domingo, 14 de junio de 2020

ELSA CARDOZO, ESTADOS UNIDOS EN EL MAPA

Fue larga la deliberada pausa y varios los gestos que precedieron las dos consideraciones del primer ministro de Canadá tras la solicitud, en una rueda de prensa, de sus comentarios sobre la muerte de George Floyd en manos de la policía, las protestas que ha provocado —en Estados Unidos y otros países democráticos del mundo— y las palabras y medidas del gobierno del presidente Donald Trump ante todo ello. A la interpelación siguió el añadido: “… y si usted no quiere hacer comentarios, ¿qué mensaje cree que (su silencio) envía?”. El caso es que la pregunta, lo respondido y el modo de hacerlo resumen muy bien el necesario cuidado a poner en el mensaje y en las acciones, en gobiernos y en ciudadanos, ante la persistencia del racismo y otras muchas manifestaciones de discriminación, no solo en Estados Unidos.

Desde Canadá, país vecino y, por democrático, políticamente cercano a Estados Unidos, era ineludible contestar con sentido crítico y responsabilidad. Justin Trudeau no solo dijo que veía lo que sucedido con horror y consternación: agregó que era tiempo de escuchar y reconocer que las injusticias continuaban pese años y décadas de progreso, para señalar enseguida a los canadienses la obligación de hacerse conscientes de sus desafíos ante la discriminación racial en su propio país. También en términos de horror y consternación habló Josep Borrell, alto representante para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea, añadiendo que el abuso de poder que costó la vida a Floyd debe ser denunciado y combatido en Estados Unidos y en todas partes ejerciendo el derecho a la protesta pacífica.

Es el caso que en Estados Unidos el desbordamiento violento de las protestas ha encontrado aliento en el discurso y las reacciones presidenciales. En contraste, las manifestaciones pacíficas son las que han mantenido coherencia entre sus medios y su firme exigencia de respuestas desde la institucionalidad del Estado de Derecho. A ello también han contribuido palabras críticas y actitudes disidentes muy significativas como las de varios gobernadores, el exsecretario de Estado Collin Powell; el exsecretario de Defensa James Mattis; el actual secretario de Defensa, Mark Esper; y el jefe del Estado Mayor, Mark Milley.

Está por verse el impacto que sobre los resultados electorales tendrán el doloroso balance de la pandemia y la recesión económica, pero también y muy especialmente los efectos que en el balance de votos tendrá el desafío institucional y la polarización política que las reacciones y discursos presidenciales estimulan hace tiempo y ahora también en torno al caso Floyd. Mientras tanto, no hay que perder de vista las fortalezas de la democracia estadounidense y los contrapesos y oportunidades de reconducción nacional e internacional que ofrecen. Entre los recursos de control democrático sobre el ejercicio del poder presidencial siguen siendo fundamentales la separación de poderes, la libertad de expresión e información, la de protesta y exigencia de justicia al sistema judicial y, por supuesto, la posibilidad de alternancia que se abre con las elecciones de noviembre: presidenciales, de un tercio de los senadores y de toda la Cámara de Representantes.

En contraste, y sin negar las sobradas razones para la protesta legítima ante la violación de derechos fundamentales, son de comentar las reacciones críticas de gobiernos como los de China, Rusia, Turquía e Irán y también los de Venezuela y Cuba. Aunque, para empezar, es llamativa la inconsistencia con sus posiciones de defensa a ultranza del principio de no intervención, especialmente en materia de derechos humanos, eso no es lo más importante. Lo crucial para ellos y preocupante para las democracias del mundo es la instrumentalización estos temas para servir a los propósitos geopolíticos propios a través de la descalificación de las instituciones democráticas, la legitimación de la violencia contra ellas, mientras mantienen el cierre hermético ante el escrutinio sobre sus prácticas de discriminación y represión.

En este contexto, de vuelta a Estados Unidos, un trabajo recientemente publicado por Richard Haass argumenta sobre la influencia que sobre el papel y la influencia en el mundo tienen las condiciones domésticas. No se trata única ni principalmente de las complicaciones del entorno lleno de calamidades que se acumulan para ese país con la pandemia, la pérdida de puestos de trabajo y la violenta visibilización del racismo, sino fundamentalmente de las políticas y decisiones, reacciones y omisiones presidenciales ante ellas. Estas han estado debilitando la incidencia internacional de Estados Unidos, tan necesaria y urgente para sostener instituciones internacionales fundamentales para la salud, la prosperidad y la seguridad mundial, y para proteger y fortalecer los vínculos democráticos globales.

Elsa Cardozo
elsacardozo@gmail.com
@PolitikaUCAB
@ElNacionalWeb

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