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martes, 3 de septiembre de 2019

NOEL ÁLVAREZ: EL ARTE DE INSULTAR

El insulto es tan viejo como el ser humano. Es un acto de comunicación. En mi caso, no tengo talante para ofender, tampoco para expresar vulgaridades. Actuar y hablar groseramente no es mi estilo. Sin embargo, reconozco que insultar implica un arte muy complejo y que no se encuentra al alcance de todos. Hoy en día escuchamos por doquier insultos innobles, chabacanos, inoportunos, vulgares y hasta innecesarios, diría yo. Sobre todo, en el mundo político donde unos zorros viejos critican a mozalbetes que mal o bien están aprendiendo el oficio. Sobre esto, me viene a la memoria el caso de un viejo dirigente político venezolano, quien hace ya algunos años, tildaba de “lechuguinos” a los noveles dirigentes de un partido político contrario.  

En el mundo del lenguaje una de las primeras necesidades atendidas por el ser humano tiene que ver con la necesidad y exigencia de canalizar la irritación o el agrado que le sugieren o suscitan las personas y cosas que le rodean: así surgieron el piropo y el elogio, pero también la palabra malsonante, mezcla de imprecación, exclamación enojosa y blasfemia dirigida de manera indefinida y difusa a la divinidad, al destino o a quienes considera origen o causa de sus males. Tras este alumbramiento nació el insulto, que es criatura léxica del mismo cuero, pero dirigida a otro ser humano. Sin embargo, un insulto de calidad, bien pensado, utilizado en el momento oportuno y con profesionalidad, hace más efecto que mil expresiones mediocres.  

Un buen día, el dramaturgo y premio Nobel de Literatura irlandés Bernard Shaw le envió a Winston Churchill, a quien detestaba, dos invitaciones para la premier de una de sus obras teatrales. Con las entradas iba una pequeña nota que decía: "Para que venga con un amigo, si es que lo tiene". Poco después le llegó la respuesta de Churchill: "Me es imposible asistir a la noche de apertura, pero iré a la segunda función, si es que la hay".  

En una ocasión, un compañero de partido le comentó al político español Antonio Cánovas del Castillo: Don Antonio, ha pasado algo inconveniente, el señor Martínez Campos, tras proferir adjetivos que no le benefician a usted, se ha ido con Sagasta. A lo que Cánovas respondió: No se preocupe, el general Arsenio Martínez Campos es como las bombas: sólo hacen daño donde caen.  

El escritor mexicano Héctor Anaya sostiene que insultar es todo un arte. Es un ejercicio que requiere de ingenio y un fino manejo del lenguaje.  “Pero no me refiero al hecho de decir groserías, de soltar una palabrota altisonante, sino a la capacidad de colocar una idea con la eficacia de un buen cirujano, hundir el estilete exclusivamente en el órgano que quieres afectar”. En su obra, El Arte de Insultar, Anaya revisa los insultos creados por los más agudos ingenios de la Historia: “Algunos piensan que cuando aparece el insulto es porque se ha perdido la capacidad de dialogar o que se han agotado las posibilidades de expresión. Yo creo que no, solo muestra el ingenio de urdir una manera de atacar al contrario y un manejo singular del idioma”.  

Anaya destaca que, entre los grandes insolentes de las letras españolas sobresale Francisco de Quevedo una de las mentes más lúcidas del Siglo de Oro. Se cuenta que en cierta ocasión apostó con un amigo a que llamaría “coja” a la reina delante de todo el mundo, remarcando su defecto físico. Quevedo se presentó en palacio con un ramo de flores, una de cada clase. Al agradecimiento de la reina por el detalle, el poeta replicó: ‘Señora, traigo un ramo que solo será el anticipo del que os traeré. Desconociendo vuestra flor favorita, entre el clavel y la rosa, su majestad escoja. Cuenta también el escritor que un día un comerciante se acercó al filósofo Sócrates para que educara a su hijo y le pidió un precio. Sócrates se lo dio y el comerciante le espetó: ¡Con ese dinero puedo comprar un burro! Sócrates le respondió: hágalo y tendrá en casa tres.  

Concluye el escritor mexicano, diciendo: “El insulto ideal es aquél que parece generar un silencio en el que sus ecos resuenan. El que crea una situación de superioridad del emisor que lo hace incontestable. Sucede, en suma, lo mismo que con las estocadas, así, un buen insulto puede dejar al insultado en una situación tan humillante que no le quede otro sitio al que ir, si no al infierno. Existe, no cabe duda, un arte de insultar. No se ha de creer que el insulto tiene que ser necesariamente algo malo o innoble. Se puede insultar con nobleza y con valor”.  

Noel Álvarez 
Noelalvarez10@gmail.com 
@alvareznv 
Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE 

martes, 22 de marzo de 2016

HUMBERTO SEIJAS PITTALUGA, WINSTON IS BACK!

Mientras más lo leo, más me convenzo de que, por el dominio del lenguaje, la precisión de sus comentarios y la elegancia que derrochaba en sus palabras, Winston Churchill está a la altura de los más señeros hombres de letras de Inglaterra: Shakespeare, Gibbon, Eliot, Scott.  Su narrativa es poderosa; su prosa, impecable, refinada y airosa.   Ya pasados tantos años de su muerte no debiera haber quien crea —como muchos lo supusieron en su tiempo— que el Nobel de literatura que le concedieron en 1953 fue algo regalado a alguien que estaba de moda, aunque ya sin poder político.  Otros, pensaban que se lo habían otorgado por los discursos que pronunció entre 1939 y 1945, que sirvieron para mantener unido y luchando al pueblo y las fuerzas armadas del Reino Unido.  En verdad son piezas impecables, pero desde “My Early Life: A Roving Commission” —donde narra sus aventuras en el Sudán, como oficial de la fuerza británica que puso fin a la rebelión de los derviches y en Suráfrica como corresponsal y prisionero de guerra en el conflicto con los Boers—, pasando por “The River War” y hasta los seis volúmenes de “The Second World War”, lo hicieron más que merecedor del premio.

Empleo como título, el texto enviado con regocijo por el Alto Mando Naval británico a todas la flota cuando Churchill fue nombrado nuevamente Primer Lord del Almirantazgo al comienzo de la Segunda Guerra Mundial (ya había ejercido ese cargo durante la Primera Guerra).  Y lo empleo porque ya algunas veces he escrito sobre él. En uno de mis artículos glosé lo que él relató de su desempeño como teniente de lanceros en la batalla de Omdurman, una de las acciones llevadas a cabo por el ejército británico en contra de una facción de fundamentalistas islámicos en el norte del Sudán.  Al recordar el peligro que corrió, escribió:  "En un respecto, una carga de caballería se parece mucho a la vida ordinaria.  Mientras uno está firmemente sentado en la silla, con dominio de la cabalgadura (...) bien armado y dispuesto, los adversarios se apartan.  Pero tan pronto como uno ha perdido un estribo, o le han cortado una rienda (...) de todas partes, los enemigos le saltan encima a uno".  Una gran verdad que podemos certificar la mayoría…

Todo este introito es para decirles que estoy releyendo por tercera o cuarta vez la “History of the English-Speaking Peoples” y me he encontrado con algunas frases que se adaptan muy bien a la circunstancia actual venezolana.  En una, Sir Winston cita a Santo Tomás Moro cuando este define “gobierno” —pero que también le cabe a “régimen”, que es lo que tenemos por aquí—: “la conspiración de unos hombres acaudalados que buscan su propio bienestar amparándose bajo el nombre y el título de pueblo”.  Claro que los mangantes criollos llegaron al poder sin recursos económicos; esos se los han procurado en estos diecisiete años de latrocinio descarado. ¿De dónde?, a ellos no les importa; les da lo mismo que sea de las bóvedas del Banco Central, de los negocios con bolichicos, de sus contactos con la narcoguerrilla y hasta —lo sospechábamos, pero solo ahora nos queda patente— desvalijando y matando buscadores de oro en Guayana.

Cuando narra la invasión escocesa a territorio inglés en tiempos de Charles I detalla que los invasores le cobraban al gobierno “…31 mil libras al mes más el costo de su equipamiento.  Un brillante prospecto se abría para las ambiciones de los escoceses.  Obtenían lo mejor de dos mundos: habían sido invitados a invadir a un país rico a las propias expensas de este”.  Si cambiamos “escoceses” por “cubanos” y le agregamos bastantes ceros a la derecha de la suma anterior, nos encontraremos con la realidad nuestra: por invitación de Boves II, un país menos rico, con menos población y con menos extensión territorial nos invadió y le pagamos (y le seguimos pagando) por convertirnos en colonia suya.  Desde las triangulaciones con la isla de todo lo que importa Venezuela, pasando por la entrega a los cubiches de cosas tan trascendentales como la identificación de personas y el registro de propiedades, hasta la bajada de pantalones de los altos mandos ante las órdenes impartidas por la gerontocracia, todo indica que los dos, en mala hora, últimos presidentes —el pitecántropo sabanetense y el bobo de nacionalidad ignota— regalaron la soberanía nacional.  “Soberanía”, una palabra con la que se llenan la bocota pero que con cada día que pasa la han hecho disminuir.  El adagio, con razón, predica: “dime de qué te jactas y yo te diré de qué careces.

Y cuando habla de Cromwell es cuando hace el retrato más parecido a lo que nos toca sufrir hoy: “Para el grueso de la población, su gobierno se exteriorizaba en la forma de innumerables y miserables pequeñas tiranías, y así llegó a ser aborrecido como ningún otro gobierno ha sido aborrecido en Inglaterra, antes o después (…) Una y otra vez se vio forzado a amenazar y a emplear el poder de la espada; por lo cual el gobierno, que buscaba ser una alternativa constitucional, (…) se convirtió, en la práctica, en una autocracia militar”.  Paro aquí, porque nada hay que añadir.  En estas últimas líneas se resume la tragedia venezolana…


Humberto Seijas Pittaluga
hacheseijaspe@gmail.com
@seijaspitt
Carabobo - Venezuela