venezuela.

Hay que superar la eterna motivación cultural y política venezolana de no avanzar, porque se hace necesario adorar el pasado, apreciarlo todo a partir de una mejor percepción del retrovisor, cuando el objetivo tiene que ser siempre el de ver hacia adelante.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan
Fedecamaras
Fedenaga
Miranda - Venezuela

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