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domingo, 6 de marzo de 2022

ANTONIO JOSÉ MONAGAS: LA ÚLTIMA CLASE DEL DR. MONAGAS

(In memoriam de José Miguel Monagas, mi padre)

Para el maestro que vive su magisterio tanto como vive su vida, ninguna clase debe relegarse de una visión que haga ver el mundo no tanto como es hoy. Sino como será mañana. Este criterio, que guió la acción docente del extinto educador José Miguel Monagas, supuso la necesidad de concienciar en el alumno la libertad como condición y derecho para desarrollar las iniciativas que desde la creatividad pueden construir.

Esa es la base de lo que doctrinas educacionales, expuestas en la década de los sesenta del siglo XX, motivaron múltiples praxis docentes. Todas dirigidas a exhortar formas de enseñanza fundamentadas en el axioma “aprender aprendiendo”. Lo cual luce complementado por el pensamiento del filósofo y matemático griego, Pitágoras, cuando expresaba que “educar no es dar carrera para vivir. Sino templar el alma para las dificultades de la vida”

Justo en esa dirección, apunta la pedagogía. Aunque el problema que muchas veces traba el trabajo docente, tiene su explicación en la resistencia cultural cuando actúa conciliada con el carácter ortodoxo de procesos educacionales que sólo plantean y exigen que el alumno comprenda algo desconocido para él. Cuando debe ser lo contrario. O sea, hacer del estudiante alguien distinto. Alguien que hasta ese momento, no existía.

Motivado por esa línea metodológica, José Miguel Monagas, cultivaba y animaba las virtudes de sus alumnos cuales flores de un jardín. Del jardín de educandos que siempre tuvo ante sí. Cual espléndido y augusto jardinero. Para eso se había formado como Maestro de Educación Primaria Urbana, graduado en Junio de 1949, en la Escuela Normal de Cumaná. Luego, en 1957, como abogado y doctor en Derecho, por la Universidad de Los Andes. Por eso, entregó su vida al magisterio en todos los niveles del proceso enseñanza-aprendizaje. Aunque también, se valió de estar preparado como periodista y líder sindical y gremial. Por consiguiente, se dio en alma, vida y corazón a la educación con la sublime motivación de formar hombres y mujeres de bien para la Patria grande.

Sus clases, constituían disertaciones magistrales que convocaban la reunión de personas con distintas ocupaciones y oficios. Y venidas con el entusiasmo que despierta el discurso de quien sabe hacer y sentir la educación.

Esa figura admirada y respetada por tantos, era el Dr. José Miguel Monagas, quien se honraba sobremanera cuando de él se referían como el Maestro Monagas.

Sus clases, aunque centradas en teoría educativa, o en Filosofía de la Educación, apostaban a debatir sobre Deontología de la Honestidad y Pedagogía de la Dignidad. Para ello, debía pasearse por los idearios de insignes estudiosos de la Educación como Simón Rodríguez, Paulo Freire, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Lev Vygotsky, Jean Piaget, J.J.Rousseau, Ángel Rosenblat y Orlando Albornoz, entre otros.

Explicaba que si bien el hombre es un animal político, tal como lo definió Aristóteles, era igualmente sujeto de la Economía, de la Matemática y de la Geografía. Sólo que cualquiera de tan extensas disciplinas, debían su desarrollo a la Educación. Pues en la Educación, residen los recursos, razones, elementos y condiciones sobre las cuales se erige cualquier axioma, postulado o verdad que la consolidación y afianzamiento de las ciencias y artes, brinda en aras del progreso humano. Y de la vida misma.

Enfatizaba con suma constancia que hay dos poderes en este mundo que cimientan o resquebrajan la continuidad de la vida. Y eran el de la espada (o de las armas). Y el poder de la pluma (o el de la educación dirigida a sembrar el conocimiento). Quizás por ello, las tiranías le temen a los libros, tanto como al pensamiento creativo a partir del cual se formaliza, desarrolla y asegura el saber.

Al mismo tiempo, sus clases eran marco para que los asistentes forjaran constructos que validaran la importancia de cuantos proyectos de vida perfilaban ideas y esperanzas.

Aunque nada tan profundo como fue su última clase magistral, dictada en febrero de 1986 en el auditórium de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes, Para la misma, entre los asistentes destacaban autoridades rectorales y decanales universitarias. Además, distinguidos académicos. Un portentoso estudiantado convertido en magno cuerpo universitario, sumado a familiares, amigos e interesados en escuchar las hondas palabras del Maestro Dr. Monagas que invitaban a reflexiones de conciencia y causa .

El Maestro José Miguel, afincado en un verbo que llegaba a los parajes más recónditos del alma y la razón, decía: “debemos asegurarnos de trazar un nuevo mapa entre nosotros, porque es posible que no volvamos a tocar lo que hemos guardado en nuestros afectos y recuerdos. Y que por descuido o desidia, pudimos haber perdido sin entender la ocasión que provocaron las respectivas pérdidas”

“A veces, es necesario dejar atrás impulsos o intereses pues aunque pueden tenerse cerca, comienzan a sentirse lejanos. Eso es un problema de vida. Y su solución, amerita ser de nuevo uno mismo. O sea, quienes en el fondo somos. Y que en principio, compartimos esas luces que hoy se hallan distanciadas de nosotros. Pero tan conmovedora situación, la explica el hecho de habernos convertido en seres incómodamente previsibles. Como el vuelo de las aves hacia el sur con ese pronóstico de terribles injusticias que todos vemos y nadie soluciona”

Seguía el Dr. Monagas estremeciendo sentimientos toda vez que expresaba: “quizás, necesito irme para estar de nuevo entre ustedes. Al igual que ustedes necesitan mi ausencia para aprender a encauzar la vida desde el sentido de la Educación como canal profundo de análisis y reflexión. Estos es como marcharse para entonces comprender la necesidad de devolvernos a la vida. Pero con nuevas y mejores ideas que sean capaces de recoger lo que en el camino fuimos dejando”.

Así fue despidiéndose José Miguel Monagas, como quien va achicando agua del barco que se hunde. Pero con la certeza que lo imposible sea lo posible de los tiempos por venir. Con palabras que sacudían sentimientos y emociones, apuntaban a emotivos significados. Hace treinta y cinco años, la Mérida universitaria fue testigo de tan especial y magistral discurso. Así se dio la última clase del Dr. Monagas.

Antonio José Monagas 
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Venezuela

domingo, 13 de septiembre de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, UNA DISCUSIÓN POR LA LIBERTAD

La libertad no es sólo un estado de bienestar humano. También, es un proceso de implicaciones que toca intereses y necesidades. Y desde los cuales, se movilizan organizaciones e instituciones que le imprimen forma, sentido y esencia al país que circunscribe al hombre político. Asimismo, al hombre económico y al hombre social como ser racional. Como ser inteligente. Como ser de respeto en ámbitos donde impere la tolerancia, solidaridad, dignidad y la verdad. 

La libertad debe considerarse como la conjugación de actitudes frente al abanico de posibilidades que tiene todo individuo en procura de su proyecto de vida. Es decir, del proyecto de vida conveniente a su pensamiento y desempeño en el fragor de la sociedad. Razón le sobró al poeta español, Ramón de Campoamor, cuando expresó que “la libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe”. 

La libertad, debe enfocarse partiendo de esta perspectiva. Lo contrario, sería caer en un saco de vacuas explicaciones que no llevan a destino alguno. Aunque con abundancia se ha escrito y dicho sobre tan trascendente concepto. Sólo que no muchos lo comprenden. Menos, lo asumen como criterio de ejercicio político-gubernamental. Y hasta de vida personal. 

Interpretando a Otto Von Bismark, político alemán del siglo XIX, hay quienes como él aseguran que la libertad es un lujo que no todos pueden darse. Sin embargo, de cara a esta disertación, conviene considerar que, como valor, la libertad encierra sólo lo que su praxis es capaz de dispensar. Afirmar  que el hombre ha nacido libre, no necesariamente deja ver que la libertad habrá de ampararlo en el curso de su vida.  

Es ahí cuando la libertad debe entenderse desde otros enfoques. Aquellos que sitúan su importancia más allá de las contingencias de la política, de la economía y de la sociología. No obstante, su importancia se halla cuando las realidades se prestan a dotar al hombre de las condiciones que han de permitirle una vida exenta de cadenas. Justo, es la razón que le endosa la justicia a la cual se supedita como ejercicio de vida.  

Por eso, a decir del escritor y periodista mexicano Carlos Fuentes, “la libertad no existe, sino es su búsqueda. Y esa búsqueda, es la que hace libre al hombre”. Precisamente, en virtud de lo que esa búsqueda compromete, es por lo que el mundo se convirtió, literalmente, en un campo de batalla. Batalla ésta que no sólo ha requerido de recursos bélicos. También, se ha visto apuntalada en la palabra dirigida a excluir y, al mismo tiempo, a exaltar realidades primadas por valores de igualdad, tolerancia, solidaridad y responsabilidad.  

Es entonces que luego de ver tanta agua correr hacia el mar, resulta perturbador dar cuenta de situaciones contradictorias. Situaciones precedidas y presididas por causas tendentes a frenar y trastornar la libertad como derecho humano que en esencia es. Las mismas, particularmente apremiadas por la mezquindad de sistemas de gobiernos obtusos. En manos de resentidos, egoístas  e individuos de pensamiento retrógrado. 

Ha sido una cruda pelea entre la luz y la oscuridad bajo la cual, muchos gobernantes, han pretendido encerrar las libertades. El mismo Simón Bolívar, manifestó en sus históricas correspondencias, su apego a las libertades. Su discusión por la libertad, le distinguió como hombre ganado a la institucionalidad establecida por las libertades. A pesar de las dificultades que engendra mantenerlas por encima de las tiranías. Lo contrario, conjuraba cultivar un país de esclavos. O sea, una sociedad que podía prestarse a fungir de cómplice de toda usurpación, para vivir hundida en la miseria.  

La libertad, aunque sumergida en las más urdidas condiciones de penuria política, económica o social, siempre se caracterizará por su vehemencia. Una razón que sólo puede brindarle su interpretación ante los hechos que la acosan. Y buscan someterla.  

Por eso, las realidades apuestan a que su valor siga concibiéndose en terrenos en los que adquiere sentido su naturaleza epistemológica y fáctica. De ahí que debe haber siempre lugar para reivindicarla en todas sus dimensiones. Por eso bien vale dar o invitar a una discusión por la libertad. 

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

domingo, 6 de septiembre de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, ¿QUÉ OCULTA LA “CUARENTENA”?

La política siempre encuentra el mejor pretexto para encubrir razones cuyas tramoyas resultan inconvenientes a la luz de la verdad. De ahí se dice que la política subsiste en la hipocresía, pues en su fondo cabe la mentira disfrazada de verdad. Por eso, el disimulo es para la política como la maldad a la crueldad. Una sin la otra, no funcionan ya que ninguna consigue asidero alguno para arraigarse a suelo firme. Esto llevó a que la política se valiera de las circunstancias que pululan a su alrededor, para torcer las realidades a instancia de lo que ordenan sus amañados intereses. De ahí se deduce que lo que trastorna la moral, se desentiende de la política. Entonces cuesta entender que la moral y la política compartan un mismo espacio. 

Frente a este exordio, valdrá preguntarse: ¿acaso existe un modo de impedir que el desbocamiento de los necios anule el esfuerzo de los sensatos? Debe reconocerse que el ejercicio de la política coincide muchas veces con la actitud de cuanto loco pueda poner en práctica su desvarío. La historia es fiel exponente de capítulos que ilustran tan contradictorios  episodios.  

Es ahí cuando por doquier, surgen teorías de conspiración. O hipótesis que buscan explicar dilemas que se suscitan al interior de cada acontecimiento. Aunque cabe dudar de la congruencia de sus hechos. O de la incoherencia del evento en cuestión. Justamente, es la situación que invita a revisar qué puede ocultar la “cuarentena” a la que se ha obligado padecer por causa de la irrupción del Convid-19. Sobre todo, luego de haber superado 300 días de confinamiento. De una reclusión, cuyas consecuencias no son del todo coincidentes con lo que en teoría ha pretendido determinar la correspondiente normativa. 

Habrá que iniciar el presente recorrido dialéctico, asintiendo que el mundo está transitando por momentos de profunda crisis. Quizás los más inseguros que contempla la historia universal. Y hasta contradictorios, pues son tiempos en que las tecnologías manifiestan haber avanzado tanto que casi todo puede ser controlado bajo su hegemonía. Sin embargo, según las realidades que azotan al mundo las circunstancias la atraparon. Todo el revuelo suscitado por la acción de una microscópica entidad libre, resistente e inteligente, lo ha demostrado. Más, al observar que la indolencia del virus no se compadece de nadie. 

¿Sospechas disimuladas? 

A todas estas, muchas conjeturas se han establecido buscando una explicación que convenza acerca de las razones que han determinado el impacto de esta crisis médica y sanitaria que tiene sometido al planeta. Desde las planteadas con base en argumentos políticos, hasta las que han sido concebidas al amparo de la economía. Todas, con ínfulas de prepotencia y desmesurado salvajismo. Aunque también, otras presunciones que devienen de interpretaciones sociológicas dada la gruesa crisis social que antecede la emergencia del virus coronado 19.  

En fin, es factible pensar que la “cuarentena” en curso pueda esconder razones que inciten su incidencia. Sin que las mismas sean capaces de disuadir sospechas de que no son del todo cándidas. Tal como muchos buscan hacer verlas para entonces hacerlas creíbles. Incluso, convertidas en causas susceptibles de legalizarse. 

En eso, la geopolítica juega un tanto como presunto cómplice del “obligatorio” aislamiento. Particularmente, cuando es acusado el orden económico mundial de estar avivando un proceso de cambio inducido por la naturaleza de problemas que padece la administración y planificación financiera que movilizan al planeta.  

En el contexto de estos avatares, se ha producido una competitividad tan letal que la consabida rivalidad azuzó conflictos de los cuales no pudieron escapar muchas de ellas. Es lo que refieren distintos señalamientos asentados en esa onda de preocupaciones. 

Esta situación, propia de una economía azarosamente imperfecta, acentuó el desequilibrio económico lo cual urdió a que, en el plano de la pandemia, millares de trabajadores se vieran despedidos. Producto directo de la quiebra de miles de empresas a nivel mundial. De manera que, en primera instancia, vale inferir que lo de la “cuarentena” ha sido una jugada maestra, peligrosa en demasía. Pero que derivó de la necesidad de corregir fracturas que han venido afectando el orden económico sobre el cual se movilizan las finanzas generadas por los principales agentes de la economía a nivel mundial. Desde luego, tan dura jugada implicó el encerramiento social. Pues sólo así, ha sido posible sujetar la respectiva dinámica a cálculos más cercanos y depurados de lo que las realidades en proceso de conciliación, han exigido.  

La crisis del Convid-19 

La crisis del actual Coronavirus, hizo transparente el cuadro de las finanzas mundiales. Y que según la Ley del Caos, activar apenas una fracción en un lugar cualquiera del planeta, por recóndito que sea, causa una importante sacudida financiera sobre el resto. Así que tan aguda conmoción, debía ser analizada en términos de los equilibrios que cimentan el terreno de la economía. Por consiguiente, había que reflotar la crisis administrativa que venía desestabilizando no sólo bastiones industriales y reductos económicos. Igualmente, afectando gobiernos confiscados por impresionantes deudas externas casi a punto de asfixiar economías regionales. Especialmente, aquellas de delicada salud financiera.  

El único flanco que se suponía iba a desmoronarse, era el formado por las clases sociales más desposeídas. Incluso, por la clase media dado el momento en que la crisis comenzara a repuntar en términos sanitarios. Por supuesto, todas aquellas concentraciones de personas que caldeaban ánimos en contra de tan drástica jugada de la economía internacional, había que reducirla. Para ello, debían ser inhabilitadas atendiendo su capacidad de protesta. Igualmente, evitando que se congregara. Más, cuando no había garantía alguna de minimizar los efectos del virus. Por eso, quedaron suspendidas las Olimpíadas en Japón.  Así como se ordenó el cierre de las escuelas en todo el mundo. El zarandeo generado por la emergencia del virus, fue de grado superlativo. 

Aunque irrumpió otra crisis de largo alcance. Fue la crisis de la salud o sanitaria. Desde el mismo momento en que la incidencia del virus comenzó a hacer estragos poniendo en aprieto la capacidad de los establecimientos hospitalarios ante la avalancha de contagiados. Por tanto, muchos gobiernos suspendieron algunas garantías y libertades que sirvieron de razones para protestar la falta de mesura de las medidas groseramente implantadas. 

Es atroz advertir la cantidad de gobiernos que se han aprovechado de la situación engendrada por la pandemia para abusar de un poder político que cada día pareciera volverse más efímero. Sobre todo, en medio de realidades políticas con herencias de democracia. Esos regímenes, han visto en la situación oportunidades para acentuar la represión, la persecución, el hostigamiento y la intimidación. Del fragor de este conjunto de perversidades, han recrudecido el hambre, la violencia y la inseguridad. Fundamentalmente, al lado de valores morales y políticos que se han visto mermados por la misma causa. Es el caso de la confianza, la tolerancia, la solidaridad, la hospitalidad, el pluralismo y la ética. Incluso, la verdad.  

El mundo en poco tiempo, habrá variado su esquema para conducirse entre los desmanes que se conocían. Y que la economía y la política se convirtieron en terrenos de libre albedrío desde los cuales se hizo fácil operar en ventaja con la impudicia e impunidad que les permitió la corrupción, la inmoralidad y el poder. Es posible que algo de esto siga estando entre los criterios para imponer la fuerza de quien la posea ante cualquier coyuntura posible. 

De manera que no es difícil advertir nuevos problemas que buscarán disfrazarse con mascarillas de material quirúrgico. No es tan complicado dar cuenta que, en verdad, hay razones encubiertas en el zanjón de la pandemia. Aunque haya disimulo en el ámbito de esos problemas, en el fondo de las razones es posible dar con la incidencia de la pandemia. Sabiendo que delante de todo, se encubría una mentira evidente. Y detrás, una verdad incomprensible. Aún así será posible saber ¿qué oculta la “cuarentena”?

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

viernes, 28 de agosto de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, EL ESTADO “IMPROPIO”

El Estado es una categoría sociopolítica y político-jurídica. Su caracterización es tan vasta, que suele confundirse con acepciones distanciadas de especificidades que sólo tienen cabida en el contexto bajo el cual su concepto adquiere sentido, magnitud y resonancia. La teoría política, lo refiere como una organización política. Aún cuando basado en una institucionalidad creada a instancia de un proyecto ideológico, el Estado se hace de un poder mediante el cual se plantea objetivos específicos. Así se tiene, la sustentación de intereses que concilien necesidades sociales con recursos económicos.  

La teoría social, aferrada al mismo principio, le imprime importancia a la presencia de una comunidad humana. Tanto, que su permanencia en un territorio y apegado a una cultura común, le otorga derechos y libertades de los que se vale para legitimar una personalidad colectiva con la cual identifica sus demandas ante la burocracia correspondiente. 

La teoría económica, así como otras ciencias de flexible análisis, traza un concepto de Estado que se encuadre con sus visiones de situaciones en estudio. Así que difícilmente, puede destacarse un concepto de Estado que luzca complaciente con las distintas teorías. Sin embargo tal profusión conceptual, es algo perturbadora al momento de sincronizar una idea o propuesta, con una realidad específica. Claro, desde la perspectiva de una teoría científica en particular. 

No obstante, aparece otro problema cuando se monopoliza la utilización del concepto de Estado. Tiene que ver con la ideología que fundamenta el proyecto de gobierno del cual se sirve la burocracia estatal para justificar sus ejecutorias. Sobre todo, cuando se viven períodos definidos por crisis de ideologías y crisis de sociedad.  

Cada ideología fija un concepto de Estado. Ello, en función de la disposición que maneja en beneficio de sus intereses y necesidades. En consecuencia, la gestión gubernamental se acoge a un tipo de Estado sujeto al sistema político, económico o social seguido. Sien embargo, se definen según la representatividad del poder político que detentan. O según la distribución territorial del poder manejado. Por ejemplo, se habla de Estado de Bienestar, y Estado democrático y social de Derecho y de Justicia. También, se atiene a formas pervertidas de gobiernos. Surge entonces el Estado dictatorial, totalitario, autoritario, hegemónico, liberal, entre otros.  

Asimismo, se menciona el Estado forajido, el fraudulento, el delincuente, el narco-Estado. De estos, derivan aquellos que no persiguen el bien común. Aparece el Estado fallido, el Estado profundo, el Estado invertido y el Estado “impropio”, el cual constituye la razón de esta disertación. 

Un concepto que desnuda la traición 

El Estado “impropio”, es un concepto que se aparta de cualquier convencionalismo que tipifique al Estado no según su forma de ejercer el gobierno. Mucho menos, atendiendo el manejo del poder político. Tampoco, visualizándolo como institución que centraliza el uso de la fuerza legítima a fin de evitar exasperaciones que pongan en riesgo su supremacía jurídico-política.  

El Estado “impropio” es aquella organización que, valiéndose del poder que detenta a través de variados organismos de autoridad y contención de libertades mediante la represión, actúa a instancia de intereses que no precisa. Encubiertos ideológicamente. Sobre todo, por aprovecharse de cuanta coyuntura le permita enquistarse en el poder. No sólo sin medir sus alcances. Igual, valiéndose de toda contingencia que pueda convertirla en justificación de su proceder. Indistintamente, esté apegada a la ley. O porque pueda ajustarlas a su entera conveniencia. 

El Estado “impropio” se atavía de aparato jurídico-político e ideológico, para abusar de condiciones que transforma en groseras atribuciones. Así actúa asumiendo de modo impositivo, funciones de gobierno autoritario, despótico y arbitrario.  

El Estado “impropio” se hace de tanta impunidad, procacidad y desvergüenza, que vulgariza sus decisiones al dejar de lado la corresponsabilidad republicana le infunde el Derecho y la Justicia. Por tanto, desconoce el sentido como Estado que brinda la ciencia política. Se reduce a una insulsa coalición geopolítica, interesada en negocios oscuros que le reditúan beneficios operados al libre albedrío. O al margen de la institucionalidad y constitucionalidad.   

El Estado “impropio”, improcedente en todos los sentidos, pierde de vista valores que exaltan derechos fundamentales, principios, y deberes. Se desvía del ejercicio de la política en su concepción más equitativa. Su imagen se circunscribe a un retorcido oficio de “negociante intrigante”. Además, deliberado y traidor. Luce una estampa desatinada. Sólo muestra lo ruin que llega a ser cuando su confabulado proceder, lo lleva a representar y ser lo más impúdico en el ejercicio de la política. O sea, el Estado “impropio”.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

sábado, 15 de agosto de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, CRISIS DE “CONCIENCIA”

Intentar pasearse por el fondo de una crisis política, no es tarea fácil. 

Compromete un serio análisis político y una profunda revisión de la narrativa y decisiones gubernamentales que evidencian el estilo de gobierno asumido. Así como de las situaciones que las mismas provocan. En principio, un estudio de tal naturaleza debe ser comparativo. Esto, a los fines de lograr una respuesta equitativa y demostrativa del alcance pretendido. Y desde luego, considerando el ámbito de capacidades y recursos. Tanto como de las insuficiencias entendidas como limitaciones del proceso de gobierno en cuestión. 

Es un ejercicio que asemeja hurgar una concavidad proclive de infectarse. O de traumatizarse a consecuencia de una herida infringida por elementos externos. Y que de ser este el caso de estudio, sin duda provocaría rechazo cuando se trate de indagar la causalidad del problema. Posiblemente, inducido por una precaria higiene sanitaria. O porque cada vez, la herida es cada vez más profunda y reincidente. 

Esta analogía vale así para facilitar la explicación que busca describir una crisis política generada por concepciones ideológicas recalcitrantes. Y que por desadaptadas que son las mismas, ocasionan graves desarreglos sociales, económicos y políticos. 

El socialismo, por ejemplo, es un ejemplo de cuantas equivocaciones derivan en situaciones colapsadas por una dinámica político-ideológica trastornada. Ni siquiera por ser una ideología importada, ha brindado el beneficio que, en su momento, presumió Marx. O por quienes de alguna forma, respaldaron postulados plegados a lo que fue determinado como la “dictadura del proletariado”. 

Las intenciones de aplicar lo que el materialismo dialéctico pretendió exponer, no alcanzó mayores espacios. Salvo los conquistados mediante amenazas, ultimátum e imposiciones mediadas por la violencia, el terror, el fuego de los fusiles y el calado de las bayonetas. Y aun cuando el tiempo coadyuvó a la moderación de su ejercicio, no podría desconocerse que la historia ha sido testigo de la crueldad bajo la cual, posteriores generaciones de “estafadores políticos”, se dieron a la precaria tarea de calcar el hecho “revolucionario”. Como excusa de aplicación del repulsivo “socialismo” en una gestión de (des)gobierno. 

Esto, en su intención de emerger como acontecimiento histórico y proceso político, sólo ha degenerado el concepto de política de su más virtuosa acepción. Sin embargo, las realidades han mostrado otra cosa. Cuestión nada alineada con lo que la ideología política revelada a través de la teoría marxista, pretendió transcribir. Contradicción cierta. 

En su fragor de patético cuño, desde el socialismo, es imposible dejar de lado la destrucción del pensamiento libre y de la opinión crítica, en principio aducida como estrategia de posible fecundidad. No obstante, el socialismo, como ideología, ha servido de mampara y trinchera a resentidos, vividores, advenedizos, fustigadores, furibundos, iracundos de todo espacio donde sus felonías cupieran o puedan caber. 

El mundo, indistintamente de la categorización geográfica bajo la cual calzan las naciones que lo integran, ha adoptado las ideologías que se correspondan con el entramado de cada historia, tradiciones y cultura. Algunas naciones adoptaron procesos políticos que modelaron el guión socialista sin advertir la condena que desgraciaría sus sociedades y funcionalidad administrativa. No entendieron que les pesaría adoptar el socialismo como sistema político y económico. No midieron las consecuencias que aquejarían su provenir. 

Algunas sociedades se vieron engañadas por el discurso populista que prometía el ascenso social y posicionamiento económico. Creyeron que con el menor esfuerzo y apostando al ejercicio de una adulación de inspiración al estilo medieval, la ciudadanía podría lograr sus distintos sueños de proyección personal o profesional. Tampoco comprendieron que dicho comportamiento social, perjudicaría a quienes lo asumirían. Resultados casi rayando la humillación e indignidad que la praxis socialista arrastra hacia abajo. 

El caso Venezuela 

La realidad venezolana, deplorablemente, es escenario de tan desvergonzado ejemplo. Y que viene mostrando a lo largo del tiempo transcurrido del siglo XXI. Precisamente, es la manifestación más fehaciente del mal llamado “socialismo del siglo XXI”. 

Apenas se agravó la situación de la Venezuela que se jactaba de la condición “petrolera” de la cual se ufanaba, la enfermedad de la “sumisión subyugante” afloró y acentuó sus efectos de perversión y humillación. Aunque quizás entre los más perniciosos y lacerantes, son aquellos generados por un socialismo de mal infundio. Además, plagiado y plagado de imprecisiones. Remedo del peor. Tanto que animó la población ilusa, a “festejar” con la mayor impudicia, ruindad y desvergüenza, la miseria a la que condujo la aplicación del modelo político-ideológico en cuestión. 

La pobreza (desmedida), se convirtió en la excusa que mejor ha permitido al oprobioso e indolente régimen socialista venezolano, reprimir las protestas a las que tiene derecho expresar una sociedad que se volvió menesterosa. Pero que al mismo tiempo, el régimen se ha arrogado, “atribuciones” para controlarla y vigilar su movilidad. Al extremo, de postrarla para así repartir mendrugos en nombre de una “revolución” de sólo disfraz . 

Se ha rebasado una realidad dominada por una “incertidumbre de largo alcance”. No hay estrategia que perfile la salida (pacífica) a una crisis que es más que del tipo de dominación. Y otra crisis del tipo de acumulación. Es lo que resume la actual crisis que agobia no sólo a Venezuela, También, a distintas naciones del planeta. Es una crisis que implica el agotamiento del modelo de sociedad, tanto como del modelo de desarrollo seguido. O sea, una crisis sobre la cual el régimen pautó su andamiaje funcional con la idea de alterar la tendencia del desarrollo económico y social. Es decir, una crisis que cercena “el derecho a la libertad de conciencia y a manifestarla” (Del artículo 61 constitucional). En breves palabras: una crisis de “conciencia”.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

lunes, 10 de agosto de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, CRÓNICAS EN TIEMPOS SIN GASOLINA



El popular adagio que repite aquello que “cada cabeza es un mundo”, es casi una exhortación al pensamiento y actitud de cada quien. Pero también, es una apología a la individualidad. Hace ver que cada persona maneja su mundo de ideas y valores como un sistema tan completo compacto, que lo hace presumir bastarse a sí mismo. Aunque reza otro proverbio, que “nadie escarmienta en cabeza ajena”.


Sin embargo tan arrogante postura, acarrea no sólo imaginarios propios. También, aflicciones que se corresponden con el pasado de cada individuo. Pero al mismo tiempo, estimula expectativas, deseos o necesidades. Incluso, exigencias que pudieran rayar con situaciones problemáticas capaces de mantener en ascuas a la persona. Por eso, el hecho de vivir en un mundo presumido por cada quien, arroja contrariedades que necesitan descargarse. O bien para aliviar el peso de pensamientos difíciles de conllevar. O para salir impulsivamente a conocer y recorrer otros mundos. 

Este prefacio de que “cada cabeza es un mundo”, vale en el contexto que esta disertación busca explayar. Todo, en el terreno de entre tantas historias de vida que pudieran atestiguar los periplos que hacen de toda persona, protagonista de sus ideas. Sobre todo, cuando se reconoce que los mundos de los individuos se parecen mucho entre sí. Hay un denominador común entre ellos. Y es porque sus mundos son movidos por las mismas fuerzas gravitatorias pues las personas comparten episodios bajo el mismo cielo. 

De manera que no hay nadie que escape de tales casualidades o causalidades. Sean impulsadas por motivos psicológicos, espirituales o físicos. Y estas eventualidades, suelen comunicarse mientras se padecen los rigores de las traumáticas colas por gasolina a los que se somete todo venezolano (de a pie) a la hora de proveer a su vehículo de combustible. 

Cada historia, tiene carácter de una crónica con el perfil del mejor criterio periodístico. Pero no sólo por la diversidad de circunstancias que ocupan el mundo de cada conductor que busca surtir a su vehículo de las necesaria gasolina. Igualmente, porque luce casi como una necesidad de acostumbrada praxis. Es la analogía de proveerle a un motor de combustión interna, la chispa que impulsa su encendido. Así como la comunicación anima la vida. 

Cada quien con lo suyo

Las crónicas que pudieran transcribirse de los relatos de cada conductor venezolano mientras hace cola por gasolina, engrosarían cientos de volúmenes cuyas páginas revelarían un gran cuadro formado por crisis acumuladas. Y por crisis de nuevo cuño. Todas asfixian la población. Dichas crónicas revelarían problemas en pleno apogeo. Problemas de tipo existencial, cultural, social, pasional, económico, financiero, técnico, coyuntural y familiar. Y por supuesto, de razón política e ideológica. Afectas o contrarias al régimen. 

Crónicas todas expuestas a modo de confidencias. Aunque eximidas del riguroso protocolo confesional-religioso. Pero sí, muchas, dramatizadas, agrandadas o aminoradas. Muchas veces, apoyadas en la adulancia con el propósito de llamar la atención del vecino de la agotadora cola por gasolina. Otras crónicas, dispensadas en la solidaridad buscando la complicidad del vecino. Así le infundiría el aguante necesario al duro tiempo de espera. Otras, solicitando la resistencia necesaria para disfrazar el pesado tiempo de un matiz que alivie la angustia. 

Debajo de cada crónica, habrá de ocultarse serias incidencias indicadoras de la peor crisis que acosa al venezolano: la crisis de conciencia. Crisis ésta que arrastra una crisis de valores. A esta se le suma una crisis de cultura (política) y otra crisis de identidad y pertenencia. Y es porque se vive atrapado en un estado de conformidad que roza con la resignación de individuos para quienes no existe otra incitación distinta de la que impone , en muchos casos, el egoísmo y la envidia. 

En todo esto resalta la conjugación perfecta entre el hecho de ignorar el entorno bajo el cual circunscribe la indigencia cultural y mengua de moralidad, y la presunción de creerse con más derechos que los del otro. Es vivir la proximidad con personas con mundos distintos. Aquello de que “cada cabeza es un mundo”, es absolutamente cierto. Individuos con actitudes envalentonadas, irresponsables, eufóricas, vanidosas, eruditas, críticas, arrogantes, compasivas, serenas, soñadoras, curiosas, comunicativas, etc. Todos, adentrados en sus propios mundos. Sin embargo, bajo toda esta diversidad, persiste un denominador común representado por la angustia generada por la crítica situación que a todos afecta. 

En fin cada historia de vida, representa un caos que trasciende la noción de crisis. Caos éste o colapso que ni siquiera ha considerado la menor disquisición política. Por esta vía, podrían esbozarse criterios que expliquen el marasmo que supone un país sometido al yugo del socialismo del siglo XXI. Es el caso Venezuela. 

Cada crónica que pudiera escribirse, daría cuenta del pandemónium en que sumieron al país con excusas que, contrarias a su dictado, determinaron el desfalco político, económico y social. Y que transgredió la institucionalidad republicana. Cada crónica, cada relato, cada historia contada del tiempo que reduce toda posibilidad de capitalizar las capacidades y potencialidades del venezolano, simplemente simboliza el paroxismo de una realidad trágica. Esto es de recogerse, desde lo que pudieran contener innumerables e interesantes crónicas en tiempos sin gasolina. 

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

lunes, 3 de agosto de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, SIN RESPETO A LA PALABRA


Nada tiene la fuerza de la palabra. Sólo pronunciarla, le confiere una especie de magia. Una magia capaz de transformar lo que su vibración o longitud de onda, alcanza. Hay quienes dicen que la palabra es mágica. Incluso, para otros es peligrosa. La comparan con el filo de una espada por su letalidad. Cuando roza su objetivo, puede herir de muerte.

La poesía es su mejor medio para sublimar el espíritu. Para amalgamar sentimientos. Para exaltar emociones. Para exhortar pasiones.

Pero para la política, la palabra adquiere otro matiz. Tan distinto del abordado por la poesía, que se torna en elemento de coerción. En mecanismo de decisión. O en instrumento de acción. Sólo que en manos de quienes ejercen la política con la inmediatez del oficiante improvisado o ansioso de poder, la palabra pierde su virtud liberadora y justiciera. Así se convierte en razón que encadena al hombre a consideraciones falseadas. Igual, le sirve de cómplice de cuanta represión es ordenada.

El problema que expone la política desde la perspectiva que le ofrece la palabra, fue debidamente explicado por Demóstenes, uno de los oradores más prominentes de la Grecia antigua. Manifestaba que “debía ser propio de todo buen ciudadano, preferir las palabras que salvan a las palabras que gustan”. Un perfecto concepto de oratoria política.

Precisamente, acá radica el problema que envuelve a la política en un manto de perturbadora ambigüedad. El populismo, es la mejor demostración de una narrativa que manipula, antes de ser mecanismo de construcción. Sin embargo, la historia política ya había demostrado la realidad bajo la cual se halla soterrado dicho problema.

La doctrina marxista, es reflejo vehemente del carácter maniobrero con el cual se manejó la palabra. El Manifiesto del Partido Comunista, por ejemplo, sirvió de terreno dialéctico al proyecto político publicado en 1848 con el propósito de arrebatarle el terreno al incipiente capitalismo de entonces.

El marxismo es un caso de gruesa tragedia dialéctica que embadurnó de compromisos y condiciones que nunca fueron de posible o factible realización. Particularmente dado los intríngulis que, alrededor de las susodichas realidades se mantenían apegados a cerradas posturas políticas propias de los siglos XV, XVI, XVII , XVIII y XIX. Incluso, el siglo XX fue tramado por la incidencia de criterios marxistas que resultaron complotados a causa de las mismas circunstancias dominantes.

Las tendencias que primaron la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, han sido calcadas de prácticas pusilánimes pero fuertemente cargadas de resentimientos acaecidas en medio de fértiles terrenos ideológicos inspirados en las imprecisiones del marxismo. De un marxismo que partió de consideraciones cuyas ambigüedades hicieron que se establecieran criterios políticos bastante libres de interpretación.

Tan crasos fueron los problemas que esto ha ocasionado, que a estas alturas del tiempo (entrada la tercera década del siglo XXI) siguen siendo diatribas recurrentes. Pero generadas por imprecisiones y carencias contenidas por la doctrina marxista.

Venezuela, no escapó de tales arremetidas. Y lo peor de todo, es que las mismas han sido promovidas por el militarismo campante. En su convulsiva asociación con un civilismo ramplón, elemental y fanfarrón. De ahí que el proyecto político asumido como plantilla de la gestión gubernamental ejercida desde 1999, ha estado signado por el patético concepto expuesto bajo la relación “cívico-militar” de la cual se ha servido para actuar al margen de la palabra.

No ha habido palabra marcada por el respeto hacia la institucionalidad pautada constitucionalmente. Tampoco, por la palabra asumida desde la teoría política, la teoría económica y la teoría social. Dichas teorías, como referentes capaces de direccionar y viabilizar acciones trazadas con la seriedad que implica la conducción de un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia” (Véase Artículo 2 constitucional)

Y no sólo, lo que traduce la significación de tan fundamental declaración que pudiera trascender contingencias propias de realidades políticas ensambladas en un pluralismo político necesario. Si no que igualmente derivan de otras alusiones político-jurídicas contenidas en el texto constitucional. Y que bien derivan de conceptos que pautan el andamiaje socioeconómico y sociopolítico de la nación. Pero que lingüísticamente, dado el carácter aleatorio de la política nacional, impuesta a fuerza de represión e intimidación, se deja de lado.

Es decir, el país vive supeditado a lo que cabe en una sucinta interpretación de los que concibe la Carta Magna venezolana. Todo se hace al voleo, con la más urdida cizaña posible. O sea, sin respeto a la palabra

sábado, 25 de julio de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, LA SONRISA SE ESCONDIÓ…

Nada hace más transparente las emociones humanas, que la sonrisa. Es así que tiene variados significados. Tantos como puedan imaginarse. Puede ser expresión de vergüenza, aflicción o asombro. Tanto como de tristeza, contrariedad o alegría. La sonrisa, indudablemente, habla por sí sola. Se adelanta a la palabra comprometiéndola en función de la situación que al momento se vive. Incluso, manifiesta lo que ella trae consigo. 

La sonrisa adquiere una trascendencia de tal tamaño, que hasta la diplomacia política la usurpa en su provecho. Sin embargo, por otro lado cabe agregar que, la pandemia declarada a consecuencia de la insurgencia del Covid-19, de la cual se valieron algunos países para asegurar ejercicios de gobierno de tendencias despóticas, fue razón para establecer medidas de rigurosa aplicación que favoreciera intenciones de poder político. 

De manera que con la “justificada excusa” de ordenar el uso del tapabocas o mascarilla quirúrgica en toda persona sin distingo alguno de oficio o circunstancia, se vieron vedadas actitudes y modos de vida relacionados con las prácticas más acostumbradas de socialización. 

Así que bajo órdenes gubernamentales en concordancia con el interés sanitario, todo ello argumentado con la irrefutable prevención entendida como práctica de salud, se procedieron a cancelar esquemas de vida que siempre han sido manifestaciones de familiaridad, amistad, sentimientos, espiritualidad y afección. Buena parte de las mismas, motivadas por las tradiciones, la cultura y los hábitos sociales. 

Fue ahí cuando la sonrisa comenzó a verse atrapada por el uso del tapaboca. Desde entonces, la sonrisa dejó de ser el bastimento emotivo mediante la cual se hace posible vencer las sombras de la incertidumbre. En ello se advirtió cierta incomprensión en cuanto a quienes debían emplear la mascarilla. Cómo y cuándo. Poco o nada se entendió que la sonrisa actúa como la lámpara que ilumina los caminos angustiosos de la vida en su natural relación con las situaciones que circunscriben la vida humana. 

Esto hizo ver que la humanidad se viera atrofiada. En el sentido que implica no reconocer que la medida se vio como un atentado a la sonrisa. Entonces, esto hizo que la sonrisa se escondiera detrás de un trozo de tela. Y que si bien evita la inhalación de aires contaminados en medio de un ambiente infectado, también impide irradiar el optimismo que sabe brindar una sonrisa. Sobre todo, cuando la tribulación se apodera de la capacidad humana para sacudir lo inconmovible. Más, en el seno de una crisis como la que arrastró la pandemia referida.

Pandemia ocultó la sonrisa 

Plena razón  le asistió al dramaturgo y poeta inglés William Shakespeare cuando refirió que “es más fácil obtener lo que se desea con una sonrisa, que con la punta de la espada” 

Verdaderamente, la pandemia alteró bruscamente, y “sin previo aviso”, la normalidad emocional sobre la cual pendía la vida afectiva del ser humano. Lo peor pareciera vislumbrarse en lo sucesivo. Sin que el pesimismo sea el factor determinante para asentir lo anteriormente expresado. Sólo es un elemental ejercicio de estadística probabilística afirmarlo. 

Sus inferencia apuntan a predecir, sin estar apostando a fungir de agorero, que lo que tiende a definirse como “nueva normalidad”, no dista en gran medida de “una prosaica anormalidad”. Escenario éste caracterizado por todo lo que solía repelerse, dada su connotación de mayúscula chabacanería. Con algo de trivialidad, tosquedad, repulsión y ordinariez. 

En el fragor de esta novedosa y desagradable situación, se impondrán antivalores. Fundamentalmente, aquellos que contradigan lo que se cobijó bajo relaciones de pluralismo, solidaridad, tolerancia, confianza y querencia. Además de otros valores (negativos) que confrontarán virtudes y cualidades exaltadas en condiciones sobre las cuales ha funcionado la economía, organizaciones, la administración de empresa, la sociología, la psicología. Desde luego, el ejercicio de la política. 

En consecuencia tan contrariada “nueva normalidad”, se impondrá desde la cotidianidad que le imprime el hombre a programas de trabajo, socialización, escrupulosidad y de ordenamiento. Afectarán al individuo en lo sociopolítico, socioeconómico, sociocultural, ético y educacional. 

Buena parte de la culpabilidad por la que dichos escollos y desquicios destacarán como elementos de la chocante “nueva normalidad”, será por de haberse adoptado formalidades obligadas que dieron al traste razones de vida. Especialmente, lo más hermoso que ha distinguido al ser humano: su sonrisa. Pues es la fuerza vital que endereza entuertos. 

Todo o casi será muy diferente. Más, luego de avisar que múltiples contradicciones emergerán a la palestra de vida. Tanto serán los cambios, que las diferencias sociales se acentuarán. Todo provocado a instancia de las crisis dominantes. Causa ésta de gruesas privaciones. Dispersiones, quebrantamientos, alejamientos, etc.…situación ésta donde, incluso, la sonrisa se escondió…

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

sábado, 18 de julio de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, LA “NORMALIZACIÓN” DE LA DESGRACIA

En medio de la catástrofe que en Venezuela ha originado el revuelo de la pandemia, en virtud de la crisis política, económica y social que sirvió de terreno para imponer medidas de corte coercitivo, muchos valores se desnaturalizaron. Se tergiversaron en su apreciación, comprensión y praxis. En consecuencia, en el país se estableció un ambiente bajo el cual comenzaron a operarse maldades, vicios, depravaciones, corrupciones y perversiones de todo porte, signo y contenido. 

Todas se aprovecharon del estado de confusión y del estado de necesidad que, social y culturalmente, se impuso. Particularmente, a consecuencia de una antipolítica que, a finales de la década de los noventa, del siglo anterior, concedió paso libre a otro género de antipolítica. Esta, de mayor insidia pues arrastró consigo problemas acumulados. Además de inventar los suyos. 

Esta situación dio lugar a delitos locales, nacionales e internacionales cuya ocurrencia no ha sido posible contrarrestar. Ni siquiera con la ayuda de la legislación vigente. Tampoco, con el concurso de las fuerzas del orden. Muchos de sus cuadros se hallan contagiados de inmoralidades suscitadas a su interior. Sin ninguna moderación. Tal vez, infundadas por el desviado empoderamiento que dispensó el régimen político a muchos de sus furibundos seguidores. Aunque pudiera inferirse que a la profundización de dicho problema, contribuyó la precariedad de la economía. Aunque no es razón alguna para acabar con la dignidad, el respeto, la ética y la decencia, como pivotes estructurales de vida. 

Esta reflexión, tiene cabida en el contexto de la tragedia en que se ha visto imbuida Venezuela. Sin embargo, cabe poner adelante toda consideración de lo que la conciencia es capaz de edificar como proyecto de vida. Especialmente, en personas de honestidad demostrada y comprobada. Sin duda, que esto es propio del más elemental respeto por el otro. 

Esta disertación adquiere valía toda vez que las realidades, en Venezuela, se deformaron. Se desgraciaron. No sólo por causa de los arrebatos que caracterizan el estilo tramado de gobierno desde el mismo momento en que diseñó el urdido plan de descomponer a Venezuela. A lo cual bien le caló la pandemia del Covid-19. De esa manera, le sería fácil reducirla a niveles de mediocridad. Un tanto, siguiendo la línea política promovida por el decadente marxismo. Pero también, su alevosía inducida en las circunstancias que tergiversaron conceptos y praxis de valores, principios, deberes y derechos. Como en efecto, lo logró. Y “a paso de vencedores”.   

En muchos venezolanos, hay un indicio de pesadumbre y de incertidumbre que permite percibir razones que hablan de persistentes confusiones provocadas por cadenas de rumores y falsas informaciones. Tan delirantes realidades, causan la penosa sensación de vivir bajo la avalancha de piedras que, como gotas de un torrencial aguacero, cae sobre la humanidad del venezolano sin lógica de la física alguna.

Quizás, lo que está viviéndose tenga alguna fatídica motivación. Incluso, de fácil argumentación en situaciones de la “anormalidad anunciada”. Aunque en medio de la anormalidad que se hizo característica del “socialismo del siglo XXI”, es posible que las susodichas contingencias se hayan convertido en parte de la cotidianidad. O sea, del discurrir de una Venezuela bastante distante de la realidad que precedió la estrepitosa y patética actualidad. 

Nada de lo que ahora está afectando al venezolano, ni suena bien, ni luce aceptable. Menos en el fragor de las crisis propias de una realidad “al revés” o “retorcida” como tiende a verse y a ser. Esto es propio de pensarlo desde la perspectiva de cualquiera de los trasgresiones que ocurren en países cuya violencia es sobrellevada entre lamentaciones y resignaciones. Pero también, entre resistencias y esperanzas. Aunque debe reconocerse, que la situación de crisis nacional venezolana, es alcahueteada por instancias corruptas apostadas en el propio seno del gobierno. 

Nada pinta bien. Tampoco, prometedor ni constructivo. Es como un dibujo trazado con colores rosa. Pero esbozado sobre papel negro mate, donde es imposible resaltar calores cálidos. Pareciera que lo que explica tanta deshumanización y ruindad junta, es haber llegado a un apesadumbrado estadio presidido por la “normalización” de la desgracia.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

sábado, 11 de julio de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, ATRAPADOS EN EL OCIO (INFRUCTUOSO)

La idea de vivir sin calidad, luce incomprensible Son múltiples las razones que ayudan a entender la veracidad de tan hipotético absurdo.  O sea, de vivir sin calidad. Aunque en realidad, existen situaciones que se dan a la luz de vivencias para las cuales no hay calidad. Es decir, sin calidad de ninguna índole. O con una calidad menguada, o servida por cuotas. 

Al rechazar la lógica que provee la identidad al individuo tanto como a la sociedad en su totalidad, es de suponer que se estaría reconociendo la “imperfección” como símbolo de vida. Tan patética consideración, lleva a inferencias que traducen gruesas contradicciones capaces de fracturar la vida en su trascendencia, en su vigorosidad. Y esto, es difícil aceptar por cuanto el ser humano nació para imprimirle sentido y concreción a sus fantasías.  

Y la condición que resulta de la “imperfección”, en ningún momento, va a prestarse para coadyuvar al ser humano en sus trances hacia estadios de desarrollo. Éstos, totalmente válidos y legítimos. Particularmente, en el fragor de sistemas políticos construidos a la luz de la democracia (en el plano político) y del liberalismo (en el económico).   

Pero analizada esta realidad desde la perspectiva de la política, la situación en cuestión adquiere un aire de complejidad toda vez que lo que está de bulto, por encima de toda contingencia o coyuntura de sensible incidencia, es la calidad. Calidad en el tiempo, calidad en la organización, calidad de los procesos indistintamente de su naturaleza. En fin, calidad de vida. Entendiendo que “calidad de vida” implica el reconocimiento de la libertad. De la libertad en términos de la existencia humana y sus vinculaciones. 

Sin embargo alcanzar esos niveles en que impera la calidad como condición de existencia humana, no es asunto de sencilla comprensión. Menos de fácil consecución, pues sus realidades están atiborradas de variables de complicada composición. Esto, por razones y consideraciones de engorrosa deducción. Más aún, cuando forman parte del juego de la política. Especialmente, de la política cuyas apuestas intentan ganarse con el auxilio maniobrado de la banalidad, la perversidad o de la anomia que procura generarse para beneficio de sus rapacidades. 

Por eso toda ideología nacida en la confluencia de tan pérfidos pecados políticos, termina animando -desde sus entrañas fácticas- todo lo recurrente respecto del ocio. Pero del ocio entendido, nocomo tiempo para ser desperdiciado desde la inactividad pestilente e intrascendente. Aunquesí,del ocio comprendido como espacio de libertad para motivar la creatividad hacia estrados de desarrollo. O de libertad para hacer cualquier cosa que concilie capacidades con potencialidades. Aunque entre una y otra acepción, se establece un rango de ambigüedad del cual se sirve la política del conjuro para hacer proselitismo de malsano contenido e intención. 

Precisamente, en la mitad de tan comprometedoras acepciones, en el juego de imposturas e insidias en el que se interna la política a consecuencia de desviaciones que se infiltran en la ideología de la cual derivan sus proyectos, emergen criterios que buscan ajustar de modo  encubierto cuantas posibilidades pueda. De tal forma que así logra justificar medidas que tienden a habilitar el ocio como un “derecho social y cultural”. Pero que en su manejo por desarrollarlo como iniciativa, se atreve a revestirlo del tinte político que segregan necesidades que mejor se adecuan a intereses no revelados. Disfrazados de cuanta excusa sea conseguida en el curso de acontecimientos que circundan las realidades que favorecen el hecho político en solapado proceso. Se consiguió así, la mejor manera de motivar una población a sumirse en el ocio. 

De esa manera, en el terreno de la pandemia del Covid-19, es que pueden verse a tantos venezolanos, atrapados en el ocio (infructuoso).

Antonio José  Monagas
antoniomonagas@gmail.com 
@ajmonagas 

sábado, 4 de julio de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, SOCIEDAD DE ANÓNIMOS E INCÓGNITOS

Las siguientes líneas, no pretenden cuestionar la previsión esbozada como política de coyuntura establecida por distintos gobiernos repartidos mundialmente mediante medidas sanitarias de obligatorio cumplimiento. Las mismas, asumidas en el marco de la pandemia que acosa al planeta. Pero sí plantean rebatir la manera de la cual algunas instancias, corporativas o personales, especulan o exageran su beneficio, uso y repercusión.  

Posiblemente, alrededor de lo que puede situarse debajo de tan contrariada escena, contaminada por el sarcasmo de quienes se toman ese manejo de modo equivocado, por ignorancia o petulancia, pudiera hallarse la explicación que pone al descubierto la impugnación que en medio de estruendosos debates políticos, ha sido rebatida. Sobre todo, en el seno de naciones, desde cuyas jefaturas de Estado, se han desatado ruidosas reclamaciones al mejor estilo retador. Por supuesto, en desconsideración de datos provenientes de la más exacta información y conocimiento sobre la materia en cuestión. 

Pero no es la temática que busca explayarse a lo largo de esta disertación. Aunque no deja de mostrar su importancia y atingencia con el problema que ha provocado la peligrosa pandemia del SARS Convid-2. Mejor conocido como Corona-Virus.   

El problema que busca describirse, se corresponde con la postura que, en términos de la debida previsión en cuanto a prevención, cuidado y tratamiento, ha ido desfigurándose. Por supuesto, como producto de juicios individuales adelantados con base en meras conjeturas. O presunciones vacías. De modo que por tan obstinadas causas, todas carentes de auténticos fundamentos, han llevado a tener la escena, propia de película del más arrebatado humor negro. Pero de una realidad social compuesta por anónimos e incógnitos.  

O sea personas, de rostro oculto que bien pueden pasar por ladrones, policías de malos hábitos, militares aberrados, mercenarios desalmados, sicarios en faena criminal o colectivos guapetones en acción delictiva. Aunque también parecieran disfrazados, escondidos, camuflados, envueltos, conspiradores, encubiertos, herméticos, inasequibles, misteriosos, cerrados, desconocidos, cerrados, furtivos. Incluso, recién operados de algo que los afeaba. Pero que sin embargo, por tapados hasta ojos y cabeza, la careta y la capucha que se hizo prenda de uso común, sigue haciéndolos ver igualmente feos. Más aún, repugnantes y ridículos.   

De cara a lo que tal medida de prevención deja ver, medida ésta equivocadamente concebida y practicada, es posible categorizar estos caras tapadas. Particularmente, en virtud de los prejuicios y actitudes que, por cada forma de ocultar el rostro, puede procederse. Así cabría considerarlos bajo las siguientes categorizaciones, a saber: Paranoicos u obsesivos, Hipocondriacos o pesimistas, Deportistas o activos, Ambientalistas o conservacionistas, Populares o conversadores, Exagerados o escandalosos, Moralistas o farsantes, Éticos o costumbristas, Retraídos o reservados, Legalistas o rigurosos, Rústicos o campechanos, Cómicos o payasos, Intemperantes o malgeniosos, Puritanos o rezanderos, Nerviosos o quisquillosos, Perturbados o desarreglados, Irritables o delicados, Amorosos o cariñosos, Pendencieros o envalentonados, Estrambóticos o raros, Ingeniosos o perspicaces, Perezosos o adormecidos. 

Aunque estas categorías no agotan la caracterización que identifica la personalidad de tantos anónimos e incógnitos que deambulan por las calles en horas de restringida libertad, por tantas razones como individuos sean, hay quienes han manifestado que algo de esto será parte de las realidades que sobrevendrán luego de dejar atrás la susodicha pandemia.  

Ojalá, esa opinión no sea tan agorera como en lo cierto pudiera ser. Sobre todo, porque no sería del todo afortunado que las nuevas realidades apegadas al ámbito sociológico y estado psicológico de quienes habrá de recorrerlas, vayan a verse sumidas en lo que “una nueva normalidad” pueda contener. Menos, al pensar que el ser humano (post-pandemia), tenga que tolerar una realidad diferenciada a partir de lo que podría prescribir una sociedad formada por personas cuya rareza sería más anormal que la normalidad que describe un mundo de hombres libres, críticos y pensantes. Y toda esa anormalidad habrá de ser, tristemente, la consecuencia de estar en el centro de una sociedad de anónimos e incógnitos.

Antonio José Monagas  
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas 

sábado, 27 de junio de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, EL DEBATE ENTRE LA SOBREVIVENCIA Y LA DESESPERACIÓN


Desde que las ideologías dejaron de existir como fundamentos de proyectos políticos pensados como esquemas fácticos de gobierno, los problemas se exasperaron. Y aquellas ideologías que aguzaron sus ausencias, se convirtieron en razones para retrotraer el ejercicio de la política a estadios depauperados en cuanto a condiciones de desarrollo de plausible categoría. 


Buena parte de los problemas que de tales carencias derivaron, terminaron rozándose con conflictos que se insuflaron de la desesperación del hombre cuando se ve perdido entre las múltiples incógnitas que no logra despejar. Pero también, porque terminaron vinculándose con serias crisis de vida que se hacen más profundas a medida que el individuo se insume en otro problema. Tan grave como el primero. Y eso ocurre, cuando no consigue la ruta más inmediata que busca el hombre para sobrevivir en medio del caos en que se ve envuelto. O que lo arrastra. 

He ahí la razón que explica el debate entre la sobrevivencia y la desesperación. O sea, un tanto lo que se deduce del hecho de advertir la debacle que se da cuando el hombre se ve acosado por la ignorancia. Por la ignorancia disfrazada de verdad. O camuflada por el excelso tricolor: “cultura, moralidad y ética”. Bastante incierto, pero cuyo eco conmueve ilusos, furibundos y falsos revolucionarios. 

La crisis política que en los años del siglo XXI logró instalarse en buena parte de países occidentales, sin que otros hayan podido eximirse de caer en la angustia de dicha crisis, hizo que las libertades se vieran supeditadas a variables impuestas por doctrinas ortodoxas o puritanas. Hasta suspender dichas libertades en dimensiones extrañas de espacio y tiempo. Oportunidades éstas de las cuales se valieron rezagos de vetustas ideologías para mimetizar la economía. Al extremo que pudieron someter la sociedad, a sus más casuísticos postulados e vehementes criterios. 

Fue la razón para incitar al hombre a verse considerado como entidad política frente a los embates provenientes del conflicto. Del conflicto que asoma su sobrevivencia en el plano social. Y la desesperación, en el terreno económico, toda vez que delimita objetivos de vida asumidas bajo el patrón del “bienestar”. 

Nuevos desafíos 

Aunque la ley de la competencia pueda dificultarle al hombre alcanzar metas en el menor tiempo y con el mayor provecho posible. Sin embargo, en ese mismo camino se debate con otros problemas que lo asaltan en su proceder político, cultural y social. Pero aún así, sobrevive. Quizás no tanto como para ufanarse de alcanzar el pódium instalado al final del recorrido emprendido. Pero sí, como para sentirse orgulloso de las capacidades demostradas a lo largo del esfuerzo realizado. 

Sin embargo, el ser humano sigue confrontando dificultades que enrarecen proyectos de vida. Pero que si bien las mismas, en tanto que al mismo tiempo pueden considerarse como desafíos, no son óbice para sacarlo del trayecto al que sigue aferrado. Pero que sí lo atrasan a riesgo que los avatares lo insuman en una cruenta desesperación. Más, al entender que vivir, no siempre, constituye un acto de coraje. 

En todo caso, comprender las dificultades que acosan la vida humana, en medio de las circunstancias que forjan el debate entre la sobrevivencia y la desesperación, no es fácil. El camino a surcar luce borroso por la presencia de otros problemas de insidiosa ascendencia. Problemas que tienden a desubicar al individuo del contexto en el cual afianza sus fuerzas y esperanzas. Problemas relacionados con la incertidumbre, la imprudencia, la obcecación, la insensatez y la premura, entre otros. Sin embargo, todos tienen un denominador común que es la política sobre la cual se asientan las perspectivas y expectativas de vida, propias de todo ser humano que se precie de sus libertades y sus derechos para actuar de cara a los desafíos o retos que puedan surgir en el trayecto a recorrer. O en tránsito. 

Y naturalmente, es así. Más, al reconocer la política como espacio de relación entre individuos para quienes el sentido del poder político, varía según la situación que viven. O según las oportunidades que pueda disponerle el espacio que requieran en términos de sus  intereses inmediatos y necesidades más urgentes.  

Sin embargo, se ha dicho que el fondo del problema radica en la tramada posibilidad que tiene el hombre para actuar al amparo de las libertades. Y de los derechos habilitados por la consistencia y coherencia del sentido que disponen dichas libertades. Y es que, cuando se convierte en eslabón de un proceso político que lo considera supuestamente consustanciado con las razones que motivan el encadenamiento entre lo político, lo social y lo económico, tiende a caer en la trampa creada en su apremio por escapar del dilema en que se ve atrapado inmisericordemente. O de perderse en los intríngulis que para ello han confeccionado esas mismas razones. Por lo tanto, busca perfilar su vida para así evitar o mermar tan crudos contratiempos. Por ello, deberá vivenciar los problemas que se suscitan en el debate entre la sobrevivencia y la desesperación.

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas
Merida - Venezuela

sábado, 20 de junio de 2020

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, EL CONFLICTO ENTRE EL MIEDO Y LA OSADÍA

La historia del hombre, se ha paseado por situaciones en las que predominan los conflictos, problemas, o luchas entre actores sociales por intenciones o tentaciones políticas o económicas. Siempre, armados de criterios militares. Pero casi siempre, desprovistos de razones que saben conjugar los dilemas en pugna, con valores que van más allá de la fuerza (de voluntad). La Biblia advierte la significación de tan desequilibrados choques causantes, más de lo imaginado, de guerras que, incluso, marcaron el devenir humano en su beneficio y hasta en su perjuicio. 

Tanto el miedo como la osadía, han generado cuantos problemas pueden suponerse. No porque el miedo detiene y la osadía predispone. O porque una sea más contundente que la otra. Ambos sentimientos revelan por igual, atribulaciones que terminan perfilando el comportamiento humano. Sobre todo, de cara a duras contingencias.   

Pero cabe preguntarse: ¿por qué hablar de un conflicto entre el miedo y la osadía? Es obvio que entre condiciones de vida pueda asentirse la posibilidad de que el miedo desencaje a la osadía. O viceversa. Sucede que el miedo siempre ha visto en la osadía, su más temible contraparte. La osadía actúa en dirección opuesta al miedo. Se comporta divergente o de modo contrario. La osadía, lejos del miedo, funge como actitud de libertad. De la libertad que dirige su ímpetu a confrontar realidades que amenazan sus derechos. 

Por su parte, el miedo se sobrelleva bajo su figura una opresora angustia que conspira contra la intención de superar el trance en cuestión. Tanto así, que permita la derrota de cualquier intención asumida en dirección de superar la eventualidad presente. 

En medio de dicha situación, el hombre se ve atrapado. Entre dos dimensiones que no siempre saben conciliar los elementos  que configuran el problema suscitado. Dos mecanismos mentales que determinan reacciones y actitudes discordantes.  

Es lo que le ocurre a quien se siente sometido por un poder fuera de su alcance. Vale parodiar este problema trayendo a colación a Henri Rene Guy de Maupassant, poeta y periodista francés, por sus cuentos inspirados en el miedo del cual expresa que “es una reminiscencia de un terror vivido en el pasado”. Aunque la literatura venezolana, exhibe un caudal de cuentos también inspirados en el miedo. Aunque muchos, en el coraje u osadía. 

Vale recordar el cuento criollo de Tío Tigre y Tío Conejo. O los que expuso Julio Cortázar cuando escribió algunas relatos sobre animales a modo de pulsar la relación entre la vida y los peligros que en ella se corren por confrontar las circunstancias. Y esto, medido ante las actuales realidades, tiene sentido aplicado a la la crisis del Covid-19. Más, por los problemas ocasionados a sociedades y gobiernos. Sobre todo, a aquellos de inclinación dictatorial toda vez que dictan medidas que sobrepasan las cuotas de tolerancia atentando así libertades y derechos humanos. Es decir, órdenes convertidas en antítesis de la libertad. Particularmente, ante el clima de restricción impuesto por medidas como el cuestionado y exagerado confinamiento. Sin consideración alguna proclive a razonar la natural necesidad de movilización. Habida cuenta de un distanciamiento físico que evite el contagio tal cual se presume que es. 

El cuento de Tío Conejo y Tío Tigre, concuerda con la intención de esta disertación. El problema que se le presenta a Tío Conejo al evitar ser atrapado por Tío Tigre. Apresurado por esconderse, encuentra un ratoncito de quien se hace amigo. Pero la terquedad del ratón animó fuertes discusiones con su compañero de escondite. Tanto se empeñó en salir, hasta que lo hizo. Se armó de la osadía necesaria. El hambre lo acosaba. Tío Conejo, prefirió permanecer escondido. El miedo lo sometió. Cuando decidió salir, asumiendo que Tío Tigre no estaría esperándolo, le fallaron las fuerzas para correr. De manera que optó por regresar al escondrijo. Esto lo debilitó tanto que enfermó. Fue esa la secuela del miedo que tuvo que pagar. Eso lo obligó a guarecerse sin mayor razón, ya pasado algún tiempo oculto. 

El fondo del  problema

Es el mismo problema que viven ahora distintas sociedades a consecuencia del miedo a una gripe. Gripe ésta que según el médico investigador, especialista en Salud Pública, y quien fuera asesor de laboratorios farmacológicos de prestigio internacional (Pfizer, Bayer, Schering Plough) Dr. Stevens Landaeta, explica que el Convid-19 “(…) no es lo letal que dice ser. Sino que complica a quienes sufren alguna insuficiencia de salud o enfermedades de base” Asimismo agrega que “este virus, a temperaturas superiores a los 30 grado C se muere o se inactiva. Por eso las personas con buena inmunidad, superan la enfermedad y quedan protegidos contra esa cepa del CoronaVirus”. Manifiesta que “los antibióticos no actúan contra los virus. Estos son atacados y neutralizados por nuestros interferones, razón por la que debemos mantenernos saludables” 

El Dr. Landaeta es enfático cuando describe que “no debemos bajar la guardia. Pero pasa muchas veces que las medidas adoptadas son más perjudiciales que la misma enfermedad” Es el cuidado a considerar de cara a la incidencia del virus. 

A decir del cuento de Tío Tigre y Tío Conejo, la situación de salud por la que transita el mundo ahora compromete una moraleja en la que el miedo puede afectar tanto como el propio virus. Pues no resulta efectivo implantar un encerramiento que lejos de fungir como medida de garante protección, afecta razones que implican el andamiaje de la economía como mecanismo funcional integral. Así que nada o poco se logra escondiendo toda una población del virus. Posiblemente sean argumentos epidemiológicos. Pero el problema tiene muchas aristas de las cuales apenas una es la epidemiológica. Más, si la situación se revisa desde la perspectiva de la Zoonosis. O de la Psicología Social, la emocionalidad, el emprendimiento, entre otras consideraciones de importancia. 

De seguir por el camino inducido por mezquindades politiqueras o mercantilistas, disfrazadas de argumentos sanitarios, es posible que las sociedades queden sin la fuerza social necesaria para actuar a desdén del miedo. Y a conciencia de la osadía. Las realidades, por adversas que sean, hay que enfrentarlas. Y para eso, es la osadía. Aunque comedida. 

Es la razón bajo la cual debe pulsarse la decisión asumida. Tristemente, sin exacta medida de sus consecuencias de lo que ha implicado el confinamiento, encerrona o “cuarentena”. Aislamiento éste al que ha sido sometida la población con la excusa conocida de evitar la contingencia representada por la realidad padecida. A duras penas soportada. 

El miedo ha primado la decisión de apresar toda una sociedad. Sin atender que existen formas más efectivas que aplican ante riesgosas contingencias como las provocadas por el virus. Los efectos de tan medieval arremetida, al mejor estilo nazi con sus inhumanos “ghetos”, determinará una nueva realidad caracterizada por valores aplastados por el peso de las rudas condiciones impuestas por la encerrona padecida. De modo que en lo sucesivo, el egoísmo, el rechazo, la desconfianza, la incomprensión, la intolerancia, el miedo, la impaciencia, la exclusión, la apatía, el alejamiento, la indolencia y la desigualdad, habrán trastornado relaciones sociales, culturales y de producción, fundamentalmente. 

La posibilidad de la vida en su coexistencia con sentimientos y valores humanos, se reducirá a un carnaval constante en donde difícilmente una vida auténtica podrá triunfar sobre las exigencias de la modernidad en su trascendental papel de unir la humanidad. Es decir, el hecho de haber asumido decisiones que fueron confundidas con medidas de “control social” por mero afán político en su acepción más primitiva, habrá dejado claro que poco o nada se ganó pues siempre estuvo en el fondo una estrategia mal calculada de lo que se subsumió a lo interno. Y que dejó ver el conflicto entre el miedo y la osadía.

Antonio José Monagas
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