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viernes, 29 de mayo de 2020

JUAN RAMÓN RALLO, ALESINA SE MARCHA CUANDO MÁS NECESITAMOS SUS IDEAS

Este domingo murió el economista italiano Alberto Alesina a los 63 años de edad. Nos dejó, por ironías del destino, en el momento en que más urgente e intensamente necesitamos sus ideas: o, al menos, las ideas por las que ha adquirido una mayor fama internacional y en las que estuvo trabajando durante los últimos años de su vida. Me refiero, claro está, a su defensa de las políticas de 'austeridad expansiva': ajustes del presupuesto estatal que lejos de hundir la economía permiten que esta mantenga una senda de crecimiento positiva en el tiempo (especialmente frente a la alternativa de continuar acumulando deuda pública).

Durante los próximos años, la gran mayoría de Estados tendrán que adoptar políticas de austeridad para contrarrestar el exceso de deuda que han acumulado durante la presente pandemia. España no será una excepción (salvo en el improbable escenario de que nuestros socios del norte decidan hacerse cargo de nuestros pasivos) y, por ello, conviene que tengamos muy viva la idea de austeridad expansiva propugnada por Alesina… sobre todo frente a quienes propugnarán o que no apliquemos ninguna política de austeridad o que apliquemos políticas de austeridad contractivas. El argumento central de Alesina puede resumirse esencialmente en cuatro proposiciones:

Las políticas de austeridad serían en general innecesarias si tuviéramos gobernantes responsables: los gobiernos fiscalmente responsables no deberían sumergirse, por lo general, en programas de austeridad presupuestaria. Es verdad que durante las recesiones hay estabilizadores automáticos que incrementan el endeudamiento público, pero durante las expansiones esos estabilizadores tienden a desaparecer y, si los gobiernos no aprovechan la bonanza para disparar el gasto público, deberían engendrar un superávit que permitiera compensar la acumulación pasada de deuda. Es decir, si el déficit público no es estructural, sino coyuntural, el mero transcurso de la coyuntura tenderá a subsanar el endeudamiento generado por la coyuntura (si el déficit es estructural, es que los gobernantes no son responsables pues desean gastar sistemáticamente más de lo que ingresan). 

En suma: la mejor política de austeridad debería ser aquélla que no llega a aplicarse por contar con unas finanzas saneadas a lo largo del ciclo.
En ocasiones, sin embargo, las políticas de austeridad son inevitables: si los gobernantes no han sido fiscalmente responsables (durante la bonanza han seguido acumulando deuda porque han preferido mantener un déficit estructural) o si, siendo responsables, se han topado con un acontecimiento imprevisible que ha descuadrado las cuentas públicas (como esta pandemia), entonces no quedará otra que tomar medidas proactivas para corregir la consecuente sobreacumulación de pasivos (conviene aclarar, como también recuerda Alesina, que un gobernante verdaderamente responsable ahorraría durante los tiempos de bonanza en forma de fondos de estabilización para así poder capear los aumentos extraordinarios e imprevisibles del déficit durante tiempos de catástrofe).

La austeridad puede tener efectos expansivos sobre la economía: la visión keynesiana más elemental nos dirá que toda política de austeridad ha de tener necesariamente efectos contractivos dado que austeridad equivale a reducir el gasto agregado (y, por tanto, la producción agregada). Sin embargo, semejante tesis presupone que las políticas de austeridad no pueden tener repercusiones positivas sobre otros componentes de la demanda agregada. Por un lado, durante los períodos de expansión, la austeridad pública puede reducir el efecto expulsión del gasto privado (más ahorro público permite o mayor inversión privada o un menor ahorro privado). Por otro, durante períodos de depresión, la austeridad pública podría influir positivamente en las expectativas de los agentes económicos, relanzando el gasto en inversión. Por ejemplo, una economía que esté endeudándose a un ritmo desaforado es una economía que a medio plazo va a tener que enfrentarse a alguno de estos tres escenarios: o incrementos de los impuestos futuros (incluyendo el impuesto inflacionista), o recortes de gastos esenciales para la actividad económica (por ejemplo, infraestructuras) o un 'default' soberano. 



Si se generaliza la expectativa de que alguno de estos tres fenómenos va a suceder —y se generalizará tanto más cuanto mayor sea la acumulación de deuda pública—, la inversión empresarial y residencial puede desplomarse, de modo que la demanda agregada acaso caiga más que si, en cambio, se pone fin a la sangría de un modo gradual (mediante un plan de austeridad), persuadiendo con ello a los inversores de que ninguno de esos tres escenarios futuros ocurrirá. En definitiva, si las medidas de austeridad insuflan más financiación en el mercado cuando esta es demandada por los inversores o si consiguen revertir una senda de expectativas negativas autoagravantes, la austeridad podría tener efectos expansivos (obviamente, si insuflan financiación cuando nadie la demanda y no ayuda a mejorar las expectativas, podrá tener efectos contractivos). Y así, cuando la austeridad deviene altamente recomendable, solo habrá dos formas de aplicarla: o subiendo impuestos o recortando gastos.

La austeridad recortando gastos es muy preferible a la austeridad subiendo impuestos: uno de los hallazgos cruciales de Alesina es que las políticas de austeridad basadas en incrementos de impuestos tienen efectos mucho más persistentes y dañinos que la austeridad basada en los recortes del gasto. Por ejemplo, durante una recesión, los efectos contractivos de los recortes del gasto suelen haberse despejado al cabo de dos años y con toda seguridad al cabo de tres; en cambio, los efectos contractivos de las subidas de impuestos no desaparecen —ni se aminoran— al cabo de cuatro años. 

¿A qué se debe esta asimetría entre las subidas de impuestos y los recortes del gasto? Probablemente a al menos dos circunstancias, tal como sugiere Alesina. Por un lado, los recortes estructurales del gasto pueden resultar más creíbles que las subidas de impuestos: según qué partidas de gasto se recorten, no solo estaremos rebajando los desembolsos presentes del Estado, sino también los desembolsos futuros (verbigracia, retrasar la edad de jubilación o desindexar de la inflación las subidas de los salarios públicos no solo ahorran gasto hoy sino sobre todo en el futuro); en cambio, subir los impuestos hoy puede no evitar que tengan que volver a subirse mañana si las dinámicas de aumento descontrolado del gasto no han sido atajadas. Por otro, las subidas de impuestos generan pérdidas irrecuperables de eficiencia desde el lado de la oferta (más impuestos al trabajo es menor oferta de trabajo y más impuestos al capital es menor oferta de capital).

En definitiva, dado que la austeridad va a ser indispensable en España durante las próximas décadas —debido a una combinación de políticos irresponsables y de un 'shock' exógeno como ha sido la pandemia—, más nos valdría rendirle merecido homenaje a Alesina haciéndole caso, tanto como sea posible, en una de sus prescripciones básicas: ajustemos el déficit recortando gastos y no subiendo impuestos.

Juan Ramón Rallo
contacto@juanramonrallo.com
@juanrallo
España

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Laissez Faire de El Confidencial (España) el 25 de mayo de 2020.

domingo, 6 de octubre de 2019

RICARDO VALENZUELA: EL RECINTO DE LAS MALAS IDEAS

“La ignorancia engendra monstruos y ocupan espacios vacíos del alma, cuando la verdad del conocimiento está ausente.”     FA Harper

Laureado con el premio Nobel por sus estudios sobre el Capital Humano, Gary Becker establecía a la gente como el centro de la economía. Los activos tangibles como tierra, dinero, acciones son formas de capital que producen ingreso. Pero esas no son las únicas. Educación, entrenamiento, salud, coloquios acerca de la virtud de la honestidad, responsabilidad son también formas de capital. Incrementan los ingresos y forman buenos hábitos para toda la vida. 

Son inversiones en capital humano porque la gente no puede ser expropiada de su conocimiento o habilidades, son valores que no deben separarse de los activos físicos o financieros. Educación y entrenamiento son las inversiones de capital más redituables. Quienes obtienen educación preparatoria o universitaria, catapultan sus ingresos, desarrollan IQ más altos y “buenas ideas” y se convierten en cultura, se incrementa el conocimiento de sus familias y las valores y hábitos de sus hijos.

El crecimiento económico se da por sinergias entre conocimiento y capital humano para impulsar las naciones hacia la prosperidad. La gente, con buenas o malas ideas, es responsable de la grandeza o el fracaso de las naciones. Y como lo definiera don Eugenio Garza Sada, “En el Tec queremos formar mentes independientes que no tomen como dogma todo lo que escuchan de algún comunicador hábil, construyan un pensamiento crítico para cuestionar mil veces la información que reciben, desarrollen su creatividad y adquieran la materia prima de los líderes que tanto requiere el país. Porque algo más perverso que el deseo compulsivo de mandar, es la disposición servil de obedecer sin cuestionar.”  

Durante el siglo 20 México optó por un sistema “más humano”. Después, ignorante de las fuerzas desatadas por el abandono de los acuerdos Bretton Woods, recibimos el primero de los devastadores golpes. Era el resultado de un sistema de incentivos perversos donde las malas ideas crearon un régimen de buscadores de rentas, ignorando los factores productivos. El gobierno se dio a moldear nuestra ignorancia con educación y sus malas ideas, sabotearon nuestras mentes y el resultado fue gente ignorante, indisciplinada, distraída, profesores, estudiantes, sindicatos marxistas, empresarios y profesionistas infectados por la ideología social demócrata. Y ¡cuidado! el conocimiento falso es más letal que la ignorancia.   

En cierta ocasión un exitoso agricultor sonorense me reclamaba; “dejaste la dirección general de un banco para venir a un país donde todo es complicado” ¿Complicado? Su respuesta me dejaba frio. “Si, complicado.” En México, el gobierno me dicta qué debo sembrar, me da semilla, financiamiento, insumos baratos, el agua, cierra la frontera para proteger nuestra actividad, y me compara la cosecha a un precio asegurando mis ganancias”. Le respondo. Eso más que un negocio parece un juego de mecano. El cierra. “Si, pero no tengo que preocuparme y me sirven las ganancias a domicilio”. Yo agregaba, por eso los ejidatarios a las ministraciones del banco las llaman sueldo. 

Esto es el resultado de la tenebrosa labor del gobierno amaestrando a la población para, cuando le peguen el arado, lo jalen resignados y con buen paso. La costumbre se hizo dependencia para convertirnos en su propiedad. Los negocios con diagramas y redes de protección castran al hombre destruyendo su identidad y su valor como individuo. Es cuando tenemos la obligación moral de hacer una declaratoria para rescatar nuestras vidas usurpadas por el estado, y sus malas ideas. Jefferson lo describía afirmando; “No es posible que en una sociedad unos nazcan ensillados y otros nazcan con espuelas listos para montarlos”.

En el arreglo que describía el agricultor si funciona el, “cuando unos ganan otros pierden”. Si al agricultor le garantizan ganancias sin competencia, pierde la gente pues la privan de su libertad de elegir. Pero más pierde cuando, al conciliar la ecuación, las ganancias artificiales son pérdidas para el gobierno que se suman a la deuda y, si para financiar ese apoyo echan andar la fábrica de billetes, se paga en inflación-devaluación porque ese dinero vale tanto como el papel sanitario. Lo mismo sucede con los rescates, ganan los rescatados, pero pierde la gente y los ejemplos los tenemos en el FOBAPROA, subsidios para la electricidad, para la gasolina, el sueldo de los ninis.

Pero esas conductas siguen vivas porque somos ignorantes en un país con actores políticos portando malas ideas y, así, el camarada Lopez, con sus malas ideas, sigue reviviendo el legado revolucionario. Y en esa misma ignorancia navegan quienes hacen opinión; periodistas, líderes, empresarios. El camarada Lopez, ignorante en jefe, con la receta compasiva socialista y con pies de gato, ha iniciado el tejido de esa vieja red con la que, durante más de cien años, militares, revolucionarios, seudo liberales y oportunistas han encadenado un país domesticado a imagen, semejanza y conveniencia de los verdugos pasado y presentes. 

Sufrimos la herencia colonial de buscadores de riqueza no producto del trabajo, sino de injustos privilegios para explotar a los indios. El comercio era monopolio de los tenderos que hacían fortunas para llevarlas a España. El desarrollo económico no ocurre cuando los mercados no son competitivos y costo de transacciones prohibitivo. Las malas ideas heredadas de la colonia provocaron que la búsqueda de rentas fuera más atractiva que la producción ganancias privadas, y la sociedad se organizó para maximizar beneficios políticos no la eficiencia económica ¡El trabajo personal, ambición, libertad y competencia provocan el desarrollo y la creación de riqueza! ¡Y la inversión en herramientas privadas de producción es el acto más compasivo de caridad!   

Entendamos que el desarrollo nunca se logrará con malas ideas y solo adquiriendo las buenas encontraremos la verdad. Pero no la verdad católica colonial que, con un manual de malas ideas, resolvió la vida de individuos y la sociedad. “Opuesta a reformas e innovación, a la transformación de la naturaleza por ser actos de arrogancia contra la creación de dios. El mundo no tenía razón para ser un paraíso de abundancia y prosperidad; era el valle de lágrimas y el castigo para el pecador Adan”. Al mismo tiempo los calvinistas del norte consideraban la riqueza el resultado de hacer bien el trabajo de dios y para ellos la pobreza era un pecado. 

Durante mucho tiempo hemos tenido perdida nuestra confianza, necesitamos olvidarnos qué todo es cuestión de suerte y nuestra suerte es el gobierno, porque eso separa las causas de los efectos. Debemos recuperar esa confianza para trabajar áreas que podemos controlar y los efectos sean nuestros. Necesitamos declarar nuestra emancipación exigiendo un gobierno que, con nuevas ideas, se haga a un lado y solo se dedique a proteger vida, libertad, propiedad y garantice el cumplimiento de los contratos. Porque ya perdimos el tren de la media noche y el que abordamos, no se dirige al destino que anhelamos y por más que corramos por sus vagones en dirección contraria, nunca llegaremos a la cita.

Ricardo Valenzuela 
chero@refugiolibertario.tv
chero@reflexioneslibertarias.com
@elchero

Los grandes hombres son como las águilas. Construyen sus nidos en una majestuosa Soledad. Porque un alto grado de intelecto tiende a convertir al hombre en un ser antisocial.Arthur Schopenhauer