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domingo, 19 de abril de 2020

ARIEL PEÑA, EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS, NO HAY QUE OLVIDAR LA RELACIÓN ENTRE MARXISMO Y NAZISMO, DESDE COLOMBIA

Hay  una característica histórica que une al marxismo y al nazismo, como es la criminalidad, en donde los seres humanos son simples herramientas, para satisfacer los apetitos de la élite  de  un partido; y en los tiempos actuales lo estamos viendo con la postura  del partido comunista chino,  que como responsable de la génesis y la trasmisión mundial del Covid-19 con la complicidad de la OMS(Organización mundial de la salud) a puesto a la humanidad en una consternación, que no se ha visto desde la Segunda Guerra Mundial, en donde Hitler  propició el conflicto para desconocer  el Tratado  de Versalles con el que terminó la Primera Guerra Mundial, resaltando que  contrarió a lo que dicen sectores de la llamada izquierda, el fuhrer si era bastante cercano al marxismo.  

“El movimiento nacional-socialista tiene un solo maestro: el marxismo”, el pronunciamiento fue hecho por el nazista Joseph Goebbels, ministro de propaganda del tercer reich entre 1933 y 1945 (Kampf um  Berlín, p.19), con esto se demuestra la cercanía inocultable entre el marxismo y el nazismo, teniendo este par de perversiones políticas un origen hegeliano, en donde el Estado es un dios.  

En  las elecciones de noviembre de 1932 en Alemania, el partido comunista terminó respaldando a Hitler, quien después lo ilegalizó, pero fue factor para la consolidación del nazismo. Otro elemento de cercanía entre nazismo y marxismo fue el pacto Ribbentrop-Molotov el 23 de agosto de 1939 entre la Unión Soviética y la Alemania  nazi; con este tratado de no agresión  firmado 9 días antes de iniciarse la  Segunda Guerra Mundial,  se repartían entre Stalin y Hitler, a Finlandia, Polonia, Repúblicas  bálticas y parte de Europa  oriental.  

La  Operación Barbarroja que se inicio el 22 de junio de 1941, en donde comenzó  la invasión nazi a la URSS, dejó  por el suelo el pacto Ribbentro-Molotov, demostrándose el carácter traidor de las fuerzas totalitarias, como en  una vendetta entre bandidos; a lo que se debe agregar que León Trotski  responsabilizó  a Joseph Stalin por la derrota de los comunistas en la guerra civil española, siendo asesinado el promotor de la cuarta internacional en México en 1940, por orden del dictador soviético.  

“He aprendido mucho del marxismo”…”No dudo en admitirlo”. La frase es nada más ni nada menos que de Adolfo Hitler, con lo que se demuestra la admiración que los nazis sentían  por el marxismo, así los comunistas no lo quieran reconocer y consideren una herejía la cercanía doctrinaria entre el marxismo y el nazismo, resaltando que el nazismo igual que el comunismo consideraba a la lucha de clases como “el motor de la historia”, así que el nacional-socialismo y  el fascismo tiene su fuente  en el marxismo, en donde la aplicación práctica de cualquiera de los tres lleva a que el Estado asuma todos los poderes sobre los ciudadanos quitándole los derechos individuales.  

La secta comunista del marxismo leninismo, no ha recibido por parte de la civilización un trato de repudio  igual al nazismo y al fascismo, por el triunfo de URSS en la Segunda Guerra Mundial, ya que esto le permitió al comunismo impulsar la guerra fría para proyectarse en diferentes partes del mundo, a pesar de su condición inhumana y perversa.  

La caída del muro de Berlín  en 1989, que hubiera sido la sepultura definitiva para el marxismo-leninismo en el planeta, le sirvió al tirano de Fidel Castro para que en compañía de   Luis Ignacio Lula da Silva de Brasil, montarán el foro de Sao Pablo en 1990, poniéndole un nuevo disfraz al comunismo totalitario, eso sí aprovechándose del atraso ideológico de algunos pueblos latinoamericanos, que todavía no han comprendido el carácter rastrero y pérfido del marxismo. 

A lo anterior se le juntó el maniático de Hugo Chávez en Venezuela, quien como un nostálgico de la guerra fría, no podía admitir la debacle del comunismo en la URSS y Europa oriental, por eso montó  la parodia del socialismo del siglo XXl que es otra mascarada marxista para engañar a nuestros pueblos, llevando  a la patria de Bolívar a una situación desgraciada.  

 Algo que identifica indiscutiblemente al nazismo y al marxismo es el terrorismo, que utiliza métodos violentos indiscriminadamente en contra de la sociedad para amedrentarla, buscando con ello fines políticos  y económicos, especialmente, por ello no se debe  olvidar la frase de Hitler quien decía: “Las masas necesitan de eso, algo que les cause pavor”.  

Así como hay anti-nazismo, también debe existir el anticomunismo, pues ello es propio de la razón, porque  esas doctrinas totalitarias son contrarias al humanismo. Resaltando que en el caso de Latinoamérica el comunismo totalitario es el principal enemigo de la democracia, ya que el nazismo es insignificante por  su escasa presencia, mientras que el marxismo con sus diferentes denominaciones sigue engañando a pueblos,  ocultándose en un discurso miserabilista con su falsa sensibilidad social.  

No queda la menor duda acerca de la relación ideológica  entre el nazismo y el marxismo, ya que como doctrinas totalitarias han buscado avasallar a los pueblos, por ello la democracia es el mejor antídoto para preservar la libertad frente al comunismo totalitario maestro indiscutido del nazismo.  

Todas las calamidades que se están viviendo en la tierra por el Coronavirus, tiene el sello del régimen comunista chino, cuyas intenciones totalitarias   en lo político y económico a nivel mundial son inocultables, por eso el repudio al absolutismo y a  la globalización, es la senda que deben emprender las naciones latinoamericanas, buscando su propia identidad, en donde ni comunismo ni ningún otro totalitarismo pueden tener cabida. 

Ariel Peña
arielpena49@yahoo.com
@arielpenaG
Desde Colombia

lunes, 25 de febrero de 2019

LEANDRO AREA PEREIRA, COLOMBIA Y VENEZUELA: IDEAS PARA LA TRANSICIÓN


Se cumplen en estos días complejos, difíciles pero promisorios de cara al futuro para la relación colombo-venezolana, 30 años de una experiencia cardinal que duró una década y que puede ser considerada como un hito destacado, si no el mayor, de lo más fértil, próspero, sincero y ejemplar de nuestra vida en común.

Ese esfuerzo monumental, convertido en modelo por tantas naciones, se inicia en febrero de 1989 con el gobierno de Carlos Andrés Pérez y sucumbe definitivamente, aunque en teoría siga hoy vigente, en 1998 con la llegada al poder de Hugo Chávez.

Los tiempos, los personajes y sus biografías, las circunstancias históricas, habían cambiado drásticamente de curso; los eventos y las influencias políticas, las agendas, la voluntad de los protagonistas y sus intereses, dieron un vuelco traumático a una relación de por si dramática, atormentada e inconclusa, epiléptica, que para sorpresa de muchos transitaba una luna de miel fecunda y sostenida.

A brincos de carreta cargada de prejuicios, sobre caminos empedrados propicios al asalto y a la demagogia, transcurre la narrativa más llamativa, explotada y vendida, de nuestra relación bilateral desde el momento en que en 1830, y desde antes también, roto ya hace tiempo el cordón umbilical con la Madre Patria, desterrado y muerto El Libertador Simón Bolívar terminaba el sueño de La Gran Colombia.

Comienza con ese peso en las alforjas nuestro andar de adolescentes huérfanos en búsqueda de un borroso destino que nombran “libertad”, definiendo difusos territorios y calculando y dividiendo entre tres, deudas acumuladas en un pasado de herencias ganadas o perdidas en ese trajinar de epopeya polvorienta que dejó la guerra por la Independencia.

Y así, matrimonio que se divorcia con bienes, apuros y descendencia acumulada, con el fin de aclaratorias, definiciones y dictámenes, Colombia y Venezuela, discuten sin cesar y no pudiendo precisar soluciones por sí mismas, acuden a jueces de España (1891) y de Suiza (1922), quienes en definitiva deciden a su real saber y entender sobre bienes y asuntos de repercusión tan íntima para nosotros y de significado tan distante para ellos, dejando herida abierta, sensación de despojo en una de las partes, en una relación que desamparada de progenitores y de hospicio, anduvo luego al garete en mano de caudillos militares entre tensiones y acercamientos inconstantes. Nada permanente; todo transitorio.

Por fin, después de más de un siglo de intensa controversia, se firma en Cúcuta, el Tratado entre Venezuela y Colombia sobre Demarcación de Fronteras y Navegación de Ríos Comunes, el 5 de abril de 1941, como si eso fuera definitivo y suficiente, asestando trunco desenlace al litigio y dejando de este lado de la frontera un sabor amargo que aún no se quita. Habrá que ver. Pendientes.

Pero los tiempos cambian, para mal, para bien, y es así que ambos países a través de sus gobiernos inician una etapa, un paréntesis optimista, que dura hasta bien entrados los años 60, en el que la preocupación central es ahora el descubrimiento y reconocimiento de la realidad binacional fronteriza en toda su diversidad y riqueza, que se dispersa entre lo sublime, lo mezquino y lo terrible que ocurre en esa inmensidad de gentes y geografías que se concentran y multiplican en esos 2.219 kilómetros que miden nuestros límites.

A manera de ejemplo nada más, téngase en cuenta el Informe de la Misión del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que aún guarda vigencia, ordenado por los Presidentes democráticos de Venezuela y Colombia, Rómulo Betancourt y Guillermo León Valencia, a través del Acta de San Cristóbal, el 7 de agosto de 1963, producto de la reunión que sostuvieran en esa importante ciudad venezolana.

Y vuelven a variar las brújulas en nuestra relación y surge en una nueva etapa, otro paréntesis: el de la riqueza petrolera ubicada en el Golfo de Venezuela como polo de atención prioritario del interés colombiano sobre Venezuela. Detrás del ángel de la pretendida soberanía se esconden y actúan oscuros intereses. El desarrollo y la atención de los pueblos de la frontera queda nuevamente al garete.

Ahora la política partidista invade el antiguo papel de los negociadores y las conversaciones secretas o privadas sobre el tema de la delimitación de las áreas marinas y submarinas ocupa ahora espacio de primera página en todos los medios de comunicación. El Golfo de Venezuela se convierte, aquí y allá, en tema electoral, en asunto de política interna, de opinión pública. Las cancillerías enfrentan perplejas nuevos retos.

Luego de jornadas inconclusas, que duran casi 30 años, por definir de común acuerdo áreas marinas y sub marinas colindantes al norte de la península de La Guajira, es que Colombia intenta, no pudiendo llevar a Venezuela a terceras instancias, por la fuerza, imponer una posición testaruda e inaceptable y por mano propia, segunda herida abierta, sobre la soberanía venezolana ahora en su Golfo histórico y vital. En ejercicio de esas peligrosas arremetidas en áreas sobre las cuales Venezuela ha ejercido inmemorial y definitiva soberanía, conocida con el nombre del “Incidente de la Corbeta Caldas”, es que estuvimos a punto de una guerra en agosto de 1987. En este sentido, el nombre del Presidente Jaime Lusinchi, debe ser recordado con orgullo y el de Virgilio Barco también pues al borde del abismo decidió a tiempo, dar marcha atrás.

Así, pasaron dos años y sorpresivamente, luego de un largo silencio, Colombia y Venezuela con la firma del Acuerdo de Caracas, el 4 de febrero de 1989, a través de sus Presidentes Barco y Pérez, hombres de frontera, escogen el camino de la paz y de la integración e inician una nueva etapa de construcción con propósito en común a través de un modelo decisional, el de las Comisiones Presidenciales Binacionales de Negociación y de Integración Fronteriza, aún puesto en práctica en muchos países de la región por los éxitos alcanzados.

Bajo los principios de “Conversaciones Directas” y “Globalidad” nunca antes desde 1830 y por tanto tiempo sostenido, habíamos producido tanto en común, intercambiado sueños, energías, comercio, ideas, proyectos, vuelos; diluido conflictos, involucrado a tanta gente y oído sus necesidades, salud, educación, cuencas hidrográficas, negocios, puentes, caminos, fe en el porvenir, debate, participación, democracia.

Los problemas existían, sí, pero tenían solución, tenía que haberla y se la buscaba y ejecutaba coordinadamente. La política y los políticos de ambas naciones acompañados por sus fuerzas armadas y sus fuerzas desarmadas, la diplomacia y la cultura entre ellas, estaban allí y se resolvían las tensiones, se lograban acuerdos, se abrían caminos. Todo aquello, para los que tuvimos el honor y la suerte de vivirlo en carne propia, sigue siendo inspirador y llena de esperanzas.

Pero con la llegada de Chávez al poder todo cambió para mal y en Colombia le siguieron el juego a sus tropelías. El foco de nuestras atenciones se desvió, se desvirtuó, por salir como fuera, a no importa qué precio, de un estigma que atraviesa la garganta de Colombia y no la deja respirar tranquila desde hace más de medio siglo: La Violencia, la guerra, la guerrilla y sus vínculos con el narcotráfico.

Allí comienza una rutina de chantaje bilateral. “Yo me hago de la vista gorda con tus tropelías a cambio de que me ayudes y te conviertas en comodín y cómplice de mi juego, acercándome a los hermanos Castro para que las FARC inicien, concluyan y firmen unos diálogos de paz allá en La Habana, bajo la sombra paternal de Fidel Castro, que es tu mentor, padre ideológico y con quien compartes el líquido amniótico común del mar de la felicidad. Para ello te nombro “mi nuevo mejor amigo”.

La paz se firmó, se recibieron honores, reconocimientos, murió Chávez, se despidió Santos. La guerra sigue por otros vericuetos y realidades, ahora también es nuestra, vecinos internos. El post conflicto nos invade.1998-2019: Veinte años funestos.

Pero hoy se asoman luces que hacen ver que el péndulo que marca el tiempo de nuestras relaciones está llegando al fin de una etapa, cruda, ruin, perdida. Aires de renovación y cambio se expresan, se asoman, se requieren y acompasan sobre todo en lo político, y si todo ello se concreta, como parece ser, la relación colombo-venezolana deberá asumir su reto y su responsabilidad que tendrá por necesidad que tener un alto contenido humano y social incontestable.

Aunque ya no seamos los mismos, el instrumento de aquellas Comisiones Presidenciales de Negociación y de Integración Fronteriza, debe ser renovado por supuesto a la luz de nuevas realidades que son críticas, prioridades humanitarias que son nuevas, actores necesarios, circunstancias políticas distintas, tendenciias económicas, peligros evidentes y carencias de toda índole que constituyen el campo de cultivo de nuestros adversarios más próximos: Los enemigos de la Democracia.

Su capacidad estructural, su modelaje, sigue vigente, y el mecanismo debe ser reactivado, ampliado, aprovechado nuevamente, incorporando angustias, necesidades y propuestas que este nefasto paréntesis de oprobio hizo retroceder en siglos lo que era y volverá a ser una ambición con logros de progreso con ciudadanía, de democracia con derechos humanos y crecimiento económico, temas que están en el tapete de nuestras voluntades, compromisos y deudas. La transición ya comenzó, promovamos juntos y desde ya el nuevo desafío colombo-venezolano.

Leandro Area Pereira
@leandroarea