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domingo, 12 de febrero de 2017

ALBERTO MEDINA MENDEZ, LA EDUCACIÓN EN CLAVE SALARIAL, CASO ARGENTINA

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

A esta altura del año y en especial en estas latitudes, los dirigentes sindicales aparecen en los medios de comunicación exigiendo incrementos salariales, los gobernantes intentan moderar esas aspiraciones, y los educadores promueven sus mezquinos intereses preparando el terreno.

El tema parece eterno. Se trata de la inagotable controversia acerca de cuáles deben ser los parámetros de las remuneraciones de los docentes. Sobrevuelan la polémica aspectos éticos, consideraciones subjetivas y una aureola que convierte el asunto en algo solemne, sagrado  e incuestionable.

 De un lado del mostrador los profesores y maestros se ocupan de exaltar su labor convirtiéndola en el eje absoluto de la vida en comunidad. Bajo el paraguas de una interminable lista de trilladas frases hechas pretenden colocar el debate en un pedestal de opinable majestuosidad.

Del otro lado, un Estado paternalista, siempre políticamente correcto y extremadamente culposo, intenta hacer malabares para encontrar ese punto intermedio que no coloque a los gobernantes en un lugar incómodo y que los muestre genuinamente preocupados con el futuro del país.

Toda esta parodia, repleta de hipocresía y ausencia de sentido común, finalmente se resumirá en un frio número que surgirá de la negociación entre las dos despiadadas corporaciones. Sindicatos y Estado, fumarán la pipa de la paz, a regañadientes, alcanzando un acuerdo salarial que pagarán todos los contribuyentes y regirá hasta el año entrante, cuando vuelva a reeditarse esta patética escena circular.
No existe duda alguna que la educación es trascendente para una sociedad, pero también se sabe que su calidad no depende de los niveles salariales de los actuales docentes. Abundan pruebas al respecto. Un fabuloso salario no convierte a un pésimo educador en uno excelente, ni tampoco al revés.

El problema de fondo sigue siendo que estas pulseadas están lideradas por dos enormes monopolios legales. Esa palabra es detestada por la mayoría pero paradójicamente en estos asuntos se acepta sin pudor. Es extraño que la gente aborrezca las posiciones dominantes en las actividades lucrativas y en estos menesteres aplauda vigorosamente que el Estado y los gremios manejen todo sin competencia alguna.

Suponer que la educación mejorará como consecuencia de una discusión sobre como se actualizarán los salarios es una falta de respeto a la inteligencia cívica. Nada evoluciona mágicamente de ese modo, sin embargo los docentes siempre reiteran la desgastada cantinela de que si no están bien pagados no pueden ser eficientes a la hora de dar clases.

Que alguien deba destacar la relevancia de los incrementos a su propio sueldo es un hecho vergonzoso. Son los usuarios, directos e indirectos, del sistema los que tienen autoridad moral para afirmar eso. Nadie aceptaría que un comerciante diga que merece mayores utilidades. El debe ganarse, como todos, ese derecho ofreciendo buenos servicios, a un excelente precio y conseguir que los consumidores lo hagan alcanzar sus pretensiones.

Tiene muy poco de ético, presionar a la sociedad, tomar de rehenes a padres y alumnos, para conseguir una mejora en los ingresos. Aun cuando las metas sean conquistadas y esas herramientas fueran efectivas, la inmoralidad del proceso deslegitima cualquier argumento utilizado.

No toda la culpa la tienen los desprestigiados líderes sindicales y los manipuladores políticos de siempre. Buena parte de la responsabilidad recae en esos docentes que se ufanan de una supuesta superioridad que hace que toda la comunidad tenga el deber moral de protegerlos y de una sociedad hipócrita que recicla crónicamente su inocultable doble discurso.

Esos ciudadanos que repiten hasta el cansancio que hay que mejorar el sistema educativo, son los mismos que luego respaldan aumentos lineales, donde no existen criterios que evalúen méritos profesionales, exijan mayor compromiso o establezcan resultados mínimos razonables.

Nadie, en la vida cotidiana, quiere pagar mucho por algo malo. Sin embargo en temas educativos, la gente parece estar dispuesta a alentar reclamos salariales, a sabiendas de que el alumno que egresa de la escuela no tiene el nivel esperado. Un absoluto sinsentido gobierna el debate.

No parece razonable deliberar acerca de los salarios sin incorporar a la discusión el producto final que se espera a cambio de esa compensación. No se pagan retribuciones mejores o peores con independencia del servicio que se presta, sino justamente para lograr un óptimo rendimiento deseado
.
Demasiados docentes creen con convicción que “merecen” un buen salario y que hacen lo que pueden, y por lo tanto no se sienten responsables de cómo culmina todo el proceso. Que alguien egrese del sistema, sin saber leer, escribiendo con errores ortográficos y con visibles dificultades para comprender textos simples o hacer operaciones matemáticas, no es un tema que para muchos de ellos tenga vínculo con sus remuneraciones.

Sería deseable que la misma pasión que los docentes, sus representantes gremiales y la sociedad le ponen a lo salarial, puedan invertirse en demandar una calidad equivalente para que los alumnos que emergen del sistema sean una satisfacción para todos y no un grupo de personas que terminen resignándose a convivir con la mediocridad.

En esta ocasión todo culminará como siempre. Unos se enojarán, los otros buscarán apaciguar los ánimos y luego de toda esa pantomima, alcanzarán el ansiado nuevo acuerdo. Demasiado esfuerzo para contentar a la tribuna, para que los salarios docentes finalmente se adecúen, pero el sistema siga funcionando igual. En definitiva, la educación en clave salarial.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@arnet.com.ar
albertomedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
Argentina

jueves, 9 de febrero de 2017

LUIS ALFREDO RAPOZO:"TERTULIA DE ZAMORA A CHÁVEZ"

SOCIALISMO: MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

En el panel se encontraban cuatro personalidades que disertaban sobre la revolución y la conexión que había entre las experiencias del General Ezequiel Zamora cuya gesta se llevó a cabo en  la Venezuela de 1858, y la intentona golpista de Chávez en 1992 y su posterior instalación del socialismo del siglo XXI, con 18 años en el Poder.

Entonces, un filósofo comienza la tertulia pintando un marco histórico en la vida de Zamora y la Guerra Federal; echándole odios al General Páez y explicando su enriquecimiento con tierras despojadas a los pobres campesinos que no tenían medios para producir, ni mantener la posesión de las mismas. Le siguió un líder comunal de la parroquia de Petare, quien gritaba que no habría más elecciones en Venezuela y que a la oligarquía se le acaba con candela. “Yo en ese momento, me puse a pensar, que si se pierde el derecho a elegir sus gobernantes, entre otros derechos universales y para colmo se desata la violencia contra los que piensan distinto y no están de acuerdo con la revolución bolivariana, pues aquí los cementerios colapsarán y seguramente vivamos una guerra civil de nuevo tipo como una especie de escalada en el conflicto que tenemos actualmente, marcado por la polarización política.

Finalmente, un historiador muy inteligente infectado intensamente por el comunismo más ortodoxo manifestaba que la guerra federal fue alimentada por la injusta tenencia de la tierra en aquellos años de mediados del siglo XIX –cosa cierta, sin duda-, y por la usura y que en nuestros tiempos, la igualdad del hombre venezolano, se está logrando, gracias a la revolución bolivariana.

Muchas palabras emitidas por el panel de oradores, me hicieron viajar en el tiempo y recordé las lecturas que hice en aquellos años de la década de los setenta sobre Marx, Engels, Lenin, Gramsci, Rosa Luxemburgo y otros connotados intelectuales revolucionarios, que estimulaban a caerle a plomo limpio al sistema capitalista con un FAL y muchos cojones.

El poeta moderador , presidente de “La casa Andrés Bello” se esmeró en darle un toque fresco a sus reflexiones, sin embargo un humilde ciudadano que estaba en el público, abrió con su reflexión el espacio de preguntas al panel:  El hombre, un anciano con evidente estereotipo de gente del pueblo comprometido con el proceso revolucionario manifestaba “…que siempre había sido revolucionario y estaba de acuerdo con el socialismo…pero notaba que se hablaba mucho y no veía mejoras en su vida durante 18 años de gobierno, sino todo lo contrario, pues habían aumentado sus angustias, habían crecido las dificultades para conseguir empleo, para alimentarse, para limpiarse el fundillo, adquirir desodorante, y darse cualquier gusto pírrico en una panadería.”

Naturalmente, la intervención del hombre tuvo su respuesta sesuda, cuando le dijeron que 18 años no es nada para una revolución y formar al hombre nuevo.; que el ser humano tenía miles de años sobre la tierra y en tan poco tiempo era difícil notar los cambios, y un bla, bla, tan ingenioso pero tan espurio que el anciano se fue convencido en su desesperanza,

Yo me quedé pensando en el asunto y le comentaba al grupo que en Venezuela la cosa es peor, porque aquí reina la corrupción más vulgar que se ha dado en cualquier proceso revolucionario y no hay quién le diga a un Rafael Ramírez, por ejemplo, o a cualquier ministro de siete suelas que tiene una riqueza súbita como la misma familia de Chávez, que demuestre su honestidad revolucionaria y diga de dónde carajo sacaron tanto dinero.

Luis Alfredo Rapozo
luisalfredorapozo@gmail.com
@luisrapozo
Anzoategui - Venezuela