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jueves, 14 de noviembre de 2019

GABRIEL BORAGINA: ¿PERSONAS O INSTITUCIONES?

Este es el gran debate de vital actualidad desde siempre, sobre todo en Latinoamérica, marcada a fuego con el personalismo político desde sus albores coloniales. Legatarios de las monarquías absolutas europeas -pese a los intentos de importar sistemas no-personalistas, como el anglosajón (en rigor, el único en su especie)- los países hispanoparlantes nunca dejaron de ser monarquistas, no tanto por convencimiento o decisiones deliberadas, sino más que nada por costumbre o tradición hasta nuestros días. Y han querido adaptar sus peculiares "democracias" a ese espíritu monárquico del cual pocos tienen conciencia de poseer. Es así que, en Latinoamérica, no importa tanto cómo se gobierna sino quién gobierna. El "cómo" pasa a ser algo secundario, y el "quien" lo fundamental. Es por eso que, la historia política de Latinoamérica es la historia de un continente donde han sabido convivir dictaduras -al mejor estilo fascista- con esa democracia criolla que tan poco tiene de tal. Y sigue siendo de este modo.

Pero volviendo al intríngulis del título, habrá que decir que el dilema es meramente aparente. No son pocos los que dividen las aguas como si personas e instituciones fueran cosas diferentes y separables y, en tanto algunos opinan que son los hombres los que deben gobernar, otros se pronuncian en contra y afirman que las instituciones deben hacerlo.

Pero ¿qué son -en definitiva- las instituciones? Las instituciones (más allá de toda definición técnico - jurídica -política) en el fondo, no son más que ideas de amplio consenso de cómo deben organizarse las cosas y como estas deberían funcionar. Y las ideas son productos humanos, lo que de más está decir. Pero, esto no equivale a afirmar, sin más, que -en definitiva- serán los hombres los que gobiernen, porque, en realidad, esos hombres son a su vez gobernados, no tanto por sus ideas propias, sino más bien por las ideas de otros que tuvieron en el pasado o en el presente y que dieron lo que se llama el diseño institucional actual de un país. Ahora bien, tengamos en cuenta que todas esas ideas son de muy diversa variedad y -en muchos casos- completamente opuestas entre sí. El marxismo y el liberalismo, por citar solo dos de ellas muy debatidas (más conocida la primera que la segunda) suponen -en su plasmación práctica- instituciones de índole muy diferente entre ellas, tanto, que se enfrentan en forma diametral.

Así se habla de instituciones políticas, económicas, jurídicas, sociales, religiosas, etc. significando las ideas de cómo debe organizarse y regirse la vida humana desde esos diferentes campos.

Las instituciones son un producto socialmente evolutivo. No nacen espontáneamente, sino que son fruto de una larga maduración. Algunas fueron breves y desaparecieron pronto. Otras, por el contrario, perviven desde hace siglos. Pero, si nos adentramos en su análisis, descubriremos que detrás de cada institución hay una teoría que la sustenta y en la medida que se convierte en dominante por la aceptación creciente de una gran mayoría, se asienta en el tiempo y se torna en perdurable, hasta que otras teorías (mediante el mismo proceso) desplazan a las primeras y toman su lugar, en cuyo caso las instituciones cambian o se transforman.

En este tránsito progresivo las instituciones se van abriendo camino primero mediante los usos y costumbres, y a medida que estos se extienden suelen encontrar plasmación legal.

Esto sucede en todos los ámbitos humanos, así en la política -por ejemplo- la institución de la monarquía dio paso -a través del proceso descripto- a la institución de la democracia, e incluso, como en los modernos países europeos, se han fusionado y conviven (España, Gran Bretaña y Holanda pueden citarse como los ejemplos más conocidos entre los estados más grandes).

No todas las instituciones (no digo humanas porque es una burda redundancia, ya que las instituciones no pueden ser no humanas) son buenas, ni provechosas para el hombre, baste como ejemplo mencionar la institución de la esclavitud, cuya legalidad y aprobación generalizada como algo natural se prolongó durante siglos hasta bien entrado el siglo XX según los países que se consideren.

La institución es la teoría llevada a la práctica en un determinado campo del quehacer humano. Por eso carece de sentido el prolongado debate sobre la falsa disyuntiva hombres vs Instituciones y viceversa, porque -en rigor- no existe tal distinción, excepto la del hombre con su creación intelectual. En el fondo, el debate sigue siendo entre teorías buenas o malas, útiles o inútiles, de acuerdo a las instituciones que fueron su resultado.

Esto aplica a la llamada "calidad institucional", fórmula que -en si misma- nos dice muy poco si prescindimos de lo explicado arriba. Si admitimos que el diseño institucional de un país o de una sociedad determinada es un proceso evolutivo, deberemos llegar a la necesaria conclusión que las instituciones adoptadas en el transcurso de la historia -como fruto de ese proceso escalonado- lo fueron porque en dichas sociedades se las pensó en su época y en cada momento a todas ellas de calidad. Volviendo al ejemplo de la esclavitud, por espacio de mas de 18 siglos s (si sólo contamos la era cristiana) se la entendió mayoritariamente como una institución útil y necesaria para el desarrollo de los pueblos. Y aunque no faltaron en todas las épocas voces que la cuestionaron con firmeza, el consenso ampliamente general logró imponerse y acallarlas, hasta que se produjo el recambio cultural que adoptó la postura inversa y tuvo a dicha institución como algo aberrante y enfrentado a la naturaleza misma.

Por eso, la pretensión de -por medio de la fuerza- implantar instituciones reconocidas evolutivamente en cierta región o país en otro donde el estado de desarrollo social no ha llegado a esas instancias, o bien ha tomado un derrotero diferente, esta condenada al fracaso, porque es como pretender cambiar el estado de naturaleza de las cosas, convertir lo que es en lo que no es.

Entonces el debate sobre si son las personas o las instituciones las que "deben" dirigir los destinos de la sociedad es, en el fondo, estéril. Porque las personas son instrumentos de sus ideas y las instituciones son el resultado de esas mismas ideas acumuladas.

Gabriel S. Boragina 
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina 

jueves, 7 de noviembre de 2019

GABRIEL BORAGINA:REFLEXIONES POSELECTORALES, CASO ARGENTINA

Finalmente pasaron las elecciones presidenciales con amargos resultados para quienes valoramos las virtudes republicanas y las libertades individuales, habida cuenta que los triunfadores[1] son quienes abominaron de ellas en el pasado y continúan rechazándolas en el presente (y seguramente también en el futuro inmediato).

Si para algo sirven las elecciones políticas en Argentina es para tomarle el pulso a las ideas y sentimientos del votante porque, al emitir su voto, no sólo expresa su sentir político sino lo más significativo de su psicología o manera de pensar y de vivir. Ya que el que vota hace más que simplemente elegir un candidato. Elige un modo de vida.

De ser ciertos los resultados finales (siempre he expuesto públicamente mis serias dudas sobre cifras oficiales de las que sean) la lectura que hago es que un 47% votó en favor de la corrupción, el narcotráfico, la delincuencia, el latrocinio, el odio, la violencia, el autoritarismo, etc.

Lo curioso del caso es que este 47% triunfó por sobre el 53% restante que votó por lo contrario a lo mencionado antes. Esta particularidad (que una minoría pueda llegar a gobernar por sobre la mayoría disidente) es una característica introducida por la reforma de 1994 a la Constitución de la Nación Argentina incorporando el nefasto art. 97 a la Carta Magna entre otras aberraciones incrustadas por tan desafortunada innovación. Pese a que -desde ese año- la "nueva" constitución dice que la Argentina es una “democracia”, en los hechos y a contramano, los arts. 97 y 98 de la modificación establecen una verdadera oligarquía, ya que el propósito original de los reformadores del año 94 era el de prolongar los mandatos presidenciales (mediante la reelección) reduciendo simultáneamente el número de sufragios para ello.

De allí que, desde dicho año, resulta gracioso (en realidad patético) que se siga hablando de la Argentina como una “democracia” cuando su propia Constitución determina que basta un 40% o un 45% de los votos para ser presidente. Desde Aristóteles hasta acá que el gobierno de una minoría es una oligarquía, lo inverso a una democracia.

De la última elección esto es lo negativo (que sea una minoría la que gobernará, y que esa minoría sea lo peor que le puede pasar al país) lo positivo y -de alguna manera- consolador es que la mayoría del 53% se oponga al proyecto totalitario del peronismo "K".

Decimos lo peor porque gobernaron durante 12 años y no se cansaron de saquear al país dejándolo en medio de una catástrofe económica fenomenal.

Pero volviendo a la psicología del votante ¿Cómo entender estos resultados?

Quizás la praxeología de Ludwig von Mises puede acudir en nuestra ayuda para ello. Según esta ciencia, el axioma fundamental de la acción humana es la de pasar de un estado menos satisfactorio a otro de mayor satisfacción. Esto se verifica siempre, por eso mismo es un axioma. La acción humana se compone de dos partes: medios y fines. Estos fines -como explica el mismo L. v. Mises- pueden ser sublimes o ruines.

De acuerdo a este axioma, el ciudadano al votar al "político X" lo transforma en un medio para llegar a un fin que es coincidente tanto para el votante de "X" como para el "político X" mismo. Y como los fines pueden ser ruines o sublimes, si el ciudadano le da su voto a un candidato que cuando estuvo en la función pública integró un gobierno en el que imperó y campeó a sus anchas la corrupción, el narcotráfico, la delincuencia, el latrocinio, el odio, la violencia, el autoritarismo, etc. protagonizada por el "político X" en persona o por miembros del gobierno que componía, significa que estos hechos le permitieron (al votante de "X") mejorar su estado en mayor grado que lo hizo cualquier otro gobierno diferente (anterior o posterior al del "candidato X").

Y viceversa, si el candidato "Z" conformó o encabezó un gobierno en el que imperó la decencia, la rectitud, la honradez, el orden, el respeto a la ley, la cordialidad, la paz, la armonía, la libertad, etc. el ciudadano que lo vota lo hace por los mismos motivos, es decir, porque sus fines personales coinciden con los del "candidato Z", y porque considera que (de ese modo) mejorará su estado personal (y/o familiar, social, etc.). En suma, todos al votar lo hacen persiguiendo un mismo fin último (pasar de una situación de menor satisfacción a otra de mayor) aunque sus medios sean diferentes en un caso y en el otro.

De esta manera se explican no sólo los resultados de esta elección nacional sino la de todas las elecciones humanas.

En el campo de los juicios de valor (órbita que excede a la praxeología) será una cuestión de inclinaciones volcarse por unos medios y fines o por otros encontrados. Desde mi personal punto de vista, en las elecciones argentinas ultimas, el 47% del Padrón electoral se volcó (sintetizando) por la indecencia, la delincuencia y la decadencia, es decir, por los disvalores, antivalores o contravalores, en tanto el 53% restante por los valores (reales, valga la redundancia). Pero, optimistamente, creo que la diferencia existente fue menor a la de 6 puntos (por lo que he mencionado antes en cuanto a "datos oficiales" dudosos).

De todas maneras, es bastante doloroso observar la opción final de ese 47% que, si bien minoritario (lo positivo) será, paradójicamente, el que gobernará (lo negativo). Y el imaginable daño que provocarán los electos, dado el grado de odio y resentimiento con el que regresan al gobierno a completar la obra destructiva que comenzaron en el año 2003.

Corroboro también que mucha gente sigue siendo tan ignorante de la economía como siempre, exceptuando que lo único que quieren es tener mayores bienes y servicios (fines) y que los medios para conseguirlos carecen de importancia para ese 47% que cree que los métodos delictivos para mejorar su estado personal son tan válidos como los antidelictivos. Por eso nunca estuve de acuerdo con quienes decían que el equipo de Macri fracasaba en comunicar eficazmente la pesada carga económica recibida del gobierno anterior. Mas allá de que lo explicó muchas veces, si no lo hubiera hecho no hubiera cambiado el resultado electoral. Como diría un amigo mío, la gente promedio vota con el estómago o el bolsillo. No entiende de sofisticadas explicaciones económicas. Elige al gobierno que mejor le promete alimentarlo, y le retira su apoyo al que no lo hace.

[1] El "Frente de Todos” secta peronista de A. Fernández y C. Kirchner.

Gabriel Boragina
@GBoragina 

martes, 31 de enero de 2017

GABRIEL BORAGIN, SOBRE FERIADOS Y "DÍAS DE LAS MEMORIAS" VARIAS, DESDE ARGENTINA

ACCIÓN HUMANA

Siempre he tratado de eludir el tema que voy a abordar, porque -en el fondo- invariablemente me pareció una cuestión trivial. Pero, al comprobar con el tiempo que la mayoría de mis congéneres no lo considera así, creo que será oportuno que diga algo al respecto, aunque no sea mucho.

Hablaremos pues de los feriados. Pero antes, y para mejor orden, veamos que significa la palabra feriado yendo al diccionario de la Real Academia Española:

“día feriado. 1. m. día festivo, especialmente el que no cae en domingo”

Vayamos ahora entonces a la definición de festivo:

festivo, va
Del lat. festivus.
1. adj. Perteneciente o relativo a la fiesta.
2. adj. Dicho de un período de tiempo: Señalado oficialmente para el descanso por celebrarse una fiesta solemne, por oposición a laborable. Apl. a un día, u. t. c. s. m.
3. adj. Alegre, divertido y gozoso.
4. adj. Chistoso, agudo o gracioso.

Por mi parte, -y a los solos efectos de este análisis- divido los feriados en feriados estatales (nacionales, provinciales, municipales, etc.) y privados (ninguno de los anteriores). La mayoría de las personas sólo conoce y acepta como "verdaderos" feriados los primeros, e ignora los segundos.

Nunca he creído en los llamados feriados nacionales, y persistentemente me parecieron infantiles y poco consistentes todos los trillados "argumentos" mediante los cuales se ha pretendido y se pretende "justificarlos".

Los feriados nacionales no son otra cosa que feriados estatales, fechas impuestas en el calendario alguna vez por alguna autoridad sin el consentimiento expreso, claro y contundente de cada uno de los ciudadanos a los que luego se los obliga a observar tales festividades. En realidad, este tipo de feriados carecieron de toda entidad y significación personal.

Pero ¿en qué consisten realmente estas supuestas festividades?
La inmensa mayoría de los feriados estatales argentinos conmemoran hechos militares, (guerras, golpes, rendiciones, invasiones, derrotas, victorias, etc.) los que -según el bando que se adopte entre los contendientes- tendrán el sabor amargo de la derrota o el más dulce de la victoria. ¿Realmente tienen estas fechas el carácter "Alegre, divertido y gozoso" que corresponde al vocablo festivo (nuestro equivalente a feriado)? Contesto que no, y que -además- me parece bastante enfermizo "celebrar" tales calamidades, porque verdaderamente considero que todo hecho de violencia es una verdadera tragedia, no algo "festivo".

Constantemente he creído que los días feriados deberían ser verdaderamente festivos (recordemos las acepciones 1. adj. Perteneciente o relativo a la fiesta. 3. adj. Alegre, divertido y gozoso. 4. adj. Chistoso, agudo o gracioso, de la definición del vocablo). Y -por tanto- que no se compadece con dicho espíritu el rememorar sucesos militares, o civiles en el que hayan intervenido militares. ¿Que podría tener de festivo un hecho bélico, o cualquier acto de fuerza o de violencia?

Posiblemente, para alguna mente morbosa si tengan hechos tales ese carácter: 3. adj. Alegre, divertido y gozoso. 4. adj. Chistoso, agudo o gracioso. Por mi parte, no lo entiendo. Y sin embargo, los argentinos (supongo que igual que en otras partes del mundo) celebran este tipo de cosas. Me sigo preguntando ¿hay algo que valga la pena "celebrar"? Pues estas no son fechas festivas, sino que son fechas para olvidar (al menos por parte de las mentes sanas). Otra pregunta que me hago es: ¿a que ayudan a construir los feriados nacionales? Mi respuesta -luego de mucho meditar- es: a nada.

En cambio, creo que esas fechas recordatorias, sobre todo si se refieren a sucesos acontecidos en el pasado reciente- solo sirven para avivar odios y rencores entre los partidarios de los bandos opuestos.

Caso típico es la nefasta evocación en Argentina de cada 24 de marzo recordando un golpe de estado. Desde su instauración como feriado nacional, la fecha solo ha servido para reavivar heridas entre partidarios y adversarios de los dos bandos en pugna de entonces: militares y subversivos. Cada bando tratando de torcer la historia para su propio lado, desfigurando todas las veces que se presenta la fecha en ocasión hechos históricos, roles, móviles, objetivos, causas, efectos y todo lo que se pueda tergiversar de aquella etapa historia. Generando un torbellino de discusiones inútiles, obtusas y aburridas que se repiten invariablemente en el mismo sentido, el mismo tono airado, y el mismo tenor, año tras año cada día 24 de marzo.

Los miembros (o simpatizantes) de un bando se esfuerzan por convencer a los partidarios del contrario de la razón de la lucha desde su propio punto de vista. Se habla de "memoria completa". Cuando todo esto es inservible. Los miembros de bandos antagónicos no están dispuestos a conceder ninguna porción de razón a los del bando antagonista. La recordación, cada vez que se presenta, revive los odios y las antiguas adversidades. Cada año es la misma historia.

También está el aspecto económico: la multiplicidad de feriados, además de no tener razón de ser para mí, entorpecen la productividad económica, son un aliciente a la irresponsabilidad laboral y al ocio inducido sin motivo válido.

Quiero aclarar que respeto mucho a los memoriosos y nacionalistas, quienes de buena fe son muy, pero muy afectos a "festejar" feriados patrios y demás. Sólo que aclaro que no me alisto entre ellos, y que mi crítica no se dirige a las personas que -de buena fe y en su propio circulo social- celebran estas fechas. Mi diatriba se orienta hacia el decreto de fechas oficiales, estatales, gubernamentales, etc.

Sostengo que es tiempo de liberarnos del pasado y empezar a construir la Argentina del futuro. No hay mayor falacia que aquella que dice que los pueblos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo. Porque -contrariamente también se puede argumentar que- recordarlo tendenciosamente cada año es una forma de repetirlo o de inducir a revivirlo. Y esta forma de resurgirlo -aunque por ahora sea en los discursos y en la memoria- es una forma de reavivarlo, reencender odios y pasiones que hace tiempo deberían estar sepultados, y que impiden mirar hacia adelante y empezar a construir una verdadera nación.

No estoy en contra a que cada persona, cada familia o cada grupo privadamente celebre estas y todas las fechas que se deseen. Pueblos y naciones que gusten vivir del pasado, o en nombre del respeto a sus tradiciones rememorarlas, deberían estar en plena libertad de hacerlo, pero, en el ámbito estrictamente privado o social civil. El estado-nación no debería de cumplir ni arrogarse ningún papel rector al respecto.

En cambio, me parece insano institucionalizar fechas recordativas, obligando a la sociedad toda a observarlas.


Establecer feriados obligatorios a nivel nacional y constreñir el aparato estatal a tolerar sus discursos oficiales, material de propaganda, y demás elementos que la corrección política del momento dicte a los gobernantes de turno, es desde mi propio punto de vista inmoral.

Gabriel Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina
Acción Humana
Argentina