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sábado, 30 de mayo de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, ATRAGANTADOS DE “INFORMACIÓN”

En medio de tanta información, el riesgo a desorientarse no siempre es una variable cuyo manejo depende de quien se interesa en tener algún conocimiento en torno al problema foco de interés. Estas situaciones, lucen bastante delicadas. No sólo por el peligro que implica cautivar la atención de personas carentes de la formación y conciencia necesaria para entender debidamente la información revelada. También, por el caos que puede generar si además, la información transcrita no es cierta. O peor aún, si encubre alguna intención capaz de deformar la realidad en cuestión. O que de otra forma, termina induciendo la otra cara del mismo problema. Y que es: la desinformación. 

Es inminente detenerse acá para examinar lo que se halla debajo de cualquier controvertida reseña o noticia contentiva de información dudosa o escandalosa. Y eso es posible, si y sólo sí se cuenta con el conocimiento necesario o suficiente para salir del atolladero. Casi siempre erigido adrede. Es precisamente el riesgo que se corre, una vez que dicha información ha seducido al lector con el “amarillismo” o “sensacionalismo propio que le confiere el manejo conspirativo de realidades desdibujadas con predeterminación. Ello, con el concurso de una alevosa inventiva que modifica noticias robadas o plagiadas para causar el impacto buscado con la saña necesaria. 

La dinámica social, política y económica que moviliza al mundo, contiene elementos  capaces de desfigurar o regenerar realidades. Sin embargo, esa intención no es fortuita. Es manipulada por intereses y necesidades que inducen en el ser humano razones necesarias para situarlo donde mejor convenga respecto de circunstancias oscurecidas a instancia de operadores malintencionados. O a condiciones que el fanatismo o incultura del mismo lector, puede ayudar a crear bajo el efecto de convicciones subjetivas. Y que terminan siendo causal del sometimiento que padece a consecuencia del bombardeo de cifras, noticias, declaraciones e incesantes desmentidos aprehendidos voluntaria o involuntariamente. Pero que quedan pululando en la subconsciencia hasta que se hacen conscientes. Y en adelante, motivan decisiones que pueden atentar contra libertades y derechos. Incluso, disposiciones capaces de transgredir emociones, sentimientos, y hasta la salud psíquica u orgánica. 

Es lo que resulta al desatender el peligro que encubre cuando la persona se ve atrapado entre los siniestros hilos de información retorcida. Quizás, por el manejo perverso de la noticia. O para atraer seguidores (ilusos) que puedan servir de “objetivo” de propósitos malsanos. Y la manera de sortear la trampa que refiere tan urdidos propósitos, es esforzándose en traducir lo que dicen los datos. Entender con la mejor exactitud, lo que hay tras la información que llega a manos del lector. Pues desde el otro lado del problema, ello habrá de convertirse en “desinformación calculada”. 

Aunque no es tan sencillo como parece. Más, si dicho problema se revisa de cara a la crisis provocada por la pandemia del SARS Co-2, o Convid-19. Una primera lectura, concluye que es un asunto de grueso análisis. Es ahí cuando, quien no está advertido del peligro que implica leer información aventurera, cae entonces prisionero de la misma. Se atraganta con la información enviada de cuanto entorno existe. Tanto que ni siquiera vomitándola, puede atenuar tan pesado estado de males. 

A pesar de la presencia de organizaciones que buscan enfrentar el desafío que compromete la desinformación que con base en la exagerada información que cursa por las redes sociales, las mentiras o “fake news” causan serios problemas. Problemas que afectan procesos de educación dirigidos a concienciar las implicaciones del coronado virus. 

Las pérfidas mentiras que copan las rutas de la información digital, superan cantidades nada modestas. La falsedad en complicidad con la exageración, cunde los canales informativos lo cual pareciera un objetivo radiado con total animadversión. O en línea con cualquier idea que apueste a desbalancear al mundo en aras de un subdesarrollo propio del más horrendo y diabólico inframundo. 

Todo esto ha obligado a que el mundo se volqué en la búsqueda de un equilibrio. De una medida que establezca una realidad cónsona con el resguardo fehaciente de la salud, de los derechos fundamentales, los derechos individuales y de garantías que permitan vivir al amparo de las anuencias de realidades en el contexto de las tecnologías de la información y de la comunicación. Del disfrute de servicios públicos que favorezcan derechos humanos. Del estimulo de profundos valores morales. Es lo que se persigue y que califica con la denominación de “nueva normalidad”. O “nuevas realidades”. 

Lo contrario, sin duda, será consecuencia de un colectivo imbuido en un mundo sordo. Aunque sin duda, transitorio. Pero un mundo, cuyos episodios versarán sobre eventos que solamente estarán enfocados a colapsar realidades con el auxilio perverso de información desfigurada. O en contradicción con libertades y derechos que corresponde a tan valiosa materia. O sea que de seguir por esa vía de la mentira informativa o exagerada, las realidades tenderían a generar estados de hechos protagonizados por individuos atragantados de “información”.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

sábado, 9 de mayo de 2020

MIBELIS ACEVEDO DONÍS, TODA LA VERDAD…

“The truth? You can´t handle the truth!”: “tú no eres capaz de manejar la verdad”, espeta el general Jessep a su tenaz acusador en “A few good men”, la célebre película de Rob Reiner inspirada en la obra de Aaron Sorkin. La áspera escena nos recuerda que también en el terreno político, la construcción y gestión de esa verdad que por definición afecta a todos, que invocaría nuestro amplio consenso, nunca es tarea leve, nunca deja indemnes todas las fibras que está obligada a tocar. No en balde Hannah Arendt decía que la verdad y la política “nunca se llevaron demasiado bien”; y la tensión entre el dato fáctico y la opinión que eventualmente surge para desfigurarlo o usufructuarlo (algo que la virtualidad ha exacerbado de manera preocupante) es un síntoma de esa fatigosa relación.

De allí que el pensamiento que pretenda desvincularse de una doxa imperante, hegemónica; esa postura que explora la duda razonable, atada al referente que sólo puede brindar la “verdad de hecho”, resulte a menudo incómoda, intraficable, incluso amenazante para muchos. La tiranía de la posverdad que habilitan las redes vuelve esto muy evidente: pobre de aquel que ose cuestionar representaciones sociales más o menos extendidas, pues arderá en la hoguera de los enfebrecidos algoritmos que marcan tendencia y desacreditan voces sin importar cuanta auctoritas hayan desplegado hasta entonces.

El fenómeno no es reciente, sin embargo. La historia de la propia Arendt da fe de tan penosa, humana cortedad. De ella -mujer, judía, expatriada- algunos esperaron en su momento que diseccionase la realidad política desde su personalísima condición, no desde su posición de filósofa, investigadora y catedrática. La oportunidad que le brinda el juicio a Eichmann para afinar su visión acerca de la cualidad de la participación de burócratas como el mismo acusado en el mantenimiento del horror totalitario, la confronta con cierta intelectualidad herida y hostil que, tildándola incluso de antisemita, desmereció su teoría de la banalidad del mal; planteamiento que, según afirmaban los censores, exculpaba al verdugo nazi. He allí un episodio que la película de Margarethe von Trotta (2012), por cierto, retrata con punzantes aciertos.

Lo cierto es que Arendt no sólo se limita, con curiosidad implacable, a dilucidar las señas del mal consumado no por una suerte de Mefistósfeles encarnado, sino más bien por un ser mediocre, un “Mitläufer”, una persona insignificante que seducida por la idea de ser parte de algo mucho mayor, deja de pensar, de cuestionar; y renuncia con ello a la singularidad de su humanidad. Esa mirada penetrante que re-conoce al predador hablante (Freud dixit) abarca también las rebatibles acciones de los líderes judíos durante el Holocausto. He allí un atrevimiento que le valió a la filósofa toda clase de reproches por parte de una comunidad a la que pertenecía y no (“nunca he amado a ningún pueblo ni a ninguna colectividad… la única clase de amor que conozco y en la que creo es el amor a las personas”, escribió a su amigo Gershom Scholem, resuelta a no dejarse tragar por nociones tan abstractas como invalidantes). “Arrogante”, “insensible”, “ignorante”, “traidora”, así la calificaron personas que, en algunos casos, ni siquiera habían leído su obra. Paradójicamente, la idea de que dar la espalda a la verdad podría ser vía hacia la anulación del discernimiento, era de algún modo recreada por su propia experiencia.

Otro tanto ocurre en un exasperado mundo, escamoteado por la posverdad. Y ocurre en Venezuela, donde la opinión aparece peleada por momentos con ese dato “que no logramos cambiar”; donde estudiosos, académicos, analistas, al intentar apartar afectos y prejuicios para entender –no perdonar, no inculpar- la índole de ciertos fenómenos, son atacados por quienes esperan que la incursión en el análisis tome partido o responda a las anchuras exactas del dolor, la furia, la propia y descosida expectativa. Ese camino, el de la negación de esa dimensión epistémica de la democracia que sólo surge de la deliberación y la duda; el de la degradación sistemática de la verdad y no sólo su ocultamiento es lo que, según Arendt, provoca los mayores daños a la esfera de lo público.

Contrario a la “parresía” de los griegos (esto es, “decir todo”, hablar con franqueza y sin miedo) un espacio público distorsionado por la anomalía estructural con la que trajinamos desde hace años y la fractura tenaz que al mismo tiempo quita fuelle a las fuerzas democráticas, luce doblemente lesivo. En virtud de una censura “tolerable”, que, según se afirma, buscaría proteger ciertos activos, atreverse a hacer preguntas, tratar de desentrañar la verdad, pensar a partir del dato duro para dotar de sólido esqueleto a la opinión parece entonces una tarea temeraria. Mala cosa: pues sabemos que cuando el silencio auto-impuesto se vuelve parte del protocolo de supervivencia, poco podría faltar para abrazar la mentira organizada, para justificarla plenamente.

¿Quién traiciona a qué, en ese caso? ¿Son más peligrosos los que aceptando el peso de la evidencia se atreven a auscultar su impacto y alertan sobre posibles amenazas, o los que piden atenuar su percepción para que se ajuste al interés de un grupo, para que ese conocimiento no ponga en tela de juicio a la autoridad? ¿Quiénes aportan mayores y mejores recursos a la hora de comprender y transformar la realidad de forma efectiva; quiénes obstaculizan esa vigorosa comprensión al abogar por el “disimulo necesario”? ¿Cómo cambiar lo que nos mortifica -esta crisis que compromete la economía, la infraestructura, la institucionalidad, la solvencia y credibilidad del liderazgo, la vida de las personas- si se parte de la idea de que gestionar la verdad, toda la verdad (al menos esa que nos afecta) no es tarea que incumba a los ciudadanos?

Mibelis Acevedo D.
mibelis@hotmail.com
@Mibelis

lunes, 27 de abril de 2020

CAROLINA JAIMES BRANGER, DESDE LA PENUMBRA, HACIA LA PENURIA

Imposible no recordar a mi querido Manuel Caballero cuando decía que el régimen de Chávez era como un hilo dental: todos querían que se cayera, y nadie entendía cómo se sostenía. Algo así –aún peor- sigue sucediendo con el de Maduro. Pero la táctica que los ha mantenido en el poder ha sido la misma cubana: comprar a unos militares, sembrarles miedo a otros, usar el terror como herramienta sicológica y luego de hipnotizar a la mayoría de la población con dádivas, llevarlos a un estado de supervivencia del que surgir es imposible. Menos todavía, insurgir.

Mientras, mantienen a lo que queda de clase media en un constante bombardeo de rumores, al margen de la situación real del país. Que si a Cilia Flores le dio un ACV, que si Lacava se suicidó, que si Maduro dijo otra..., que si la maestra de VTV es una ignorante, y ellos, solazándose en la miseria del pueblo, hacen lo que les da la gana.

Los regímenes como el venezolano se mantienen porque operan desde la penumbra hacia la penuria. Todo lo que hacen es oscuro, retorcido. No dan puntada sin dedal. No son torpes, no son tontos, como muchos todavía creen. Son malos, malísimos. E inteligentes, pero con una inteligencia orientada hacia la perversidad. Tienen alianzas con toda la maldad del mundo y hacen uso de ellas a su conveniencia. Hasta hoy no he encontrado la razón de qué cosa tan terrible le ha podido suceder a ese grupo de personas para que odien tanto a un pueblo. Porque no es odio a los ricos, como han dicho en su prédica de Robin Hoods (si así fuera tendrían que odiarse ellos mismos): es odio hacia los más pobres, pues el mecate siempre se revienta por su lado más débil.

Yo estoy muy preocupada por lo que pueda pasar en Venezuela. No sabemos cuántas personas infectadas hay realmente, y aunque fueran las que dicen, no hay capacidad para hacerle frente al virus, porque el sistema de salud público está destrozado. Exigen que las personas se queden en sus casas, cuando la mayoría depende del ingreso diario para hacer la única comida del día. Exigen también que se usen mascarillas y guantes, cuando una sola mascarilla, de las que sirven, cuesta dos sueldos mínimos. Ni hablar del par de guantes. El hambre está haciendo de las suyas. Los saqueos son cada vez más frecuentes. Las víctimas inocentes, quienes honestamente manejan abastos y mercados, y quienes no podrán comprar en ellos después de los destrozos. Maduro vocifera que no permitirá especulaciones, pero la realidad es que la mayoría de los negocios de comida que especulan, son de militares y afectos a su régimen. Cuando se acaben los alimentos, saquearán casas. Y es que el hambre se está llevando más gente que el coronavirus. Y si mencionamos la inseguridad, los números son mayores. En Venezuela las muertes no llevan como causa el coronavirus. Las muertes son producto de un régimen sin escrúpulos, que hará todo lo posible para mantenerse en el poder, porque no tiene otra alternativa. Y si no se las damos, como por ejemplo las que propuso el subsecretario de Estado Abrams, seguiremos en esta penuria, cada vez mayor, bajo una penumbra donde ya no existe sol.

Carolina Jaimes Branger
carolinajaimesbranger@gmail.com
@cjaimesb
@ElUniversal